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PENÍNSULA IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES

FENICIOS EN IBERIA
  • 1104-1103 a.C.: fundación mitológica de Gadir (Cádiz) por parte de los fenicios de Tiro (según Veleyo Patérculo).
  • 814 a.C.: fundación de Cartago por intervención de la familia real de Tiro.
  • 800-775 a.C.: las costas de Málaga, Granada y Almería se ven salpicadas de colonias fenicias.
  • 790-600 a.C.: Período Orientalizante. Aceptación de las formas de la cultura del Mediterráneo Oriental por parte de Tartessos.
  • 750 a.C.: relaciones de cierta intensidad con la zona oriental de Andalucía, penetración cultural fenicia hacia el interior.
  • 750-725 a.C.: primeros elementos fenicios en Extremadura (objetos de prestigio para las clases indígenas dominantes).
  • 725-675 a.C.: los fenicios se extienden desde la Cuenca del Almanzora hasta la región del Bajo Segura (Alicante).
  • 654-653 a.C.: fundación mitológica de una colonia cartaginesa en Ibiza (según Diodoro de Sicilia).
  • 573 a.C.: caída de Tiro bajo Nabucodonosor II de Babilonia.
Las relaciones comerciales determinan el carácter de los asentamientos fenicios en las costas de la Península Ibérica. Se trata de factorías comerciales con manufactura propia, que practican el libre intercambio de bienes con las tribus indígenas del interior, estando, por tanto, obligadas a mantener con éstas relaciones pacíficas. En vista del escaso número de personas que formaban esos asentamientos, podemos deducir con certeza que ni en el momento de la fundación ni en tiempos posteriores hubo por parte de los fenicios ninguna intención (ni la habría nunca) de ocupar el hinterland militarmente. La ausencia casi total de fortificaciones y los ajuares de los comerciantes fenicios sin armas, señalan que no hubo una acusada mentalidad guerrera. El poder de los fenicios consistía, al fin y al cabo, en la acumulación de riqueza, que cualquier acción militar podía poner en peligro, mientras que las relaciones pacíficas servían para aumentarla. Al contrario de las fundaciones de Gadir, Útica y Cartago, que se atribuyen a Tiro, los grupos humanos que llevaron a cabo la colonización fenicia procedían de las ciudades de la metrópoli, según evidencia el material arqueológico hallado. Los conflictos entre las ciudades costeras fenicias y el reino de Asiria, así como las consiguientes dificultades, serían probablemente una de las causas que intensificaron el comercio fenicio con el Mediterráneo Occidental, originando además la emigración de parte de la población, lo que paradójicamente llevó a un aumento de las relaciones con Occidente y a un crecimiento de la riqueza. Sólo cuando las ciudades de la metrópoli son incorporadas al imperio babilónico se interrumpen las relaciones fenicias con Occidente, quedando los asentamientos aislados. Este cambio significa sin duda un importante hito que marca el comienzo de la historia púnica en la península Ibérica.

De antemano conviene hacer una advertencia sobre los conceptos de “colonia” y “colonización”. Para el caso que nos ocupa, una “colonia” es un asentamiento de grupos humanos fuera de la metrópoli, es decir, en el sentido antiguo, el traslado de colectivos humanos a una “nueva ciudad”, manteniéndose el contacto cultural e incluso una dependencia con respecto al lugar de origen. Ya que hasta ahora no se puede asegurar con certeza que las huellas de hábitat fenicios en las costas peninsulares hayan pertenecido a ciudades, es decir, a colonias, pues hasta la actualidad prevalece la impresión de que solamente Gadir fue una ciudad, conviene emplear el término de “asentamiento” antes que el de “colonia”. Con la misma cautela y reserva se debe tratar el término “colonización”, en primer lugar por su significado en el lenguaje moderno y en segundo porque suscita la idea de que la fundación de colonias traía consigo el avasallamiento de los habitantes indígenas, que nunca fue el caso de las que establecieron los fenicios en cualquier costa extranjera. Si aceptamos que, en lo que respecta a estos últimos, el término “colonización” se limita a la fundación de establecimientos comerciales en una franja costera, el concepto resulta válido.

