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PENÍNSULA
IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES |
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PÚNICOS EN IBERIA
- 654-653 a.C.: según
Diodoro de Sicilia los cartagineses fundaron una colonia
en la isla Pitiusa (Ibiza). Diodoro señala que la
misma estaba ocupada por “toda clase de bárbaros”
y que los más numerosos “eran fenicios”.
- 573 a.C.: caída
de Tiro. Proceso de independencia de las poleis púnicas
occidentales.
- 535 a.C.: batalla de
Alalia. Una coalición de los etruscos y cartagineses
se enfrenta y vence a los foceos frente a las costas de
Córcega. Muestra del protagonismo que durante la
segunda mitad del siglo VI a.C. estaba asumiendo Cartago.
- 509 a.C.: primer tratado
romano cartaginés. Según Polibio, en los tiempos
de Lucio Junio Bruto y Marco Horacio, los primeros cónsules
nombrados después del derrocamiento de la monarquía
en Roma, la ciudad firma un tratado con Cartago. Los romanos
y sus “aliados” tendrían permiso de navegar
“si era para hacer comercio” solamente hasta
Cartago y la región africana limitada por el Cabo
Hermoso; y también hasta Cerdeña y la parte
de Sicilia sometida a los cartagineses.
- 500 a.C.: la Liga Púnica
Gaditana y la alianza cartaginesa. Según la referencia
textual de Hecateo de Mileto, varias poleis controlaban
los territorios situados hacia el este de las Columnas de
Heracles. Desde finales del siglo VI a.C., mientras a través
de Ampurias se mantiene el comercio griego con el Mundo
Ibérico, en el Extremo Occidente se refuerza la alianza
púnica entre Gadir y Cartago. Supone una connivencia
entre Cartago y la Liga Púnica Gaditana y un estrechamiento
de las relaciones económicas, políticas y
culturales entre los fenicios asentados en África
y los fenicios de la Península Ibérica.
- 348 a.C.: segundo tratado
romano cartaginés, respecto de Mastia. En este nuevo
tratado, los cartagineses aumentan sus exigencias en África
y en Cerdeña, prohibiendo a los romanos y a sus “aliados”
todo acceso a tales territorios (incluyen entre sus aliados
a los tirios y a los habitantes de Otica) y reafirman hacia
el oeste la misma prohibición también en atención
a los aliados occidentales, bajo las siguientes condiciones:
“que los romanos no recojan botín más
allá del cabo Hermoso ni de Mastia, que no comercien
en tales regiones ni funden ciudades”. Vuelve a definirse
claramente en la acentuación prohibitiva de las cláusulas
de este tratado cuáles eran las pautas que durante
los siglos V y IV a.C., y como aliados de Gadir, los cartagineses
estaban disfrutando: mediando en el comercio, y fundando
colonias en los territorios amigos.
Siempre que se haga referencia a los “púnicos”,
será de forma general, no solamente privativa de una
identificación cartaginesa, sino igualmente gaditana,
considerando que la polis gaditana fue una aliada independiente
y no una vasalla de la polis cartaginesa. El nombre púnico,
así entendido, hace referencia a todos los estados con
bases territoriales, tanto en el Mediterráneo central
como en su Extremo Occidental (Círculo del Estrecho),
que desde finales del siglo VI a.C. entablaron unas alianzas
políticas y económicas bajo las hegemonías
respectivas de Cartago y de Gadir, para defender en común
sus particulares intereses ante las políticas económicas
de los aliados de Roma. La identificación del nombre
cartaginés, con el nombre púnico, arranca del
protagonismo diplomático y militar asumido a partir de
los siglos VI y V a.C. por Cartago frente a los romanos y por
la idea de que a partir de la Caída de Tiro los cartagineses
fueron los herederos de los fenicios en el Mediterráneo
occidental. Esta suposición conectada con los acontecimientos
militares de la Segunda Guerra Púnica no ha dejado de
cuestionarse en relación con la afirmación o negación
de la presencia cartaginesa de una forma imperialista en el
Círculo del Estrecho entre los siglos V y III a.C. En
el Extremo Occidente la hegemonía política económica
de Gadir se habría fundado a partir de una alianza paritaria
establecida con otras ciudades púnicas: Lixus (Larache),
Malaka (Málaga), Sexi (Alrnuñécar), Abdera
(Adra) y Baria (Villaricos), entre otras. |
REESTRUCTURACIÓN DEL POBLAMIENTO
FENICIO OCCIDENTAL
Se denomina fenicio occidental al poblamiento de procedencia
oriental que, desde la transición del siglo IX al VIII
a.C., bajo la advocación económica, política
