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PENÍNSULA
IBÉRICA - TARTESSOS y LAS COLONIZACIONES |
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FENICIOS EN IBERIA
- 1104-1103 a.C.: fundación
mitológica de Gadir (Cádiz) por parte de los
fenicios de Tiro (según Veleyo Patérculo).
- 814 a.C.: fundación
de Cartago por intervención de la familia real de
Tiro.
- 800-775 a.C.: las costas
de Málaga, Granada y Almería se ven salpicadas
de colonias fenicias.
- 790-600 a.C.: Período
Orientalizante. Aceptación de las formas de la cultura
del Mediterráneo Oriental por parte de Tartessos.
- 750 a.C.: relaciones
de cierta intensidad con la zona oriental de Andalucía,
penetración cultural fenicia hacia el interior.
- 750-725 a.C.: primeros
elementos fenicios en Extremadura (objetos de prestigio
para las clases indígenas dominantes).
- 725-675 a.C.: los fenicios
se extienden desde la Cuenca del Almanzora hasta la región
del Bajo Segura (Alicante).
- 654-653 a.C.: fundación
mitológica de una colonia cartaginesa en Ibiza (según
Diodoro de Sicilia).
- 573 a.C.: caída
de Tiro bajo Nabucodonosor II de Babilonia.
Las relaciones comerciales determinan el carácter de
los asentamientos fenicios en las costas de la Península
Ibérica. Se trata de factorías comerciales con
manufactura propia, que practican el libre intercambio de bienes
con las tribus indígenas del interior, estando, por tanto,
obligadas a mantener con éstas relaciones pacíficas.
En vista del escaso número de personas que formaban esos
asentamientos, podemos deducir con certeza que ni en el momento
de la fundación ni en tiempos posteriores hubo por parte
de los fenicios ninguna intención (ni la habría
nunca) de ocupar el hinterland
militarmente. La ausencia casi total de fortificaciones y los
ajuares de los comerciantes fenicios sin armas, señalan
que no hubo una acusada mentalidad guerrera. El poder de los
fenicios consistía, al fin y al cabo, en la acumulación
de riqueza, que cualquier acción militar podía
poner en peligro, mientras que las relaciones pacíficas
servían para aumentarla. Al contrario de las fundaciones
de Gadir, Útica y Cartago, que se atribuyen a Tiro, los
grupos humanos que llevaron a cabo la colonización fenicia
procedían de las ciudades de la metrópoli, según
evidencia el material arqueológico hallado. Los conflictos
entre las ciudades costeras fenicias y el reino de Asiria, así
como las consiguientes dificultades, serían probablemente
una de las causas que intensificaron el comercio fenicio con
el Mediterráneo Occidental, originando además
la emigración de parte de la población, lo que
paradójicamente llevó a un aumento de las relaciones
con Occidente y a un crecimiento de la riqueza. Sólo
cuando las ciudades de la metrópoli son incorporadas
al imperio babilónico se interrumpen las relaciones fenicias
con Occidente, quedando los asentamientos aislados. Este cambio
significa sin duda un importante hito que marca el comienzo
de la historia púnica en la península Ibérica.
De antemano conviene hacer una advertencia sobre los conceptos
de “colonia” y “colonización”.
Para el caso que nos ocupa, una “colonia” es un
asentamiento de grupos humanos fuera de la metrópoli,
es decir, en el sentido antiguo, el traslado de colectivos humanos
a una “nueva ciudad”, manteniéndose el contacto
cultural e incluso una dependencia con respecto al lugar de
origen. Ya que hasta ahora no se puede asegurar con certeza
que las huellas de hábitat fenicios en las costas peninsulares
hayan pertenecido a ciudades, es decir, a colonias, pues hasta
la actualidad prevalece la impresión de que solamente
Gadir fue una ciudad, conviene emplear el término de
“asentamiento” antes que el de “colonia”.
Con la misma cautela y reserva se debe tratar el término
“colonización”, en primer lugar por su significado
en el lenguaje moderno y en segundo porque suscita la idea de
que la fundación de colonias traía consigo el
avasallamiento de los habitantes indígenas, que nunca
fue el caso de las que establecieron los fenicios en cualquier
costa extranjera. Si aceptamos que, en lo que respecta a estos
últimos, el término “colonización”
se limita a la fundación de establecimientos comerciales
en una franja costera, el concepto resulta válido.
