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PENÍNSULA IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES

GRIEGOS EN IBERIA
  • 760 a.C.: primeras cerámicas griegas en la Península Ibérica.
  • 776 a.C.: mítica fundación de Rhodeuna invención helenística).
  • 675-650 a.C.: casco corintio hallado en el río Guadalete.
  • 640-630 a.C.: viaje a Tartessos de una nave samia cuyo patrón fue Colaios (según Herodoto).
  • 600 a.C.: inicio de las relaciones comerciales entre los griegos de Focea y el mítico rey de Tartessos, Argantonio.
  • 600-540 a.C.: los griegos mantienen contactos regulares con los pobladores de la región onubense.
  • 575-550 a.C.: instalación de una factoría, la Palaiápolis de Emporion, sobre una isleta frente al Turó d'Empúries.
  • 550-540 a.C.: fundación de la Neápolis de Emporion, en tierra firme, sobre el Turó d'Empúries y frente a la Palaiápolis.
  • 540-530 a.C.: finaliza el comercio griego focense en la zona onubense.
  • 520-480 a.C.: influjos griegos directos sobre la cultura ibérica levantina, adopción del alfabeto greco levantino.
  • 460 a.C.: primeras acuñaciones de moneda ampuritana en plata.
  • 410-340 a.C.: llega a las regiones ibéricas una gran cantidad de cerámica ática (comercio griego y especialmente púnico).
  • 218 a.C.: desembarco romano en Ampurias. Comienza la historia de los griegos dentro del Imperio Romano.
Los primeros objetos griegos llegaron a las costas meridionales peninsulares cuando los fenicios ya habían establecido sus primeros asentamientos en la costa andaluza. La amplia distribución en el mundo occidental de las llamadas ánforas del tipo SOS supone unas relaciones regulares entre mercaderes griegos y fenicios en los puertos del Mediterráneo central, especialmente en Pithekoussai (Ischia). Las primeras ánforas SOS fueron transportadas, a partir de finales del siglo VIII a.C., en barcos griegos hasta los puertos de Italia y Sicilia, siendo transportadas en barcos fenicios hacia occidente, alcanzando los asentamientos fenicios de la costa malagueña y de la costa tartésica. H.G.Niemeyer sospecha que no todas las ánforas del tipo SOS habrían contenido aceite, sino también vino, en especial aquellas que son imitaciones de ánforas áticas, con las que tal vez se habrían importado al mismo tiempo los vasos correspondientes. El hallazgo de un casco corintio, de principios del siglo VII a.C., en el río Guadalete, puede inducir a una serie de especulaciones más atrevidas. No fue seguramente un objeto de comercio, sino que formaría parte del equipamiento personal de un guerrero o de un comerciante. Un agujero del casco producido por un golpe dado desde dentro parece que fue hecho para impedir su posterior utilización. Supongamos que un marinero fenicio, habiendo conseguido el casco de un griego, se lo ofreció a una divinidad fluvial del Guadalete, al tocar puerto para abastecerse de agua dulce después de un largo y peligroso viaje (ésta sólo es una de las posibles interpretaciones). Cuatro peines de marfil tartésicos aparecidos en dos zonas diferentes del Heraion de Samos, que según su contexto arqueológico corresponden a los años 640 o 630 a.C., sirven para demostrar el reflujo de objetos hacia el Oriente Mediterráneo (lo que normalmente transportaban hacia allí eran materias primas como plata, bronce o hierro, que naturalmente no dejan huella).