y religiosa del Santuario de Melqart en Gadir (Cádiz),
se expande mediante la implantación de distintos círculos
productivos coloniales por las costas atlánticas y mediterráneas
situadas alrededor del estrecho de Gibraltar. La cultura material
(referida a los hábitos de la vivienda, al modo de preparar
y consumir los alimentos, a la forma de vestir, etc.) y la Cultura
como ideología política (referida a la conciencia
social) formaban partes consustanciales del sistema integral
que los fenicios iban a reproducir en los ámbitos occidentales
de su expansión colonial. Entre los círculos productivos
que en contacto con la primera fundación gaditana se
fueron estableciendo a lo largo del siglo VIII a.C., mostrando
ya en su cultura material y en su ideología un claro
carácter fenicio occidental, estaban aquellos que dominando
amplios medios territoriales y marítimos conocieron desde
el principio un asentamiento residencial de larga duración:
como por ejemplo ocurriría en los futuros núcleos
de Lixus, Malaka, Sexi, Abdera y Baria; donde los asentamientos
residenciales de los primeros grupos familiares afincados pronto
se vieron acompañados por otros enclaves secundarios;
que a su lado se hicieron funcionalmente complementarios. Dado
que la connivencia con Tartessos era económica, social
y política, y considerando la estructura clasista de
Tartessos, la relación interétnica con la sociedad
clasista fenicia bien pronto pudo encontrar un modo de integración.
Se establece de este modo un pacto territorial entre Gadir y
Tartessos al que veremos adscrito el crecimiento colonial y
el crecimiento urbano que, hacia el hinterland vertebrado por
el Valle del Guadalquivir, se conoce como Período Orientalizante.
En el contenido económico político del pacto queda
comprendida la servidumbre territorial de muchos grupos aldeanos
indígenas que, apartados de los centros del crecimiento
urbano de Tartessos y cercanos a los núcleos residenciales
fenicios, se vieron involucrados en el Proyecto Colonial.
El crecimiento interno de los círculos productivos fenicios
que se lleva a cabo con la prestación del pacto territorial
establecido con la elite local, incluyendo la fuerza de trabajo
indígena, establecería otras vinculaciones territoriales
en la periferia marítima de Tartessos. Por lo que, además
de las actividades pesqueras que se desarrollaban por el frente
mediterráneo norte africano, durante la segunda mitad
del siglo VIII a.C., tenemos a los fenicios occidentales expandiendo
su presencia cuando menos hacia el levante, en los alrededores
del río Segura. Esto aparece actualmente confirmado a
la vista de la fundación del establecimiento de La Fonteta
(Guardamar), que sin duda era un asentamiento fenicio occidental.
El apogeo de la política económica desplegada
por los fenicios occidentales, sin embargo, se produjo a partir
de mediados del siglo VII a.C. en adelante cuando, sin perderse
quizás todavía del todo la articulación
colonial del Círculo del Estrecho con el Sistema Tributario
Tirio, puede hablarse en relación con Gadir de la proyección
de una verdadera talasocracia occidental, coincidiendo con la
fundación de Ebussus (Ibiza). En efecto, incluyendo los
contingentes fenicios occidentales que se asentaron en Sa Caleta
(Ibiza), el dominio marítimo capitaneado por Gadir abarcaba
desde el Suroeste de Portugal hasta la desembocadura del río
Ebro. Según la tradición escrita que se apoya
en el relato de Diodoro de Sicilia los cartagineses habrían
sido los fundadores de una colonia en la isla Pitiusa (Ibiza)
hacia los años 654 o 653 a.C. Pero señalaba dicho
autor en el mismo texto que aquella isla estaba ocupada “por
toda clase de bárbaros”, añadiendo que los
más numerosos “eran fenicios” (asentamiento
de Sa Caleta). La talasocracia gaditana, por consiguiente, supone
una expansión fenicia occidental y, por tal motivo, debe
parangonarse con la talasocracia cartaginesa que, durante la
segunda mitad del siglo VII a.C., estaría integrada por
otros ámbitos fenicios centro mediterráneos. No
existiendo de una manera absoluta una dominación de Tiro
sobre Cartago y sobre Gadir, las talasocracias occidentales
complementarían una relación tripartita que no
coartaba el desarrollo económico de las comunidades fenicias
mediterráneas, aunque las mismas para mantenerse apoyadas
por aquellos centros hegemónicos contribuyeran al sostenimiento
del sistema tributario.
