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PENÍNSULA IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES

PÚNICOS EN IBERIA
  • 654-653 a.C.: según Diodoro de Sicilia los cartagineses fundaron una colonia en la isla Pitiusa (Ibiza). Diodoro señala que la misma estaba ocupada por “toda clase de bárbaros” y que los más numerosos “eran fenicios”.
  • 573 a.C.: caída de Tiro. Proceso de independencia de las poleis púnicas occidentales.
  • 535 a.C.: batalla de Alalia. Una coalición de los etruscos y cartagineses se enfrenta y vence a los foceos frente a las costas de Córcega. Muestra del protagonismo que durante la segunda mitad del siglo VI a.C. estaba asumiendo Cartago.
  • 509 a.C.:  primer tratado  romano cartaginés. Según Polibio, en los tiempos de Lucio Junio Bruto y Marco Horacio, los primeros cónsules nombrados después del derrocamiento de la monarquía en Roma, la ciudad firma un tratado con Cartago. Los romanos y sus “aliados” tendrían permiso de navegar “si era para hacer comercio” solamente hasta Cartago y la región africana limitada por el Cabo Hermoso; y también hasta Cerdeña y la parte de Sicilia sometida a los cartagineses.
  • 500 a.C.: la Liga Púnica Gaditana y la alianza cartaginesa. Según la referencia textual de  Hecateo de Mileto, varias  poleis controlaban los territorios situados hacia el este de las Columnas de Heracles. Desde finales del siglo VI a.C., mientras a través de Ampurias se mantiene el comercio griego con el Mundo Ibérico, en el Extremo Occidente se refuerza la alianza púnica entre Gadir y Cartago. Supone una connivencia entre Cartago y la Liga Púnica Gaditana y un estrechamiento de las relaciones económicas, políticas y culturales entre los fenicios asentados en África y los fenicios de la Península Ibérica.
  • 348 a.C.: segundo tratado romano cartaginés, respecto de Mastia. En este nuevo tratado, los cartagineses aumentan sus exigencias en África y en Cerdeña, prohibiendo a los romanos y a sus “aliados” todo acceso a tales territorios  (incluyen  entre sus aliados a los tirios y a los habitantes de Otica) y reafirman hacia el oeste la misma prohibición también en atención a los aliados occidentales, bajo las siguientes condiciones: “que los romanos no recojan botín más allá del cabo Hermoso ni de Mastia, que no comercien en tales regiones ni funden ciudades”. Vuelve a definirse claramente en la acentuación  prohibitiva de las cláusulas de este tratado cuáles eran las  pautas que durante los siglos V y IV a.C., y como aliados de Gadir, los cartagineses estaban disfrutando: mediando en el comercio, y fundando colonias en los territorios amigos.
Siempre que se haga referencia a los “púnicos”, será de forma general, no solamente privativa de una identificación cartaginesa, sino igualmente gaditana, considerando que la polis gaditana fue una aliada independiente y no una vasalla de la polis cartaginesa. El nombre púnico, así entendido, hace referencia a todos los estados con bases territoriales, tanto en el Mediterráneo central como en su Extremo Occidental (Círculo del Estrecho), que desde finales del siglo VI a.C. entablaron unas alianzas políticas y económicas bajo las hegemonías respectivas de Cartago y de Gadir, para defender en común sus particulares intereses ante las políticas económicas de los aliados de Roma. La identificación del nombre cartaginés, con el nombre púnico, arranca del protagonismo diplomático y militar asumido a partir de los siglos VI y V a.C. por Cartago frente a los romanos y por la idea de que a partir de la Caída de Tiro los cartagineses fueron los herederos de los fenicios en el Mediterráneo occidental. Esta suposición conectada con los acontecimientos militares de la Segunda Guerra Púnica no ha dejado de cuestionarse en relación con la afirmación o negación de la presencia cartaginesa de una forma imperialista en el Círculo del Estrecho entre los siglos V y III a.C. En el Extremo Occidente la hegemonía política económica de Gadir se habría fundado a partir de una alianza paritaria establecida con otras ciudades púnicas: Lixus (Larache), Malaka (Málaga), Sexi (Alrnuñécar), Abdera (Adra) y Baria (Villaricos), entre otras.

