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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ROMANIZACIÓN

LA ROMANIZACIÓN

La Pax Augustea y la Romanización

Augusto explotó con inteligencia el hecho de asociar su gobierno al disfrute de un largo período de paz y lo aprovechó para desarrollar su extraordinario programa político con el que cerraba un proceso de transformación radical de las formas de poder en Roma. En el marco de la reorganización general del Imperio, desde el punto de vista administrativo, militar y político, Hispania quedó estructurada en tres provincias: La Tarraconensis, con capital en Tarraco, la Baetica, con capital en Corduba y la Lusitania, con capital en Augusta Emerita. Si bien durante la República se realizaron fundaciones y promociones sin duda importantes, con Augusto se produjo un salto cuantitativo y sobre todo cualitativo. A la visión integradora del conjunto de los territorios de la Península, se unió la puesta en marcha de planes concebidos a partir de cuidadosos estudios geográficos y cartográficos. Entre las colonias y municipios promovidos en época augustea se cuentan centros destacados como: Augusta Emerita (Mérida), Caesaraugusta (Zaragoza), Asido (Medina Sidonia), Astigi (Écija), Barcino (Barcelona), Lucus Augusti (Lugo), Bilbilis (Calatayud) y muchos otras.
Las fundaciones augusteas demuestran la capacidad de proyectar los esquemas urbanos a territorios nuevos no urbanizados, o de retocar la trama existente según las exigencias de los nuevos planteamientos. El acierto en la elección de los lugares apropiados, otorgaría a las nuevas ciudades un papel determinante en la cohesión y la organización social, económica y política de los territorios de su ámbito y, como resultado, la organización ciudadana y viaria del conjunto de la Península que dejó establecidas las líneas maestras de su vertebración geourbana para toda la antigüedad. En función de esto, la imponente ingeniería romana paso a cobrar una gran significación política por cuanto se convertía en la prueba más contundente de que Roma era capaz de superar las trabas o los condicionantes de la naturaleza.

Urbanismo y Obras Públicas

La llegada a Hispania de contingentes de población de origen itálico, a partir de finales del siglo III a.C. y sobre todo a partir del siglo siguiente, produjo la transformación de muchos aspectos de la vida cotidiana de la población indígena en la Península Ibérica. Algunas ciudades de nueva fundación como Tarraco fueron ocupando lugares cada vez más llanos; mientras que otras como Itálica, Emerita Augusta o Caesaraugusta fueron ocupando suaves colinas próximas a algún río. Estas ciudades, de renovados estilos de vida, sirvieron de vehículo para la asimilación cultural a partir de la incorporación de nuevos espacios públicos y privados (mansiones urbanas, acueductos, cisternas, baños públicos, fuentes, mercados, templos, foros, basílicas, etc.) que concluyeron en una adaptación de la población indígena a la lengua y los modos de vida romanos. Algunos autores contemporáneos como Tácito recomendaban el persuadir con discreción a los pueblos vencidos “hartare privatim” para que adoptasen las formas de vida que giraban en torno a la ciudad.
La consecuencia más importante y casi inmediata de las fundaciones augusteas fue la transformación del paisaje urbano debido al significativo incremento de la construcción, impulsada en ocasiones por Roma, pero sufragada en su mayor parte por las élites de ciudadanos que utilizaron estos actos de mecenazgo cívico como fórmula eficaz de promoción política. La imagen de las ciudades cambió de manera espectacular desde una doble vertiente, por una parte la monumental, con la potenciación de su centro urbano, el foro y la incorporación de nuevos edificios (de espectáculos, baños públicos, comerciales, etc.) y por otra parte la funcional, con la construcción de importantes obras de infraestructura (puentes, acueductos, redes de saneamiento, etc.).
La sociedad romana concedía una importancia singular al foro, verdadero corazón de la vida urbana a la vez que monumento a la memoria colectiva de la ciudad. El foro de Emporion constituye el mejor ejemplo para valorar la transformación de un foro republicano ante la nueva situación política. Los cambios afectaron tanto a su templo, cuya imagen renovada mostró la clara influencia ejercida por el templo del Divus Iulius en el foro romano, como a su plaza, articulada por un porticus triplex, en la que su lado oriental se amplió a partir de la construcción de una basílica con una sala en el extremo sur, identificada como Aedes Augusti, mientras que sus lados occidental y meridional fueron ocupados por una hilera de tabernae. Emporion es un claro ejemplo que ilustra el dinamismo que mostraba la arquitectura urbana en las primeras décadas del siglo I d.C. y que en ocasiones se traducía en importantes cambios en breves espacios de tiempo. Una situación bastante parecida se observa en una buena parte de establecimientos indígenas del interior: Segobriga, Bilbilis, Uxama, Tiermes, Ercavica, Valeria, etc.; en los que se advierte una fase constructiva que se puede agrupar bajo el denominador común de construcciones arquitectónicas dotadas de fuerte valor escenográfico con ejemplos espectaculares, como el conjunto del foro de Bilbilis o el gran ninfeo de Valeria. En época augustea y julio-claudia también se construyeron la mayor parte de los teatros de Hispania, dato que confirma la importancia de este edificio dentro de la jerarquía monumental; en ocasiones asociado al anfiteatro, como en Augusta Emerita ó Segobriga, con independencia de su emplazamiento en el seno de la trama urbana o en una posición más o menos periférica.
Dentro de la cultura del agua, los baños públicos constituían un elemento indispensable e inseparable de cualquier ciudad romana. Su explotación, uso y mantenimiento estaba regulado a través de disposiciones legales, en las que se enumeran las obligaciones de los arrendatarios para el buen funcionamiento del servicio. Vitrubio enumeró sus componentes y cómo se debían construir y orientar, mientras que los médicos recomendaban el recorrido más saludable para curar determinadas enfermedades y procesos febriles. En Hispania, la introducción de edificios para el baño caliente representa uno de los primeros y mas tangibles signos de traslación y adopción de hábitos itálicos, y ninguna población, por grande o pequeña que fuese, carecía de esta importante infraestructura muy relacionada con el otium y el negotium en la sociedad romana. Los primeros ejemplos atestiguados en la Península son los más antiguos del occidente romano, solo superados por algunos edificios itálicos. No obstante, la gran expansión del edificio termal se produjo sobre todo a partir del siglo I d.C., siguiendo unos modelos definidos aunque con variaciones particulares sobre el esquema básico. La generalización del opus caementicium en la arquitectura romana y el desarrollo del sistema de hypocaustum para caldear las salas de baño, junto a la difusión del hábito del baño diario entre la sociedad romana, provocó la afluencia masiva a los nuevos establecimientos termales. Los ambientes oscuros y pequeños, fueron sustituidos de forma paulatina por amplias salas cubiertas de mármoles y decoradas con ricos mosaicos.