Partiendo del apogeo económico y político alcanzado
por el Círculo del Estrecho en relación con la
talasocracia fenicia occidental encabezada por la ciudad de
Gadir, se puede explicar el auge político y económico
de los círculos productivos coloniales que, entre los
siglos VII y VI a.C., quedaron involucrados en la formación
de las poleis futuras. Serían estos jóvenes estados
territoriales los mismos que acabarían acusando como
un salto cualitativo el gran cambio operado en sus nuevas ordenaciones
urbanas y rurales, y también en sus paisajes funerarios,
que de esta manera progresiva se fueron haciendo consustanciales
con los establecimientos de las principales organizaciones ciudadanas
occidentales. El éxito del comercio foceo en Occidente,
durante los tres primeros cuartos del siglo VI a.C., se debe
al citado proceso autonomista respecto del Mundo Fenicio. En
el carácter independiente de cada polis reside la explicación
de que las mismas hubieran luchado por dejar de insertarse como
vasallas en un nuevo sistema colonial, y que sus alianzas pudieran
haber cambiado a lo largo de los tiempos prerromanos propiciando
variables estrategias geopolíticas entre sus territorios.
La llamada “Liga Púnica Gaditana”, en consecuencia,
puede resumir el contenido histórico social que en el
Extremo Occidente hemos de darle al concepto tripartito que
entraña la formación de dichas poleis, entendidas
como establecimientos, como comunidades, y como estados independientes. |
LA CIUDAD COMO POLEIS EN EL MUNDO
PÚNICO OCCIDENTAL
Una de las preguntas que se deben plantear en relación
con la trascendencia histórica que pudo tener la Caída
de Tiro, y la ruina definitiva de su Sistema Estatal (ya bastante
menguado por la hegemonía de la talasocracia gaditana)
sobre las lejanas colonias fenicias occidentales, estriba a
todas luces en cuestionar hasta qué punto estas últimas
iban a mostrarse interesadas en quedar unificadas bajo otra
dependencia política inmediata y no iban, por el contrario,
a intentar proyectar sus propias autonomías. Durante
buena parte del siglo VI a.C. esto último fue lo que
hicieron, aunque como poleis más tarde tuvieran que establecer
una nueva alianza con Gadir para defender sus particulares intereses,
de una manera conjunta. En este sentido el testimonio de Hecateo
de Mileto confirma que hacia el 500 a.C. el territorio costero
situado hacia el este de las Columnas de Hércules estaba
repartido entre varias poleis. No resulta extraño que
en el tratado romano cartaginés del año 509 a.C.,
aunque no aparezcan citadas estas poleis occidentales, hubieran
estado contempladas como ciudades aliadas de Gadir y por tanto
de Cartago. Se abre en cualquier caso la consideración
de un período intermedio que va del 575 al 525 a.C. para
el tratamiento del proceso histórico según el
cual, los círculos productivos territoriales fenicios
occidentales, una vez liberados del sistema tributario colonial
pudieron objetivar sus respectivos proyectos cívicos.
La primera polis en reorientar la política económica
de su destino cívico hubo de ser Gadir. Por lo que entendemos
que desde el 580 al 540 a.C., coincidiendo por un lado con la
talasocracia focea en Tartessos, y por otro con la apertura
de las poleis fenicias occidentales al comercio aristocrático
griego, el proceso autonomista en Gadir pudo verse también
plasmado en el nuevo carácter económico, político
y religioso de su templo de Melqart adoptando la superestructura
ideológica de un Heracleion. En este sentido, tampoco
cabe olvidar que precisamente desde comienzos del siglo VI a.C.,
en el ámbito fenicio tartesio del entorno occidental
se estaba propiciando un clima autonomista más bien generalizado,
como puede recordarse también respecto de la emergencia
de las ciudadanías ibéricas.
