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PENÍNSULA IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES

TARTESSOS PRECOLONIAL

Hablar de Tartessos es francamente difícil, pues es mucho lo que se conoce, pero es mucho más lo que queda por descubrir. A pesar de los hallazgos, se sigue considerando a Tartessos una cultura enigmática tanto por las contradictorias interpretaciones que se han hecho de las fuentes históricas, las diferentes hipótesis sobre el marco geográfico que ha ocupado en sus distintas fases históricas o el momento en que se configuraron sus rasgos culturales.

M. Almagro Gorbea sugiere la existencia de un período anterior a la llegada de los fenicios, datado entre los siglos XI y VIII a.C., caracterizado por contactos esporádicos, según se advierte en un conjunto de objetos de importación provenientes de Oriente. Merece la pena transcribir sus conclusiones sobre el significado de este momento: “es evidente que desde fines del II milenio a.C., durante el Bronce Final, se constatan contactos precoloniales entre el Mediterráneo Oriental y la Península Ibérica, aunque sea difícil precisar su lugar de origen, vías de llegada y cronología. La mayoría de estos elementos se relacionan con el mundo sirio-fenicio-chipriota surgido tras la caída del mundo micénico y anterior a la expansión colonial fenicia en el mediodía de la Península Ibérica a partir del siglo VIII a.C. Estos nuevos datos arqueológicamente confirmados permiten comprender mejor las referencias a los más antiguos contactos fenicios con Tartessos, pues explicarían la mítica fecha de la fundación de Cádiz: hacia el 1100 a.C., lo que supone una importante aportación para resolver la aparente contradicción entre textos y hallazgos arqueológicos. Además, dichos contactos “precoloniales” explican los profundos cambios socioculturales evidenciados desde el Bronce Final, al irse formando una sociedad jerarquizada y compleja, por lo que son imprescindibles para comprender el origen y las características culturales de Tartessos desde el Bronce Final Pleno y la formación de fuertes elites sociales que en el período orientalizante ofrecen características de monarquía sacra. Estos cambios afectaron a los pueblos del Sur de la Península Ibérica, en especial al hinterland inmediato del golfo de Cádiz; pero alcanzaron también, aunque en menor medida, al Occidente, Levante y el Noreste de la Península, favoreciendo la creciente jerarquización de la sociedad que poco a poco se fue abriendo al contacto colonial y a sus estímulos culturales...”.

La fecha de la fundación de Cádiz, transmitida por Veleyo Patérculo “Anno octogesimo post Troiam captam ... Tyria classis Gades condidit”, se sitúa entre el 1104 y 1103 a.C.; si bien la documentación arqueológica existente no ha proporcionado elementos arqueológicos que la comprueben, ni siquiera que se acerquen. Si bien algunos investigadores han argumentado en su favor (sin bases consistentes), otros, en cambio, se inclinan por una datación tardía, a fines del siglo VIII o comienzos del VII a.C. Por tanto, entre el 1100 a.C., fecha hipotética y con escasas o nulas posibilidades de verificación, y los comienzos del siglo VIII a.C., justificada en el registro arqueológico, distan trescientos años, que habría que explicar y documentar con datos precisos. En este sentido merece la pena transcribir un texto de M. E. Aubet, que sintetiza el problema: “La idea de proponer una precolonización fenicia en Occidente surge de un nuevo intento por establecer una hipótesis puente entre las fechas históricas de las fundaciones de Occidente en el siglo XII a.C. y la evidencia arqueológica que no constata asentamientos permanentes antes del siglo VIII a.C. Se pretende con ello colmar un vacío incómodo de algo más de 300 años e incorporar un modelo teórico utilizado con éxito para la colonización griega [...]. Por precolonización se entiende un movimiento de expansión naval y comercial, con vistas a la búsqueda de materias primas y sin asentamientos permanentes. Eventualmente, este fenómeno estaría caracterizado por la instalación puntual de pequeños grupos de artesanos y la circulación de objetos de lujo, regalos de prestigio y dones, e implicaría un comercio de trueque muy simple, que apenas dejaría vestigios arqueológicos”.