Roma no podía ser una excepción a la hora de conceder una importancia vital a la disponibilidad de un bien tan preciado como el agua. Hasta la puesta en funcionamiento de los acueductos los núcleos de población se abastecían por medio de manantiales, pozos subterráneos y cisternas para la recogida y almacenamiento del agua de lluvia; procedimientos que siguieron vigentes incluso cuando a partir de comienzos del siglo I d.C. los acueductos se instalaron definitivamente en el paisaje urbano. La técnica constructiva de los acueductos sobre arquerías tuvo su inicio en Roma con la construcción en el 144 a.C. del Aqua Marcia. Sin embargo, hasta los comienzos del siglo I d.C. dicho procedimiento no alcanzaría su plena afirmación en la cultura del agua.
No es posible comprender la compleja estructura física del mundo romano, bien sea en su vertiente urbanística, arquitectónica o monumental, sin atender a los recursos lapídeos que hicieron posible su creación, por lo que la localización de canteras susceptibles de explotación constituyó un objetivo de interés primordial. Esta necesidad cobró especial fuerza a partir de Augusto, quién proclamó que había recibido una Roma de barro y devolvía una Roma de mármol, frase que mantiene vivo todo su realismo y no solo para la ciudad de Roma sino para aquellos territorios que fueron objeto de una amplia reestructuración a comienzos del Imperio. Paralelamente al inicio de las grandes explotaciones de las canteras hispanas tuvo lugar el comienzo de la importación masiva de materiales lapídeos nobles (mármoles, calizas, pórfidos, etc.) presentes con generosidad a partir de la época augustea en las ciudades que tenían fácil acceso por vía acuática.
En el siglo II d.C. la Nova Urbs de Itálica constituye un ejemplo para el que no existe parangón alguno, ya que los emperadores Trajano y Adriano se mostraron generosos con su ciudad natal. En líneas generales a partir del siglo II d.C. y salvo excepciones como Itálica, se advierte un descenso en la materialización de nuevas construcciones y un mayor predominio de las restauraciones o modificaciones de programas ejecutados con anterioridad. A partir del siglo III d.C. la realización de grandes proyectos monumentales de carácter urbano experimentó un acusado descenso a consecuencia de la crisis en la que se vio envuelta el Imperio. Frente a este descenso en la construcción de nuevos edificios públicos se detectan numerosas operaciones de fortificación, sobre todo incrementadas entre las postrimerías del siglo III d.C. y los inicios del siglo IV d.C. La amenaza de los pueblos bárbaros y en general la situación de inestabilidad que atravesaba el Imperio, junto con los cambios introducidos a raíz del establecimiento de la Tetrarquía, fueron los principales detonantes. Uno de los rasgos principales del siglo IV a.C. es que fue el de la implantación progresiva de una nueva religión, la cristiana, que empezó la centuria perseguida por el poder imperial, poco después fue tolerada y reconocida, ampliando continuamente el número de su feligresía y ascendiendo en la escala social, para finalmente concluir el siglo como la religión reconocida y perseguidora del paganismo. Uno de los primeros testimonios hispanos es la basílica de Ilici, que con sus mosaicos del ciclo de Jonás, nos lleva a modelos iconográficos propios de los primeros tiempos del arte y la arquitectura paleocristiana. Si bien en los primeros tiempos del cristianismo era muy normal el sacralizar las tumbas de los santos, también lo era el venerar los lugares en los que se produjo la muerte de los mártires. En este sentido, en Tarragona existe uno de los mejores ejemplos plasmado en la pequeña basílica erigida sobre la arena del anfiteatro dónde fallecieron Fructuoso y sus diáconos.
La nueva situación político administrativa con la división de Hispania en cinco provincias, no supuso un incremento de la arquitectura pública, solo se llevaron a cabo restauraciones de monumentos antiguos. Solo merece especial mención en Corduba el palacio de Cercadilla, residencia del emperador Maximiano, que ocupa un puesto de privilegio dentro de la arquitectura tetrárquica. Pero al mismo tiempo que se construía este palatium fuera del recinto amurallado, la ciudad intramuros comenzaba a ofrecer signos de cambio y pérdida de función, detectado sobre todo en edificios como el teatro o los recintos monumentales. La basílica del foro de Tarraco, destruida por un incendio a mediados del siglo IV d.C. ya no fue restaurada. En Cartago Nova sobre los niveles de ruinas y abandono del teatro se construyó, a mediados del siglo V d.C. un edificio de carácter comercial.

Los espectáculos públicos

En tiempos de la República los ciudadanos hispano romanos fueron incorporando modas que poco a poco harían necesaria la construcción de nuevos recintos diseñados para albergar un considerable número de espectadores: los teatros, los anfiteatros para los juegos gladiatorios y los circos en los que se disputaban distintas modalidades de carreras de carros. Se han encontrado gran cantidad de vestigios arqueológicos que ilustran la popularidad de ciertos espectáculos, su plena introducción en las costumbres de buena parte de Hispania y la evolución que experimentaron a lo largo de los años: máscaras teatrales, decoraciones en lucernas, mosaicos con la representación y los nombres de los caballos y sus propietarios, pinturas murales, relieves, figuras de diverso tamaño y un sinfín de objetos diversos.
Uno de los teatros hispanos más antiguos documentado con detalle es el de Augusta Emerita. Su construcción formaba parte del programa urbanístico de fundación de la ciudad y exaltación de la figura de Augusto y los miembros de su familia (claro ejemplo del aprovechamiento con fines políticos y propagandísticos de uno de los espacios públicos más frecuentados de la ciudad). Las inscripciones grabadas en los dinteles de granito de los accesos a la orchestra indican que su construcción fue financiada por el yerno de Augusto M.Vipsanius Agrippa (M. AGRIPPA LF COSIII TRIBIII POTIII) y sitúan el inicio de las obras en el año 15 o 16 a.C. En este teatro se repite la clásica solución de apoyar el edificio en una colina añadiendo en la parte alta un cuerpo que permite el acceso desde el exterior a través de galerías dispuestas en forma radial. El teatro de Cartago Nova fue construido hacia el cambio de era con una altísima calidad escultórica y, según las inscripciones de los dinteles que se encuentran en los accesos a la escena, fue dedicado a Lucio, nieto de Augusto. Quizá la característica singular de este edificio sea la conversión a la que se vio sometida en el siglo V d.C.: su orchestra se trasformó en una plaza semicircular y sobre las gradas se instalaron una serie de tabernae según el modelo conocido de los mercados de Trajano de Roma (este es el único caso en el que se ha documentado un cambio de uso en un teatro de Hispania). En general son muchas las colonias y municipios de la Bética y del Levante peninsular que incluyen la construcción de un teatro entre sus edificios para espectáculos. A mediados del siglo I d.C. se construyó el de Acinipo en el centro de una población enriquecida por la explotación de extensos viñedos y, en el mismo momento, el de la ciudad costera de Baelo Claudia dedicada a actividades pesqueras y de salazones. Saguntum, Malaca, Colonia Patricia, Regina, Segóbriga, Clunia y muchas otras ciudades se sumaron a la lista de más de treinta municipios y colonias que contaban con este tipo de edificios. Quizás en las poblaciones del noroeste estén ausentes por la menor implantación de las costumbres romanas en los comienzos del Imperio, período en el que se construyeron los teatros. Pero el hallazgo de máscaras teatrales en Lucus Augusti es un claro indicio de que, al menos en forma ambulante, llegaron las representaciones escénicas.