La literatura antigua recoge de una forma totalmente distinta a la de los testimonios arqueológicos los viajes “prehistóricos” griegos a Occidente. La lenta exploración del Mediterráneo, tal y como se nos presenta basándonos en la documentación arqueológica, no se refleja en estas tradiciones. Éstas la vinculan más a las míticas hazañas de Heracles y a los acontecimientos míticos como la Guerra de Troya (los griegos consideraron estos relatos como hechos reales inherentes a su historia). El décimo trabajo condujo a Hércules hasta el fin del mundo. Más allá de las columnas de Hércules (en el actual estrecho de Gibraltar) y del océano que, según creían los griegos rodeaba el mundo, vivía en la isla de Eritia un gigante llamado Gerión, cuyos bueyes Hércules tuvo que robar. Después de matar al monstruo, el héroe regresó en viaje triunfal a Micenas, con los rebaños robados. Las hazañas de este héroe de la civilización griega fueron el punto de partida de toda una serie de leyendas greco occidentales sobre Hércules, que permiten situar en los tiempos míticos los orígenes de los primeros asentamientos griegos en las regiones indígenas. El poeta Estesícoro de Himera, que vivió alrededor de 600 a.C., en su epopeya Gerioneida localiza vagamente el lugar de nacimiento del pastor Euritión, quien guardaba los rebaños de Gerión, “enfrente de la isla, en una cueva escondida cerca de las innumerables fuentes de plata del río Tartessos”. La poética imagen de la zona de las fuentes argentíferas se refiere a la riqueza en plata de este lejano confín. Esta referencia mítica, transmitida a través de una leyenda tradicional, pudo haberla oído de boca de algún mercader samio o foceo en el puerto de su tierra natal. Herodoto escribió en el siglo V a.C., que “Eritia es una isla cerca de Gades”. En general, las narraciones míticas permiten deducir la manera en la que algunos de sus aspectos sirvieron para integrarse ideológicamente en la civilización mediterránea. Desde una perspectiva actual, tal concepto carece de valor para la historia de los griegos en la Península, pero sí lo tiene para dar una idea de la influencia del modelo griego en la pax romana.

Una tradición que nos transmite Estrabón ofrece una idea aparentemente histórica: “cuéntase también de los rodios que, antes de la creación de las olimpíadas y con el fin de socorrer a los hombres, emprendieron largas travesías muy alejadas de su patria, navegando por ello hasta Iberia, donde fundaron Rhode, que después pasó a ser posesión de los massaliotas [...] Algunos dicen que tras el regreso de Troya, estos rodios se establecieron en las islas Gymnésiai”. Pero ni en Rhode, actualmente Rosas (Gerona), ni en las Gymnésiai, actualmente Islas Baleares, se han encontrado vestigios de asentamientos rodios, y menos aún anteriores a la institución de las primeras olimpíadas (año 776 a.C.). Da la impresión de que la colonización rodia pertenecería al género de la literatura panegírica helenística, que en este caso tendría como tema la exaltación de esta polis para “demostrar” la gran expansión de los rodios en tiempos muy remotos.

A ellos se anticipó el viaje de Colaios, transmitido por Herodoto: “después de que Colaios, un capitán samio, fuera desviado por vientos adversos del rumbo de su viaje hacia Egipto [...] como la tormenta no amainaba, atravesaron las columnas de Hércules y llegaron, bajo la protección de los dioses, a Tartessos. Esta plaza comercial era por aquel entonces aún desconocida. Cuando el barco regresó a Samos, volvió cargado de mercancías y productos tan ricos como nunca antes lo había hecho ningún barco griego, de lo cual tenemos noticias fidedignas”. Según Herodoto, fueron los foceos los primeros griegos que emprendieron largos viajes marítimos, estableciendo las rutas de Iberia y Tartessos. Al mencionar a esta última, parece haber olvidado el viaje del samio Colaios; sin embargo, es muy verosímil que se refiera a viajes regulares a las lejanas regiones del Mediterráneo, en claro contraste con el viaje ocasional de Colaios. Entonces los foceos no serían los descubridores, pero sí quienes establecieron estas rutas. El relato de Herodoto nos informa sobre las modalidades de estas relaciones que presuponen un comercio regular: “en Tartessos [los foceos] iniciaron una amistad con el rey de este pueblo. Se llamaba Argantonio, reinaba sobre Tartessos hacía ya ochenta años y vivió un total de ciento veinte. Este hombre llegó a ser amigo de los foceos y precisamente de manera tan profunda que lo primero que hizo fue invitarles a que abandonaran Jonia y vinieran a vivir a su país, donde ellos eligieran. Pero como no logró convencer de ello a los foceos, les regaló los medios necesarios para que construyeran en su patria una muralla, porque había oído que el poder de los medos iba en aumento. Les dio riquezas generosamente”. Se podría entender la excesiva generosidad de Argantonio con los foceos como un rasgo legendario, si la monumental muralla no hubiera sido mencionada por Herodoto como si la hubiera visto: “el contorno de la muralla mide no pocos estadios; además, está construida con grandes piedras bien ensambladas”. Este comercio entre el mundo tartésico y los foceos no se basaba en una institución tan neutral como los mercados, sino en las relaciones personales. Es obvio que el rey tartésico consideró a los navegantes foráneos como sus iguales, por lo que éstos tuvieron que presentarse en consonancia con su noble origen: con sus naves pentekonteres, y no con las que se utilizaban normalmente como buques mercantes, los stronggyloi, así como con ricas mercancías, para dar testimonio de su posición social. La igualdad de rango llevó a un tipo de intercambio que se desarrolló bajo el concepto de la hospitalidad, según los términos xenia y filia utilizados por Herodoto, que describe las instituciones de hospitalidad y conducta entre huésped y anfitrión como las dos caras de una misma moneda. Sus principios se diferenciaban en pequeños detalles, según la sociedad mediterránea de que se tratara. Era el único mecanismo, en un mundo basado en la idea de parentescos, que permitía la integración de un foráneo en una sociedad ajena: vivía bajo el mismo techo, se sentaba junto al mismo fuego, era miembro de la familia y el anfitrión le garantizaba su seguridad. Quizás el huésped se introducía por medio de regalos especialmente valiosos, que hicieran más atractiva su persona y su presencia. Los regalos entregados y recibidos tenían que corresponderse con el rango de quien los hacía. Los objetos de este tipo de intercambio llegaron a crear obligaciones que incluso llevaban a poner los bienes y propiedades a disposición del huésped. En cualquier caso, los presentes suntuosos y exóticos de los huéspedes eran útiles para realzar el propio prestigio, ya fuera ante el príncipe o ante su casa. Eran la garantía segura de unas relaciones venideras y a su vez establecían la base de un futuro comercio regular, que incluso pudo perdurar durante varias generaciones.

