Sitio web arqueomas.comarqueomas.comIr a InicioIr a DirectorioIr a BibliografíaIr a ContactaIr a RSS - Novedades
Península Ibérica
Paleolítico y Neolítico
Calcolítico y Los Millares
Arte Rupestre
El Megalitismo
Bronce y El Argar
Tartessos-Colonización
Cultura Ibérica
Cultura Talayótica
Cultura Celta - Vettones
Cultura Celta - Galaicos
Cultura Celtibérica
Romanización
Ingeniería Romana
Ruralización
Reino Visigodo
Islam y al-Andalus
Prerrománico
Románico
Egipto
Italia
Los Etruscos
Roma
África
Túnez - África Romana

Alojamientos amigos
Enlaces
PENÍNSULA  IBÉRICA  -  RURALIZACIÓN

EL FUNDUS

Para poder interpretar la villa romana como un conjunto formado por casa y fundo objeto de explotación, los agrónomos latinos (Catón, Varrón y Columela) constituyen la fuente primordial de consulta. Sus meticulosos preceptos, dirigidos a los propietarios itálicos interesados en las inversiones agrarias, aportan una valiosísima información referida a la ubicación y tamaño de la propiedad, situación del predio y de la casa, distribución y orientación de sus estructuras, etc. Los hallazgos arqueológicos permiten comprobar cómo muchas de sus recomendaciones fueron tenidas en cuenta en la mayoría de las villas hispanas.

La villa debía ubicarse en un lugar que reuniera unas características determinadas acordes con sus funciones. En la elección del emplazamiento los agrónomos aconsejaban estudiar detalladamente el terreno antes de adquirirlo para no pasar por alto sus defectos y descubrir sus virtudes. En sus escritos se observan dos requisitos imprescindibles a tener en cuenta: la salubridad del lugar y la fecundidad del suelo. La salubridad es el principio del que parten los tratadistas; por tanto el terreno debía contar con unas condiciones climáticas y atmosféricas que se encaminasen a tal fin: un lugar de temperatura agradable, buena iluminación y seco. Otra condición ineludible era la fertilidad del suelo, por lo que era necesario conocer la utilidad y calidad de las tierras antes de adquirirlas e incluso, como señala Columela, experimentar con ellas para obtener mayor rentabilidad, no sólo en los campos fértiles, sino sobre todo en los terrenos menos favorecidos.

Junto a estos dos requisitos principales había que tener presente otras condiciones geográficas no menos importantes, como la presencia de agua y la buena comunicación del lugar. La productividad de una finca no sólo dependía de las cualidades del suelo, sino esencialmente, de la cantidad de agua que ésta dispusiera. Como afirma Columela, la presencia del líquido elemento hacía posible el riego de la hacienda y el suministro de agua a la casa, además de suavizar las temperaturas y amenizar el lugar. En el mismo sentido, Varrón decía que la existencia de agua o, en su defecto, su fácil transporte, es un requisito primordial anterior a la construcción de la casa. La cercanía a un flujo de agua importante, sea el mar o un río navegable, además de la benefactora acción que ejerce en la casa, ofrecía otras ventajas como una buena comunicación y el fácil transporte de mercancías, aspectos que los tratadistas estimaban primordial pues ello revertía directamente en las actividades de la villa.

En opinión de Catón era aconsejable que el pago tuviese una entrada y salida fácil; Varrón igualaba las ventajas que conlleva la proximidad de la finca a un río navegable con un entramado viario que permitiera hacer viajes a ella fácilmente; y por último Columela afirmaba que el camino, el agua y los vecinos debían tenerse tan en cuenta como la salubridad del clima y la fertilidad del suelo. Esta necesidad de que la villa se sitúe próxima a las vías de comunicación terrestres obedecía a motivos económicos, ya que los caminos (al igual que los ríos navegables) eran los medios físicos para la salida y entrada de mercancías. Los ejemplos que ofrece la arqueología demuestran que el objetivo final de la inserción de la villa en la red viaria era el mantener un contacto cultural, político y, sobre todo, económico con la urbe. La rapidez y facilidad de comunicaciones de una hacienda respecto un centro urbano permitía la simultánea transferencia de actividades del campo a la ciudad y viceversa, junto a una serie de beneficios comerciales y económicos por ahorro en gastos de transporte. Además, se facilitaban las visitas del dueño a la hacienda contribuyendo a una mejor supervisión del funcionamiento de la misma. Evidentemente, el emplazamiento de las villas en el entramado viario resultaba útil, pero éstas no tenían porqué levantarse al borde mismo de una vía principal, situación que podría conllevar algún que otro inconveniente. Tampoco debían situarse demasiado alejadas de la calzada, ya que lo que se pretendía era el acceso inmediato. En consecuencia, lo idóneo era conseguir una conexión indirecta ubicando la villa en un lugar donde, a través de caminos secundarios, se enlazara con vías de primer o segundo orden.

Aparte de todas las disposiciones que las fuentes escritas hacen sobre el lugar en que debe ubicarse el predio, Columela añade alguna indicación con respecto al tamaño del mismo. No informa de sus medidas exactas, pero al menos dice que debe encontrarse en proporción con las posibilidades del propietario, para evitar la ruina de éste y privar de su buen disfrute a otros propietarios más capaces. Además, los autores recomiendan que la finca guarde también proporción con la casa de campo, ya que, de este modo, se evitan gastos superfluos o el desaprovechamiento de los recursos.
Ir arriba     Volver
2006-2012Ir a InicioIr a Acerca deIr a Aviso legalIr a RSS - Novedades