Sin desmerecer la importancia de las representaciones teatrales, el espectáculo de masas por excelencia, el que atraía una mayor cantidad de público, fue durante los años del Imperio el de los juegos gladiatorios o munera y el de las venationes o cacerías de fieras salvajes. Existen numerosas representaciones en relieves, mosaicos, lucernas, cerámicas y multitud de pequeños objetos de uso doméstico en los que aparecen representaciones de combates gladiatorios. Cuando se extendieron por la Península Ibérica estos munera formaban parte de un espectáculo organizado y estaban totalmente reglamentados. Así ha llegado a nuestros días una tabla de bronce encontrada en el anfiteatro de Itálica en la que se regulan numerosos aspectos de las condiciones en que los empresarios de este tipo de juegos contrataban a sus gladiadores. Los restos más visibles de estos juegos gladiatorios en las ciudades romanas son, sin dudas, los anfiteatros en los que se desarrollaban que, con algunas excepciones, son relativamente tardíos en la Península Ibérica.
La lucha en la arena se hacía por tiempos en los que al ritmo de la música se enfrentaban dos o mas gladiadores armados de forma diversa, según la modalidad de combate. Entre los más antiguos estaban los denominados samniti, posteriormente llamados secutores, que tenían su origen en el armamento capturado a los samnitas por los romanos y campanos en el 310 a.C. Llevaban cascos adornados con cresta y plumas (pinnae) o yelmo (galea), estos usados por los gladiadores tracios, el brazo cubierto con una manica y espinilleras de protección (ochrea) en las piernas. Sus armas eran la espada corta (gladium), el escudo (que podía ser redondo "parmula" o rectangular) y un puñal recurvo (sica). Entre las diversas variantes de gladiadores se reconocen el dimachaerus que combatía con dos espadas, el myrmillus caracterizado por el uso de armas galas y el retiarius, que luchaba con la cabeza descubierta, y cuyo armamento consistía en una red (rete) y un tridente (tridens). Si bien la introducción de los munera gladiatorios se corresponde con los primeros momentos de la llegada de colonos y contingentes militares a Hispania, el desarrollo como espectáculo de masas se corresponde con fechas relativamente avanzadas en el Imperio. El anfiteatro de Augusta Emerita formaba parte del programa urbanístico de fundación de la ciudad, aunque se construyó unos años más tarde que el teatro. El anfiteatro de Itálica, el mas grande de Hispania, fue construido en el marco de un ambicioso programa de reforma y ampliación de la colonia en tiempos de Adriano. Situado en una vaguada, para asentar la mayor parte del graderío en las laderas naturales de las colinas que había a ambos lados, es una gran obra de hormigón, sillares de caliza y ladrillo. Algunos de los mármoles caídos de las gradas inferiores conservan nombres de individuos y familias que se corresponden con la reserva de asientos (práctica ampliamente documentada). Destaca la fosa bestiaria del centro de la arena, un gran espacio rectangular pavimentado con ladrillos, en la que se conservan marcas de jaulas, los anclajes de hierro que las fijaban al suelo y pilares de ladrillos sobre los que se apoyaban las vigas de soporte del entarimado de madera que la cubría.
Otra de las representaciones que alcanzaron un altísimo grado de popularidad y movió enormes fortunas fue la de las carreras de carros. Esta tradición Romana, que tiene su origen en Grecia, se desarrollaba como un espectáculo de masas que agrupaba a los seguidores de determinados aurigas y caballos de cuatro factiones que se distinguían por otros tantos colores: roja (russata), blanca (albata), azul (veneta) y verde (prasina). Estas factiones eran verdaderas empresas que, administradas por un dominus factiones, incluían a los aurigae o agitatores (profesionales cotizadísimos que repartían beneficios con el administrador) y una gran cantidad de especialistas ocupados en las tareas de mantenimiento de caballos y carros. Los dos textos dedicados a las victorias de Gaius Apuleius Diocles, un agitator procedente de la Lusitania que cosechó éxitos en casi todas las modalidades de carreras durante veinticuatro años y amasó una importante fortuna, son el testimonio más claro de la pasión que despertaban los ludi circenses y la admiración que despertaban los aurigae entre sus seguidores. Son relativamente escasas las ciudades romanas de Hispania en las que pueden documentarse circos, Augusta Emerita, Toletum y Miróbriga, ya que en la mayoría de los casos se encontrarían en zonas llanas que quedaron cubiertas con el paso del tiempo.

Garum y Salazones

En la antigüedad, la región que hoy se conoce como el Estrecho de Gibraltar, fue un espacio económico que gozaba de un cierto particularismo dentro del ámbito geográfico mediterráneo. En torno a una actividad extractiva (pesca de túnidos) se generó un complejo sistema económico que abarcaba actividades propias del sector secundario (elaboración de garum, y salazones, establecimiento de industrias alfareras y explotaciones salineras) y terciario (comercialización de los productos derivados de las citadas actividades). Fueron surgiendo de esta forma enclaves urbanos portuarios que alcanzaron, sobre todo en época romana, una gran pujanza económica y demográfica (un verdadero emporio de riqueza).
De todas las especies han destacado siempre, por su importancia para el aprovechamiento industrial, los escómbridos (Scombridae), entre los cuales se puede situar al atún rojo (Thunnus Thynnus), la caballa (Scomber Scombrus), el bonito (Sarda Sarda) o la melva (Auxis Rochei), si bien los análisis arqueo-zoológicos en yacimientos aún están en estado embrionario, a pesar de la cantidad de datos conocidos. No obstante, la explotación de los recursos del mar no se limitaba en época romana a la pesca, sino que todos los productos alimenticios disponibles eran objeto de explotación directa o subsidiaria de la misma. Un viaje por los mosaicos con temas marinos es fiel exponente de esta dinámica: cefalópodos, especialmente pulpos; crustáceos, entre los que se identifican habitualmente centollos y langostas; y moluscos, entre los que las ostras y las almejas eran las más apreciadas. No falta un sinfín de especies como los equinodermos (erizos) o las rayas que denotan la riqueza de las capturas y la diversidad de productos propios de la dieta hispano romana. Otros ejemplos ilustrativos de esta amplia variedad piscícola son la recurrencia tipológica en la moneda del sur de Hispania y la referencia de Plinio en su Historia Natural en la que hace referencia a la existencia en Carteia de un cefalópodo gigante: “... en Carteya, en las cetáreas, había uno (pulpo) que acostumbraba a salir del mar hacia las balsas que había abiertas, acabando allí con las salazones... (cuya) cabeza (era) del tamaño de un total de quince ánforas de capacidad”. No se puede dejar de citar al delfín, posiblemente el pez más representado en la iconografía romana por su relación con la navegación y su carácter protector.