Los fenicios (los “rojos”, como los llamaban los
griegos debido a las telas teñidas de púrpura
que fabricaban) tenían su patria en las costas del Oriente
Próximo, exactamente en la región que actualmente
ocupa el Líbano. Las ciudades de Tiro y Sidón
eran sus bases comerciales más importantes. Parece ser
que la ciudad de Tiro tuvo un papel preponderante en los procesos
de colonización. Se afirma que la ciudad de Gadir fue
fundada desde Tiro, según la tradición histórica
(aunque más bien mitológica) en el año
1104 o 1103 a.C., y se asegura también que los fenicios
emprendieron primero viajes de reconocimiento e inspección
hasta que finalmente decidieron fundar la ciudad en aquella
isla situada al otro lado de las columnas de Hércules,
no lejos de la costa atlántica. Evidentemente, la fundación
de una colonia en este preciso lugar tuvo por objeto conseguir
el acceso a los territorios del Bajo Guadalquivir, especialmente
interesantes para el comercio del metal. La supuesta fecha de
fundación de Gadir ha suscitado una voluminosa bibliografía
científica. Según el estado actual de los estudios,
se la rechaza por improbable desde el punto de vista histórico,
si bien sigue siendo válida la afirmación de que
fue Gadir la fundación fenicia más antigua de
la península Ibérica.
Sea como fuere, la expansión
comercial de los fenicios irá en aumento a partir del
final del segundo milenio, como se puede deducir fácilmente
de las estrechas relaciones que establecen con Egipto. A principios
del nuevo milenio acontece el salto a Chipre, donde fundan varios
establecimientos, entre los que descuella el de Kitión.
Resulta, pues, altamente probable que ya en los comienzos del
primer milenio a.C. los fenicios extendiesen su comercio a costas
más alejadas del Mediterráneo occidental. Las
evidencias arqueológicas ofrecen como fecha para las
fundaciones de asentamientos fenicios en las costas de la Península
Ibérica el siglo VIII a.C. Estas evidencias, sin embargo,
no excluyen la posibilidad de que las influencias provenientes
del Mediterráneo Oriental que se hacen sentir en la Cultura
del Bronce Final en Andalucía hayan sido transmitidas
por los fenicios y por vía marítima. Habría
que distinguir, pues, entre un período de influencia
fenicia ya a principios del primer milenio a.C., y una fase
en la que tienen lugar las fundaciones fenicias a partir del
siglo VIII a.C. De los asentamientos fenicios en la costa meridional
peninsular, pocos nombres se conocen: Malaka (Málaga),
Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra), cuyas fundaciones
pudieron tener lugar en tiempos posteriores, pero que Estrabón
llegó a calificar todavía como fenicios. En lo
que respecta a Ibiza, parece que se trata de una fundación
cartaginesa que tuvo lugar, según la tradición,
en los años 654 o 653 a.C. Esta fecha carece hasta ahora
de fundamento arqueológico, ya que la mayor parte de
los hallazgos en esa isla no son anteriores al siglo VI a.C. |
LOS ASENTAMIENTOS
Las condiciones previas para la fundación de los asentamientos
fenicios, para su eclosión y su cultura material, hay
que buscarlas sin duda en el ámbito de la economía.
Los establecimientos comerciales requerían tanto buenos
embarcaderos o puertos como una favorable situación en
cuanto a terrenos aptos para la agricultura, pues es evidente
que los asentamientos fenicios se apoyaban en una sólida
base económica, que era la agricultura y la ganadería.
Cuando en sus expediciones exploraron costas en las cuales establecerse,
los fenicios buscaron siempre emplazamientos determinados, naturalmente
cercanos al litoral, pero que se distinguieran por su situación
aislada, preferentemente en penínsulas o islas. Seguramente
constituía también un factor importante la mayor
o menor accesibilidad al interior, como, por ejemplo, la cercanía
de una gran llanura costera o una vega, o quizá también
la posibilidad de salvar de manera fácil las montañas
que pudieran limitar las relaciones comerciales. Todos los asentamientos
fenicios en las costas mediterráneas y en el Atlántico,
muestran las características indicadas.