En la zona del bajo Guadalquivir, en el entorno de la bahía de Cádiz y Huelva, la fase arqueológicamente conocida como Bronce Final ocupa un espacio temporal que va desde fines del Bronce pleno, siglos XIII-XII a.C., al siglo IX a.C. Respecto de este período, en Andalucía occidental, el poblado de Setefilla en Lora del Río (Sevilla) es el que, por ahora, ha proporcionado los datos más significativos, ya que del estudio de los materiales arqueológicos y de su estratificación se infiere la existencia de un fenómeno de continuidad cultural. El primer asentamiento, o Fase I, se inició a mediados del II milenio a.C., constatándose un hábitat de cabañas que fue evolucionando a un poblado fortificado compuesto por edificaciones de piedra y adobe y una muralla provista de bastiones circulares, cuya actividad económica principal se centró en la metalurgia, muy elaborada y equiparable tecnológicamente a la del Argar del sudeste peninsular. El hallazgo de un ajuar funerario compuesto por una espada, un puñal y una alabarda, sugiere la existencia de una sociedad jerarquizada. Tras un incendio, se inicia una dilatada etapa de transición o Fase II, hasta el cambio de milenio, que muestra síntomas de regresión demográfica y cultural, ya que se presenta nuevamente un urbanismo arcaico a base de cabañas dispersas, y cerámicas relacionadas con Portugal y Extremadura. En la Fase III o Bronce Final Reciente, entre los siglos IX y VIII a.C., se advierte una época de renovado desarrollo cultural y económico (etapa precolonial característica del Bajo Guadalquivir), en la que se reanudan las actividades metalúrgicas y se emplea un elenco cerámico de extraordinaria calidad técnica, con decoraciones bruñidas y pintadas. Si consideramos este registro arqueológico de la segunda mitad del II milenio a.C. en el Bajo Guadalquivir, desde una visión territorial y de cultura material, se puede concluir que la estructura social del Bronce Final sería tribal y no estatal. Si a Tartessos la han definido algunos investigadores como ciudad, región, estructura socioeconómica compleja y jerarquizada, la realidad existente para este período no responde en modo alguno a estos parámetros. En síntesis, no parece que Tartessos fuese una entidad social preexistente a la llegada fenicia.

A comienzos del milenio se fue forjando un patrón de asentamiento que respondía a las variadas necesidades económicas (metalúrgicas, agrícolas y ganaderas) y a su comercialización, ajustado a las zonas próximas a los márgenes de los ríos, que tuvieron un papel importante, además, como vías de penetración. El río Guadalquivir, navegable al menos hasta Córdoba, enlazaba con las tierras altas de Andalucía, la Meseta y, a través de la Sierra de Segura, con el Levante. El río Genil, en parte navegable, permitiría el tránsito hacia las tierras interiores de Andalucía Oriental, por medio de las hoyas de Guadix y Baza. Los ríos Tinto y Odiel enlazaban con las zonas mineras de Huelva y el río Guadiana con Extremadura y Portugal. En cuanto a la concentración de los poblados, las zonas mineras onubenses comenzaron a poblarse paulatinamente, iniciando sus actividades metalúrgicas. Otras zonas con abundancia de asentamientos de la época se emplazan a lo largo de los ríos Guadalquivir, Guadalete, Guadiamar, Genil y Guadajoz, en un medio de colinas suaves, apto para menesteres agrícolas y ganaderos. De esto se deduce la existencia de un núcleo cultural dotado de recursos económicos y bien comunicado en el que la Sierra de Huelva, fue el gran centro minero y el Guadalquivir, La Vega y la campiña su granero.