Los fenicios (los “rojos”, como los llamaban los griegos debido a las telas teñidas de púrpura que fabricaban) tenían su patria en las costas del Oriente Próximo, exactamente en la región que actualmente ocupa el Líbano. Las ciudades de Tiro y Sidón eran sus bases comerciales más importantes. Parece ser que la ciudad de Tiro tuvo un papel preponderante en los procesos de colonización. Se afirma que la ciudad de Gadir fue fundada desde Tiro, según la tradición histórica (aunque más bien mitológica) en el año 1104 o 1103 a.C., y se asegura también que los fenicios emprendieron primero viajes de reconocimiento e inspección hasta que finalmente decidieron fundar la ciudad en aquella isla situada al otro lado de las columnas de Hércules, no lejos de la costa atlántica. Evidentemente, la fundación de una colonia en este preciso lugar tuvo por objeto conseguir el acceso a los territorios del Bajo Guadalquivir, especialmente interesantes para el comercio del metal. La supuesta fecha de fundación de Gadir ha suscitado una voluminosa bibliografía científica. Según el estado actual de los estudios, se la rechaza por improbable desde el punto de vista histórico, si bien sigue siendo válida la afirmación de que fue Gadir la fundación fenicia más antigua de la península Ibérica.

Sea como fuere, la expansión comercial de los fenicios irá en aumento a partir del final del segundo milenio, como se puede deducir fácilmente de las estrechas relaciones que establecen con Egipto. A principios del nuevo milenio acontece el salto a Chipre, donde fundan varios establecimientos, entre los que descuella el de Kitión. Resulta, pues, altamente probable que ya en los comienzos del primer milenio a.C. los fenicios extendiesen su comercio a costas más alejadas del Mediterráneo occidental. Las evidencias arqueológicas ofrecen como fecha para las fundaciones de asentamientos fenicios en las costas de la Península Ibérica el siglo VIII a.C. Estas evidencias, sin embargo, no excluyen la posibilidad de que las influencias provenientes del Mediterráneo Oriental que se hacen sentir en la Cultura del Bronce Final en Andalucía hayan sido transmitidas por los fenicios y por vía marítima. Habría que distinguir, pues, entre un período de influencia fenicia ya a principios del primer milenio a.C., y una fase en la que tienen lugar las fundaciones fenicias a partir del siglo VIII a.C. De los asentamientos fenicios en la costa meridional peninsular, pocos nombres se conocen: Malaka (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra), cuyas fundaciones pudieron tener lugar en tiempos posteriores, pero que Estrabón llegó a calificar todavía como fenicios. En lo que respecta a Ibiza, parece que se trata de una fundación cartaginesa que tuvo lugar, según la tradición, en los años 654 o 653 a.C. Esta fecha carece hasta ahora de fundamento arqueológico, ya que la mayor parte de los hallazgos en esa isla no son anteriores al siglo VI a.C.

LOS ASENTAMIENTOS

Las condiciones previas para la fundación de los asentamientos fenicios, para su eclosión y su cultura material, hay que buscarlas sin duda en el ámbito de la economía. Los establecimientos comerciales requerían tanto buenos embarcaderos o puertos como una favorable situación en cuanto a terrenos aptos para la agricultura, pues es evidente que los asentamientos fenicios se apoyaban en una sólida base económica, que era la agricultura y la ganadería. Cuando en sus expediciones exploraron costas en las cuales establecerse, los fenicios buscaron siempre emplazamientos determinados, naturalmente cercanos al litoral, pero que se distinguieran por su situación aislada, preferentemente en penínsulas o islas. Seguramente constituía también un factor importante la mayor o menor accesibilidad al interior, como, por ejemplo, la cercanía de una gran llanura costera o una vega, o quizá también la posibilidad de salvar de manera fácil las montañas que pudieran limitar las relaciones comerciales. Todos los asentamientos fenicios en las costas mediterráneas y en el Atlántico, muestran las características indicadas.