Gadir estaba ubicada en la punta de una península, posiblemente
incluso en una pequeña isla, desprendida de aquélla,
en una posición protegida y considerada por los fenicios
como ideal, aparte de encontrarse frente a un hinterland
densamente poblado y rico, cuyo acceso estaba garantizado por
el río Guadalete y, algo más al norte, por el
Guadalquivir. Como se ha dicho, las fuentes escritas consideran
a Gadir como el asentamiento fenicio más antiguo, si
bien los hallazgos efectuados hasta ahora en la superficie urbana
no han confirmado tal aserción. A pesar de las fuertes
influencias fenicias al este de Cádiz, al oeste no se
ha podido detectar hasta ahora ningún poblado que mereciera
la denominación de asentamiento fenicio.
Siguiendo la costa hacia el este nos encontramos con el río
Barbate, donde pudo haber un establecimiento fenicio; pero sólo
en la bahía de Algeciras, en el curso inferior del río
Guadarranque, se tiene la seguridad de la existencia de un asentamiento
de esta procedencia en el cerro del Prado, cerca de San Roque.
En esa colina, que se eleva sólo unos pocos metros por
encima del cauce del río, se han efectuado hallazgos
que documentan la existencia de un poblado fenicio, en el siglo
VII a.C., que subsistiría por lo menos hasta los siglos
VI o V a.C. Recientes estudios geológicos en este sector
han podido confirmar que, en su día, el cerro del Prado
había sido una península muy avanzada en la bahía,
siendo, por tanto, un lugar ideal para un asentamiento. El litoral,
junto con las montañas al este y el oeste, accesibles
por las vegas de los ríos, conformaban un vasto hinterland
para un establecimiento comercial en las orillas del río
Guadarranque. Un poco más al este se encuentra otro asentamiento
fenicio en la desembocadura del río Guadiaro, que fluía
en una antigua bahía entonces abierta al Mediterráneo.
En sus cercanías había un poblado indígena
del bronce final, que asimiló la cultura del cercano
asentamiento de tal forma que, al cabo de poco tiempo, sus características
culturales eran enteramente fenicias.
Un asentamiento mayor y más importante se sitúa
entre Torremolinos y Málaga, en la desembocadura del
río Guadalhorce, en la colina de El Villar, que entonces
sería una isla. Hallazgos del siglo VII a.C. (Guadalhorce
I) han confirmado una primera fase de hábitat, seguida
por otra en los siglos VI o V a.C. El lugar había sido
escogido sin duda por ser fácilmente accesible desde
el mar, por su situación especial respecto del hinterland,
formado por el ancho litoral de la llanura de Málaga,
aparte de la posibilidad de tránsito que proporcionaba
el valle del Guadalhorce. En un terreno situado más hacia
el interior se han efectuado hallazgos aislados que podrían
indicar la existencia de una necrópolis. También
en Málaga (Malaka) se ha podido poner de manifiesto un
primer horizonte de hábitat fenicio, que confirmaría
para los siglos VIII o VII a.C. la existencia de un establecimiento
al pie de la actual colina de Alcazaba.
Al este de Málaga, a orillas del río Vélez,
cuyo curso bajo constituía entonces una bahía
que se adentraba hasta varios kilómetros en el interior
del país, se encuentra la población fenicia de
Toscanos. Dicha población se extiende sobre una colina
situada actualmente a sólo 12 m de altura sobre el cauce
del río, que en su día serían 18 m sobre
el nivel del mar. Gracias a su temprano descubrimiento y a las
excavaciones efectuadas durante muchos años se ha convertido
en un auténtico ejemplo para este tipo de establecimientos,
aun cuando sólo en el borde de la colina se han conservado
algunas zonas intactas, entre ellas un foso en forma de V, perteneciente
a un sistema defensivo, varias casas y un almacén. En
su primera fase, el yacimiento de Toscanos parece haber tenido
un carácter limitado. Sólo en el siglo VII a.C.
se extendió sobre las cercanas faldas del peñón
y del Alarcón, donde seguía existiendo. Enfrente
del poblado, en la costa oriental de la ensenada, se encontraron
en el cerro del Mar restos de una necrópolis. En los
siglos VI o V se erigió una nueva necrópolis en
la finca de Jardín, esta vez en la orilla occidental
de la bahía, al norte del poblado.
