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PENÍNSULA IBÉRICA  -  CULTURA CELTA  -  VETTONES

LOS ASENTAMIENTOS

Las primeras noticias escritas sobre los pueblos prerromanos del interior peninsular mencionan a los Vettones como una de las poblaciones más importantes de la Meseta Occidental, correspondiendo su existencia histórica a la Segunda Edad del Hierro. Al iniciarse el primer milenio a.C. venía desarrollándose en las tierras de la Meseta la denominada cultura de Cogotas I. Los poblados de esta cultura presentan la novedad de ubicarse en muchas ocasiones en lugares de fácil defensa, generalmente en riscos o escarpes sobre un río, que son los emplazamientos característicos de los castros de época posterior, cuya protección se completa con obras de amurallamiento que aparecen ahora por primera vez y que testimonian la existencia de tensiones entre distintos grupos humanos sin precedentes en época anterior.

A partir de mediados del siglo IX a.C. comenzó a gestarse en las comarcas centrales de la cuenca del Duero la Cultura de El Soto de Medinilla, que representa el desarrollo de la Primera Edad del Hierro en la meseta. Se caracteriza por un nuevo tipo de vida, basado en una agricultura en principio itinerante, de gentes que habitan cabañas circulares de adobe y que, de acuerdo con su economía predominante, buscan para establecerse los valles de los ríos, dónde constituyen pequeños poblados que a veces se amurallaban con adobes.

Hacia mediados del siglo V a.C., se inició en la meseta norte la Segunda Edad del Hierro. Esta nueva etapa se caracterizó por la generalización del uso del nuevo metal, las cerámicas a torno y la creación de nuevos núcleos de población que responden a la tipología del castro. La nueva tecnología del hierro permitió el fabricar útiles de labranza más eficaces, hecho que produjo un aumento de la superficie agraria y una importante mejora en la alimentación. Esta situación dio origen a un gran crecimiento demográfico, que fue responsable de la aparición de nuevos castros (o del engrandecimiento de castros preexistentes). Es probable también que el interés por acercarse a los pequeños yacimientos de hierro, existentes en todo el borde montañoso de la meseta, haya condicionado el establecimiento de muchos castros. Así, los afloramientos de hierro en Sierra Merina y Arroyo de la Higuera podrían explicar la existencia de los castros abulenses de Las Cogotas y de La Mesa de Miranda.

El desarrollo pleno de la Segunda Edad del Hierro llevó, al norte del Sistema Central, a la extinción de la Cultura de El Soto de Medinilla y, al sur de la cordillera, al desarrollo de los castros extremeños, muy mal conocidos, que en todo caso parecen brotar como una respuesta al colapso del mundo tartésico y a la reorganización de los influjos coloniales. Es en este momento cuando se constituye la cultura material de los Vettones, que aparecen mencionados en los textos referentes a las campañas de Aníbal y a la conquista romana, caracterizada por el poblamiento en castros y la existencia de esculturas zoomorfas llamadas “verracos”.

Ahora bien, si el poblamiento castreño puede considerarse una tradición de la Cultura de Cogotas I, en última instancia de origen indoeuropeo o centroeuropeo, las esculturas de verracos parecen tener su origen en la estatuaria ibérica del mediodía y levante peninsular y, en definitiva, en tradiciones mediterráneas. La personalidad cultural de los Vettones, por mas que estos rasgos no sean estricta y exclusivamente privativos de ellos, aparece por consiguiente como el resultado de la mezcla de influencias continentales (célticas) y mediterráneas (orientalizantes), que es lo que les da la fisonomía que los distingue de los restantes pueblos de la Meseta Central.

Es difícil señalar con exactitud los límites del territorio vettón como, en general, los de cualquiera de los pueblos prerromanos de la Península Ibérica. Esta dificultad se debe a lo fragmentario e impreciso de las fuentes literarias, geográficas e históricas; a la falta de un conocimiento arqueológico más completo y al hecho de que, tanto las fuentes literarias como las arqueológicas, se refieren a momentos cronológicos diferentes entre los cuales pueden haberse producido cambios significativos en la distribución del poblamiento. Las fuentes de la época de la conquista romana los presentan como un pueblo establecido en la Meseta Occidental, entre la Toletum carpetana al este y los lusitanos al oeste. Estrabón, en época de Augusto, los cita entre los pueblos que habitan la “mesopotamia” situada entre el río Tajo y el río Guadiana. Ptolomeo da la lista de sus ciudades, la más septentrional de las cuales parece ser Salmantica y la más meridional Lacimurga, en la orilla derecha del Guadiana. Dado que la mayor parte de dichas ciudades no han podido identificarse, esta lista solo permite delimitar muy hipotéticamente el territorio que se les consideraba propio durante el Alto Imperio. Dentro de este territorio se produce la mayor concentración de esculturas zoomorfas de toros, cerdos y jabalíes. La existencia de este tipo de escultura es considerada por parte de todos los estudiosos un rasgo característico de los Vettones y, de esta manera, se ha intentado determinar la extensión y los límites de su territorio en base a la distribución geográfica de los verracos. Es innegable que existen verracos entre otros pueblos que no son Vettones, como Carpetanos y Vacceos y, por ello, el criterio de la existencia de verracos como índice delimitador de la Vettonia carece también de fiabilidad absoluta. Dado que, durante la época independiente, la organización fundamental de las poblaciones prerromanas era el Oppidum, cuya envergadura podía oscilar entre la de un poblado fortificado y la de una auténtica ciudad, los límites de la etnia solamente pueden resultar de la suma de los oppida que componían el territorio.

