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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  RURALIZACIÓN

EVOLUCIÓN DE LAS VILLAS

La evolución del modelo de explotación de la villa posterior a su implantación puede apreciarse en varios ámbitos. En el plano físico, las transformaciones se proyectan en la estructura de su hábitat que se va haciendo cada vez más complejo y confortable. Desde el punto de vista cuantitativo a la eclosión del siglo I d.C., momento en el que las villae toman posesión del territorio, le sigue una ralentización del ritmo de crecimiento y una paulatina reducción del número debido a los cambios que se produjeron en la propiedad y en el modo de explotación: la concentración de tierras en manos de pocos propietarios y la extensión de la gran propiedad condujo a una alteración sustancial del sistema y acabó modificando el tipo de relación campo ciudad al que se vinculaba originariamente la explotación de la villa (situación palpable a fines del siglo II d.C.).

Para conocer como se gesta el fenómeno de concentración de la propiedad agraria hay que remontarse a los cambios del marco jurídico de la propiedad de la tierra de fines de la República y comienzos del Imperio, cuando la fundación de colonias y la promoción de municipios permitió que los provinciales fueran propietarios. Como ya se ha dicho, el hecho de que la división del territorio de una civitas generara parcelas del mismo tamaño no significa que exista la igualdad en el reparto, pues no todos los lotes eran de la misma calidad ni a todos los ciudadanos se les asignaba el mismo número. Además, las propiedades resultantes podían ser objeto de divisiones o de concentraciones. Entre los diversos factores que pudieron propiciar la concentración de la propiedad de la tierra, condicionando su evolución posterior, se encuentran: el endeudamiento de algunos propietarios como consecuencia de las malas cosechas, las propias relaciones familiares y la ocupación del territorio de la ciudad catastrado sin uso específico. Otro procedimiento que fomentó la concentración de tierras fue el trasvase de propiedades privadas a manos imperiales a través de donaciones y/o expropiaciones (inscripciones halladas en el norte de África indican que los emperadores, al menos desde los Flavios, disponían de enormes fincas en régimen de colonato).

La concentración de la propiedad agraria se acelera fundamentalmente en el siglo III d.C., con diversas consecuencias. Entre otras cabe destacar la difusión de nuevas formas de organización del trabajo que posibilitan una mayor productividad: la mano de obra esclava se hizo cada vez menos rentable, recurriéndose con mayor frecuencia al colono, incluso en las medianas propiedades. La razón de este cambio radica en que a partir del siglo II d.C., cuando se pone fin a las guerras de conquista y el Imperio deja de expandirse, se agota una de las fuentes de aprovisionamiento de esclavos (esto no supuso la desaparición de la esclavitud ya que su persistencia en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media es un fenómeno documentado). Si bien al principio las tierras se repartían entre varios colonos, en régimen de arriendo por un periodo de cinco años que podía ser renovado, su evolución posterior tiende a perpetuar la relación establecida con el propietario mediante la transmisión de padres a hijos del arrendamiento. A finales del siglo III d.C. estas situaciones de hecho fueron reguladas a través de normativas imperiales, como el nuevo sistema fiscal de iugatio-capitatio creado por Diocleciano, que favorecía a los dueños a la hora de impedir que los colonos abandonasen la explotación sin haber liquidado el arrendamiento (permitía la transmisión hereditaria de la condición de colono, quedando así adscritos a la tierra permanente). En definitiva, con la difusión del latifundio surge una unidad económica tendiente a la autarquía que condujo a la ruptura de la relación mercantil de las explotaciones con la ciudad: se propicia tanto la decadencia del pequeño y medio propietario como la reducción cuantitativa de las élites ciudadanas (al concentrarse las propiedades en un reducido número de familias).