Los poblados se disponen, por lo general, en elevaciones de escasa altura y, por lo que conocemos, carecen de sistemas defensivos o murallas, lo que sugiere una época poco conflictiva y pacífica (al menos, en las fases más antiguas). Se trata de pequeños establecimientos de pocos habitantes, prefiriéndose su multiplicación en numerosos puntos en vez de grandes concentraciones. Las viviendas, esparcidas en núcleos sin orden aparente, consisten en cabañas circulares u ovaladas, excavadas a poca profundidad en el suelo, con paredes y techos construidos mediante un entramado vegetal revocado de arcilla. No se han hallado edificios públicos o instalaciones que sugieran una actividad colectiva. El poblado de San Bartolomé, en Almonte, sirve de paradigma para la reconstrucción de un poblado de la época. Se reparte la población en cuatro altozanos, entre los que discurre el arroyo de San Bartolorné, ocupando una extensión aproximada de 40 ha. La distribución indica que solo se utilizaban determinadas zonas del terreno disponible, según un patrón de asentamiento en núcleos de viviendas. Las cabañas, utilizadas como lugares de habitación y dormitorio, son de planta circular u ovalada de diferentes en tamaños (nunca exceden los 5 m), con paredes y techumbres de estructura vegetal, enlucidas de barro, y suelos también de arcilla o simplemente con el suelo natural, sin particiones interiores. Junto a ellas, otras estructuras, de diversos tamaños, se utilizaron como almacenes, silos, cobertizos para el cobijo de animales y lugares de trabajo. De modo que una vivienda se compone, por lo regular, de varias estructuras cercanas e independientes, no integradas en un espacio único. Varias unidades componen el poblado y entre ellas hay espacios libres, destinados a usos agrícolas, de huertas u otros menesteres. Hasta el momento, en San Bartolomé, en donde se han excavado 35 estructuras, no se destaca ninguna que responda a un edificio público o vivienda principal, lo que sugiere poblados con sociedades poco complejas, sin grandes diferencias de clases.

A lo largo del siglo IX a.C. el panorama cambió sustancialmente, en cuanto al territorio, cultura material y enterramientos. Se advierte un aumento demográfico, con el consiguiente aumento del número de asentamientos que, por la diversificación de los tamaños (desde núcleos de varios cientos de habitantes a pequeñas estaciones o caseríos), son indicadores de la estructuración en un territorio político y jerarquizado, un territorio y sociedad más compleja que en los últimos siglos del milenio anterior.

El análisis de los resultados de la prospección superficial realizada en varios asentamientos del estuario del Guadalquivir (desde Sanlúcar a Trebujena) y la Campiña de la región occidental gaditana, constituye un modelo de cómo pudo haberse desarrollado dicha jerarquización y funcionalidad del territorio, aplicable a otras zonas. De un total de ochenta asentamientos, solo en pocos casos se sobrepasan las 8 o 10 ha, los restantes o son de tamaño medio o se componen sólo de unas cuantas cabañas. En los asentamientos principales, situados a una distancia considerable entre si, pero comunicados visualmente, se han encontrado las cerámicas de mayor calidad técnica y los materiales fenicios más arcaicos. De lo dicho se deduce la existencia de asentamientos nucleares, o centros políticos y de acopio y redistribución de excedentes, asentamientos menores dependientes de éstos y lo que pudieran considerarse simples centros de trabajo; es decir, un territorio socialmente complejo estructurado en rangos de poder.

Si bien no se puede hablar de una estructura urbana, en las excavaciones realizadas en el poblado de Pocito Chico (Puerto de Santa María, Cádiz) se ha hallado una vivienda hipogea de grandes proporciones, en torno a 30 o 35 m, que destaca también por la riqueza y abundancia de sus materiales e importaciones fenicias, que contrasta en tamaño y materiales con otras del poblado. La existencia de este tipo de viviendas, seguramente pertenecientes a personajes de alto rango dentro de la sociedad, también sugiere el comienzo de un cierto nivel de jerarquización.

En suma, durante esta etapa de consolidación se afianzan los sistemas económicos característicos del concepto histórico de Tartessos, determinando asimismo su ámbito geográfico, dentro de una estructura social basada en agrupaciones de carácter familiar o de clanes. Más tarde, debido a impulsos fenicios, se desarrollaron sistemas económicos complejos, con el surgimiento de familias o personajes importantes, advirtiéndose claras diferencias sociales.

FENICIOS y TARTESSOS

El problema de Tartessos va ligado al concepto histórico del tipo de relaciones establecidas entre indígenas y fenicios, como formulación teórica de la explicación conceptual y empírica del registro arqueológico existente. El colonialismo es un tema de larga tradición en la arqueología del Mediterráneo, proveniente de la antigua Arqueología Clásica, que viene a significar para el Occidente colonias fundadas por gentes procedentes de Oriente. Colonización se entiende como la presencia de uno o más grupos de gentes que se establecen en una región lejana a su lugar de origen (los “colonizadores”), y la existencia de relaciones asimétricas de dominio o explotación entre los grupos que colonizan y los habitantes de la región colonizada. En términos históricos más modernos cabe hablar de “colonialismo depredador”, que no es el caso de la presencia fenicia en Occidente.