Gadir estaba ubicada en la punta de una península, posiblemente incluso en una pequeña isla, desprendida de aquélla, en una posición protegida y considerada por los fenicios como ideal, aparte de encontrarse frente a un hinterland densamente poblado y rico, cuyo acceso estaba garantizado por el río Guadalete y, algo más al norte, por el Guadalquivir. Como se ha dicho, las fuentes escritas consideran a Gadir como el asentamiento fenicio más antiguo, si bien los hallazgos efectuados hasta ahora en la superficie urbana no han confirmado tal aserción. A pesar de las fuertes influencias fenicias al este de Cádiz, al oeste no se ha podido detectar hasta ahora ningún poblado que mereciera la denominación de asentamiento fenicio.

Siguiendo la costa hacia el este nos encontramos con el río Barbate, donde pudo haber un establecimiento fenicio; pero sólo en la bahía de Algeciras, en el curso inferior del río Guadarranque, se tiene la seguridad de la existencia de un asentamiento de esta procedencia en el cerro del Prado, cerca de San Roque. En esa colina, que se eleva sólo unos pocos metros por encima del cauce del río, se han efectuado hallazgos que documentan la existencia de un poblado fenicio, en el siglo VII a.C., que subsistiría por lo menos hasta los siglos VI o V a.C. Recientes estudios geológicos en este sector han podido confirmar que, en su día, el cerro del Prado había sido una península muy avanzada en la bahía, siendo, por tanto, un lugar ideal para un asentamiento. El litoral, junto con las montañas al este y el oeste, accesibles por las vegas de los ríos, conformaban un vasto hinterland para un establecimiento comercial en las orillas del río Guadarranque. Un poco más al este se encuentra otro asentamiento fenicio en la desembocadura del río Guadiaro, que fluía en una antigua bahía entonces abierta al Mediterráneo. En sus cercanías había un poblado indígena del bronce final, que asimiló la cultura del cercano asentamiento de tal forma que, al cabo de poco tiempo, sus características culturales eran enteramente fenicias.

Un asentamiento mayor y más importante se sitúa entre Torremolinos y Málaga, en la desembocadura del río Guadalhorce, en la colina de El Villar, que entonces sería una isla. Hallazgos del siglo VII a.C. (Guadalhorce I) han confirmado una primera fase de hábitat, seguida por otra en los siglos VI o V a.C. El lugar había sido escogido sin duda por ser fácilmente accesible desde el mar, por su situación especial respecto del hinterland, formado por el ancho litoral de la llanura de Málaga, aparte de la posibilidad de tránsito que proporcionaba el valle del Guadalhorce. En un terreno situado más hacia el interior se han efectuado hallazgos aislados que podrían indicar la existencia de una necrópolis. También en Málaga (Malaka) se ha podido poner de manifiesto un primer horizonte de hábitat fenicio, que confirmaría para los siglos VIII o VII a.C. la existencia de un establecimiento al pie de la actual colina de Alcazaba.

Al este de Málaga, a orillas del río Vélez, cuyo curso bajo constituía entonces una bahía que se adentraba hasta varios kilómetros en el interior del país, se encuentra la población fenicia de Toscanos. Dicha población se extiende sobre una colina situada actualmente a sólo 12 m de altura sobre el cauce del río, que en su día serían 18 m sobre el nivel del mar. Gracias a su temprano descubrimiento y a las excavaciones efectuadas durante muchos años se ha convertido en un auténtico ejemplo para este tipo de establecimientos, aun cuando sólo en el borde de la colina se han conservado algunas zonas intactas, entre ellas un foso en forma de V, perteneciente a un sistema defensivo, varias casas y un almacén. En su primera fase, el yacimiento de Toscanos parece haber tenido un carácter limitado. Sólo en el siglo VII a.C. se extendió sobre las cercanas faldas del peñón y del Alarcón, donde seguía existiendo. Enfrente del poblado, en la costa oriental de la ensenada, se encontraron en el cerro del Mar restos de una necrópolis. En los siglos VI o V se erigió una nueva necrópolis en la finca de Jardín, esta vez en la orilla occidental de la bahía, al norte del poblado.