La concentración de tierras ha de relacionarse con otros fenómenos, como por ejemplo, la gran relevancia que en el siglo II d.C. adquirió el aceite bético en el comercio. La preocupación del emperador Trajano por el régimen de abastecimiento de alimentos de la plebe romana y los ejércitos se materializó en la potenciación de la “industria” alimentaria, sobre todo en algunas zonas como la Baetica, bien conocida por ser productora de salazones y aceite de buena calidad y en cantidad como para suponer precios no muy elevados (aparte de las entregas que pudieran realizarse como impuesto en especie, la Baetica suministraba al Estado que compraba grandes cantidades de producto y al mercado privado). El agravamiento de la situación socioeconómica motivó una mayor intervención del Estado promulgándose, en época de Adriano, distintas leyes tendientes a corregir la situación agraria: se promulga una ley sobre los campos agrestes y aquellos que lleven diez años seguidos sin cultivar y una ley sobre la venta de 1/3 de la producción oleícola al Estado (esto supuso un apoyo a los “industriales” olivareros, a los que garantizaba la compra y comercialización por parte del Estado de buena parte de su producción aceitera). Así pues, el Estado se convertía en un cliente obligatorio y seguro que realizaba sus compras al precio que marcaba el mercado (sin intervenciones) y, por ende, la annona imperial (que abastecía a la población de Roma y el ejército del limes europeo) se convirtió en el principal consumidor del aceite bético. Las pruebas de que esta política de incentivación de la producción debió tener un éxito real las proporcionan los restos de ánforas del Monte Testaccio en Roma, los alfares béticos y los centros de fabricación del aceite (almazaras).

Por otra parte, las prospecciones efectuadas a lo largo del río Guadalquivir revelan que la explotación estaba condicionada por el paisaje: la ribera derecha se beneficiaba de las vecinas minas de Sierra Morena, mientras que la orilla izquierda, desde Hispalis (Sevilla) hasta Corduba (Córdoba), era eminentemente agrícola. Al mismo tiempo esta última se dividía en dos zonas de agricultura diferente: en Hispalis se concentraba la zona olivarera por excelencia, con una progresiva concentración de alfares y villae, mientras que en los valles de Córdoba, las pequeñas vegas del Guadalquivir y parte de las de Carmona, se cultivaban cereales. Aquí, las fincas eran más numerosas, aunque más pequeñas, y sus edificios de dimensiones más reducidas, todo lo contrario que en la zona olivarera, donde, debido al desarrollo que la producción aceitera estaba cobrando, las villae presentan edificaciones rústicas más complejas (dependencias para la molienda, cámaras de prensado y piletas para la decantación del aceite). En consecuencia, la adquisición de una mayor relevancia del aceite en el comercio pudo suponer un aumento de la propiedad y una mayor preocupación por la rentabilidad de las explotaciones, que no sólo se refleja en la complejidad de las instalaciones destinadas a la producción, sino también en la de la parte residencial que acogía al dueño, cuyas visitas debieron hacerse cada vez más frecuentes para supervisar el buen funcionamiento de sus explotaciones. No obstante, será con la crisis de la ciudad cuando las villae desarrollen su pars urbana, al convertirse en residencia definitiva de sus propietarios.

La civitas, célula de reproducción del organigrama político, social y económico romano, constituía el núcleo fundamental de una administración que renunciaba a un aparato burocrático centralista, costoso e ineficaz (debido a la extensión del Imperio), y lo sustituía por otro menos costoso y fácil de aplicar. Como institución autónoma, era responsabilidad propia de la civitas soportar un conjunto de funciones políticas, sociales y, sobre todo, económicas (con unos límites de seguridad para el poder central romano). El funcionamiento de las civitates, que tampoco tenían un aparato burocrático administrativo, se sostenía sobre los hombros de la clase alta (sólo los ciudadanos que disponían de un poder económico determinado y tiempo libre podían aceptar estos puestos). La gestión pública de las ciudades estaba en manos de unas magistraturas, de carácter anual y gratuito, y un consejo municipal vitalicio y honorífico: el ordo decurional.