Aculturación e interacción suponen un contacto cultural, que entraña, no la simple adaptación de nuevos elementos a la estructura social existente, sino reestructuración, en mayor o menor grado, de una de las culturas o de ambas que entran en contacto. En términos generales, la presencia fenicia en Occidente y el contacto cultural con la sociedad indígena no debe analizarse desde el concepto y acción de colonización, sino desde la aculturación e interacción. Dado el carácter comercial de la colonización fenicia, puede mantenerse que no hubo ni imposición militar ni seguramente apropiación de tierras o de zonas productivas (ni siquiera en las regiones mineras productoras de plata), sino una estrategia sutil e interesada conducente a mantener relaciones amistosas a través de contactos pacíficos, pactados y continuados, que permitan intercambios de productos exóticos y aportación de tecnología, a cambio de la instalación de asentamientos permanentes en el territorio, la posibilidad de explotación de metales (esencialmente plata) y, sobre todo, el monopolio del comercio exterior. Este lento proceso de acción recíproca entre sociedades, que se desarrolló a lo largo de casi un siglo, condujo finalmente a una aceptación de la superioridad fenicia, sin que ello implique subordinación o sumisión, y a una reestructuración de la cultura indígena, poseedora del control territorial y de la producción, reflejada en aspectos urbanos, tecnológicos, socioeconómicos, comerciales e ideológicos.

El espacio temporal al que se refiere el término de Tartessos parte de la cronología de los primeros asentamientos fenicios en Occidente y la fundación de Gadir, y los procesos internos de cambio de la sociedad indígena del Bronce final. Según los datos que se poseen, por el material arqueológico y dataciones absolutas, el comienzo estable de esta ciudad fenicia tuvo lugar en torno al 800 a.C. A partir de aquí se inició un proceso de acercamiento a los centros indígenas y de intensificación de los contactos culturales, que produjeron cambios materiales y socioeconómicos de la segunda mitad del siglo VIII y siglo VII a.C.

La tecnología es una de las variables del cambio cultural. Desde la segunda mitad o fines del siglo VIII a.C. se advierten cambios en las formaciones sociales indígenas, debidos en parte a la introducción de nuevos elementos tecnológicos en las estructuras productivas. En cierto modo es lo que algunos historiadores han llamado "determinismo tecnológico", para mostrar que las relaciones entre la tecnología y sociedad son recíprocas y constituyen uno de los trasfondos de la transformación social, que es un aspecto determinante en el concepto histórico de Tartessos. En una enumeración puntual de las innovaciones técnicas introducidas por el mundo colonial se citan las siguientes: la introducción del torno rápido y el uso de hornos más complejos que alcanzan temperaturas más altas en la producción cerámica (que determinaron un aumento de la producción, con menos tiempo empleado, y un elenco cerámico más variado); la variación en la tipología de los vestidos a partir del empleo de las fíbulas y nuevas técnicas de orfebrería; la introducción de la escritura, considerada como una derivación del tipo de alfabeto de Hama; la modificación de la panoplia militar con la llegada de nuevos tipos de armas; la introducción y posterior explotación del vino y el aceite y el desarrollo de la iluminación mediante la introducción de lucernas; la introducción de cultos fenicios y adopción de rituales de enterramiento propios del Mediterráneo Oriental y la introducción de nuevas especies animales como el asno y la gallina; y el desarrollo de la metalurgia del hierro a partir de las factorías de la zona sudeste.

La ciudad surge cuando se producen una serie de avances técnicos y mejoras agrícolas que incrementan la producción y propician la existencia de excedentes. Hay que añadir que aunque el porcentaje mayor de la población se dedique a fines agrícolas, otros habitantes tienen otras especializaciones, corno comerciantes, sacerdotes, soldados, artesanos dedicados a otras actividades, es decir, cierta especialización en el trabajo y estructuras de clases jerarquizadas. En suma, los elementos que sustentan el proceso urbano son cierta densidad de población, excedentes productivos, básicamente agrícolas, y la capacidad organizadora y de dominio de la elite dirigente, a la que hay que suponer poder religioso, político y económico, donde el comercio y su control debió constituir una variable importante.