El siguiente asentamiento fenicio está situado en el Morro de Mezquitilla (Algarrobo), en la orilla oriental del río Algarrobo y distante sólo 7 km de Toscanos. Al pie del Morro, estudios geológicos pudieron concluir en la existencia de una playa de arena en una bahía de escasas dimensiones, pero muy apropiada para que los primeros buques de los fenicios, de poco calado, pudieran ser llevados a la orilla. Restos de un taller metalúrgico, varias calles y grandes edificios reflejan al menos una parte de la imagen característica de un asentamiento fenicio. El asentamiento, primero fenicio y luego púnico, debió de tener varias necrópolis, de las que se ha podido estudiar solamente una, la de Trayamar. Sus tumbas abarcan desde mediados del siglo VII a.C., hasta aproximadamente el año 600 a.C. Algo más al este del Morro de Mezquitilla está ubicado, en un pequeño promontorio cerca del mar, el asentamiento de Chorreras, también cercano a la bahía y desembocadura del río Algarrobo. Parece que su duración fue corta, pues fue fundada en la primera mitad del siglo VIII a.C. y, según los indicios, subsistió sólo hasta el siglo VII a.C. Desde las plazas a orillas del Vélez y del Algarrobo se llega fácilmente al interior del país a través de los valles de ambos ríos.

En el punto más alto de Almuñécar y debajo de dicha ciudad se han podido detectar restos de un poblado fenicio. Al oeste, al otro lado de la llanura costera, se situaba la necrópolis del cerro de San Cristóbal, y algo más al norte, se hallaba la necrópolis de Puente de Noy. Se supone que a pocos kilómetros hacia el este, en la desembocadura del río Guadalfeo, se alzaba otro asentamiento, o así al menos lo parecen indicar los fragmentos de cerámica hallados en Salobreña.

Aún más al este, ya en la provincia de Almería, se encuentra, en la colina Montecristo, cerca de la población de Adra, el próximo establecimiento fenicio. Excavaciones recientes han detectado restos de construcciones y objetos pertenecientes a los siglos VIII y VII a.C. Esta plaza se caracteriza por su accesibilidad desde el mar, la facilidad para alcanzar la llanura costera y la posibilidad de adentrarse en el interior a través del valle del río.

En la desembocadura del río Segura, cerca de Guardamar del Segura, en la provincia de Alicante, hubo un establecimiento fenicio. Hay también restos fenicios en la zona costera más al norte, pero éstos seguramente provienen de las relaciones comerciales de entonces, antes que de una fundación propiamente dicha.

LOS POBLADOS

La estructura interior de los asentamientos fenicios reseñados no puede todavía ser establecida de un modo completo, ya que, por un lado, las excavaciones están aún inconclusas, y por otro, ninguna de esas plazas se halla tan bien conservada como para permitir la excavación de la planta urbanística de forma global. Muchas de ellas están completa o parcialmente destruidas, como las de Guadarranque y Guadalhorce; en otros casos, como Toscanos, Morro de Mezquitilla y Adra, los restos de estructuras y estratos de hábitat, situados normalmente en la cima de la colina que acoge el asentamiento, han sufrido una erosión tal que sólo en las faldas de las colinas se han podido detectar algunos de ellos. Las excavaciones han tenido que limitarse, por tanto, a esos escasos puntos, con resultados necesariamente incompletos, de modo que para conocer las costumbres y la organización urbanística de los fenicios en la Península Ibérica se ha de recurrir a casos paralelos en otros territorios.

Sin embargo en Toscanos, Chorreras y en el Morro de Mezquitilla ha quedado visible el trazado de varias calles. En Toscanos se ha podido observar cómo las casas se alinean a lo largo de una de esas calles, donde varios escalones conducen a los distintos umbrales formados por piedras de gran tamaño. En Chorreras, una de las calles transcurre a lo largo de la ladera, por lo que fue fortificada. La orientación de algunas casas no coincide con la de la calle, de modo que la forma rectangular de las edificaciones fue modificada en ocasiones por muros oblicuos, dándose preferencia al trazado de la calle. En el Morro de Mezquitilla, las calles se reconocen por la grava que las cubre que servía, evidentemente, para mantener el pavimento seco y transitable.