El siguiente asentamiento fenicio está situado en el
Morro de Mezquitilla (Algarrobo), en la orilla oriental del
río Algarrobo y distante sólo 7 km de Toscanos.
Al pie del Morro, estudios geológicos pudieron concluir
en la existencia de una playa de arena en una bahía de
escasas dimensiones, pero muy apropiada para que los primeros
buques de los fenicios, de poco calado, pudieran ser llevados
a la orilla. Restos de un taller metalúrgico, varias
calles y grandes edificios reflejan al menos una parte de la
imagen característica de un asentamiento fenicio. El
asentamiento, primero fenicio y luego púnico, debió
de tener varias necrópolis, de las que se ha podido estudiar
solamente una, la de Trayamar. Sus tumbas abarcan desde mediados
del siglo VII a.C., hasta aproximadamente el año 600
a.C. Algo más al este del Morro de Mezquitilla está
ubicado, en un pequeño promontorio cerca del mar, el
asentamiento de Chorreras, también cercano a la bahía
y desembocadura del río Algarrobo. Parece que su duración
fue corta, pues fue fundada en la primera mitad del siglo VIII
a.C. y, según los indicios, subsistió sólo
hasta el siglo VII a.C. Desde las plazas a orillas del Vélez
y del Algarrobo se llega fácilmente al interior del país
a través de los valles de ambos ríos.
En el punto más alto de Almuñécar y debajo
de dicha ciudad se han podido detectar restos de un poblado
fenicio. Al oeste, al otro lado de la llanura costera, se situaba
la necrópolis del cerro de San Cristóbal, y algo
más al norte, se hallaba la necrópolis de Puente
de Noy. Se supone que a pocos kilómetros hacia el este,
en la desembocadura del río Guadalfeo, se alzaba otro
asentamiento, o así al menos lo parecen indicar los fragmentos
de cerámica hallados en Salobreña.
Aún más al este, ya en la provincia de Almería,
se encuentra, en la colina Montecristo, cerca de la población
de Adra, el próximo establecimiento fenicio. Excavaciones
recientes han detectado restos de construcciones y objetos pertenecientes
a los siglos VIII y VII a.C. Esta plaza se caracteriza por su
accesibilidad desde el mar, la facilidad para alcanzar la llanura
costera y la posibilidad de adentrarse en el interior a través
del valle del río.
En la desembocadura del río Segura, cerca de Guardamar
del Segura, en la provincia de Alicante, hubo un establecimiento
fenicio. Hay también restos fenicios en la zona costera
más al norte, pero éstos seguramente provienen
de las relaciones comerciales de entonces, antes que de una
fundación propiamente dicha. |
LOS POBLADOS
La estructura interior de los asentamientos fenicios reseñados
no puede todavía ser establecida de un modo completo,
ya que, por un lado, las excavaciones están aún
inconclusas, y por otro, ninguna de esas plazas se halla tan
bien conservada como para permitir la excavación de la
planta urbanística de forma global. Muchas de ellas están
completa o parcialmente destruidas, como las de Guadarranque
y Guadalhorce; en otros casos, como Toscanos, Morro de Mezquitilla
y Adra, los restos de estructuras y estratos de hábitat,
situados normalmente en la cima de la colina que acoge el asentamiento,
han sufrido una erosión tal que sólo en las faldas
de las colinas se han podido detectar algunos de ellos. Las
excavaciones han tenido que limitarse, por tanto, a esos escasos
puntos, con resultados necesariamente incompletos, de modo que
para conocer las costumbres y la organización urbanística
de los fenicios en la Península Ibérica se ha
de recurrir a casos paralelos en otros territorios.
Sin embargo en Toscanos, Chorreras y en el Morro de Mezquitilla
ha quedado visible el trazado de varias calles. En Toscanos
se ha podido observar cómo las casas se alinean a lo
largo de una de esas calles, donde varios escalones conducen
a los distintos umbrales formados por piedras de gran tamaño.
En Chorreras, una de las calles transcurre a lo largo de la
ladera, por lo que fue fortificada. La orientación de
algunas casas no coincide con la de la calle, de modo que la
forma rectangular de las edificaciones fue modificada en ocasiones
por muros oblicuos, dándose preferencia al trazado de
la calle. En el Morro de Mezquitilla, las calles se reconocen
por la grava que las cubre que servía, evidentemente,
para mantener el pavimento seco y transitable.