Junto con las explotaciones industriales, la pesca desde la costa debió constituir la manera más generalizada y cotidiana de faenar. Opiano, autor de finales del siglo II d.C., detalla en algunos capítulos de su obra Halieutica (de la pesca) algunas de las costumbres más extendidas: "...cuatro métodos de captura en el mar han ideado los pescadores. Algunos se deleitan con los anzuelos, y dentro de este grupo unos pescan con largas cañas a las que han atado un sedal de crin de caballo bien trenzado, otros simplemente arrojan un torzal de lino sujeto a las manos, y otros se recrean con linos emplomados o con los linos de los que penden muchos anzuelos...". También Eliano, ya en el siglo III d.C., aporta novedades entre la que es digna de mención la pesca con arpón. La pesca con chambel está bien atestiguada etnográficamente en la zona andaluza, ejerciéndose bien desde la costa, bien desde el interior, ya sea en pateras o botes. De ellas el único testimonio arqueológico son los anzuelos, cuya frecuencia de aparición en los yacimientos de época romana es evidente, siendo habitualmente broncíneos, a pesar de que las fuentes literarias hablan de anzuelos de hierro para la pesca del atún (Eliano). La tipología de los mismos es sencilla, advirtiéndose una variación de tamaño relacionada con el tipo de aparejos y, evidentemente, con la entidad de las capturas. Da la impresión que las plomadas utilizadas para la pesca no adquirieron una forma específica, por lo que no constituyen un elemento fácilmente identificable en las excavaciones arqueológicas.
La práctica de atraer con cebo a la pesca está atestiguada por Eliano, autor que al mencionar la pesca del sargo cita que: "...el pescador esparce en el agua del mar, bajo la cual viven los susodichos peces, granos de cebada remojados en caldo de carne de cabra. Y los sargos, atraídos por dicho olor, como por un hechizo, se acercan, comen los granos... y el pescador recoge, con un fuerte anzuelo y con el sedal de blanco lino, muchos de ellos". Entre otros métodos de pesca costera que han perdurado hasta la actualidad destaca la pesca manual con tridente. Ya Opiano, en el siglo II d.C. comentaba como: "...otros con el tridente provisto de largas puntas hieren a los peces desde la tierra o desde una barca, según lo deseen". Junto a estas actividades, sin duda las más habituales, vale la pena mencionar también a las redes arrojadizas y actividades recolectoras como el marisqueo, de las que hay escasas evidencias arqueológicas más allá de la malaco-fauna de los yacimientos.
Si una actividad ha caracterizado a las costas andaluzas, frente a otros lugares del litoral del Mare Nostrum, es la existencia de una importante pesca de altura, realizada con artes de pesca específicas como las almadrabas. Según Opiano, tras el avistamiento de los cardúmenes desde el thynoscopeion u observatorio: "...se despliegan todas las redes a modo de ciudad entre las olas, pues la red tiene sus porteros y en su interior puertas y más recónditos recintos. Rápidamente los atunes avanzan en filas, como falanges de hombres que marchan por tribus, unos más jóvenes, otros más viejos, otros de mediana edad: infinitos se derraman dentro de las redes, todo el tiempo que ellos desean y la cantidad que admita la capacidad de la red. Y rica y excelente es la pesca”. En ocasiones las redes eran jaladas desde las propias embarcaciones si bien también se recogían desde la costa. Resulta significativo ilustrar la matanza de los ejemplares de mayor tamaño cuando la “cámara de la muerte” estaba a punto de ser izada, utilizando garrotes de grandes dimensiones. Los testimonios arqueológicos de estas grandes y complejas redes de pesca se suelen limitar a dos tipos de evidencias frecuentes en los yacimientos hispano-romanos del litoral. Agujas de red, tan necesarias para la reparación de estas artes, realizadas en bronce y que se ajustan a una tipología específica, con puntas ahorquilladas a ambos lados o agujas con uno o dos ojos de grandes dimensiones. De las redes en si mismas se suelen conservar evidencias de las pesas, lastres que suelen ser cerámicos, con una amplia tipología que ofrece modelos tanto circulares como fusiformes, o plúmbeos, estos últimos habitualmente compuestos por placas rectangulares de plomo enrolladas sobre si mismas a modo de lastres cilíndricos. De las boyas no se conservan testimonios, al haberse utilizado corcho o madera en su confección, si bien su utilización, imprescindible para dotar de la necesaria verticalidad a las artes de la pesca, está bien documentada en mosaicos. También la práctica tradicional de la pesca nocturna, con luces para atraer a los peces, ha sido documentada por Eliano: “...es menester que el mar esté en calma y, si sucede así, fijan a la proa de las barcas braseros huecos con pujante fuego dentro; son transparentes, de manera que contienen el fuego y no ocultan la luz. Las llaman linternas. Pues bien, los peces se asustan del resplandor y quedan deslumbrados. Y algunos, ignorantes del significado de lo que ven, se acercan porque quieren saber lo que les provoca su miedo... y son capturados en grandes cantidades”. Destacar, por último, el empleo de nasas, todas ellas realizadas en cestería, según Opiano, unos artilugios que se fondean y, que frente al duro trabajo de jalar las redes “proporcionan gran alegría a sus dueños mientras duermen tranquilamente y espléndida ganancia les espera con pequeño esfuerzo”. De ellas se conocen distintos tipos que van desde las fusiformes o piriformes atadas a un cabo a cestas individuales, en este último caso quizás usadas también como sitios para mantener las capturas vivas.
La dimensión comercial que adquirió la explotación de los recursos del mar con Roma es un fenómeno a escala mediterránea. Con la expansión romana de época republicana comenzaron a despuntar las industrias derivadas de los productos del mar, hecho que ha quedado plasmado en las famosas pesquerías de la ciudad de Cosa, en la costa de la Italia tirrénica, amparadas en el consorcio industrial de los Sextii. En la Península Ibérica son aún escasos los datos sobre la industria salazonera romana de esta época. En la costa andaluza, hasta finales del siglo I a.C., la industria de salazones romana convivió con la tradición artesanal fenicio-púnica, cuyos saladeros y talleres alfareros asociados asistieron, en momentos tardo-púnicos, a una fase de gran esplendor. A finales del siglo I a.C., con la pacificación del Imperio, comenzó un período de prosperidad económica en el Mare Nostrum romano, en el que se intensificaron las explotaciones pesqueras. Se produjo además una diversificación de una industria que, al no estar fiscalizada por el estado romano, era una de las fuentes de ingreso más notables para las acaudaladas oligarquías municipales.
La mayor parte de las factorías salazoneras se construyeron a finales del siglo I a.C., y contaron con una fase de gran esplendor durante todo el siglo I d.C. y parte del siglo II d.C. Durante estos siglos, en todo el Imperio, el pescado en salazón y las salsas de pescado fueron la seña de identidad gastronómica de la antigua Andalucía, junto con el aceite del Valle del Guadalquivir. Si a las provincias centroeuropeas se las relacionaba con el asentamiento de campamentos o si al pensar en el norte de África inmediatamente venían a la imagen del romano esas grandes propiedades rurales destinadas a la producción de cereales, la imagen de la costa andaluza en época imperial estaba indisolublemente vinculada a la explotación de los recursos del mar. El siglo III d.C. fue un punto de inflexión generalizado para todo el Imperio, un momento a partir del cual la unidad que había caracterizado a los siglos precedentes comenzó a dar paso a distintas reformas que afectarían el ambiente geopolítico y, como consecuencia, a la industria en general. Si bien la producción de salazones continuó durante los siglos IV y V d.C., a partir de ese momento comenzó a producirse el abandono de algunos de los asentamientos y la transformación de otros (a enclaves de modestas dimensiones y baja producción).