En el 535 a.C. una coalición de los etruscos y cartagineses
derrotaron a los foceos frente a Córcega y estos últimos
abandonaron en una gran mayoría la ciudad de Alalia para
quedar emplazados en Hyele (Elea), en la costa tirrénica
del sur de Italia. Otros textos, como los de Tucídides
y Pausanias al referirse al conflicto naval desencadenado entre
los cartagineses y los massaliotas, inciden en el cuestionamiento
de otros sucesos militares hacia la segunda mitad del siglo
VI a.C. mostrando la toma de postura que en el Mediterráneo
Central estaba asumiendo Cartago, al lado de sus aliados fenicios,
y frente a los griegos aliados de Roma. La prueba de que Cartago
tenía intereses cifrados en Libia, además de los
defendidos en Sicilia y Cerdeña, queda explicitada en
las cláusulas del tratado romano cartaginés firmado
en el año 509 a.C. Entre la batalla de Alalia y el momento
del tratado con Roma transcurren cuando menos tres lustros que
resultan claves para entender el cambio que se operaba también
en el Extremo Occidente, respecto de Gadir y Cartago. Nos estamos
refiriendo a la alianza de las poleis occidentales, en el seno
de la Liga Púnica Gaditana y, por consiguiente, a la
nueva política económica que aquellos jóvenes
estados territoriales pactaron con los cartagineses; permitiendo
que Cartago hiciera comercio y llevara colonos a las tierras
que se explotan en Libia, no solamente cerca del cabo Hermoso,
sino también hasta las zonas atlánticas de Lixus,
es decir, comprendiendo los territorios que venían dominando
y ocupando los fenicios occidentales. La talasocracia focea,
que se corta en el Extremo Occidente precisamente entre el 540
y el 530 a.C., queda sustituida por el comienzo de la epicrateia
púnica occidental, que pone límites al antiguo
comercio aristocrático en Tartessos y abre camino a la
implantación de un comercio institucional mantenido entre
las poleis púnicas.
Antes de la batalla de Alalia se entiende que la apertura de
la talasocracia focea hacia Occidente hubiera interesado a Tartessos,
y también a los fenicios del Círculo del Estrecho.
Siendo asimismo comprensible que después, con el llamado
Cierre del Estrecho, las emergentes poleis púnicas occidentales,
ahora nuevamente afirmadas en su alianza con Gadir, hubieran
canalizado su política económica en relación
con la creciente hegemonía de Cartago, frente a los aliados
de Roma. En suma, se puede reiterar que sin mostrar una ruptura
en relación con la economía política de
los tiempos coloniales, el mencionado período intermedio
fenicio púnico se desarrolla como propiciatorio de un
apogeo autonomista, ya que junto a Tartessos se produce la emergencia
territorial ibérica, y junto a Gadir la emergencia territorial
de las ciudades púnicas.
Desde finales del siglo VI a.C. en adelante, fundamentalmente
entre los siglos V y III a.C., las evidencias aportadas por
la arqueología atestiguan que la ciudad de Gadir encabezaba
el apogeo del comercio institucional cuando (bajo la advocación
principal de su Heracleion) sus aliados pudieron, contando con
el apoyo de Cartago, llevar sus productos hasta el Mediterráneo
central y, de una manera insospechada a través del comercio
griego, a los derroteros de Corinto y de Atenas. El comercio
institucional que algunas poleis intentaban asegurar con sus
tratados no erradicó el modelo alternativo del comercio
aristocrático que incluso aquellas mismas poleis, cuando
podían, continuaban llevando a cabo. La connivencia política
establecida entre Cartago y Gadir durante los tiempos púnicos
correspondientes a los siglos anteriores a los Barcas hubo de
quedar pactada mediante alianzas con las poleis púnicas
restantes, que llevarían a instituir unas normativas
estipuladas respecto de comerciar, fundar colonias y recoger
botín en el Extremo Occidente. Lógicamente, por
lo antedicho, se entiende que la prosperidad gaditana era compartida
por las restantes ciudades púnicas occidentales, siendo
este gran apogeo el que vemos atestiguado en el crecimiento
urbanístico de Lixus,
Malaka, Sexi,
Abdera y Baria,
durante los tiempos prerromanos. |
LA TRANSFORMACIÓN DE LOS PAISAJES
FUNERARIOS
En los territorios colonizados por los fenicios, tanto los ritos
funerarios como las formas constructivas de las tumbas utilizadas
habían comenzado dependiendo de las influencias metropolitanas,
y del origen de los primeros colonos. Pero andando el tiempo,
debido a la conjugación de múltiples causas internas
y externas, culturales y religiosas, socioeconómicas
e ideológicas, se fueron produciendo ciertos cambios
que incidieron en la variación de las fórmulas
sepulcrales y rituales implantadas durante el siglo VIII a.C.,
hasta que éstas quedaron sustituidas por otras conceptualmente
diferentes. Si bien se ha venido pensando que los sistemas funerarios
que se hicieron característicos del período púnico
en la Península Ibérica pudieron derivar principalmente
de las influencias cartaginesas que se habrían difundido
a partir de finales del siglo VI a.C., no faltan actualmente
evidencias arqueológicas que permitan, cuando menos,
matizar tales supuestos. Ya que, a decir verdad, en el Círculo
del Estrecho lo que se observa es un panorama bastante sincrónico,
en relación con lo que se conoce en Cartago. Es decir,
que no hace falta esperar hasta fines del siglo VI a.C. (más
de cien años), para buscar explicaciones a las formas
constructivas que se imponen durante la época púnica
peninsular. Los paralelos a los que podemos aludir no son ociosos,
y se remontan cuando menos al siglo VII a.C. En primer lugar,
la famosa tumba de cámara con dromos de Trayamar, con
sus conocidas particularidades técnicas y arquitectónicas
que la diferencian de otras tumbas norteafricanas de su mismo
tipo, constituye una prueba irrefutable de que los fenicios
occidentales, como los cartagineses, habían adoptado
sistemas funerarios cuyos mejores parangones se encontraban
en Oriente.