Una de las bases autonómicas de la civitas era la económica, independiente de cualquier medio financiero proporcionado por el estado central. Teniendo en cuenta que los medios financieros propios del municipio, tierras comunales e impuestos, sólo podrían cubrir una parte de las muchas necesidades materiales y personales que requería el funcionamiento comunal (abastecimiento de agua, calzadas, etc.), resulta evidente que dependía para su existencia de los servicios y prestaciones de sus ciudadanos notables, que debían de contribuir a la gestión municipal. Así pues, su aportación iba más allá de dedicar su tiempo al servicio de la comunidad, pues el evergetismo suavizaba la incapacidad financiera de las ciudades para hacer frente a servicios que demandaba la población, especialmente en materia de construcción y entretenimiento público. La lucha interna de estas familias ricas por el prestigio social y el poder político era lo que las empujaba a cumplir con estos servicios para el bienestar de la comunidad. En definitiva, la historia de los municipios provinciales estaba ligada a la historia de sus élites locales: su prosperidad significó el bienestar de la ciudad y sus dificultades económicas la decadencia de la vida comunal. A partir de finales del siglo II d.C. este pilar clave del Estado romano entra en declive. En este momento la población de las civitates (pequeños y medianos propietarios agrícolas, campesinos libres, dueños de comercios y talleres) cambia, predominando un nuevo ciudadano rentista, que obtenía sus ingresos de la propiedad agrícola o "industrial". El éxodo rural, cierta limitación en los ingresos procedentes del comercio ante el cese de la expansión romana, la escasa capacidad adquisitiva del proletariado urbano y la baja de las rentas de las propiedades de los terratenientes como consecuencia del colonato, determinó el empobrecimiento de las ciudades que comenzaron a endeudarse gravemente. Este hecho provocó que los emperadores, incapaces de hacer frente al problema que embargaba al Imperio y de garantizar la prosperidad ciudadana, tomaran una serie de medidas.

Desde Trajano al menos, y sobre todo desde Adriano, la intervención en este sistema que se hundía es cada vez mayor, obligando al desempeño de las magistraturas urbanas a las clases adineradas. Éstas habían de pagar el honor que se les confería con una serie de liturgias que fueron asumiendo el carácter de obligaciones regulares. De este modo, no sólo fue desapareciendo el espíritu evergético y el afán de destacar que habían hecho posible el gran desarrollo urbanístico, sino que ahora las ya castigadas oligarquías encontraron un motivo más para refugiarse en sus casas de campo: huir de cargas que se habían convertido en insoportables. Las estancias se harían entonces más prolongadas e incluso algunos llegan a convertirlas en sus residencias habituales, distanciándose de las ciudades. La fuerte inflación y la gran devaluación de la moneda, notoria durante los gobiernos de Marco Aurelio y Comodo, debieron crear en los grandes terratenientes la sensación de que el dinero perdía su poder adquisitivo y por ello lo invirtieron engalanando sus cada vez más frecuentadas residencias campestres. De esta forma, ornamentos y comodidades que hasta entonces habían sido exclusivamente urbanos y fundamentalmente públicos (esculturas, mosaicos y baños termales), toman posesión de las villae.

A la muerte de Severo Alejandro (siglo III d.C.) se produjo un periodo de inestabilidad política y de gran confusión conocido como "Anarquía Militar" que, sumado a las primeras invasiones bárbaras, agudizó la crisis de las ciudades. De cualquier forma, no se trata de un fenómeno generalizado, pues parece haber afectado fundamentalmente a los territorios costeros del noreste, catalanes y levantinos y, en menor medida, a los andaluces (aquí sólo se constatan destrucciones en Malaca y en Baelo). La extensión del latifundio, la quiebra del campesinado y la destrucción de las ciudades propició, en el marco de la inestabilidad política de la Anarquía Militar, un nuevo panorama de actividades agrarias en la Península Ibérica. En él se deben señalar, como fenómenos relevantes de carácter general, la mengua de la producción (vinculada a la reducción del área cultivada y los nuevos sistemas de cultivo derivados del desarrollo del latifundio) y la inversión de los ejes económicos hispanos. Estos cambios y las transformaciones económicas que se estaban produciendo en el Imperio son la causa fundamental de que muchos asentamientos costeros que combinaban la producción agrícola con actividades industriales (salazones y alfarería), también entren en crisis.