REESTRUCTURACIÓN DEL POBLAMIENTO FENICIO OCCIDENTAL

Se denomina fenicio occidental al poblamiento de procedencia oriental que, desde la transición del siglo IX al VIII a.C., bajo la advocación económica, política y religiosa del Santuario de Melqart en Gadir (Cádiz), se expande mediante la implantación de distintos círculos productivos coloniales por las costas atlánticas y mediterráneas situadas alrededor del estrecho de Gibraltar. La cultura material (referida a los hábitos de la vivienda, al modo de preparar y consumir los alimentos, a la forma de vestir, etc.) y la Cultura como ideología política (referida a la conciencia social) formaban partes consustanciales del sistema integral que los fenicios iban a reproducir en los ámbitos occidentales de su expansión colonial. Entre los círculos productivos que en contacto con la primera fundación gaditana se fueron estableciendo a lo largo del siglo VIII a.C., mostrando ya en su cultura material y en su ideología un claro carácter fenicio occidental, estaban aquellos que dominando amplios medios territoriales y marítimos conocieron desde el principio un asentamiento residencial de larga duración: como por ejemplo ocurriría en los futuros núcleos de Lixus, Malaka, Sexi, Abdera y Baria; donde los asentamientos residenciales de los primeros grupos familiares afincados pronto se vieron acompañados por otros enclaves secundarios; que a su lado se hicieron funcionalmente complementarios. Dado que la connivencia con Tartessos era económica, social y política, y considerando la estructura clasista de Tartessos, la relación interétnica con la sociedad clasista fenicia bien pronto pudo encontrar un modo de integración. Se establece de este modo un pacto territorial entre Gadir y Tartessos al que veremos adscrito el crecimiento colonial y el crecimiento urbano que, hacia el hinterland vertebrado por el Valle del Guadalquivir, se conoce como Período Orientalizante. En el contenido económico político del pacto queda comprendida la servidumbre territorial de muchos grupos aldeanos indígenas que, apartados de los centros del crecimiento urbano de Tartessos y cercanos a los núcleos residenciales fenicios, se vieron involucrados en el Proyecto Colonial.

El crecimiento interno de los círculos productivos fenicios que se lleva a cabo con la prestación del pacto territorial establecido con la elite local, incluyendo la fuerza de trabajo indígena, establecería otras vinculaciones territoriales en la periferia marítima de Tartessos. Por lo que, además de las actividades pesqueras que se desarrollaban por el frente mediterráneo norte africano, durante la segunda mitad del siglo VIII a.C., tenemos a los fenicios occidentales expandiendo su presencia cuando menos hacia el levante, en los alrededores del río Segura. Esto aparece actualmente confirmado a la vista de la fundación del establecimiento de La Fonteta (Guardamar), que sin duda era un asentamiento fenicio occidental. El apogeo de la política económica desplegada por los fenicios occidentales, sin embargo, se produjo a partir de mediados del siglo VII a.C. en adelante cuando, sin perderse quizás todavía del todo la articulación colonial del Círculo del Estrecho con el Sistema Tributario Tirio, puede hablarse en relación con Gadir de la proyección de una verdadera talasocracia occidental, coincidiendo con la fundación de Ebussus (Ibiza). En efecto, incluyendo los contingentes fenicios occidentales que se asentaron en Sa Caleta (Ibiza), el dominio marítimo capitaneado por Gadir abarcaba desde el Suroeste de Portugal hasta la desembocadura del río Ebro. Según la tradición escrita que se apoya en el relato de Diodoro de Sicilia los cartagineses habrían sido los fundadores de una colonia en la isla Pitiusa (Ibiza) hacia los años 654 o 653 a.C. Pero señalaba dicho autor en el mismo texto que aquella isla estaba ocupada “por toda clase de bárbaros”, añadiendo que los más numerosos “eran fenicios” (asentamiento de Sa Caleta). La talasocracia gaditana, por consiguiente, supone una expansión fenicia occidental y, por tal motivo, debe parangonarse con la talasocracia cartaginesa que, durante la segunda mitad del siglo VII a.C., estaría integrada por otros ámbitos fenicios centro mediterráneos. No existiendo de una manera absoluta una dominación de Tiro sobre Cartago y sobre Gadir, las talasocracias occidentales complementarían una relación tripartita que no coartaba el desarrollo económico de las comunidades fenicias mediterráneas, aunque las mismas para mantenerse apoyadas por aquellos centros hegemónicos contribuyeran al sostenimiento del sistema tributario.