La primera fase, tras la pesca, consistía en el proceso de limpieza y tratamiento del pescado para la elaboración de conservas. Estas actividades debieron realizarse bien en los propios barcos, en el caso que las redes se izasen en la mar o bien en la propia costa. La existencia de salas destinadas específicamente a estos fines en las factorías de salazón inducen a pensar que tales actividades se debieron desarrollar, preferentemente, en el interior de estas grandes cetarias, en salas pavimentadas. La actividad de despiece del pescado ha podido ser estudiada con gran detalle gracias a los hallazgos arqueo-zoológicos documentados en los sondeos realizados en el conjunto industrial de la factoría de salazones de Baelo Claudia.
Los esqueletos de túnidos aparecidos en posición anatómica presentan restos de las huellas del despiece (el empleo de grandes cuchillos está atestiguado desde época helenística) que han permitido proponer un modelo del proceso. Como si de reses se tratase (solo mencionar que el tamaño medio de los atunes documentados hasta la fecha en factorías hispánicas se sitúa por encima del metro y medio), tales operaciones comenzaban con la decapitación del animal. A continuación se separaba el lomo del vientre y se fileteaba, esto es, se separaba el lomo de la columna vertebral. Dado que la etapa final, que implica el troceado de la carne, no genera improntas sobre los huesos solo es factible inferirla a través de informaciones indirectas.
El salar el pescado era imprescindible para permitir su conservación ya que el consumo en fresco se limitaba a las zonas del litoral y, evidentemente, a una mínima parte de las capturas. Se conocen muchos datos sobre el proceso de salazón a partir de las descripciones de los autores clásicos, como sucede con el gaditano Columella, que detalló el proceso de salado de la carne de cerdo indicando que la maceración de la carne de pescado debió ser similar. El proceso de salazón es una actividad tradicional que no se ha visto modificada sustancialmente desde los inicios, en el siglo V a.C., hasta la actualidad. Para la elaboración del pescado en salazón es necesario contar con una ratio concreta de sal por cada kilo de pescado a salar. Hay una serie de factores fundamentales a la hora de evaluar la cantidad de sal necesaria: la calidad de la sal, el tamaño del pescado y el método utilizado; aunque, en cualquier caso, unos valores entre una parte de sal por una de pescado -caso del bacalao- y una parte de sal en cuatro de pescado -caso del nouc man oriental- en las estimaciones más bajas son ilustrativas.
La salazón del pescado y la elaboración de conservas se efectuaba en las piletas de salazón, unas cubetas de tamaño variable, pero con capacidades muy grandes, que generalmente oscilan entre los 2 m3 y los 10 m3 de producto. Este es precisamente el único dato fehaciente que se puede usar en la actualidad para hacer una estimación del volumen de producción de cada factoría. No es habitual contar con datos arqueológicos sobre el tipo de conserva realizada en estas piletas de salazón, pues suelen aparecer a los ojos de los arqueólogos reutilizadas como vertederos tras su abandono. Una vez elaborados los productos, y como paso previo a su conservación, se procedía a su envasado en los recipientes habilitados al efecto. Desde época fenicio-púnica, en Occidente, la comercialización de excedentes alimenticios se realizó en grandes envases cerámicos denominados ánforas. Una vez rellenas las ánforas se procedía a la hermetización de las mismas mediante un proceso de sellado que utilizaba normalmente opercula o tapadera de cerámica, sobre la que se vertía cal, que antes de fraguar era sellada con un signacula (sello) metálico, hecho que permitía colocar los datos de los comerciantes. Antes de su expedición comercial se pintaban rótulos "tituli picti" sobre la zona alta de la panza y el cuello, alusivos tanto a los productos contenidos como a los agentes responsables de la distribución.
La industria de la salazón conllevaba una serie de actividades subsidiarias, entre las cuales destacan dos con diferencia sobre las demás: la alfarería y la producción de sal. La producción alfarera era una actividad necesaria debido a la notable demanda de envases requeridos por estas fábricas para el transporte marítimo de sus conservas. Los talleres alfareros, que solían situarse en las propias cetarias, en sus cercanías o en los centros urbanos próximos, solían producir mayoritariamente ánforas de transporte y, de manera complementaria, material de construcción para la febril actividad edilicia de la época y cerámicas comunes. De las ánforas, que suelen constituir más del 75% de la producción en términos absolutos, casi el 90% son envases de salazón. La actividad salinera, por el contrario, ha dejado menos huellas arqueológicas. Se sabe que pocas zonas eran las óptimas para producir la cantidad de sal necesaria en una industria que conllevaba un consumo cotidiano de toneladas de este producto cuando se encontraban en activo.
La información disponible sobre las denominaciones de las conservas y su modo de elaboración en época romana remite tanto a los textos antiguos de agrónomos y gastrónomos como a las inscripciones pintadas que habitualmente figuran sobre las ánforas en las que se comercializaban estos productos. Se pueden dividir las conservas en dos grandes grupos: el pescado salado o los trozos de pescado en salazón y las salsas de pescado (garum, liquamen, muria, allex, etc.).
La carne de pescado en salazón debió ser posiblemente uno de los productos derivados del mar más habituales, incluyendo en su manufactura aquellas especies que por sus carnes ricas en grasa se prestaban a ello: los túnidos eran posiblemente uno de los ingredientes más habituales. Los libros IX y X del gastrónomo Apicio dan buena cuenta del tipo de platos preparados con pescado tras su desalación. Respecto de las salsas de pescado, todos los investigadores parecen coincidir en la existencia de diversas calidades, hecho que explicaría la diversidad de denominaciones. Garum sería el producto primario, de mejor calidad, al cual se refieren algunos autores como Plinio: "sustancia sangrienta de la putrefacción" ó Séneca: "líquido carísimo de los peces malos".
El garum era el producto resultante de la auto fermentación de las partes no cárnicas de del pescado en un medio salino, para evitar la putrefacción. Los ingredientes eran variados, escómbridos -caballas- según Plinio, mezclados con vísceras, pequeños peces completos, moluscos y condimentos de diversa naturaleza. Las variedades de salsas derivaban de la naturaleza de los ingredientes, del modo de preparación y del gradiente de salazón. Productos como una "flor del garum de morena" recogida en una inscripción pintada, es testimonio claro de la variedad de salsas de pescado producidas en la costa hispana.
Respecto de los tituli picti se conoce que el formulario sobre las ánforas es un modelo bien establecido en época alto-imperial y que remite a ocho datos concretos: contenido (garum, muria, hallex, etc.); el origen (lixitanus, malacitanus, tingitanus, etc.); la materia prima (scombri); sus características (argutum -picante-, saccatum -filtrado-, etc.); sus atributos de calidad (excellens) y su vejez o solera (bien de manera genérica utilizando adjetivos como vetus -viejo- o recens -recién preparado-, bien indicando la añada con numerales). Los dos últimos campos indicaban el peso del producto y la denominación del comerciante.