La arqueología del territorio adquiere una de las variables de mayor significación para abordar cualquier estudio histórico, y en este caso el de Tartessos. En el trascurso del siglo IX a.C. se advierte un espacio intensamente habitado, preurbano, pero en el que se distinguen centros que, por la dispersión de los materiales arqueológicos, son núcleos políticos que controlan un territorio compuesto de pequeñas unidades productivas, o periferias, concebidas como espacios productivos. Generalmente se sitúan en lugares estratégicos, ricos en recursos, junto a fuentes de agua y gozan de una excelente visibilidad como control, comunicación y defensa. A finales del siglo VIII y durante todo el siglo VII a.C. se percibe un cambio de intensidad, y no de carácter demográfico, consistente en la reducción del número de asentamientos y el surgimiento de ciudades casi urbanas que adoptan las estructuras de los centros urbanos fenicios (continuando en varios puntos los fondos de cabañas del Bronce Final). En la bahía de Cádiz, el Castillo de Doña Blanca es hoy por hoy la manifestación más explícita de una ciudad fenicia de comienzos del siglo VIII a.C., que probablemente sirvió de modelo para el urbanismo tartésico. En el Castillo de Doña Blanca se vislumbran, desde temprano, restos de viviendas con muros de mampuestos trabados de arcilla, revocados y enlucidos de cal, con pavimentos de arcilla roja depurada. El Bajo Guadalquivir asimiló al mismo tiempo estas características constructivas, como se advierte en El Carambolo, Cerro Macareno, Cerro de la Cabeza y Carmona, por citar algunos ejemplos. Los cambios alcanzaron también a las regiones mineras, como muestra el poblado del Cerro Salomón. Se han excavado aquí viviendas del siglo VII a.C. formadas por un número impreciso de habitaciones pequeñas, rectangulares, con paredes de tapial asentadas en un zócalo de mampuestos, como es característico en la zona de la costa. Durante el siglo VII a.C. se protegieron algunos poblados, relacionados con la metalurgia de la plata, mediante sistemas recios de murallas. Uno de esos poblados es el de Tejada la Vieja, situado en una meseta a 160m. de altura, circundado mediante una muralla de mampuestos, ataludada y jalonada por bastiones o torres semicirculares, en una longitud de más de un kilómetro y medio. El caserío, que se reparte en las 12 Ha. que comprende el poblado, se compone de viviendas compartimentadas en habitaciones rectangulares y paredes de mampuestos y tapial, inmersas en ínsulas irregulares, con plazas abiertas y calles. A modo de ejemplo, una de esas viviendas presenta varias estancias dedicadas a: dormitorio, cocina, almacén (se halló repleta de ánforas) y actividades metalúrgicas.

Es ahora, durante la fase orientalizante, cuando se completan los límites de la geografía tartésica, a la par que se advierte un crecimiento notable de los poblados, que en su mayoría van a perdurar hasta la época turdetana. La costa de Cádiz sufre un aumento de población que se distribuye por la costa y la campiña, mientras que en el Bajo Guadalquivir se prefiere el cauce de este río, hasta más allá de Córdoba, así como las mesetas del Aljarafe y Los Alcores. La zona minera de Río Tinto alcanza ahora un auge considerable, en torno a los poblados de Cerro Salomón y Quebrantahuesos, en tanto que el río Tinto, que enlaza esta región con Huelva, constituye una ruta importante en el tráfico de los metales. Cabe señalar, en este sentido, el auge y la expansión de los poblados que guardan el paso desde la campiña hasta esas zonas mineras, como Tejada la Vieja, Mesa del Castillo y Cerro de la Matanza, que se fortificaron por entonces. En suma, la región tartésica ya estaba diseñada desde la fase precedente del Bronce Final pero, a causa de la presencia fenicia y del impulso económico que supuso, surgen durante el siglo VII a.C. más núcleos y mejor dotados, consolidándose aquellos que controlaban los recursos mineros y agrícolas más ricos.