Las casas descubiertas ofrecen formas y tamaños distintos, en parte debido a las diferencias sociales y en parte porque estaban destinadas a cumplir funciones distintas. La casa de un comerciante fenicio bien situado, por ejemplo, parece haber constado de varias habitaciones agrupadas alrededor de un recinto o patio interior, como lo demuestra la casa A de Toscanos. La casa F de Toscanos, en cambio, que consta solamente de una habitación con un hogar, estaría destinada a moradores más pobres. Completamente distinto de las viviendas se presenta el edificio C de Toscanos, que consta de una nave central ancha y dos naves laterales visiblemente más estrechas, de 15 m de largo por 11 m de ancho. Comparándolo con casos paralelos del Mediterráneo Oriental y teniendo en cuenta la cantidad de ánforas en él encontradas, especialmente numerosas en este caso, se supone que el edificio había sido un almacén, como debieron de existir con frecuencia en las factorías fenicias de la costa.

Siendo que los fenicios escogían para sus asentamientos un islote o una península, cabría pensar que disponían también de grandes fortificaciones para proteger a los comerciantes y a los géneros almacenados. No parece haber sido éste el caso, pues únicamente en Toscanos se han podido detectar restos de una fortificación: se trata de una profunda fosa de sección triangular que rodeaba el núcleo más antiguo del asentamiento, sin que pueda asegurarse que estuviera reforzada por una empalizada o incluso una muralla. En el Alarcón, sin embargo, se han podido descubrir, sobre Toscanos, restos de muros de fortificación, que según las trazas deben de pertenecer a una fase tardía, cuando el poblado fenicio se extendía ya por las faldas de la montaña, o sea alrededor del año 600 a.C. Esta muralla, conservada en un lienzo de 120 m de largo por 4 o 5 m de ancho, deja entrever un refuerzo adicional en su cara exterior, incluso uno en la cara interior. Esta potente fortificación, que en su día se extendía seguramente sobre trechos más largos, corrobora la creciente importancia que había adquirido Toscanos desde su fundación, a la vez que testimonia su potencia económica y social y la consiguiente capacidad de reacción frente a las amenazas del exterior.

En el caso de las plazas fenicias fundadas en tiempo arcaico, no cabe esperar que dispusieran de puertos auténticos, con sus muelles y malecones, pues el calado de las embarcaciones fenicias sería poco profundo y arrastrarlos a la orilla no debió de resultar difícil. Las investigaciones geológicas realizadas al oeste del poblado de Almuñécar y del Morro de Mezquitilla han permitido poner de relieve bahías con orillas de suave declive, muy adecuadas para servir de embarcadero. En otros establecimientos, las bahías se adentran en el interior a modo de rías, como, por ejemplo, en el caso de los ríos Guadarranque, Guadiaro, Guadalhorce y Vélez, cerca de Toscanos. En ellas, las embarcaciones pudieron entrar sin dificultad alguna, por lo que es de suponer que hubo atracaderos.

LAS NECRÓPOLIS

Cada poblado fenicio contaba con una necrópolis, siempre separada de aquél y casi siempre situada en la orilla opuesta de la bahía o del río. Cuando un poblado, como el de Toscanos, está ubicado en la orilla occidental, la necrópolis correspondiente se encuentra en la orilla oriental, en este caso en el cerro del Mar. Si, en cambio, el asentamiento está situado en la orilla oriental de la bahía, como el Morro de Mezquitilla, la necrópolis se encuentra en la orilla occidental, en este caso Trayamar. Las necrópolis de los siglos VIII y VII a.C., que pertenecen a la fase de las fundaciones fenicias, suelen presentar pocas sepulturas, como por ejemplo la de Trayamar con cinco tumbas (si bien cada una presenta varios enterramientos). El número de sepulturas aumenta sólo a partir de fines del siglo VII a.C. Así, la necrópolis de Jardín tiene 100 sepulturas y más aún la de Puente de Noy. Las sepulturas ofrecen diferentes aspectos. Hay que distinguir en primer término entre sepulturas colectivas y sepulturas individuales, siendo estas últimas las más numerosas. Sepulturas colectivas son, por ejemplo, los hipogeos subterráneos, que contienen varios enterramientos. Las sepulturas individuales pueden consistir en una fosa, en cistas de sillares, en sarcófagos o en sepulturas de pozo.