Mercatori, naviculari y negotiatores fueron los responsables de la venta y posterior distribución de las conservas de origen marino. De ellos se conoce su onomástica gracias a las inscripciones en las ánforas, que presentan sus tria nomina al ser ciudadanos romanos de pleno derecho integrados en esta industria. Existían también consorcios comerciales de gran magnitud, denominados societates, dedicados al lucrativo comercio de las salazones de pescado. En el Área del Estrecho se han hallado sellos que esconderían tras de sí a la S(ocietas) C(etariorum) G(aditanorum) o a los S(ocii) C(etarii) G(aditani), es decir, una asociación mercantil de los socios salazoneros gaditanos. La venta de estos productos se realizó en los principales puertos de todo el Mediterráneo entre época tardo-republicana y el siglo II d.C. Algunos ejemplos de esta dinámica son los centenares de ánforas salazoneras de la Bética, buena parte de los talleres gaditanos, aparecidas en Pompeii, o los recientes estudios en Britannia, que parecen demostrar un monopolio casi exclusivo de las salazones de la Hispania meridional. Ostia, el puerto de Roma, fue destino común de la salazón bética, especialmente en los siglos I y II d.C., pero con cierta incidencia incluso hasta época tardo-romana.
Y por citar hasta dónde llegaron estos productos, recientes investigaciones han confirmado su exportación a lugares tan distantes como el puerto de Ludaea en Palestina, Grecia (Olimpia, Corinto, Atenas, Rodas y Creta), la costa de Anatolia (Pérgamo, Éfeso, Tarso y otras localidades costeras), el Líbano (Beirut), Israel (Gush Halav, Tell Abu Shusha, Haifa, Beth Shean, Cesarea, Jericó, Masada o el desierto del Neguev), Egipto (Alejandría o Berenike) o más lejos aún, en la colonia romana de Arikamendu, en la Bahía de Bengala. Estos fletes de salazones son bien conocidos gracias a los naufragios distribuidos por todas las costas del Mare Nostrum, de los que los cargados con ánforas béticas ascienden a ochenta y tres en la actualidad.
A diferencia de otras actividades económicas que eran fiscalizadas por el Imperio Romano, la industria de salazones podía ser desarrollada libremente por los particulares al margen de la intervención y el control estatal. Esta circunstancia favoreció la proliferación de establecimientos industriales de salazones en las zonas costeras situadas cerca de los pasos de túnidos en sus migraciones anuales entre el océano y el Mediterráneo, así como el florecimiento de las industrias asociadas (alfares y salinas).
En este pujante negocio no cabe duda que las dos orillas del Estrecho desempeñaron un papel fundamental, siendo el punto de origen de rutas comerciales que conectaban Baelo Claudia, Carteia, Iulia Traducta o Septem con lugares tan lejanos como la provincia de África, Germania o Britannia. La pujante actividad pesquera y de transformación de los recursos marinos no quedó colapsada con el final del Imperio Romano y el advenimiento de las invasiones germánicas y musulmana, sino que se detecta en la zona una continuidad de las técnicas y labores de pesca y de las industrias derivadas durante la Antigüedad Tardía.

La religión romana en Hispania

La política religiosa del Estado romano para Hispania, lo mismo que para otras provincias de su imperio, estuvo marcada por la flexibilidad y por la atención a los estatutos jurídicos de las personas y de las ciudades. No se consideró necesaria la supresión de las creencias y cultos prerromanos o extranjeros mientras se mantuviera la tendencia de equiparar la comunidad cívica con la comunidad religiosa. Dado que la religión romana debía ser la religión de los ciudadanos romanos tuvo mayor implantación a medida que hubo más personas y ciudades con el estatuto de ciudadanos romanos o latinos. Desde esos presupuestos se comprende bien que la difusión de la religión romana en las provincias de Hispania fue el resultado de un largo proceso que afectó de modo desigual a las diversas comunidades. A su vez la coexistencia de la religión romana con creencias religiosas prerromanas condicionó la aparición de numerosos sincretismos así como el reconocimiento, aunque tardío, de algunos dioses prerromanos en calidad de divinidades funcionalmente romanas. Por otra parte los cambios sufridos en la religión romana como consecuencia de su sincretismo con la religión griega (por reformas internas o por el reconocimiento público de algunos dioses orientales) se reflejaron igualmente en Hispania.
Desde las dos últimas décadas del siglo III a.C. hasta que se completó la conquista en las guerras cántabro-astures Hispania soportó la presencia de dos legiones por año como mínimo. Estos soldados, sumados a los inmigrantes ítalo-romanos, cuya presencia se fue haciendo cada vez más frecuente en Hispania a partir de la primera mitad del siglo II a.C., constituían los reductos de creyentes que habitualmente practicaban las ceremonias religiosas en honor a los dioses romanos (hasta el siglo I a.C. sólo un número reducido de indígenas había recibido el estatuto de ciudadanos romanos o latinos). Esta situación condujo a muchos fenómenos de sincretismo con los dioses indígenas así como la aceptación de las creencias y prácticas religiosas romanas por amplios sectores de población, principalmente de las comunidades indígenas del este y sur peninsular (a fines del siglo III a.C. ya se había creado una representación estandarizada del Hércules greco-romano, que servía también para reflejar la imagen del antiguo dios Melkart de los fenicios). La diosa fenicia Astarté, se sincretizó con la diosa romana Juno y todos los dioses púnicos venerados en la Cartago Nova prerromana fueron igualmente asimilados a los dioses romanos Saturno, Esculapio y Vulcano. Existe constancia de la implantación de la religión romana en algunas ciudades que sirvieron de residencia a los gobernadores provinciales y de campamentos de invierno de las tropas (la inscripción romana más antigua, de fines del siglo III a.C. hallada en Tarragona, es un fragmento de ara consagrada a la diosa Minerva). En general los centros de agua salutíferas pasaron a estar bajo la advocación del dios romano Apolo (hay constancia de que al menos Itálica y Emporión tuvieron lugares de culto). En las lápidas votivas de Itálica aparecen representadas, de manera más o menos esquemática o realista, huellas de pies con una alusión a una divinidad femenina, sin duda la misma, a pesar de sus distintas acepciones: “Domina Regia”, “Domina Ourania”, “Celesti Pia” o “Nemesis”. La Domina Regia ha de ser Juno, diosa de carácter polivalente, protectora de los hombres que luchan, garante de la fecundidad de las mujeres y dueña del mundo (la Uni de los etruscos, la Tanit de los cartagineses, la Astarté de los fenicios, etc.). Los romanos nunca lucharon contra dioses extranjeros, por el contrario, siempre se sintieron acogedores con ellos y procuraban atraerlos hacia si, practicando lo que llamaban el ritual de la “evocatio”. A través de esta fórmula sagrada, de antiguo origen oriental, se invitaba a los dioses protectores de las ciudades vencidas por las legiones, a abandonar su domicilio tradicional para trasladarse a Roma, donde se les prometían honores. Así sucedió en el siglo IV a.C. con Uni, trasladada a Roma con el nombre de Juno Regina y con Tanit, protectora de Cartago, llevada a Roma como Juno Caelestis.