Es difícil reconocer en el material arqueológico los diferentes niveles del intercambio ya que, por ejemplo, la cerámica de alta calidad pudo desempeñar diferentes papeles según la necesidad de la situación: unas veces como obsequio, otras como simple mercancía de calidad, especialmente dentro del comercio de la primera generación de mercaderes.

LOS ASENTAMIENTOS: EMPORION Y RHODE

La negativa focea a abandonar Jonia para instalarse en Tartessos significó que en esta zona suroccidental de la Península Ibérica no se dieron los pasos necesarios para pasar de una fase comercial precolonial a una colonial, es decir, a la fundación de una polis, un poblado autónomo que, como símbolo de su independencia, contara con una muralla y extramuros estuviera circundado por campos de labranza y pastoreo para abastecimiento de sus habitantes. Mientras que las relaciones entre los griegos y el mundo tartésico no fueron más allá de un comercio precolonial, en el área costera del Mediterráneo noroccidental estas relaciones desembocaron en la más antigua e importante colonia focea occidental, Massalia, fundada hacia el 600 a.C., y algo más tarde, Emporion, la única colonia griega aparte de Rhode en la Península Ibérica.

En lo que respecta al conocimiento de la fundación de Emporion dependemos casi totalmente de los testimonios arqueológicos y topográficos. Su ubicación geográfica presupone los rasgos de un centro comercial futuro. Aquí se encontraba el punto final de la ruta comercial focea y de los fenicios occidentales, que llegaban hasta el Languedoc occidental. Quizás este mismo puerto se enlazaba con Massalia por las favorables condiciones de los vientos que se dirigen casi en línea recta hasta ese lugar.
Podemos imaginar la situación con la que se encontraron los marineros, cuando en los comienzos del siglo VI a.C. llegaron a esta costa, si seguimos la reconstrucción de la paleotopografía de E. Sanmartí: el espolón que ahora se interna en el mar, donde se encuentra la actual aldea de Sant Martí d'Empúries, era un islote rocoso. Enfrente de él había una “isla” mucho más grande, la prolongación de las estribaciones del Montgó, ya colmatada entonces, a la que se llegaba por un “mar” de juncos y por cuyas zonas norte y sur discurrían los ríos Fluviá y Ter, respectivamente. Las desembocaduras y la bahía, protegidas de la tramontana por el islote y por la isla, eran aptas para fondear. Los dos ríos se recorrían con pequeñas embarcaciones planas y eran las rutas para llegar al interior. En esa “isleta” de Sant Martí se encontraba un poblado indígena de pescadores y pastores estructurados en pequeños grupos familiares, y en la tierra firme de enfrente sus dos necrópolis correspondientes al Bronce final: Portitxol, de fines del siglo VII y comienzos del VI a.C., y Parrallí, de los siglos VIII y VI a.C.
Bajo la protección de un ambiente que no era totalmente una tierra de nadie, dentro de un área de lagunas y estuarios, y sobre una isla alejada de tierra firme, a una cierta distancia del continente y de organizaciones sociales más fuertes, un poco después del 600 a.C. empezó la historia de Emporion (lugar para el comercio). De los primeros contactos entre navegantes y población autóctona se han hallado algunos restos (fragmentos de cerámica de ánforas fenicias del sur de la Península, de ánforas y cántaros de bucchero etruscos y cerámica indígena hecha a mano) que parecen indicar que, al menos en un principio, Emporion fue un lugar de atraque “internacional”, convirtiéndose durante el segundo cuarto del siglo VI a.C. en una factoría griega.
