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PENÍNSULA
IBÉRICA - RURALIZACIÓN |
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TIPO Y DESTINO DE LA PRODUCCIÓN
Es obvio que la villa constituía un sistema de explotación
económica del medio; sin embargo, hay algunos aspectos
relativos a la estructura de la producción de estos centros
de explotación que resultan poco conocidos debido a la
imprecisión de las fuentes. Los tratados agronómicos
informan sobre el tipo de productos que se cultivaban, cómo
se obtenían y cómo mejorar su calidad y rendimiento;
pero todo ello no sirve de gran ayuda a la hora de conocer la
situación de un territorio concreto. Ante todo merece
la pena señalar que, en la orientación de la producción
de estas explotaciones, influían no solo los aspectos
climáticos sino también los culturales. Por ejemplo,
en el valle del Guadalquivir, si bien las condiciones climáticas
eran idóneas para cultivos como el trigo, y sobre todo,
la vid y el olivo, no se excluía el desarrollo de actividades
ganaderas. Pero aparte de este tipo de explotaciones, también
se da la peculiaridad de hallar con frecuencia villae
que, junto con la producción agrícola, desarrollaban
actividades relacionadas con la industria pesquera (salazones),
con la industria alfarera e incluso con actividades extractivas
(minas y canteras). En la mayoría de los casos las villae
desarrollaban una producción mixta, con mayor peso de
la agricultura. Si bien normalmente dicha producción
tenía como objetivo el cubrir las necesidades propias
y el abastecimiento del mercado local (ciudad y núcleos
de población vecinos), las villae
especializadas en cultivos de la tríada mediterránea
(cereales, vid y olivo), ubicadas en territorios especialmente
fértiles y bien comunicados, llegaban incluso a abastecer
a Roma y a otros puntos del Imperio. La elaboración de
aceite, aportación de los colonos fenicios, cumplía
un papel trascendental en la economía peninsular, sobre
todo en la Baetica, pues,
de todas las regiones de Hispania,
ésta fue, sin lugar a dudas, la de mayor prestigio por
lo favorable del terreno para el cultivo olivarero, por las
bases ya existentes en la zona y por la calidad de su aceite. Si bien en el siglo I a.C, pese a la antigüedad y arraigo
de su olivar, la Baetica tuvo
que importar aceite italiano para satisfacer las necesidades
del consumo de su población y de los ejércitos
de ocupación, las circunstancias debieron variar pronto
pues a partir del siglo I d.C. el aceite bético hizo
su aparición con una fuerza progresiva en los mercados
de las provincias occidentales y en la misma Italia, sobre todo
en Roma (en su producción se invirtieron los grandes
capitales desviados de las ya poco rentables minas de la zona
o aquellos venidos directamente de Italia). Prueba elocuente
de ello es el gran número de ánforas Dressel
20 (contenedores de aceite por excelencia) del siglo
I d.C. hallados en distintos puntos de las provincias hispanas
y del Imperio.
El abastecimiento de la ciudad de Roma, habitada por un ingente
número de individuos inactivos durante buena parte del
año y con una renta baja, supuso siempre un grave problema
para el Senado primero y para los emperadores después.
La falta de víveres en períodos de escasez o la
subida de precios como consecuencia de la especulación,
determinaron la creciente intervención de un gobierno,
siempre aristocrático, temeroso de la ira de la multitud
y de los posibles movimientos de masas. Otro tanto ocurría
con el ejército, sobre el que descansaba el poder del
emperador y a cuyas necesidades había que atender sin
recurrir a las requisas o entregas obligatorias justificadas
en época de guerra. Por todo ello, la oferta de alimentos
a precios subvencionados, o incluso gratis, se convirtió
en una práctica cada vez más frecuente hasta que
acabó por institucionalizarse. El proceso de institucionalización
de la annona (comisaría
encargada del servicio de abastecimiento y transportes del Estado),
posiblemente iniciada con Augusto, culminaría durante
el gobierno de la dinastía Antonina. Esto facilitaría
el despegue económico de algunas provincias, como la
Baetica, que se convertiría
en la principal proveedora de aceite, repercutiendo notablemente
en las características y estructuras de las
villae.
Frente a las villae relacionadas
con fundi de mediana y gran
propiedad, con mano de obra esclava y una producción
especializada destinada al comercio a escala regional o a gran
escala, existían pequeños asentamientos rurales
que se relacionan con la pequeña propiedad, administrados
por una familia campesina que utilizaba una técnica tradicional
y que vivía de una economía basada en la producción
de policultivos para el consumo propio o para el mercado local.
Si bien, en principio, la implantación del sistema de
producción de la villa no supuso la desaparición
del modelo tradicional del pequeño campesino (convivió
incluso predominando en algunas zonas), su incapacidad para
competir con el nuevo modelo acabó conduciéndolo
a la desaparición. La mayoría de los pequeños
asentamientos no sobrevivieron al final del siglo II d.C.; su
número fue disminuyendo en proporción directa
al aumento de villae, hasta
que éstas alcanzaron el predominio absoluto del territorio
durante el Bajo Imperio. |
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