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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMANIZACIÓN |
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LA RELIGIÓN ROMANA EN HISPANIA
La política religiosa del Estado romano para Hispania,
lo mismo que para otras provincias de su imperio, estuvo marcada
por la flexibilidad y por la atención a los estatutos
jurídicos de las personas y de las ciudades. No se consideró
necesaria la supresión de las creencias y cultos prerromanos
o extranjeros mientras se mantuviera la tendencia de equiparar
la comunidad cívica con la comunidad religiosa. Dado
que la religión romana debía ser la religión
de los ciudadanos romanos tuvo mayor implantación a medida
que hubo más personas y ciudades con el estatuto de ciudadanos
romanos o latinos. |
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Munigua
(Villanueva del Río y Minas - Sevilla) |
Desde
esos presupuestos se comprende bien que la difusión de
la religión romana en las provincias de Hispania fue
el resultado de un largo proceso que afectó de modo desigual
a las diversas comunidades. A su vez la coexistencia de la religión
romana con creencias religiosas prerromanas condicionó
la aparición de numerosos sincretismos así como
el reconocimiento, aunque tardío, de algunos dioses prerromanos
en calidad de divinidades funcionalmente romanas. Por otra parte
los cambios sufridos en la religión romana como consecuencia
de su sincretismo con la religión griega (por reformas
internas o por el reconocimiento público de algunos dioses
orientales) se reflejaron igualmente en Hispania.
LA RELIGIÓN ROMANA
EN HISPANIA DURANTE LA REPÚBLICA
Desde las dos últimas décadas del siglo III a.C.
hasta que se completó la conquista en las guerras cántabro-astures
Hispania soportó la presencia de dos legiones por año
como mínimo. Estos soldados, sumados a los inmigrantes
ítalo-romanos, cuya presencia se fue haciendo cada vez
más frecuente en Hispania a partir de la primera mitad
del siglo II a.C., constituían los reductos de creyentes
que habitualmente practicaban las ceremonias religiosas en honor
a los dioses romanos (hasta el siglo I a.C. sólo un número
reducido de indígenas había recibido el estatuto
de ciudadanos romanos o latinos). |
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Mosaico
de las Hazañas de Hércules (Museo Arqueológico
Nacional) |
| Esta
situación condujo a muchos fenómenos de sincretismo
con los dioses indígenas así como la aceptación
de las creencias y prácticas religiosas romanas por amplios
sectores de población, principalmente de las comunidades
indígenas del este y sur peninsular (a fines del siglo
III a.C. ya se había creado una representación
estandarizada del Hércules greco-romano, que servía
también para reflejar la imagen del antiguo dios Melkart
de los fenicios). La diosa fenicia Astarté, se sincretizó
con la diosa romana Juno y todos los dioses púnicos venerados
en la Cartago Nova prerromana fueron igualmente asimilados a
los dioses romanos Saturno, Esculapio y Vulcano. Existe constancia
de la implantación de la religión romana en algunas
ciudades que sirvieron de residencia a los gobernadores provinciales
y de campamentos de invierno de las tropas (la inscripción
romana más antigua, de fines del siglo III a.C. hallada
en Tarragona, es un fragmento de ara consagrada a la diosa Minerva).
En general los centros de agua salutíferas pasaron a
estar bajo la advocación del dios romano Apolo (hay constancia
de que al menos Itálica y Emporión tuvieron lugares
de culto). |
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Diana cazadora y estelas votivas de Itálica
(Museo Arqueológico de Sevilla) |
En
las lápidas votivas de Itálica aparecen representadas,
de manera más o menos esquemática o realista,
huellas de pies con una alusión a una divinidad femenina,
sin duda la misma, a pesar de sus distintas acepciones: “Domina
Regia”, “Domina Ourania”, “Celesti Pia”
o “Nemesis”. La Domina Regia ha de ser Juno, diosa
de carácter polivalente, protectora de los hombres que
luchan, garante de la fecundidad de las mujeres y dueña
del mundo (la Uni de los etruscos, la Tanit de los cartagineses,
la Astarté de los fenicios, etc.).
Los romanos nunca lucharon contra dioses extranjeros,
por el contrario, siempre se sintieron acogedores con ellos
y procuraban atraerlos hacia si, practicando lo que llamaban
el ritual de la “evocatio”. A través de
esta fórmula sagrada, de antiguo origen oriental, se
invitaba a los dioses protectores de las ciudades vencidas
por las legiones, a abandonar su domicilio tradicional para
trasladarse a Roma, donde se les prometían honores.
Así sucedió en el siglo IV a.C. con Uni, trasladada
a Roma con el nombre de Juno Regina y con Tanit, protectora
de Cartago, llevada a Roma como Juno Caelestis. |
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