Probablemente durante la década 550 al 540 a.C. los colonos griegos también se establecieron en la zona continental, enfrente de la antigua factoría del islote. Este paso a tierra firme sólo pudo realizarse de acuerdo con los habitantes indígenas, quienes permanecieron en el lugar, según indican las necrópolis que continuaron utilizándose. La ampliación de este asentamiento a tierra firme fue decisivo, ofreciendo una base de operaciones para el futuro desarrollo de un verdadero centro comercial. El nombre de Emporion aparece citado por primera vez en una carta comercial del siglo v a.C., escrita sobre una laminilla de plomo en dialecto jonio oriental (lengua de origen de los colonos) en el que se menciona la palabra emporitai (habitantes de Emporion).
No es fácil determinar las causas del crecimiento de la ciudad. Aparte de un aumento normal del número de habitantes, que residían en ella desde dos generaciones antes, hay que pensar en acontecimientos lejanos, como la expansión persa y su ocupación de Focea, que bien pudo dar el último empujón para que se produjera esta otra expansión hacia Occidente. Algunos emigrantes jonio orientales, como los foceos de la metrópoli, tal vez encontraron en ella un refugio y, por último, una patria.
Las relaciones entre griegos e indígenas determinaron la historia de las polis desde sus comienzos, desde la factoría focea hasta el traslado a tierra firme. El comercio, que era ventajoso para los griegos y para los autóctonos, disminuyó obviamente las distancias entre los indígenas y los inmigrantes griegos. Los contactos eran aparentemente intensos. Dos cartas sobre láminas de plomo escritas en un dialecto jonio mencionan nombres propios indígenas como, en la primera, de Emporion, a un tal Basped en Saiganthé como intermediario con el que se contó para que prestara un barco remolcador, y en la segunda, de Pech Maho, los nombres de los testigos de la compra de un barco, entre otros, Basigerros, Bleruas, Sedegano. La última nos ofrece a modo de instantánea algunas impresiones de la vida cotidiana de un puerto: como el proceso de venta de un barco, su pago anticipado y la suma de garantía, el lugar de la transferencia (en el río, donde los barcos amarran), y todo con una moneda de valores exactos y dentro de los marcos de las normas mercantiles, en un lenguaje comercial. No se trata de un comercio de fronteras, sino que griegos y autóctonos formaron parte de una red común de intercambio.

Los barcos ampuritanos llegaron hasta la zona alicantina, sin dejar indicios de una prolongación hasta los puertos atlánticos. Por desgracia, las fuentes no nos aclaran prácticamente nada sobre la clase de mercancías que componían los cargamentos. La cerámica de lujo sería una mercancía secundaria, ya que la principal la constituían productos perecederos de los que no quedan restos para la arqueología, como tejidos, vino, aceite, etc., que serían transportados en pellejos. A cambio de todos estos productos conseguirían probablemente metales, como el hierro o la plata (procedentes de Sierra Morena), sal (procedente de la montaña de sal de Cardona), pieles, cueros y trigo. Las relaciones con el mundo púnico a través de la isla de Ibiza se perfilan no antes de finales del siglo V a.C. sin excluirlas durante los dos siglos posteriores a la fundación de Ebusus en el 654 a.C. (las producciones fenicias de la zona del Estrecho llegaron a Emporion a través de intermediarios de esta isla). La creciente importancia de la isla dentro de esta red comercial se manifiesta en la difusión de sus mercancías: por un lado, el gran número de ánforas fenicio púnicas en Emporion y su hinterland, especialmente en Ullastret (prácticamente como en la propia Ibiza) y por otro, las ánforas ebusitanas, que mantuvieron desde el final del siglo VI a.C. una constante aunque moderada presencia en Emporion, cuyas relaciones culturales y comerciales se reflejan también en sus acuñaciones.