La cronología de algunas tumbas de Trayamar, abarcando
desde la segunda mitad de aquella centuria hasta principios
del siglo VI a.C., hubo de empezar coincidiendo en cualquier
caso con los tiempos más pujantes de la talasocracia
fenicia, que, como hemos expuesto, había estado caracterizada
por las fuertes relaciones económicas y culturales que
se establecieron entre todos los asentamientos fenicios que
en el Mediterráneo conectaban con Oriente, y con Occidente.
Otro ejemplo importante es el de la tumba 1-E de Puente de Noy
(Almuñécar), una monumental tumba con entrada
de pozo, de grandes dimensiones: 5,60 por 5,20m y 7,50 m de
profundidad. Otro dato a tener en cuenta, de cara a comparaciones
futuras, es que además de las tumbas familiares, destinadas
a enterramientos múltiples por razones gentilicias, existían
durante el siglo VII a.C. otros enterramientos individuales,
como se ha podido comprobar en tumbas tanto de pozo como de
fosa de la necrópolis del Cerro del Mar (Málaga).
Lo primero que salta a la vista, en correspondencia con la reestructuración
del poblamiento, y coincidiendo con el proceso formativo de
las poleis, es que también se genera una tendencia aglutinante
en relación con las necrópolis. Los cementerios
fenicios del período colonial solían hallarse
separados de sus poblados respectivos, adoptándose para
ello la fórmula de “poner agua por medio”,
mientras que, durante los siglos V y IV a.C., bien fuera en
razón de la extensión horizontal de los nuevos
sectores funerarios, bien fuera por causa del abandono de ciertas
costumbres rituales, lo que se dejaba era “tierra por
medio”. En efecto, esta tendencia aglutinante se muestra
en la resolución colectiva de buscar una mayor aproximación
topográfica entre la necrópolis y el poblado.
En la necrópolis de Jardín, por poner un ejemplo
bien conocido, se percibe que el traslado de la ciudad de los
muertos se había llevado a cabo antes de que se hubiera
abandonado la ciudad de los vivos, localizada en los alrededores
de la vieja factoría de Toscanos, quedando los dos sitios
separados por un barranco. Aunque la necrópolis se hallaba
fuera del área fortificada de todos modos quedaba emplazada
en la misma orilla de la bahía. Lo mismo vuelve a repetirse
en Sexi (Almuñécar), en la que se aprecia que
la gran mayoría de las tumbas excavadas en Puente de
Noy se hallan bastante más cercanas a la línea
costera ocupada por el núcleo urbano que la necrópolis
con tumbas de pozo de Laurita, de los siglos VIII y VII a.C.,
excavada en el cerro de San Cristóbal, al otro lado del
río Seco.
Un detalle de enorme interés comparativo es la abundancia
de sepulturas que suelen aparecer en estas necrópolis.
Aunque no podemos saber si todas las gentes que convivían
en unos y otros asentamientos gozaban del privilegio de ser
enterrados (existen fundadas sospechas de que muchas no lo tenían),
quizás era la concentración del poblamiento, es
decir, el aumento considerable de la demografía, lo que
había contribuido a partir del siglo VI a.C. a que las
tumbas púnicas se contasen por centenares, mientras que
salvando las excepciones relativas a necrópolis de larga
utilización en la época colonial parecen sumarse
por decenas. En cualquier caso, creemos que hubieron de ser
los nuevos convencionalismos sociales, ideológicos y
religiosos, los que en definitiva dictaminaron que las sepulturas
púnicas tendieran a juntarse en un cementerio colectivo,
asumiendo un carácter cívico. Los cambios operados
a nivel del nuevo paisaje funerario, en consecuencia, reflejaban
una profunda renovación conceptual. Traducían
en sí mismos una transformación equivalente a
la observada en los nuevos centros urbanos en lo social, en
lo económico, en lo ideológico y en lo religioso.