En este contexto de crisis generalizada se produjo la deserción urbana de los grandes terratenientes: los aristócratas abandonan definitivamente la ciudad, instalando sus residencias en las villae, que tienden a transformarse en unidades políticas, sociales y económicas e incluso religiosas, usurpándole a la ciudad funciones que con anterioridad habían sido exclusivamente suyas. La arqueología atestigua la difícil situación de inestabilidad que atravesaban las ciudades a finales del siglo III d.C. y comienzos del siglo IV d.C.; situación claramente perjudicial para el normal desarrollo de la vida económica y política. En contraste con la desolación de las ciudades, se pone de manifiesto un simultáneo enriquecimiento del campo y de una nueva clase de propietarios, una minoría social de base rural y latifundista enriquecida por la espectacular concentración de la propiedad.

Los miembros de la vieja oligarquía que lograron sobrevivir y adaptarse a las recientes circunstancias acabaron integrando una nueva aristocracia provincial junto a los "nuevos ricos". Esto supuso una transformación de carácter social y cultural, pues estos grupos revelan gustos y aspiraciones de corte aristocrático o nobiliario que anuncian lo feudal. Desinteresados por los viejos munera locales y apartados de la ciudad, crean en su entorno individual un poder paralelo de base rural con centro material en las suntuosas villae palaciegas Bajo Imperiales. Desde entonces se produce un desplazamiento de los focos artísticos, culturales y comerciales de las ciudades al medio rural, que se traduce en un rápido desarrollo de los establecimientos campestres. En realidad, más que una renovación, se produjo un renacimiento de las villae, pues además de reconstruirse algunas de las desaparecidas, se reformaron muchas de las existentes y se edificaron otras nuevas que son ya la expresión de un cambio en las normas arquitectónicas, artísticas, económicas y sociales que regían el mundo del campo. En su nueva configuración urbanística se puede observar una diversidad de ordenamientos que expresan tanto la personalidad de sus propietarios como el desarrollo específico de cada villae, aunque en muchas ocasiones el resultado se ve condicionado por una realidad preexistente. Si bien es cierto que las villae Bajo Imperiales revisten características autárquicas, no se excluye la existencia de producciones destinadas al mercado. Lo que ocurre es que la importancia de la producción reservada al comercio no ofrece puntos de comparación con el desarrollo alcanzado en siglos precedentes (el contraste puede apreciarse especialmente en las exportaciones de aceite).

Este desarrollo y embellecimiento de todo género que experimentaron las villae hispanas continuó hasta las segundas invasiones germanas del siglo V d.C. Las guerras y saqueos continuos a los que se vio sometido el campo propiciaron la desaparición de las villae por el abandono de sus dueños o el carácter propiamente romano por cambio de propietario. En las regiones libres de dominación germana la situación se mantuvo independiente durante la segunda mitad del siglo V d.C. y la primera mitad del siglo VI d.C., siendo regida de forma autónoma por la aristocracia hispano romana, cuyo poder y riqueza residían en la propiedad de distintos latifundios. Las grandes haciendas, refugio de una Hispania que se hundía, seguían siendo el lugar de residencia del dueño en muchos casos; pero también estaban habitadas por un gran número de individuos de estatuto diverso, que dependían, en mayor o menor medida, de los grandes propietarios (la novedad más destacable en estos momentos la constituye la creación de ejércitos privados en los latifundios). Las transformaciones más importantes se produjeron a partir de mediados del siglo VI d.C., cuando se inicia el enfrentamiento de visigodos y bizantinos por el control de la Baetica y la Carthaginensis, que acabará con la integración al reino visigodo de Toledo desde mediados del siglo VII d.C. En conclusión, durante sus varios siglos de vida estos establecimientos agrícolas cambian de carácter y aspecto: a explotaciones republicanas les suceden construcciones más confortables del Alto Imperio que, durante el Bajo Imperio, adquieren una progresiva suntuosidad y vastas extensiones. Posteriormente éstas devienen en visigodas y llegan hasta nuestros días bajo la forma de cortijos, masías o pazos, mostrando una continuidad a lo largo del tiempo.
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