La suerte de la segunda polis griega Rhode, situada en el extremo norte de la misma bahía de Rosas (Girona), está unida a la de Emporion. Sus comienzos surgen a la sombra de ésta durante el siglo V a.C. (sus monedas, los dracmas, utilizarán casi los mismos motivos que las de Emporion) y termina en el tercer cuarto del siglo III a.C., quizás como consecuencia de la II Guerra Púnica. A comienzos del siglo II a.C. existe una mención sobre un fortín ibérico en el mismo lugar y Estrabón menciona el sitio como parte de Emporion. Entre los siglos IV y III a.C. fue una polis, con acuñaciones propias, que estableció sus propias relaciones comerciales y talleres de artesanos comparables a los de Emporion.

La influencia de Emporion sobre su hinterland se refleja con especial claridad en el Puig de Sant Andreu (Ullastret, Gerona). Los silos aparecidos aquí demuestran la importancia de la economía agrícola, cuyos productos, especialmente el trigo, se exportaban quizás a Emporion, Rhode y a otros sitios de la costa mediterránea. Ambas ciudades griegas dependían del hinterland indígena para abastecerse de mercancías vitales. Durante la época de la máxima distribución de la cerámica ática, entre el último cuarto del siglo V a.C. y la primera mitad del IV a.C. pueden encontrarse en todas las casas del poblado del Puig de Sant Andreu distintos tipos de vasos áticos, tanto de figuras rojas como de barniz negro. El hecho de que frecuentemente aparezcan aquí vasos cerámicos áticos con huellas de reparaciones testimonia el valor que se les daba, considerándolos como objetos de lujo. Incluso en la distribución de su asentamiento se hacen patentes soluciones propias de una ciudad “helenizada”, como la muralla, para la que se han establecido paralelos griegos, especialmente del sur de Italia y sicilianos, un templo, un pequeño santuario sobre la acrópolis y la ubicación de su plaza, que recuerda un ágora. Para matizar la relación entre Ampurias y su entorno, especialmente el oppidum sobre el Puig de Sant Andreu, nos faltan investigaciones, por ejemplo de las cerámicas locales, que permitirían describir el intercambio, y también del territorio, para poder distinguir con más claridad los límites entre las tierras circundantes y los sistemas defensivos de sus atalayas.

Quizás después de la guerra catoniana los romanos establecieron un praesidium (puesto militar) en el lado oeste de la ciudad de Emporion, que más tarde constituyó el núcleo romano de la misma con sus equipamientos característicos (foro, capitolio, etc.). Hacia fines del siglo II a.C., estas dos zonas del emplazamiento, la antigua (griega e indígena) y la romana, se reflejan en el nombre: ya no se habla de Emporion (en singular), sino de Emporiae (en plural) sin perder la conciencia de su origen griego. La historia de la ciudad griega termina en la época de Augusto después de que los hispani alcanzaran la ciudadanía romana.

LAS RELACIONES COMERCIALES ENTRE EMPORION Y GADES

Los inicios de la moneda en Gades, a principios del siglo III a.C., guardan relación con el ambiente industrial y comercial de las salazones (el análisis iconográfico de los tipos monetales muestra un panorama que refleja la realidad económica). Entre los temas recurrentes predominan los alusivos al mar, encontrándose sobre todo atunes y delfines, que frecuentemente aparecen asociados a representaciones de Melqart, lo que evidencia una protección del dios gaditano sobre la principal actividad económica de la ciudad. Desde el punto de vista de la metrología, el análisis es realmente interesante. Se observa que Gades adoptó en sus primeras emisiones en plata el patrón de los dracmas de Emporion y Rhode; el llamado patrón hispánico de 4,70 gr, prescindiendo del shekel cartaginés (lo que hubiese sido lógico sí la economía gaditana dependiera de Cartago). La elección del patrón ampuritano indica claramente la existencia de importantes relaciones comerciales a través del eje Emporion-Gades, que datan al menos del siglo V a.C., comercio que los gaditanos debían tener en sus propias manos y, causa directa de la aparición del numerario a comienzos del siglo III a.C., en un momento anterior al desembarco de los bárquidas en la Península. De lo antedicho se deduce que Gades se vio en la necesidad de acuñar moneda en un momento dado, como consecuencia de las relaciones comerciales que mantenía y que tomó la decisión de hacerlo siguiendo las pautas de su principal socio económico, la ciudad griega de Emporion.

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