Los cinco hipogeos de Trayamar, que datan de la segunda mitad del siglo VII a.C., son el mejor ejemplo conocido de toda la Península (parecidas en su forma, aunque más recientes, son las sepulturas de Villaricos). Para la instalación de un hipogeo se excavaba primero una fosa rectangular en la roca, a cuya entrada se llegaba por una rampa inclinada. Delante de la roca se levantaba una construcción de sillares bastante irregulares, que solamente en sus caras vueltas hacia la cámara mostraban superficies alisadas. Las sepulturas culminaban en un techo de madera plano, cubierto de piedras planas y arcilla para asegurar un cierre hermético. Sobre esta construcción se elevaba la cumbrera de madera. Por su tamaño y accesibilidad, los hipogeos daban cabida a varios enterramientos. Los prototipos de esos hipogeos se encuentran en Útica y Cartago, pero igualmente los hubo en el norte de África y en Oriente Próximo.

Otra forma característica entre las sepulturas fenicias son las tumbas de pozo, que aparecen también con frecuencia en el Oriente fenicio y en Cartago. En la costa meridional peninsular se han encontrado, en la necrópolis de Almuñécar, 20 de esas tumbas. Las sepulturas de Almuñécar se encuentran en la pendiente, donde están alineadas en tres o cuatro filas irregulares. Tienen una profundidad de 3 a 5m y un diámetro de 1 o 2 m. Los enterramientos están dispuestos en urnas colocadas al final del pozo, a veces ligeramente insertas en la roca, otras veces cubiertas por numerosas piedras, o también introducidas en un nicho que emerge lateralmente del pozo. En la sepultura 19 se pudieron observar dos nichos laterales dispuestos por separado, con dos enterramientos individuales, cada uno en su urna de alabastro.

Frente a estos dos tipos de tumba, característicos de la época temprana de los asentamientos fenicios, están, formando una unidad cerrada, los enterramientos individuales dispuestos en fosas. Su forma más sencilla es la fosa simple, excavada en el suelo sin construcciones adicionales. Las fosas de las necrópolis de Jardín y Puente de Noy contienen bancos laterales, excavados en la roca, debajo de los cuales el espacio sepulcral propiamente dicho disminuye en comparación con la fosa superior. Se supone que tales bancos disponían de un techo de material orgánico para separar el espacio sepulcral, techo que, en ocasiones, sería incluso de piedra. Entre las tumbas de fosa de Jardín hay alguna revestida de barro o adobes. En general, estas sepulturas suelen tener el tamaño de una inhumación. Otro tanto se puede decir de las cistas compuestas por sillares, que son frecuentes en Cádiz. A veces, el suelo de esas tumbas está formado por la misma roca virgen, aunque con frecuencia está constituido por sillares. Sobre este suelo se elevan una o dos hileras de sillares conformando la cista, que, a su vez, estaba cubierta por más sillares. Frente a las sencillas tumbas de fosa las cistas constituyen un tipo más evolucionado, reservado seguramente a personalidades de mayor categoría social.

Otro factor importante es el hecho de que tanto las sepulturas como los ajuares sirven de indicador de la categoría social del muerto. Así, por ejemplo, los hipogeos, con su costosa construcción, se diferencian claramente de las sencillas sepulturas en fosa, desprovistas de todo lujo. En cuanto a los hipogeos, parece ser que fueron sepulturas de familias enteras, como en el caso de las necrópolis de Trayamar y del Morro de Mezquitilla. Por lo visto, los muertos de una sola familia fueron enterrados durante decenios en un mismo hipogeo. Posteriormente, los hipogeos fueron sustituidos por las cistas sillares, que serían equivalentes en cuanto a la categoría social que evidenciaban. Así pues, un comerciante fenicio del siglo VII a.C., enterrado en un hipogeo, habría tenido el mismo rango social que el enterrado en una cista de sillares de fechas posteriores. La categoría social de cada tipo de sepultura hay que determinada, por tanto, según la época en que ésta fue construida. Un punto decisivo para la valoración de un enterramiento es el ajuar. Así, encontramos en los hipogeos 1 y 4 de Trayamar lujosas piezas de oro, al igual que en la cista 66-A de Jardín. Restos de oro y plata fueron recogidos también en Cádiz, Villaricos y Puente de Noy.