Entre la época de César y Augusto, es decir, entre finales de la República y comienzos del Imperio, el grado de romanización de muchas ciudades del sur y del este peninsular era muy grande (el geógrafo griego Estrabón consideraba togados a la mayoría de los turdetanos). La respuesta del estado romano a esa realidad se tradujo en la concesión del estatuto de colonia romana y de municipio romano a decenas de ciudades de éste ámbito peninsular y a partir del año 73 d.C., en virtud de la decisión del emperador Vespasiano, pasaron otras muchas ciudades a recibir el estatuto de municipios latinos (dos hitos importantes en la difusión de la religión romana). Las divinidades capitolinas seguían siendo a comienzos del Imperio las protectoras del ejército y de las ciudades organizadas conforme a patrones y estatutos romanos. Así en la ley que regulaba la ordenación de la colonia cesariana de Urso se alude a tres días consagrados al culto público de Júpiter, Juno y Minerva y un cuarto día dedicado al culto de la diosa Venus, protectora de la ciudad (sin duda impuesto por César por presentarse su familia como descendiente de Venus). Los capitolios de las ciudades provinciales se construían con tres cellae, de acuerdo con el modelo del capitolio de Roma, para albergar las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva.
La institucionalización del culto imperial en territorio Hispano sirvió como elemento unificador de los distintos pueblos peninsulares ya que, por sincretismo con la devotio y las fides ibéricas, los propios indígenas estaban bien dispuestos a aceptarlo. En la Península Ibérica se inicia el culto imperial en la persona de Augusto, tras la implantación en Roma del culto en vida a su persona (el culto imperial honraba a Augusto como “hijo del divino César”, divinizado éste después de muerto). Coincidiendo con la estancia de Augusto en Tarraco, los habitantes de dicha ciudad le dedicaron un altar; poco tiempo después el culto imperial contaba ya con altares en Mérida y aras sestianas en el norte peninsular. Cada capital de provincia pasó a convertirse en sede del culto provincial del Emperador. Al foro provincial acudían los representantes de las diversas ciudades de la provincia para manifestar su adhesión Emperador a través del culto y, a su vez, esas reuniones en la capital provincial pasaron a servir de asambleas en las que se discutía sobre cuestiones comunes a los provinciales (se decidía sobre el envío de embajadas a Roma, la atribución de honores a personajes públicos o la presentación de quejas o súplicas a la administración central). La repercusión social más importante del culto imperial estaba relacionada con los propios sacerdotes, que para poder atender como “flamen” el culto al emperador en el templo, se exigía que formaran parte de las élites locales. Dado que la propaganda imperial de Augusto, presentaba al emperador y a su mujer como a un padre y una madre que velaban por la gran familia de las poblaciones del Imperio, algunas mujeres encontraron una vía de representación social como sacerdotisas del culto a las Augustas (con el título de “flaminica”). No menos importante fue la difusión del culto imperial para un amplio sector de libertos, principalmente los libertos enriquecidos con el desempeño de actividades artesanales y comerciales, que se organizaron en asociaciones religiosas destinadas a apoyar y promover el culto imperial, por lo que llegaron a tener un fuerte peso social en sus respectivas ciudades, consiguiendo incluso muchos de ellos acceder a los senados coloniales.
En la Hispania del sur y del este, más profundamente romanizada, la religión romana fue la dominante durante todo el Imperio. Se han encontrado testimonios de culto a Hércules y Mercurio como protectores del comercio, de Juno y de Diana como protectoras de la fecundidad femenina, de Marte como dios protector de la agricultura, de Minerva como protectora del artesanato, etc. Más aún, algunos de éstos dioses tuvieron templos propios en las ciudades y a veces sacerdotes específicos, distintos de los pontífices. Incluso se perciben actitudes análogas a las de otras zonas romanizadas del Imperio, en las que los esclavos, separados de los cultos públicos, se vinculaban sobre todo a la devoción de los Lares domésticos o de Silvano, dios menor relacionado originariamente con los bosques. También en esa Hispania más romanizada se reflejaron tendencias monoteístas, como la surgida en torno al dios pantheus, considerado como una divinidad superior de la que los demás dioses no eran más que manifestaciones de su único poder. En medios rurales, así como en amplias zonas del noroeste, la penetración del culto a los dioses romanos fue el resultado de un sincretismo con los dioses indígenas. Testimonios como Iupiter Candamus en el área cántabra, de Tutela Bolgensis en el Bierzo, de Lares Cusicelenses o de Lares Erredici en Chaves (Portugal), están demostrando la existencia de una divinidad prerromana que al ser asimilada por la romana (Júpiter, Tutela, Lares, etc.) quedó como epíteto o advocación de la misma. La fuerza del sustrato religioso también se advierte en la mayor aceptación que tuvieron algunos dioses romanos en zonas muy concretas (por ejemplo la fuerte implantación del culto a los Lares Viales en el ámbito del convento jurídico lucense, dónde existía una gran tradición de creencias relacionadas con la encrucijada). Durante el siglo II d.C. hubo un gran auge de las devociones a los dioses de la salud. Mientras Apolo, Esculapio, Salud o Fortuna recibieron culto en los lugares de aguas salutíferas del sur y del este peninsular, las Ninfas pasaron a ser las protectoras de enclaves semejantes en la Hispania celtizada.
La conquista de los antiguos reinos helenísticos por Roma propició la difusión de las peculiaridades culturales de oriente por los territorios occidentales del Imperio. Al principio serán los propios orientales insertos en los ejércitos romanos o en los circuitos económicos quienes, al practicar sus cultos, se convierten en sus principales propagadores (las autoridades romanas pronto aprecian la capacidad sincrética y aglutinadora de los dioses orientales por lo que aceptan e incluso fomentan su integración en el sistema cultural romano). El ejemplo más conocido de tales reorganizaciones es el experimentado por el culto a Isis, que estuvo acompañado por la invención de un nuevo dios “Serapis”, síntesis de la tradición egipcia y las necesidades político culturales de los monarcas helenísticos y de la población griega allí instalada. Por su parte Mitra, de origen persa, se transforma en un dios misteriosófico gracias a la genialidad de un grupo reducido de intelectuales que, probablemente en la capital, le otorga su nueva fisonomía. Cibeles, llegada de Pessinunte durante la segunda guerra púnica, no sin dificultades se fue amoldando a las costumbres romanas y probablemente a finales de la República se incorporó su compañero Atis, representante de una nueva percepción de la muerte. A lo largo del Imperio estos cultos sufrieron cambios continuos tanto en sus contenidos religiosos como en sus manifestaciones culturales. La ausencia de fuertes contingentes militares que fomenten la implantación de estos cultos (como ocurría en las zonas fronterizas) hizo que la introducción se produjera en condiciones menos favorables, ya que en la sociedad civil no había una conducta tan acusada como en la militar y los predicadores no siempre tenían éxito. En efecto, no se sabe cuanto tiempo persistió el culto a Serapis en Panóias tras la desaparición de su fundador, el senador Calpurnio Rufino, o cuánto perdura el mitreo emeritense tras los ímprobos esfuerzos de Gayo Accio Hédicro por su arraigo en la capital lusitana, o incluso la pervivencia de Serapis en Ampurias tras las prédicas del instaurador del culto, el alejandrino Numas. Llama la atención el carácter fundamentalmente urbano que tuvieron los cultos mistéricos en Hispania pues la mayor parte de los lugares dónde aparecen son colonias o municipios, hecho que justifica la aparición de funcionarios imperiales vinculados a los dichos misterios. También parecen características destacables de los cultos orientales su propagación a través de las clases privilegiadas, las que con mayor facilidad dejan testimonio de su devoción y su capacidad de favorecer las promociones individuales a través de los sacerdocios. La escasa implantación de los misterios en la Península justifica su temprano declinar, lo que permite afirmar que su fin estuvo determinado por su propio agotamiento y no por una intervención externa.