Las casas descubiertas ofrecen formas y tamaños distintos,
en parte debido a las diferencias sociales y en parte porque
estaban destinadas a cumplir funciones distintas. La casa de
un comerciante fenicio bien situado, por ejemplo, parece haber
constado de varias habitaciones agrupadas alrededor de un recinto
o patio interior, como lo demuestra la casa A de Toscanos. La
casa F de Toscanos, en cambio, que consta solamente de una habitación
con un hogar, estaría destinada a moradores más
pobres. Completamente distinto de las viviendas se presenta
el edificio C de Toscanos, que consta de una nave central ancha
y dos naves laterales visiblemente más estrechas, de
15 m de largo por 11 m de ancho. Comparándolo con casos
paralelos del Mediterráneo Oriental y teniendo en cuenta
la cantidad de ánforas en él encontradas, especialmente
numerosas en este caso, se supone que el edificio había
sido un almacén, como debieron de existir con frecuencia
en las factorías fenicias de la costa.
Siendo que los fenicios escogían para sus asentamientos
un islote o una península, cabría pensar que disponían
también de grandes fortificaciones para proteger a los
comerciantes y a los géneros almacenados. No parece haber
sido éste el caso, pues únicamente en Toscanos
se han podido detectar restos de una fortificación: se
trata de una profunda fosa de sección triangular que
rodeaba el núcleo más antiguo del asentamiento,
sin que pueda asegurarse que estuviera reforzada por una empalizada
o incluso una muralla. En el Alarcón, sin embargo, se
han podido descubrir, sobre Toscanos, restos de muros de fortificación,
que según las trazas deben de pertenecer a una fase tardía,
cuando el poblado fenicio se extendía ya por las faldas
de la montaña, o sea alrededor del año 600 a.C.
Esta muralla, conservada en un lienzo de 120 m de largo por
4 o 5 m de ancho, deja entrever un refuerzo adicional en su
cara exterior, incluso uno en la cara interior. Esta potente
fortificación, que en su día se extendía
seguramente sobre trechos más largos, corrobora la creciente
importancia que había adquirido Toscanos desde su fundación,
a la vez que testimonia su potencia económica y social
y la consiguiente capacidad de reacción frente a las
amenazas del exterior.
En el caso de las plazas fenicias fundadas en tiempo arcaico,
no cabe esperar que dispusieran de puertos auténticos,
con sus muelles y malecones, pues el calado de las embarcaciones
fenicias sería poco profundo y arrastrarlos a la orilla
no debió de resultar difícil. Las investigaciones
geológicas realizadas al oeste del poblado de Almuñécar
y del Morro de Mezquitilla han permitido poner de relieve bahías
con orillas de suave declive, muy adecuadas para servir de embarcadero.
En otros establecimientos, las bahías se adentran en
el interior a modo de rías, como, por ejemplo, en el
caso de los ríos Guadarranque, Guadiaro, Guadalhorce
y Vélez, cerca de Toscanos. En ellas, las embarcaciones
pudieron entrar sin dificultad alguna, por lo que es de suponer
que hubo atracaderos. |
LAS NECRÓPOLIS
Cada poblado fenicio contaba con una necrópolis, siempre
separada de aquél y casi siempre situada en la orilla
opuesta de la bahía o del río. Cuando un poblado,
como el de Toscanos, está ubicado en la orilla occidental,
la necrópolis correspondiente se encuentra en la orilla
oriental, en este caso en el cerro del Mar. Si, en cambio, el
asentamiento está situado en la orilla oriental de la
bahía, como el Morro de Mezquitilla, la necrópolis
se encuentra en la orilla occidental, en este caso Trayamar.
Las necrópolis de los siglos VIII y VII a.C., que pertenecen
a la fase de las fundaciones fenicias, suelen presentar pocas
sepulturas, como por ejemplo la de Trayamar con cinco tumbas
(si bien cada una presenta varios enterramientos). El número
de sepulturas aumenta sólo a partir de fines del siglo
VII a.C. Así, la necrópolis de Jardín tiene
100 sepulturas y más aún la de Puente de Noy.