En lo que a costumbres funerarias respecta, en las necrópolis fenicias de la Península se observan tanto inhumaciones como incineraciones, que existen simultáneamente y a veces mezcladas (en el curso de los siglos, sin embargo, las incineraciones van superando a las inhumaciones).

LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS

Resulta significativo que en el Morro de Mezquitilla, uno de los asentamientos fenicios más antiguos de la península Ibérica, haya habido un horizonte con restos de talleres metalúrgicos, tan antiguo como los primeros edificios y en parte más que ellos. Aquí se descubrieron fosas llenas de cenizas y carbón vegetal, así como varios hornos, algunos repetidas veces renovados. Alrededor de los hornos se hallaron escorias y fragmentos de tubos de ventilación, especialmente bocas de toberas dobles, ocasionalmente con restos metálicos adheridos. Este grupo de toberas fenicias aporta el testimonio manifiesto de unos procesos de fundición metalúrgica. No obstante, parece que no era éste el verdadero lugar donde se trataban los minerales ya que, de ser así, la cantidad de escoria encontrada debiera haber sido mucho mayor. Es de suponer más bien que los lugares de beneficio estaban alejados de los poblados, incluso situados en la cercanía de los mismos yacimientos, y que en aquéllos se produciría la fundición y elaboración del mineral bruto. En el Morro de Mezquitilla se ha podido documentar un taller de herreros; también en Toscanos hay restos de escoria y toberas, y en la falda del Peñón un pequeño horno de fundición, seguramente el último de un extenso taller metalúrgico. Estos restos confirman que en los asentamientos hubo actividades metalúrgicas desde una fase temprana, seguramente a partir del siglo VIII a.C. Con excepción de algunas piezas antiguas de importación, el hierro no aparece verdaderamente hasta la llegada de los fenicios, que fueron los primeros introductores de este metal en la Península. Según parece, los fenicios fabricaban los valiosos objetos y armas en la Península, y las ofrecían luego a las tribus indígenas (gozaban de una posición de poder singularmente favorable, hecho que explica su gran influencia económica y cultural). El nuevo comercio del metal, promocionado y activado por los fenicios, serviría de fondo a un singular hallazgo en la ría de Huelva, seguramente la carga de un barco hundido, compuesto por armas y objetos de bronce (característicos del Bronce Final). Según las apariencias, se trata de una carga de metal viejo que los comerciantes fenicios comprarían relativamente “barato”, ofreciendo a cambio objetos de hierro. También el estaño despertaría el interés comercial de los fenicios. Sin embargo, hasta hoy no se han hallado restos de estaño puro (barras de estaño), ni en poblados indígenas ni en los asentamientos fenicios. Habría que pensar más bien que el comercio se limitaría al estaño contenido en el bronce, hecho que explicaría el hallazgo de numerosos depósitos de objetos de bronce acumulados por comerciantes. Con toda seguridad, los barcos fenicios transportaban material bruto a la metrópoli o a otros compradores con la misma frecuencia con que traían productos elaborados por los oficios del metal desde el Mediterráneo Oriental. En todo caso, el beneficio del metal, su elaboración y su comercio constituyeron una de las razones más poderosas para el establecimiento de colonias fenicias en la península Ibérica.

