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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ROMANIZACIÓN

LAS RELIGIONES ORIENTALES
Panóias santuario Panóias santuario Panóias santuario
Panóias santuario Panóias santuario Panóias santuario
Panóias santuario Santuario de Panóias (Vila Real - Portugal): construido entre el siglo II d.C. y III d.C., está constituido por un recinto en el que se encuentran tres peñascos, con varias dependencias de diversos tamaños y formas excavadas en los mismos, así como escaleras de acceso. Existen tres inscripciones en ellas constan las intrucciones de los rituales que se celebraban, la identificación de los dioses y de los oferentes. Una puede traducirse como: “A los dioses y diosas de este recinto sagrado las víctimas son sacrificadas en este lugar. Las vísceras se queman en las dependencias cuadradas de enfrente. La sangre se vierte aquí al lado en las pequeñas cavidades. Establecido por Gaius C. Calpurnius Rufinus, miembro del orden senatorial”. Otra indica: “Al altísimo Serapis, con el destino y los misterios, G.C. Calpurnius Rufinus, clarísimo”. Esto indica que el senador consagró el recinto sagrado a la divinidad principal de los dioses del infierno, el altísimo Serapis.
La conquista de los antiguos reinos helenísticos por Roma propició la difusión de las peculiaridades culturales de oriente por los territorios occidentales del Imperio. Al principio serán los propios orientales insertos en los ejércitos romanos o en los circuitos económicos quienes, al practicar sus cultos, se convierten en sus principales propagadores (las autoridades romanas pronto aprecian la capacidad sincrética y aglutinadora de los dioses orientales por lo que aceptan e incluso fomentan su integración en el sistema cultural romano). El ejemplo más conocido de tales reorganizaciones es el experimentado por el culto a Isis, que estuvo acompañado por la invención de un nuevo dios “Serapis”, síntesis de la tradición egipcia y las necesidades político-culturales de los monarcas helenísticos y de la población griega allí instalada. Por su parte Mitra, de origen persa, se transforma en un dios misteriosófico gracias a la genialidad de un grupo reducido de intelectuales que, probablemente en la capital, le otorga su nueva fisonomía. Cibeles, llegada de Pessinunte durante la segunda guerra púnica, no sin dificultades se fue amoldando a las costumbres romanas y probablemente a finales de la República se incorporó su compañero Atis, representante de una nueva percepción de la muerte. A lo largo del Imperio estos cultos sufrieron cambios continuos tanto en sus contenidos religiosos como en sus manifestaciones culturales. La ausencia de fuertes contingentes militares que fomenten la implantación de estos cultos (como ocurría en las zonas fronterizas) hizo que la introducción se produjera en condiciones menos favorables, ya que en la sociedad civil no había una conducta tan acusada como en la militar y los predicadores no siempre tenían éxito.
Córdoba Mitra sacrificando un toro Mérida Cronos Mitraico Mérida Mercurio
  Escultura de Mitra sacrificando un toro (Museo Arqueológico de Córdoba), estatua de Cronos Mitraico y estatua del dios Mercurio (Museo Arqueológico de Mérida)  
En efecto, no se sabe cuanto tiempo persistió el culto a Serapis en Panóias tras la desaparición de su fundador, el senador Calpurnio Rufino, o cuánto perdura el mitreo emeritense tras los ímprobos esfuerzos de Gayo Accio Hédicro por su arraigo en la capital lusitana, o incluso la pervivencia de Serapis en Ampurias tras las prédicas del instaurador del culto, el alejandrino Numas. Llama la atención el carácter fundamentalmente urbano que tuvieron los cultos mistéricos en Hispania pues la mayor parte de los lugares dónde aparecen son colonias o municipios, hecho que justifica la aparición de funcionarios imperiales vinculados a los dichos misterios. También parecen características destacables de los cultos orientales su propagación a través de las clases privilegiadas, las que con mayor facilidad dejan testimonio de su devoción y su capacidad de favorecer las promociones individuales a través de los sacerdocios. La escasa implantación de los misterios en la Península justifica su temprano declinar, lo que permite afirmar que su fin estuvo determinado por su propio agotamiento y no por una intervención externa.
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