Las sepulturas ofrecen diferentes aspectos. Hay que distinguir
en primer término entre sepulturas colectivas y sepulturas
individuales, siendo estas últimas las más numerosas.
Sepulturas colectivas son, por ejemplo, los hipogeos subterráneos,
que contienen varios enterramientos. Las sepulturas individuales
pueden consistir en una fosa, en cistas de sillares, en sarcófagos
o en sepulturas de pozo.
Los cinco hipogeos de Trayamar, que datan de la segunda mitad
del siglo VII a.C., son el mejor ejemplo conocido de toda la
Península (parecidas en su forma, aunque más recientes,
son las sepulturas de Villaricos). Para la instalación
de un hipogeo se excavaba primero una fosa rectangular en la
roca, a cuya entrada se llegaba por una rampa inclinada. Delante
de la roca se levantaba una construcción de sillares
bastante irregulares, que solamente en sus caras vueltas hacia
la cámara mostraban superficies alisadas. Las sepulturas
culminaban en un techo de madera plano, cubierto de piedras
planas y arcilla para asegurar un cierre hermético. Sobre
esta construcción se elevaba la cumbrera de madera. Por
su tamaño y accesibilidad, los hipogeos daban cabida
a varios enterramientos. Los prototipos de esos hipogeos se
encuentran en Útica y Cartago, pero igualmente los hubo
en el norte de África y en Oriente Próximo.
Otra forma característica entre las sepulturas fenicias
son las tumbas de pozo, que aparecen también con frecuencia
en el Oriente fenicio y en Cartago. En la costa meridional peninsular
se han encontrado, en la necrópolis de Almuñécar,
20 de esas tumbas. Las sepulturas de Almuñécar
se encuentran en la pendiente, donde están alineadas
en tres o cuatro filas irregulares. Tienen una profundidad de
3 a 5m y un diámetro de 1 o 2 m. Los enterramientos están
dispuestos en urnas colocadas al final del pozo, a veces ligeramente
insertas en la roca, otras veces cubiertas por numerosas piedras,
o también introducidas en un nicho que emerge lateralmente
del pozo. En la sepultura 19 se pudieron observar dos nichos
laterales dispuestos por separado, con dos enterramientos individuales,
cada uno en su urna de alabastro.
Frente a estos dos tipos de tumba, característicos de
la época temprana de los asentamientos fenicios, están,
formando una unidad cerrada, los enterramientos individuales
dispuestos en fosas. Su forma más sencilla es la fosa
simple, excavada en el suelo sin construcciones adicionales.
Las fosas de las necrópolis de Jardín y Puente
de Noy contienen bancos laterales, excavados en la roca, debajo
de los cuales el espacio sepulcral propiamente dicho disminuye
en comparación con la fosa superior. Se supone que tales
bancos disponían de un techo de material orgánico
para separar el espacio sepulcral, techo que, en ocasiones,
sería incluso de piedra. Entre las tumbas de fosa de
Jardín hay alguna revestida de barro o adobes. En general,
estas sepulturas suelen tener el tamaño de una inhumación.
Otro tanto se puede decir de las cistas compuestas por sillares,
que son frecuentes en Cádiz. A veces, el suelo de esas
tumbas está formado por la misma roca virgen, aunque
con frecuencia está constituido por sillares. Sobre este
suelo se elevan una o dos hileras de sillares conformando la
cista, que, a su vez, estaba cubierta por más sillares.
Frente a las sencillas tumbas de fosa las cistas constituyen
un tipo más evolucionado, reservado seguramente a personalidades
de mayor categoría social.
Otro factor importante es el hecho de que tanto las sepulturas
como los ajuares sirven de indicador de la categoría
social del muerto. Así, por ejemplo, los hipogeos, con
su costosa construcción, se diferencian claramente de
las sencillas sepulturas en fosa, desprovistas de todo lujo.
En cuanto a los hipogeos, parece ser que fueron sepulturas de
familias enteras, como en el caso de las necrópolis de
Trayamar y del Morro de Mezquitilla. Por lo visto, los muertos
de una sola familia fueron enterrados durante decenios en un
mismo hipogeo. Posteriormente, los hipogeos fueron sustituidos
por las cistas sillares, que serían equivalentes en cuanto
a la categoría social que evidenciaban. Así pues,
un comerciante fenicio del siglo VII a.C., enterrado en un hipogeo,
habría tenido el mismo rango social que el enterrado
en una cista de sillares de fechas posteriores. La categoría
social de cada tipo de sepultura hay que determinada, por tanto,
según la época en que ésta fue construida.