Además de los metales de uso, también los metales preciosos representaban un factor importante del comercio fenicio. Si bien no hay que desestimar la posibilidad de que los fenicios accedieran a los yacimientos del noroeste de la Península a través de la costa atlántica portuguesa, según parecen indicar ciertos hallazgos aislados, es más probable que el oro llegara a manos de los fenicios a través de Tartessos (lo que explicaría hasta cierto punto la especial eclosión de aquella cultura y su metalurgia). El preciado metal era llevado a los talleres de Cádiz y otros establecimientos, donde los orfebres se encargaban de convertirlo en refinados adornos. Ese refinamiento en la elaboración y acabado del material bruto es una de las cualidades significativas de los talleres, que pudieron ofrecer artículos de lujo tanto a los pueblos peninsulares como a los mercados orientales.

LOS HALLAZGOS FENICIOS

Los hallazgos más frecuentes en poblados y necrópolis son las vasijas de cerámica y, sobre todo, sus innumerables fragmentos. Entre esta mezcla destacan los fragmentos de la cerámica roja, de especial calidad, luego la cerámica policroma, después la cerámica de engobe blanco o amarillo, y, finalmente, la cerámica de arcilla gris. Al mismo tiempo, aunque menos frecuente, encontramos cerámica hecha a mano y relativamente escasa frente a una ingente cantidad de la fabricada a torno. La cerámica de engobe rojo, con tonalidades que oscilan entre el marrón rojizo y el rojo anaranjado, tan característica de la primera fase de ocupación fenicia (siglos VIII y VII a.C.), deja entrever su relación directa con las formas de la metrópoli, siendo especialmente importante, por su frecuencia y la diversidad de sus formas, para la identificación de los establecimientos. Al grupo de la cerámica policroma pertenecen sobre todo los recipientes cerrados. La decoración suele consistir en franjas anchas de pintura que van del marrón rojizo al anaranjado, acompañadas por líneas estrechas de color negro grisáceo. La mayor parte de la cerámica fenicia pertenece al tipo áspero, sin tratamiento de superficie. En este grupo hay que incluir las ollas, los anillos de soporte y los trípodes, pero sobre todo las ánforas, muy usadas no sólo en la vida diaria, sino como material de transporte y conservación de géneros líquidos o sólidos. En cuanto a la llamada cerámica gris, que con tanta frecuencia aparece en los estratos tardíos de los establecimientos fenicios, se ha podido comprobar que se trata de un producto cuyos orígenes están en las formas, color y técnica de la cerámica autóctona.

Los metales preciosos son relativamente frecuentes. La plata suele aparecer en forma de pequeños colgantes o estuches para amuletos, como, por ejemplo, en Almuñécar y Jardín. En estos dos lugares se encontraron también anillos engarzados con escarabeos basculantes, que el muerto había llevado en vida como adorno y anillo de sello. Un anillo de oro de este tipo, aunque lamentablemente sin escarabeo, fue hallado en la sepultura 1 de Trayamar. Se distingue por su excelente factura, al igual que los adornos de oro de la sepultura 4 del mismo lugar. Allí se encontró un colgante de 2,5 cm de diámetro, que pertenecía a una gargantilla, y cuyo anverso mostraba finos relieves. El conjunto áureo de Trayamar comprende además cuatro colgantes cónicos, perlas redondas y estriadas, así como pendientes y anillos de oro, que acentúan la especial categoría social de esta sepultura.

La riqueza de un ajuar también se manifiesta a través de los objetos de importación, como por ejemplo los recipientes de alabastro de gran tamaño de Almuñécar y Trayamar, que sirvieron de urnas para los restos incinerados. Son frecuentes los fragmentos de huevo de avestruz, decorados con pintura roja o con finos dibujos incisos, como los encontrados en las tumbas de pozo del cerro de San Cristóbal (Almuñécar) y en la necrópolis de Jardín y los adornos en marfil.

En el curso de las excavaciones realizadas en los poblados de Toscanos y del Morro de Mezquitilla se detectaron también numerosos graffiti, sobre todo en platos, que en su mayor parte deben representar nombres. Esos graffiti representan los primeros indicios de escritura en la península Ibérica, aunque ésta ya formaba parte de la cultura fenicia. Es de lamentar que no existan documentos escritos más completos, pues seguramente los hubo en algún contexto. Su ausencia estará relacionada probablemente con el carácter perecedero de los materiales orgánicos.
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