La carencia de una organización política a nivel general de cada pueblo explica que no existiesen unos límites generales de cada uno de ellos, salvo referencias geográficas relativas. De los textos antiguos se desprende, en una primera lectura, que los Vettones eran un pueblo que ocupaba un espacio mayor o menor a ambos lados del río Tajo, que constituía el eje de su territorio. Por Plinio se sabe también que por el norte llegaban hasta el río Duero, que separaba Arévacos de Vacceos y Astures de Vettones. Por otra parte Estrabón dice que los Vettones se extendían hasta las proximidades del río Guadiana. De acuerdo con todo lo anterior, los límites de los Vettones podrían reconstruirse de la siguiente manera: por el norte un punto seguro es Salmantica, identificable sin lugar a dudas con la actual ciudad de Salamanca; por esta razón, se ha propuesto que el límite entre los Vettones y los Vacceos, situados al norte de ellos, seguiría el curso del río Tormes, hasta la confluencia con el río Duero.

En territorio abulense, la frontera debe incluir Ávila capital, que se identifica con la Obila de Ptolomeo, y cuya cultura material y la de todo el valle de Amblés es característicamente Vettona. Al norte de la capital, la existencia de verracos llevan a pensar que también las tierras llanas de La Moraña serían Vettonas. Para trazar los límites occidentales se conoce una ciudad Vettona, Lancia Oppidana, mencionada por Ptolomeo. Esta ciudad era limítrofe con los Igaeditani, lusitanos, cuya ubicación en Indanha a Velha está bien establecida por numerosos restos arqueológicos. Por otra parte, otros lancienses, los Transcudani, ya no se citan como Vettones. A pesar de que no hay unanimidad entre los historiadores, lo más lógico parece suponer que la referencia a Transcudani se debe a que éstos se hallaban más allá del río Cuda (actual Coa). De esta manera la frontera occidental seguiría el curso del río Coa, separando unos lancienses de otros.

Por el sur, no parece que los Vettones rebasaran el curso del río Guadiana y por el este es más difícil delimitar las fronteras de los Vettones con Oretanos y Carpetanos. La divisoria subiría desde el río Guadiana, entre la Sierra de Altamira y los Montes de Toledo, y desde aquí seguiría las estribaciones meridionales del Sistema Central pasando entre las Sierras de Gredos y Guadarrama, de acuerdo con la distribución de los verracos en el territorio de Ávila.

De esta manera, y a grandes rasgos, el territorio Vettón en la época a la que se refieren las fuentes comprendía la casi totalidad de las provincias de Salamanca y Ávila, la mitad oriental de la de Cáceres y una pequeña parte de la de Toledo, prolongándose hasta las proximidades del Guadiana en el norte de la provincia de Badajoz. En general se acepta que a estas zonas se vieron relegados los Vettones a consecuencia del empuje de otros pueblos más fuertes, en concreto de los Vacceos, llegados en un momento posterior de las invasiones indoeuropeas. Así, para Bosch Gimpera los grupos celtogermanos que irrumpieron en la Península hacia el siglo VIII a.C., el más importante de los cuales sería el de los Pelendones, fueron los responsables de la construcción del primer nivel arqueológico de los castros, no solo del área Vettona, sino de todo el Sistema Central en general. Estos grupos habrían sido desplazados o confinados en las estribaciones montañosas periféricas de la Meseta ante el empuje de nuevos pueblos de estirpe belga, llegados hacia el 650 a.C. a la Península, y cuya comunidad más importante, los Bellovaci de que habla César, van a establecerse en el valle del río Duero donde en época histórica aparecen como distintos e importantes pueblos prerromanos: Vacceos, Belos, Arévacos, etc. Es a partir de este momento, siglo V a.C. aproxi-madamente, cuando se va a desarrollar la cultura de los verracos (caracterís-ticamente Vettona), también conocida arqueológicamente como Cogotas II.

La complejidad del proceso de formación de la Cultura Vettona se pone de relieve en los castros, dónde el aporte de los recién llegados indoeuropeos, poseedores de una cultura material de rasgos Hallstáticos, se suma a una tradición autóctona pastoril que deriva del Bronce Final y que pervive al amparo de los sistemas montañosos centrales. A los primeros cabría adjudicar una economía pastoril trashumante y la tradición de la cerámica pintada y excisa así como, hipotéticamente, la difusión del ritual funerario de incineración; a los segundos, una tradición de contactos con el mediodía peninsular y un conocimiento del terreno que lleva a elegir para los asentamientos emplazamientos defensivos, fenómeno éste que guarda relación directa con la sedentarización progresiva de los grupos indígenas. La revitalización a partir siglos V-IV a.C. de los pueblos de la Meseta Oriental, que se suponen llegados hacia el siglo VII a.C. y que van a dar origen a la constitución de los pueblos celtibéricos, se dejó sentir en un influjo cultural y en el amurallamiento de los poblados ante la amenaza creciente de éstas tribus.
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