Partiendo del apogeo económico y político alcanzado por el Círculo del Estrecho en relación con la talasocracia fenicia occidental encabezada por la ciudad de Gadir, se puede explicar el auge político y económico de los círculos productivos coloniales que, entre los siglos VII y VI a.C., quedaron involucrados en la formación de las poleis futuras. Serían estos jóvenes estados territoriales los mismos que acabarían acusando como un salto cualitativo el gran cambio operado en sus nuevas ordenaciones urbanas y rurales, y también en sus paisajes funerarios, que de esta manera progresiva se fueron haciendo consustanciales con los establecimientos de las principales organizaciones ciudadanas occidentales. El éxito del comercio foceo en Occidente, durante los tres primeros cuartos del siglo VI a.C., se debe al citado proceso autonomista respecto del Mundo Fenicio. En el carácter independiente de cada polis reside la explicación de que las mismas hubieran luchado por dejar de insertarse como vasallas en un nuevo sistema colonial, y que sus alianzas pudieran haber cambiado a lo largo de los tiempos prerromanos propiciando variables estrategias geopolíticas entre sus territorios. La llamada “Liga Púnica Gaditana”, en consecuencia, puede resumir el contenido histórico social que en el Extremo Occidente hemos de darle al concepto tripartito que entraña la formación de dichas poleis, entendidas como establecimientos, como comunidades, y como estados independientes.

LA CIUDAD COMO POLEIS EN EL MUNDO PÚNICO OCCIDENTAL

Una de las preguntas que se deben plantear en relación con la trascendencia histórica que pudo tener la Caída de Tiro, y la ruina definitiva de su Sistema Estatal (ya bastante menguado por la hegemonía de la talasocracia gaditana) sobre las lejanas colonias fenicias occidentales, estriba a todas luces en cuestionar hasta qué punto estas últimas iban a mostrarse interesadas en quedar unificadas bajo otra dependencia política inmediata y no iban, por el contrario, a intentar proyectar sus propias autonomías. Durante buena parte del siglo VI a.C. esto último fue lo que hicieron, aunque como poleis más tarde tuvieran que establecer una nueva alianza con Gadir para defender sus particulares intereses, de una manera conjunta. En este sentido el testimonio de Hecateo de Mileto confirma que hacia el 500 a.C. el territorio costero situado hacia el este de las Columnas de Hércules estaba repartido entre varias poleis. No resulta extraño que en el tratado romano cartaginés del año 509 a.C., aunque no aparezcan citadas estas poleis occidentales, hubieran estado contempladas como ciudades aliadas de Gadir y por tanto de Cartago. Se abre en cualquier caso la consideración de un período intermedio que va del 575 al 525 a.C. para el tratamiento del proceso histórico según el cual, los círculos productivos territoriales fenicios occidentales, una vez liberados del sistema tributario colonial pudieron objetivar sus respectivos proyectos cívicos.

La primera polis en reorientar la política económica de su destino cívico hubo de ser Gadir. Por lo que entendemos que desde el 580 al 540 a.C., coincidiendo por un lado con la talasocracia focea en Tartessos, y por otro con la apertura de las poleis fenicias occidentales al comercio aristocrático griego, el proceso autonomista en Gadir pudo verse también plasmado en el nuevo carácter económico, político y religioso de su templo de Melqart adoptando la superestructura ideológica de un Heracleion. En este sentido, tampoco cabe olvidar que precisamente desde comienzos del siglo VI a.C., en el ámbito fenicio tartesio del entorno occidental se estaba propiciando un clima autonomista más bien generalizado, como puede recordarse también respecto de la emergencia de las ciudadanías ibéricas.