Un punto decisivo para la valoración de un enterramiento
es el ajuar. Así, encontramos en los hipogeos 1 y 4 de
Trayamar lujosas piezas de oro, al igual que en la cista 66-A
de Jardín. Restos de oro y plata fueron recogidos también
en Cádiz, Villaricos y Puente de Noy.
En lo que a costumbres funerarias respecta, en las necrópolis
fenicias de la Península se observan tanto inhumaciones
como incineraciones, que existen simultáneamente y a
veces mezcladas (en el curso de los siglos, sin embargo, las
incineraciones van superando a las inhumaciones). |
LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS
Resulta significativo que en el Morro de Mezquitilla, uno
de los asentamientos fenicios más antiguos de la península
Ibérica, haya habido un horizonte con restos de talleres metalúrgicos,
tan antiguo como los primeros edificios y en parte más
que ellos. Aquí se descubrieron fosas llenas de cenizas
y carbón vegetal, así como varios hornos, algunos
repetidas veces renovados. Alrededor de los hornos se hallaron
escorias y fragmentos de tubos de ventilación, especialmente
bocas de toberas dobles, ocasionalmente con restos metálicos
adheridos. Este grupo de toberas fenicias aporta el testimonio
manifiesto de unos procesos de fundición metalúrgica.
No obstante, parece que no era éste el verdadero lugar
donde se trataban los minerales ya que, de ser así,
la cantidad de escoria encontrada debiera haber sido mucho
mayor. Es de suponer más bien que los lugares de beneficio
estaban alejados de los poblados, incluso situados en la cercanía
de los mismos yacimientos, y que en aquéllos se produciría
la fundición y elaboración del mineral bruto.
En el Morro de Mezquitilla se ha podido documentar un taller
de herreros; también en Toscanos hay restos de escoria
y toberas, y en la falda del Peñón un pequeño
horno de fundición, seguramente el último de
un extenso taller metalúrgico. Estos restos confirman
que en los asentamientos hubo actividades metalúrgicas
desde una fase temprana, seguramente a partir del siglo VIII
a.C. Con excepción de algunas piezas antiguas de importación,
el hierro no aparece verdaderamente hasta la llegada de los
fenicios, que fueron los primeros introductores de este metal
en la Península. Según parece, los fenicios
fabricaban los valiosos objetos y armas en la Península,
y las ofrecían luego a las tribus indígenas
(gozaban de una posición de poder singularmente favorable,
hecho que explica su gran influencia económica y cultural).
El nuevo comercio del metal, promocionado y activado por los
fenicios, serviría de fondo a un singular hallazgo
en la ría de Huelva, seguramente la carga de un barco
hundido, compuesto por armas y objetos de bronce (característicos
del Bronce Final). Según las apariencias, se trata
de una carga de metal viejo que los comerciantes fenicios
comprarían relativamente “barato”, ofreciendo
a cambio objetos de hierro. También el estaño
despertaría el interés comercial de los fenicios.
Sin embargo, hasta hoy no se han hallado restos de estaño
puro (barras de estaño), ni en poblados indígenas
ni en los asentamientos fenicios. Habría que pensar
más bien que el comercio se limitaría al estaño
contenido en el bronce, hecho que explicaría el hallazgo
de numerosos depósitos de objetos de bronce acumulados
por comerciantes. Con toda seguridad, los barcos fenicios
transportaban material bruto a la metrópoli o a otros
compradores con la misma frecuencia con que traían
productos elaborados por los oficios del metal desde el Mediterráneo
Oriental. En todo caso, el beneficio del metal, su elaboración
y su comercio constituyeron una de las razones más
poderosas para el establecimiento de colonias fenicias en
la península Ibérica.
Además de los metales de uso, también los metales
preciosos representaban un factor importante del comercio
fenicio. Si bien no hay que desestimar la posibilidad de que
los fenicios accedieran a los yacimientos del noroeste de
la Península a través de la costa atlántica
portuguesa, según parecen indicar ciertos hallazgos
aislados, es más probable que el oro llegara a manos
de los fenicios a través de Tartessos (lo que explicaría
hasta cierto punto la especial eclosión de aquella
cultura y su metalurgia). El preciado metal era llevado a
los talleres de Cádiz y otros establecimientos, donde
los orfebres se encargaban de convertirlo en refinados adornos.