Dos hechos fundamentales se deben registrar en lo referente a la religión y las creencias del siglo III d.C.: la práctica desaparición de la documentación sobre el culto imperial y los comienzos tímidos y aislados de núcleos de cristianismo. Mientras las religiones orientales tenían adeptos en focos muy localizados (Emérita, Corduba y Panóias), los dioses tradicionales romanos adaptados a veces a cultos locales y el culto imperial, aglutinante político fundamental, apenas se detectan en inscripciones de los grandes centros o en las capitales provinciales. No obstante, de la relevancia e importancia de este culto oficial da idea, indirecta, la presencia de cristianos que, por haber rechazado el sacrificio correspondiente al emperador, sufren persecución y martirio. En el año 254 d.C. está testimoniada la presencia del presbítero Félix y sus fieles en Legio y Asturica, y las comunidades cristianas de Emerita con su diácono Aelius, a través de una epístola de Cipriano, obispo de Cartago. En la respuesta se menciona también al obispo de Caesaraugusta, Félix. El problema al que alude esta interesante correspondencia fue que durante la persecución del emperador Decio, emprendida en el año 250 d.C., aquellos que habían ofrecido sacrificio a los dioses podían recibir, para demostrarlo, un certificado oficial “libellus” que lo probara; pudiendo evitar de esta forma el castigo o martirio. Basílides y Martialis, obispos de las mencionadas iglesias, habían obtenido libelli a fin de librarse del castigo. Cuando la persecución acabó Basílides solicitó el reingresar en la iglesia. Se le permitió volver, aunque no como obispo; y ambos fueron sustituidos en este ministerio por Félix y Sabino para sus cátedras episcopales. Basílides decidió entonces apelar al obispo de Roma, tanto en su nombre como en el de su colega Martialis. Esteban, obispo de Roma, aceptó las alegaciones y los restauró en sus cátedras, hecho que indignó a sus fieles locales, que a su vez escribieron a Cipriano para que interviniese, quién mantuvo la línea firme de la exclusión. La disputa y la correspondencia de este affaire, conocido como el de los “liberaticos”, permite entrever una cierta organización y presencia de cristianos, especialmente en torno a la figura del obispo, a mediados del siglo III d.C. en las provincias hispanas. No muy numerosos aún, con escaso o ningún rastro en la evidencia arqueológica, pero ciertamente núcleo y germen de un desarrollo posterior, lento y desigualmente distribuido pero progresivo. También en el siglo III d.C. tuvo lugar, durante la persecución del emperador Valeriano, el martirio de Fructuoso y de sus dos diáconos, Augurio y Eulogio, quemados vivos en el anfiteatro de la ciudad de Tarraco, lo que daría lugar posteriormente a la fundación de una basílica en la propia arena del edificio para recordar el martirio y celebrar el culto casi dos siglos más tarde. Habrá que esperar a la persecución de Diocleciano, inicios del siglo IV d.C., para encontrar más mártires.

Las necrópolis

Los ritos y los monumentos funerarios de época romana hunden sus raíces en el sustrato ibérico, una cultura que se caracteriza por las cremaciones, enterramientos selectivos, tumbas en hoyo y superestructuras en forma de monumentos tumulares. Las tumbas, agrupadas en necrópolis, suelen disponerse a lo largo de los caminos que llevan a las ciudades, un hecho que se ve reforzado con su integración en el ámbito cultural romano en un momento en que están en proceso de desarrollo lo que se conoce como vías funerarias; esto es, la utilización de los caminos, en los tramos más próximos a la ciudad, como verdaderos escaparates donde lucir el rango económico y social alcanzado por las principales familias. Los edificios funerarios comenzaron a adquirir monumentalidad, con altos cuerpos pétreos que se alzan sobre el suelo, para ser vistos desde lejos por los caminantes que se aproximan a la ciudad; a veces se decoraban con las efigies de los difuntos, sus retratos o epígrafes alusivos a su vida, o divinidades. La tumba romana suele ser individual, familiar o colectiva, y suele estar rodeada por un recinto que la delimita y protege. Cuando se trata de grandes monumentos construidos sobre el terreno, la tumba propiamente dicha suele estar debajo, en un hueco o habitáculo excavado. En un primer momento, priman los elementos arquitectónicos y epigráficos, produciéndose con el paso del tiempo la incorporación de temas iconográficos (retratos, escenas alusivas a menesteres y oficios, etc.) y un reforzamiento del deseo de individualización que lleva en ocasiones a romper el vínculo familiar de la sepultura y a privatizar los enterramientos; la fórmula “hoc monumentum heredes non sequetur”, que este monumento no pase a los herederos, es buena muestra de ello. La mayor parte de las tumbas carecían de hitos de señalización, o éstos eran lo suficientemente simples como para haber desaparecido en el curso de los siglos. Sin embargo, sobre ellas podían también alzarse monumentos y edificios de muy diverso tipo que, además de señalar su ubicación, llamaban la atención de los vivos acerca del individuo o de los individuos allí enterrados y hacían que, gracias a su majestuosidad, riqueza o textos escritos, el viajero se detuviera y dedicara un recuerdo al difunto. Por ello no es de extrañar que estos monumentos alcanzaran en ocasiones altas cotas de desarrollo arquitectónico y complejidad ornamental. Emparentados con los monumentos turriformes se encuentran otros que tienen apariencia de templo y que por ello reciben el nombre de naomorfos; esta semejanza generalmente se reduce a la fachada principal, aunque también puede extenderse al resto del edificio. Queda claro que la mayoría de las estructuras funerarias disponían de simples monolitos indicadores de la tumba en forma de estela con o sin inscripción o de altar.
La aparición del cristianismo supuso un cambio fundamental en las necrópolis y en el tipo de tumbas, ya que se pasó de la incineración al enterramiento. El uso de sarcófagos solo podían permitírselo los grandes propietarios de latifundios que se habían convertido al cristianismo, cuyas sepulturas estaban en las necrópolis mezcladas con las de los hispano-romanos que aún seguían practicando la antigua religión. A las familias acomodadas debían pertenecer también los mosaicos que recubrían sepulturas. Como ornamentación de paredes o techos de edificios religiosos o de tumbas, pudieron emplearse las placas o ladrillos. Están trabajados a molde y presentan temas decorativos muy variados, geométricos, vegetales, animales, figurados, peltas, crismones, cráteras y otros, a veces con inscripciones.
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