En el 535 a.C. una coalición de los etruscos y cartagineses derrotaron a los foceos frente a Córcega y estos últimos abandonaron en una gran mayoría la ciudad de Alalia para quedar emplazados en Hyele (Elea), en la costa tirrénica del sur de Italia. Otros textos, como los de Tucídides y Pausanias al referirse al conflicto naval desencadenado entre los cartagineses y los massaliotas, inciden en el cuestionamiento de otros sucesos militares hacia la segunda mitad del siglo VI a.C. mostrando la toma de postura que en el Mediterráneo Central estaba asumiendo Cartago, al lado de sus aliados fenicios, y frente a los griegos aliados de Roma. La prueba de que Cartago tenía intereses cifrados en Libia, además de los defendidos en Sicilia y Cerdeña, queda explicitada en las cláusulas del tratado romano cartaginés firmado en el año 509 a.C. Entre la batalla de Alalia y el momento del tratado con Roma transcurren cuando menos tres lustros que resultan claves para entender el cambio que se operaba también en el Extremo Occidente, respecto de Gadir y Cartago. Nos estamos refiriendo a la alianza de las poleis occidentales, en el seno de la Liga Púnica Gaditana y, por consiguiente, a la nueva política económica que aquellos jóvenes estados territoriales pactaron con los cartagineses; permitiendo que Cartago hiciera comercio y llevara colonos a las tierras que se explotan en Libia, no solamente cerca del cabo Hermoso, sino también hasta las zonas atlánticas de Lixus, es decir, comprendiendo los territorios que venían dominando y ocupando los fenicios occidentales. La talasocracia focea, que se corta en el Extremo Occidente precisamente entre el 540 y el 530 a.C., queda sustituida por el comienzo de la epicrateia púnica occidental, que pone límites al antiguo comercio aristocrático en Tartessos y abre camino a la implantación de un comercio institucional mantenido entre las poleis púnicas.

Antes de la batalla de Alalia se entiende que la apertura de la talasocracia focea hacia Occidente hubiera interesado a Tartessos, y también a los fenicios del Círculo del Estrecho. Siendo asimismo comprensible que después, con el llamado Cierre del Estrecho, las emergentes poleis púnicas occidentales, ahora nuevamente afirmadas en su alianza con Gadir, hubieran canalizado su política económica en relación con la creciente hegemonía de Cartago, frente a los aliados de Roma. En suma, se puede reiterar que sin mostrar una ruptura en relación con la economía política de los tiempos coloniales, el mencionado período intermedio fenicio púnico se desarrolla como propiciatorio de un apogeo autonomista, ya que junto a Tartessos se produce la emergencia territorial ibérica, y junto a Gadir la emergencia territorial de las ciudades púnicas.

Desde finales del siglo VI a.C. en adelante, fundamentalmente entre los siglos V y III a.C., las evidencias aportadas por la arqueología atestiguan que la ciudad de Gadir encabezaba el apogeo del comercio institucional cuando (bajo la advocación principal de su Heracleion) sus aliados pudieron, contando con el apoyo de Cartago, llevar sus productos hasta el Mediterráneo central y, de una manera insospechada a través del comercio griego, a los derroteros de Corinto y de Atenas. El comercio institucional que algunas poleis intentaban asegurar con sus tratados no erradicó el modelo alternativo del comercio aristocrático que incluso aquellas mismas poleis, cuando podían, continuaban llevando a cabo. La connivencia política establecida entre Cartago y Gadir durante los tiempos púnicos correspondientes a los siglos anteriores a los Barcas hubo de quedar pactada mediante alianzas con las poleis púnicas restantes, que llevarían a instituir unas normativas estipuladas respecto de comerciar, fundar colonias y recoger botín en el Extremo Occidente. Lógicamente, por lo antedicho, se entiende que la prosperidad gaditana era compartida por las restantes ciudades púnicas occidentales, siendo este gran apogeo el que vemos atestiguado en el crecimiento urbanístico de Lixus, Malaka, Sexi, Abdera y Baria, durante los tiempos prerromanos.