GRIEGOS y TARTESSOS

En la primera mitad del siglo VI a.C. se vislumbran cambios importantes y generalizados en el desarrollo protohistórico del mediodía peninsular, como muestran los datos arqueológicos obtenidos en numerosos poblados fenicios y tartesios. Las causas de estos acontecimientos son por ahora oscuras y de difícil interpretación. No obstante, se aduce con frecuencia que una de las razones estriba en el desequilibrio económico y político que supuso la caída de Tiro en el 573 a.C., a donde se dirigía en gran parte el mercado fenicio occidental durante los siglos VIII y VII a.C. A ello se añaden los intereses y presencia cartaginesa en el mediodía peninsular. El comercio fenicio pasó en este momento a un segundo plano, a la vez que se fortaleció el comercio griego con base en Marsella y más tarde en Ampurias, cayendo los fenicios occidentales bajo la influencia de Cartago. En efecto, M. E. Aubet ha sugerido la presencia cartaginesa en la Península desde mediados del siglo VI a.C., como se percibe por la aparición de asentamientos como Villaricos (Almería), las necrópolis del Jardín (Torre del Mar) y de Cádiz. El siglo VI a.C. fue, pues, una época inestable cuyas causas están todavía por explicar, más a todo esto se añade que, desde los comienzos del siglo VI a.C., se inició un comercio activo griego oriental (principalmente focense), dirigido sobre todo hacia Tartessos, que finalizó hacia el 530 o 520 a.C. Poco más tarde, en la segunda mitad de ese siglo, son evidentes las importaciones griegas en la bahía de Cádiz y en los poblados fenicios de la costa y del sudeste.

Hacia el 640 o 630 a.C. se sitúan las noticias más antiguas que nos transmite Herodoto (que vivió en el siglo V a.C.) acerca de un comercio activo y fecundo entre griegos samios y Tartessos. Relata el viaje que Colaios de Samos efectuó hasta el emporio de Tartessos, debido al azar, según parece. Poco después, hacia el 600 a.C., tuvo lugar, según Herodoto, el inicio de unas relaciones comerciales entre los griegos orientales de Focea y el rey tartesio Argantonio, del que se hicieron amigos y con el que realizaron excelentes negocios. Así explica R. Olmos las causas que motivaron estas negociaciones: “La incertidumbre del oro y de la plata orientales ante el avance persa en Asia Menor estimularía a los foceos para explotar estos mercados más seguros y rentables del lejano Occidente. La tentación de Tartessos, con su abundancia en plata y metales, es una realidad que transformará seguramente la realidad económica y comercial de Focea a lo largo de algunas décadas”.

En términos generales, el material griego más numeroso se fecha en un período que va del 600 al 520 a.C. aproximadamente, si bien existen elementos más antiguos. Por ejemplo, un fragmento de crátera griega se sitúa por su decoración en el geométrico medio II, a mediados del siglo VIII, a.C., y una copa de pájaros del geométrico tardío, segunda mitad del siglo VIII a.C., constituyen los elementos más antiguos localizados en esa zona y probablemente fueron llevados allí por mercaderes fenicios, sin que su presencia implique la presencia de nautas griegos. Poco después, entre el 630 y 590 a.C., es cuando se producen las primeras navegaciones griegas a Tartessos, si se tiene en cuenta a Herodoto. El comercio de esta fase tiene un carácter de lujo, aristocrático, destinado a las clases tartésicas más altas, y consiste en vasos de bronce radios, grifos que adornarían calderos de bronce, aríbalos corintios, copas samias, bucchero eolio, cuencos de pájaros e importaciones corintias o de Asia Menor. Estos productos de lujo se concentran precisamente en el área tartésica, escaseando en las factorías fenicias.

Durante el siglo VI a.C., y más precisamente entre el 580 y el 530 a.C. es cuando tiene lugar la más intensa presencia griega en Huelva, consecuencia de la buena armonía comercial con las clases tartesias. Continúa un comercio de lujo, con piezas de excelente calidad, pero también aparece en este momento una vajilla más corriente, a base de piezas de calidad mediocre que proceden de la Grecia del este. Entre vasos funcionales, como pueden ser las copas denominadas "jonias", halladas en gran número, se advierten otras más elaboradas con danzantes ebrios por la bebida (se las conoce como grupo de los Comastas), o bien, copas de Bandas, decoradas con palmetas y animales (cisne, felino, ciervo, etc.), o vasos de tocador, como píxides y aríbalos, que sugieren un comercio de perfumes. Y no faltan las ánforas (áticas, corintias, quiotas o samias), más utilitarias, en las que se transportaría vino o aceite. En suma, los dos mil fragmentos griegos documentan la presencia griega en Tartessos y prueban unas relaciones comerciales excelentes con sus habitantes, como Herodoto insinúa.