Mostraban claramente la resultante del proceso, la transitoria
conflictiva mediante la cual las comunidades de los vivos iban
abandonando las antiguas formas de organización propias
de los sistemas gentilicios para aproximarse a otras destinadas
a estructurarse bajo la égida de leyes escritas. Por
consiguiente, lo que los paisajes funerarios del siglo VI a.C.
pasan a reflejar son los primeros pasos del gran cambio que
desde los siglos VI y V a.C. madura en el nacimiento de la polis.
Pero además de esta consecuente correspondencia de dispersión,
el criterio selectivo queda acentuado en Trayamar,
tanto por el número especialmente reducido de sus tumbas
como por su monumentalidad, así como también por
el hecho de tratarse de panteones familiares. En Trayamar
las sepulturas de cámara, al igual que en otros ambientes
orientales y mediterráneos, eran como unas casas ostentosas
para la transposición de la vida cotidiana a la vida
de ultratumba, estando destinadas a personajes no menos pretenciosos
de tal privilegio. Siendo panteones familiares, ilustran claramente
cómo las relaciones de parentesco seguían resultando
vinculantes entre aquellos grupos de rango social elevado. No
se puede comparar la categoría social de estas familias
de Trayamar, que formarían
parte de las élites dominantes, con la de aquellos que
por los mismos tiempos se enterraban en el Cerro
del Mar y en la Casa de la
Viña. Por muchas matizaciones que entre estos
últimos se puedan establecer, resulta evidente que en
su conjunto pertenecían a estamentos sociales inferiores.
Vistas así las cosas, parece imponerse la siguiente probabilidad:
la concentración selectiva de los pocos pero relevantes
panteones aislados en el sitio de Trayamar,
frente a la menor categoría de los otros cementerios
vecinos, atestigua la existencia de unos grupos familiares privilegiados,
que, en razón de sus prerrogativas sociales en el territorio,
asumían distinciones honoríficas de un marcado
corte aristocrático.
Lo cual permite asegurar que nos encontramos ante una sociedad
en la que las relaciones de parentesco resultaban todavía
definitorias respecto de algunos grupos detentadores del poder.
Es decir, que hacia la segunda mitad del siglo VII a.C., en
las costas del mediodía peninsular, aunque se habrían
iniciado, no se habrían ultimado los pasos hacia la plasmación
de otras formas organizativas de la sociedad, como las que veremos
cristalizar a partir del siglo VI a.C., privando aún
en la época de Trayamar
la primacía de grupos dominantes de carácter gentilicio.
Naturalmente, dado que la acumulación de la riqueza no
estaba de una manera exclusiva en manos de la nobleza terrateniente,
sino igualmente en manos de los grandes negociantes y mercaderes,
ya se habrían comenzado a gestar otras tendencias de
acceso al poder, fundamentadas en criterios de corte oligárquico.
Por lo pronto, lo que nos interesa remarcar, aunque sea de una
manera reiterativa, es que, al contrario de lo que acabamos
de apreciar, en comparación con las evidencias de los
siglos VII y VI a.C., las posteriores necrópolis púnicas
de los siglos VI y V a.C. lo que comienzan a mostrar es cómo
los enterramientos familiares de más alto rango se juntan
en un mismo paisaje funerario con otros enterramientos de variada
categoría y cómo las posibles prerrogativas aristocráticas
se habían equiparado con las de los sectores oligárquicos
de una manera más tangible, menos tangencial. En estos
cementerios aglutinantes de comienzos del período púnico,
aquellos hipogeos y tumbas de fosa que se destinaban a contener
varios enterramientos, aparte de que podían resultar
muy numerosos en comparación con las restantes sepulturas
individuales, y de aparecer muchas veces agrupados en sectores
especiales, siempre se encontraban integrados en un paisaje
funerario comunitario. Es evidente, por todo lo dicho, que los
paisajes funerarios de la época colonial habían
cambiado a partir de los primeros tiempos de la época
púnica. Y que en ellos se habían comenzado a vislumbrar
las connotaciones sociales propias de la futura vida ciudadana,
privando unos conceptos cada vez más individuales y pecuniarios,
al lado de los gentilicios y honoríficos. |
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