LA TRANSFORMACIÓN DE LOS PAISAJES FUNERARIOS

En los territorios colonizados por los fenicios, tanto los ritos funerarios como las formas constructivas de las tumbas utilizadas habían comenzado dependiendo de las influencias metropolitanas, y del origen de los primeros colonos. Pero andando el tiempo, debido a la conjugación de múltiples causas internas y externas, culturales y religiosas, socioeconómicas e ideológicas, se fueron produciendo ciertos cambios que incidieron en la variación de las fórmulas sepulcrales y rituales implantadas durante el siglo VIII a.C., hasta que éstas quedaron sustituidas por otras conceptualmente diferentes. Si bien se ha venido pensando que los sistemas funerarios que se hicieron característicos del período púnico en la Península Ibérica pudieron derivar principalmente de las influencias cartaginesas que se habrían difundido a partir de finales del siglo VI a.C., no faltan actualmente evidencias arqueológicas que permitan, cuando menos, matizar tales supuestos. Ya que, a decir verdad, en el Círculo del Estrecho lo que se observa es un panorama bastante sincrónico, en relación con lo que se conoce en Cartago. Es decir, que no hace falta esperar hasta fines del siglo VI a.C. (más de cien años), para buscar explicaciones a las formas constructivas que se imponen durante la época púnica peninsular. Los paralelos a los que podemos aludir no son ociosos, y se remontan cuando menos al siglo VII a.C. En primer lugar, la famosa tumba de cámara con dromos de Trayamar, con sus conocidas particularidades técnicas y arquitectónicas que la diferencian de otras tumbas norteafricanas de su mismo tipo, constituye una prueba irrefutable de que los fenicios occidentales, como los cartagineses, habían adoptado sistemas funerarios cuyos mejores parangones se encontraban en Oriente.

La cronología de algunas tumbas de Trayamar, abarcando desde la segunda mitad de aquella centuria hasta principios del siglo VI a.C., hubo de empezar coincidiendo en cualquier caso con los tiempos más pujantes de la talasocracia fenicia, que, como hemos expuesto, había estado caracterizada por las fuertes relaciones económicas y culturales que se establecieron entre todos los asentamientos fenicios que en el Mediterráneo conectaban con Oriente, y con Occidente. Otro ejemplo importante es el de la tumba 1-E de Puente de Noy (Almuñécar), una monumental tumba con entrada de pozo, de grandes dimensiones: 5,60 por 5,20m y 7,50 m de profundidad. Otro dato a tener en cuenta, de cara a comparaciones futuras, es que además de las tumbas familiares, destinadas a enterramientos múltiples por razones gentilicias, existían durante el siglo VII a.C. otros enterramientos individuales, como se ha podido comprobar en tumbas tanto de pozo como de fosa de la necrópolis del Cerro del Mar (Málaga).

Lo primero que salta a la vista, en correspondencia con la reestructuración del poblamiento, y coincidiendo con el proceso formativo de las poleis, es que también se genera una tendencia aglutinante en relación con las necrópolis. Los cementerios fenicios del período colonial solían hallarse separados de sus poblados respectivos, adoptándose para ello la fórmula de “poner agua por medio”, mientras que, durante los siglos V y IV a.C., bien fuera en razón de la extensión horizontal de los nuevos sectores funerarios, bien fuera por causa del abandono de ciertas costumbres rituales, lo que se dejaba era “tierra por medio”. En efecto, esta tendencia aglutinante se muestra en la resolución colectiva de buscar una mayor aproximación topográfica entre la necrópolis y el poblado. En la necrópolis de Jardín, por poner un ejemplo bien conocido, se percibe que el traslado de la ciudad de los muertos se había llevado a cabo antes de que se hubiera abandonado la ciudad de los vivos, localizada en los alrededores de la vieja factoría de Toscanos, quedando los dos sitios separados por un barranco. Aunque la necrópolis se hallaba fuera del área fortificada de todos modos quedaba emplazada en la misma orilla de la bahía. Lo mismo vuelve a repetirse en Sexi (Almuñécar), en la que se aprecia que la gran mayoría de las tumbas excavadas en Puente de Noy se hallan bastante más cercanas a la línea costera ocupada por el núcleo urbano que la necrópolis con tumbas de pozo de Laurita, de los siglos VIII y VII a.C., excavada en el cerro de San Cristóbal, al otro lado del río Seco.

Un detalle de enorme interés comparativo es la abundancia de sepulturas que suelen aparecer en estas necrópolis. Aunque no podemos saber si todas las gentes que convivían en unos y otros asentamientos gozaban del privilegio de ser enterrados (existen fundadas sospechas de que muchas no lo tenían), quizás era la concentración del poblamiento, es decir, el aumento considerable de la demografía, lo que había contribuido a partir del siglo VI a.C. a que las tumbas púnicas se contasen por centenares, mientras que salvando las excepciones relativas a necrópolis de larga utilización en la época colonial parecen sumarse por decenas. En cualquier caso, creemos que hubieron de ser los nuevos convencionalismos sociales, ideológicos y religiosos, los que en definitiva dictaminaron que las sepulturas púnicas tendieran a juntarse en un cementerio colectivo, asumiendo un carácter cívico. Los cambios operados a nivel del nuevo paisaje funerario, en consecuencia, reflejaban una profunda renovación conceptual. Traducían en sí mismos una transformación equivalente a la observada en los nuevos centros urbanos en lo social, en lo económico, en lo ideológico y en lo religioso. Mostraban claramente la resultante del proceso, la transitoria conflictiva mediante la cual las comunidades de los vivos iban abandonando las antiguas formas de organización propias de los sistemas gentilicios para aproximarse a otras destinadas a estructurarse bajo la égida de leyes escritas. Por consiguiente, lo que los paisajes funerarios del siglo VI a.C. pasan a reflejar son los primeros pasos del gran cambio que desde los siglos VI y V a.C. madura en el nacimiento de la polis.