Hacia el 530 a.C. se advierte en Huelva el final de esta época de esplendor, sumergiéndose en una franca decadencia, bien sea por la pérdida de sus recursos económicos (agotamiento de sus recursos metálicos), por dificultades de su comercio exterior, a causa del control cartaginés del Mediterráneo occidental, o tal vez por la explotación de otros centros mineros en otras zonas andaluzas, como, por ejemplo, Cástulo. La arqueología percibe esta depresión económica por los hallazgos menos abundantes en esta época, además en estratos de escasa potencia, por la restricción de su hábitat que viene a significar una disminución de la población, como es propio en un momento crítico, por el abandono de los centros mineros de la región de Río Tinto y por el cese de las importaciones griegas. El siglo V a.C. parece anodino y decadente, continuando la crisis económica en Huelva iniciada anteriormente. No obstante, el material recogido en las laderas del Cabezo de San Pedro principalmente manifiesta cierta actividad durante los siglos IV-III a.C. Mas Tartessos ha quedado ya en el recuerdo, y no es probablemente la actividad metalúrgica la que se ejerce en el lugar, sino más bien otras menos rentables, como la pesca y la ganadería.

FINAL DE TARTESSOS

La decadencia y final de Tartessos es un tema que ha ocupado la atención de numerosos investigadores:

Cartago, destructor de Tartessos: según Schulten, Tartessos fue destruida entre los años 520 y 509 a.C., como consecuencia de la batalla de Alalia, librada en el 535 a.C. entre cartagineses y etruscos contra los griegos, por razones del control comercial del Mediterráneo, tras la caída de Tiro en el 580 a.C. Tras esta batalla, los griegos focenses perdieron su control comercial marítimo en el Mediterráneo y Occidente, pero más perjudicial fue para Tartessos. En palabras de Schulten, la batalla de Alalia “eliminó a los griegos del mar Occidental y abrió a los cartagineses el camino que conducía a los tesoros de Tartessos. Los cartagineses fueron aún peores que sus antecesores, los tirios. No debieron tardar mucho tiempo en alargar sus codiciosas manos hacia la tierra de la plata”. Su posición es clara: Tartessos fue destruida como consecuencia de la conquista militar cartaginesa, tras la caída de Tiro, eliminando la competencia comercial griega, y para controlar la producción de plata tartésica.

Factores económicos y decadencia interna: según Maluquer de Motes, el problema de la decadencia u ocaso de Tartessos es más complejo y ofrece más variables para su explicación. En primer lugar se refiere al silencio de las fuentes, durante trescientos años, desde la batalla de Alalia, en 535 a.C., hasta el desembarco cartaginés de Amílcar Barca en el año 237 a.C. Lo que no significa un rompimiento total en el comercio griego occidental, basándose en el texto de R. F. Avieno sobre la existencia de un camino terrestre, como alternativa a la ruta costera más directa controlada por los cartagineses, que comunicaba Mainake con Tartessos, y de la sugerencia del tratado del 508 a.C. entre Roma y Cartago de la que se desprende que los griegos no habían renunciado a navegar hasta el Estrecho. Otro aspecto, en que basa su razonamiento, es el de la propia estructura del reino de Tartessos y su carácter económico. Da por sentado que Tartessos es una monarquía centrada en el bajo Guadalquivir, que ejercía un control hacia otros territorios, y que su riqueza se deriva del control y comercialización de los metales, que eran los productos más codiciados en el mercado. El control de los metales es la justificación del sostenimiento de la monarquía tartésica, y la pérdida de este control debilitaría su autoridad entre sus súbditos dependientes, con el riesgo de desligarse de la tutela tartésica. Incide también en que las condiciones comerciales durante el siglo VI a.C. son diferentes a las épocas anteriores, donde los metales, como consecuencia del desarrollo de los núcleos urbanos, no tenían ya la misma importancia. Además, el centro de Masalia abrió otras rutas para procurarse estaño, suponiendo una fuerte competencia para el que procedía de Tartessos. La caída de los precios trajo consigo la decadencia y empobrecimiento de la monarquía y territorios tartésicos, de lo que se ha de suponer que los régulos locales se desligarían del vasallaje de los monarcas tartésicos. Tartessos ciudad no fue destruida por imperativo militar, sino sencillamente por razones económicas. Por último, señala como otra de las causas las dificultades que hallaron los griegos para navegar hacia el Estrecho y alcanzar las costas atlánticas, lo que contribuyó a afianzar sus establecimientos en la costa alicantina. Hallaron allí más facilidades para mantener contacto directo con los centros mineros del Alto Guadalquivir y Cástulo, que no se controlaba desde Tartessos.