Ese refinamiento en la elaboración y acabado del material
bruto es una de las cualidades significativas de los talleres,
que pudieron ofrecer artículos de lujo tanto a los
pueblos peninsulares como a los mercados orientales. |
LOS HALLAZGOS FENICIOS
Los hallazgos más frecuentes en poblados y necrópolis
son las vasijas de cerámica y, sobre todo, sus innumerables
fragmentos. Entre esta mezcla destacan los fragmentos de la
cerámica roja, de especial calidad, luego la cerámica
policroma, después la cerámica de engobe blanco
o amarillo, y, finalmente, la cerámica de arcilla gris.
Al mismo tiempo, aunque menos frecuente, encontramos cerámica
hecha a mano y relativamente escasa frente a una ingente cantidad
de la fabricada a torno. La cerámica de engobe rojo,
con tonalidades que oscilan entre el marrón rojizo
y el rojo anaranjado, tan característica de la primera
fase de ocupación fenicia (siglos VIII y VII a.C.),
deja entrever su relación directa con las formas de
la metrópoli, siendo especialmente importante, por
su frecuencia y la diversidad de sus formas, para la identificación
de los establecimientos. Al grupo de la cerámica policroma
pertenecen sobre todo los recipientes cerrados. La decoración
suele consistir en franjas anchas de pintura que van del marrón
rojizo al anaranjado, acompañadas por líneas
estrechas de color negro grisáceo. La mayor parte de
la cerámica fenicia pertenece al tipo áspero,
sin tratamiento de superficie. En este grupo hay que incluir
las ollas, los anillos de soporte y los trípodes, pero
sobre todo las ánforas, muy usadas no sólo en
la vida diaria, sino como material de transporte y conservación
de géneros líquidos o sólidos. En cuanto
a la llamada cerámica gris, que con tanta frecuencia
aparece en los estratos tardíos de los establecimientos
fenicios, se ha podido comprobar que se trata de un producto
cuyos orígenes están en las formas, color y
técnica de la cerámica autóctona.
Los metales preciosos son relativamente frecuentes. La plata
suele aparecer en forma de pequeños colgantes o estuches
para amuletos, como, por ejemplo, en Almuñécar
y Jardín. En estos dos lugares se encontraron también
anillos engarzados con escarabeos basculantes, que el muerto
había llevado en vida como adorno y anillo de sello.
Un anillo de oro de este tipo, aunque lamentablemente sin escarabeo,
fue hallado en la sepultura 1 de Trayamar. Se distingue por
su excelente factura, al igual que los adornos de oro de la
sepultura 4 del mismo lugar. Allí se encontró
un colgante de 2,5 cm de diámetro, que pertenecía
a una gargantilla, y cuyo anverso mostraba finos relieves. El
conjunto áureo de Trayamar comprende además cuatro
colgantes cónicos, perlas redondas y estriadas, así
como pendientes y anillos de oro, que acentúan la especial
categoría social de esta sepultura.
La riqueza de un ajuar también se manifiesta a través
de los objetos de importación, como por ejemplo los
recipientes de alabastro de gran tamaño de Almuñécar
y Trayamar, que sirvieron de urnas para los restos incinerados.
Son frecuentes los fragmentos de huevo de avestruz, decorados
con pintura roja o con finos dibujos incisos, como los encontrados
en las tumbas de pozo del cerro de San Cristóbal (Almuñécar)
y en la necrópolis de Jardín y los adornos en
marfil.
En el curso de las excavaciones realizadas en los poblados
de Toscanos y del Morro de Mezquitilla se detectaron también
numerosos graffiti, sobre
todo en platos, que en su mayor parte deben representar nombres.
Esos graffiti representan
los primeros indicios de escritura en la península
Ibérica, aunque ésta ya formaba parte de la
cultura fenicia. Es de lamentar que no existan documentos
escritos más completos, pues seguramente los hubo en
algún contexto. Su ausencia estará relacionada
probablemente con el carácter perecedero de los materiales
orgánicos. |
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