Pero además de esta consecuente correspondencia de dispersión, el criterio selectivo queda acentuado en Trayamar, tanto por el número especialmente reducido de sus tumbas como por su monumentalidad, así como también por el hecho de tratarse de panteones familiares. En Trayamar las sepulturas de cámara, al igual que en otros ambientes orientales y mediterráneos, eran como unas casas ostentosas para la transposición de la vida cotidiana a la vida de ultratumba, estando destinadas a personajes no menos pretenciosos de tal privilegio. Siendo panteones familiares, ilustran claramente cómo las relaciones de parentesco seguían resultando vinculantes entre aquellos grupos de rango social elevado. No se puede comparar la categoría social de estas familias de Trayamar, que formarían parte de las élites dominantes, con la de aquellos que por los mismos tiempos se enterraban en el Cerro del Mar y en la Casa de la Viña. Por muchas matizaciones que entre estos últimos se puedan establecer, resulta evidente que en su conjunto pertenecían a estamentos sociales inferiores. Vistas así las cosas, parece imponerse la siguiente probabilidad: la concentración selectiva de los pocos pero relevantes panteones aislados en el sitio de Trayamar, frente a la menor categoría de los otros cementerios vecinos, atestigua la existencia de unos grupos familiares privilegiados, que, en razón de sus prerrogativas sociales en el territorio, asumían distinciones honoríficas de un marcado corte aristocrático. Lo cual permite asegurar que nos encontramos ante una sociedad en la que las relaciones de parentesco resultaban todavía definitorias respecto de algunos grupos detentadores del poder. Es decir, que hacia la segunda mitad del siglo VII a.C., en las costas del mediodía peninsular, aunque se habrían iniciado, no se habrían ultimado los pasos hacia la plasmación de otras formas organizativas de la sociedad, como las que veremos cristalizar a partir del siglo VI a.C., privando aún en la época de Trayamar la primacía de grupos dominantes de carácter gentilicio. Naturalmente, dado que la acumulación de la riqueza no estaba de una manera exclusiva en manos de la nobleza terrateniente, sino igualmente en manos de los grandes negociantes y mercaderes, ya se habrían comenzado a gestar otras tendencias de acceso al poder, fundamentadas en criterios de corte oligárquico.

Por lo pronto, lo que nos interesa remarcar, aunque sea de una manera reiterativa, es que, al contrario de lo que acabamos de apreciar, en comparación con las evidencias de los siglos VII y VI a.C., las posteriores necrópolis púnicas de los siglos VI y V a.C. lo que comienzan a mostrar es cómo los enterramientos familiares de más alto rango se juntan en un mismo paisaje funerario con otros enterramientos de variada categoría y cómo las posibles prerrogativas aristocráticas se habían equiparado con las de los sectores oligárquicos de una manera más tangible, menos tangencial. En estos cementerios aglutinantes de comienzos del período púnico, aquellos hipogeos y tumbas de fosa que se destinaban a contener varios enterramientos, aparte de que podían resultar muy numerosos en comparación con las restantes sepulturas individuales, y de aparecer muchas veces agrupados en sectores especiales, siempre se encontraban integrados en un paisaje funerario comunitario. Es evidente, por todo lo dicho, que los paisajes funerarios de la época colonial habían cambiado a partir de los primeros tiempos de la época púnica. Y que en ellos se habían comenzado a vislumbrar las connotaciones sociales propias de la futura vida ciudadana, privando unos conceptos cada vez más individuales y pecuniarios, al lado de los gentilicios y honoríficos.
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