Crisis económica y contexto histórico global: Aubet sitúa el problema en un contexto histórico más amplio. Advierte que poco después del 600 a.C. se asiste a un progresivo abandono de las colonias fenicias costeras, en relación a acontecimientos políticos externos como la caída de Tiro, la reacción militarista cartaginesa en el Mediterráneo central y Occidente y cambios en la política colonial griega. El declive comercial fenicio debió tener incidencias entre las elites locales tartésicas para dar salida a los productos y materias primas. En esta época de crisis se sitúa la presencia focense en Tartessos y sus relaciones con Argantonio, según el texto de Herodoto, con el objetivo de controlar un mercado libre que ofrecía grandes posibilidades económicas. Hacia el 550 a.C., la presencia y control cartaginés en el Estrecho bloqueó el comercio griego, cuando el declive de Tartessos parece un hecho evidente. En este sentido, y desde una visión arqueológica se advierte, en general, un desequilibrio en poblados fenicios e indígenas, tras la caída de Tiro. Como efectos en la Península se argumentan cambios en el poblado del Cerro del Villar, en el río Guadalhorce, interpretados, según Arribas y Arteaga, como el comienzo de una nueva situación política y económica, el abandono de Toscanos por esa época, el cese de los contactos fenicios con el sureste peninsular, como se advierte en los poblados de Los Saladares y Peña Negra, la decadencia o abandono de ciertas factorías norteafricanas, vinculadas estrechamente con Gadir, como Mogador, etc. En este panorama, que ofrece una época de descontrol y debilidad del poder marítimo gaditano en la zona del Estrecho, los griegos (samios y focenses) introdujeron sus mercaderías en los mercados fenicios y tartesios, comerciando con Argantonio la plata procedente de la región minera onubense. Todo ello en relación directa con el surgimiento de Cartago y su expansión militar hacia el Mediterráneo central y Occidente, como heredera de Tiro en el control político y económico del Mediterráneo.
El panorama así esbozado refleja una época de crisis motivados por factores externos, que tuvieron repercusión en Tartessos, y por factores internos relativos a la minería. La crisis minera se ha explicado por el agotamiento de recursos tecnológicos y por la falta de demanda de los mercados orientales. Arqueológicamente se advierte en la región minera de Riotinto, donde los vestigios arqueológicos en el Cerro Salomón no sobrepasan el siglo VI a.C., e igual sucede en la propia Huelva, como centro metalúrgico y exportador, en San Bartolomé en Almonte y posiblemente en la región minera de Aznalcóllar. Si unimos a esto factores de competencia productiva externa, como las minas de Thorikos y Laurion en Grecia, y la falta de interés de la plata en los mercados orientales, queda justificada la crisis en que quedó sumida Tartessos. La crisis estuvo motivada, según todos los indicios, por factores externos, pero no afectó a todo el suroeste peninsular, sino en las zonas cuya base económica estaba basada principalmente en la minería. No es el caso de la bahía gaditana, ni de los núcleos de economía agropecuaria.

La crisis, como consecuencia de la producción y tensión social: Alvar plantea el problema desde el sistema de relaciones entre las sociedades indígenas y fenicias. Parte de la base de que este sistema de relaciones tiene un "vector horizontal", contacto entre los grupos dominantes y los fenicios, y un "vector vertical", que es el establecido entre dominantes y dominados como consecuencia de las transformaciones introducidas desde la presencia colonial. Esta posición comienza desde el Bronce Final, cuando la economía agropecuaria consolida a los grupos dominantes. La llegada de los fenicios supone una modificación sustancial en las bases económicas que sustentaban a los grupos dominantes, pasando del excedente agropecuario al minero metalúrgico, que es ahora el fundamento de la posición de privilegio del grupo dominante, al margen de que la mayoría de la población estuviese dedicada a la producción agrícola y ganadera. Según este razonamiento, que en nuestra opinión es más complejo y no tan generalizado, la crisis del sector minero constituyó el motivo de la relajación de las relaciones entre fenicios y las aristocracias tartésicas, y trajo como consecuencia el período de crisis o del ocaso de Tartessos.
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