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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMANIZACIÓN |
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LA ROMANIZACIÓN |
La Pax Augustea y la Romanización
Augusto explotó con inteligencia el hecho de asociar
su gobierno al disfrute de un largo período de paz y
lo aprovechó para desarrollar su extraordinario programa
político con el que cerraba un proceso de transformación
radical de las formas de poder en Roma. En el marco de la reorganización
general del Imperio, desde el punto de vista administrativo,
militar y político, Hispania quedó estructurada
en tres provincias: La Tarraconensis, con capital en Tarraco,
la Baetica, con capital en Corduba y la Lusitania, con capital
en Augusta Emerita. Si bien durante la República se realizaron
fundaciones y promociones sin duda importantes, con Augusto
se produjo un salto cuantitativo y sobre todo cualitativo. A
la visión integradora del conjunto de los territorios
de la Península, se unió la puesta en marcha de
planes concebidos a partir de cuidadosos estudios geográficos
y cartográficos. Entre las colonias y municipios promovidos
en época augustea se cuentan centros destacados como:
Augusta Emerita (Mérida), Caesaraugusta (Zaragoza), Asido
(Medina Sidonia), Astigi (Écija), Barcino (Barcelona),
Lucus Augusti (Lugo), Bilbilis (Calatayud) y muchos otras.
Las fundaciones augusteas demuestran la capacidad de proyectar
los esquemas urbanos a territorios nuevos no urbanizados, o
de retocar la trama existente según las exigencias de
los nuevos planteamientos. El acierto en la elección
de los lugares apropiados, otorgaría a las nuevas ciudades
un papel determinante en la cohesión y la organización
social, económica y política de los territorios
de su ámbito y, como resultado, la organización
ciudadana y viaria del conjunto de la Península que dejó
establecidas las líneas maestras de su vertebración
geourbana para toda la antigüedad. En función de
esto, la imponente ingeniería romana paso a cobrar una
gran significación política por cuanto se convertía
en la prueba más contundente de que Roma era capaz de
superar las trabas o los condicionantes de la naturaleza. |
Urbanismo y Obras Públicas
La llegada a Hispania de contingentes de población de
origen itálico, a partir de finales del siglo III a.C.
y sobre todo a partir del siglo siguiente, produjo la transformación
de muchos aspectos de la vida cotidiana de la población
indígena en la Península Ibérica. Algunas
ciudades de nueva fundación como Tarraco fueron ocupando
lugares cada vez más llanos; mientras que otras como
Itálica, Emerita Augusta o Caesaraugusta fueron ocupando
suaves colinas próximas a algún río. Estas
ciudades, de renovados estilos de vida, sirvieron de vehículo
para la asimilación cultural a partir de la incorporación
de nuevos espacios públicos y privados (mansiones urbanas,
acueductos, cisternas, baños públicos, fuentes,
mercados, templos, foros, basílicas, etc.) que concluyeron
en una adaptación de la población indígena
a la lengua y los modos de vida romanos. Algunos autores contemporáneos
como Tácito recomendaban el persuadir con discreción
a los pueblos vencidos “hartare
privatim” para que adoptasen las formas de vida
que giraban en torno a la ciudad.
La consecuencia más importante y casi inmediata de las
fundaciones augusteas fue la transformación del paisaje
urbano debido al significativo incremento de la construcción,
impulsada en ocasiones por Roma, pero sufragada en su mayor
parte por las élites de ciudadanos que utilizaron estos
actos de mecenazgo cívico como fórmula eficaz
de promoción política. La imagen de las ciudades
cambió de manera espectacular desde una doble vertiente,
por una parte la monumental, con la potenciación de su
centro urbano, el foro y la incorporación de nuevos edificios
(de espectáculos, baños públicos, comerciales,
etc.) y por otra parte la funcional, con la construcción
de importantes obras de infraestructura (puentes, acueductos,
redes de saneamiento, etc.).
La sociedad romana concedía una importancia singular
al foro, verdadero corazón de la vida urbana a la vez
que monumento a la memoria colectiva de la ciudad. El foro de
Emporion constituye el mejor ejemplo para valorar la transformación
de un foro republicano ante la nueva situación política.
Los cambios afectaron tanto a su templo, cuya imagen renovada
mostró la clara influencia ejercida por el templo del
Divus Iulius en el foro romano,
como a su plaza, articulada por un porticus
triplex, en la que su lado oriental se amplió
a partir de la construcción de una basílica con
una sala en el extremo sur, identificada como Aedes
Augusti, mientras que sus lados occidental y meridional
fueron ocupados por una hilera de tabernae.
Emporion es un claro ejemplo que ilustra el dinamismo que mostraba
la arquitectura urbana en las primeras décadas del siglo
I d.C. y que en ocasiones se traducía en importantes
cambios en breves espacios de tiempo. Una situación bastante
parecida se observa en una buena parte de establecimientos indígenas
del interior: Segobriga, Bilbilis, Uxama, Tiermes, Ercavica,
Valeria, etc.; en los que se advierte una fase constructiva
que se puede agrupar bajo el denominador común de construcciones
arquitectónicas dotadas de fuerte valor escenográfico
con ejemplos espectaculares, como el conjunto del foro de Bilbilis
o el gran ninfeo de Valeria.
En época augustea y julio-claudia también se construyeron
la mayor parte de los teatros de Hispania, dato que confirma
la importancia de este edificio dentro de la jerarquía
monumental; en ocasiones asociado al anfiteatro, como en Augusta
Emerita ó Segobriga, con independencia de su emplazamiento
en el seno de la trama urbana o en una posición más
o menos periférica.
Dentro de la cultura del agua, los baños públicos
constituían un elemento indispensable e inseparable de
cualquier ciudad romana. Su explotación, uso y mantenimiento
estaba regulado a través de disposiciones legales, en
las que se enumeran las obligaciones de los arrendatarios para
el buen funcionamiento del servicio. Vitrubio enumeró
sus componentes y cómo se debían construir y orientar,
mientras que los médicos recomendaban el recorrido más
saludable para curar determinadas enfermedades y procesos febriles.
En Hispania, la introducción de edificios para el baño
caliente representa uno de los primeros y mas tangibles signos
de traslación y adopción de hábitos itálicos,
y ninguna población, por grande o pequeña que
fuese, carecía de esta importante infraestructura muy
relacionada con el otium y
el negotium en la sociedad
romana. Los primeros ejemplos atestiguados en la Península
son los más antiguos del occidente romano, solo superados
por algunos edificios itálicos. No obstante, la gran
expansión del edificio termal se produjo sobre todo a
partir del siglo I d.C., siguiendo unos modelos definidos aunque
con variaciones particulares sobre el esquema básico.
La generalización del opus
caementicium en la arquitectura romana y el desarrollo
del sistema de hypocaustum
para caldear las salas de baño, junto a la difusión
del hábito del baño diario entre la sociedad romana,
provocó la afluencia masiva a los nuevos establecimientos
termales. Los ambientes oscuros y pequeños, fueron sustituidos
de forma paulatina por amplias salas cubiertas de mármoles
y decoradas con ricos mosaicos.
Roma no podía ser una excepción a la hora de conceder
una importancia vital a la disponibilidad de un bien tan preciado
como el agua. Hasta la puesta en funcionamiento de los acueductos
los núcleos de población se abastecían
por medio de manantiales, pozos subterráneos y cisternas
para la recogida y almacenamiento del agua de lluvia; procedimientos
que siguieron vigentes incluso cuando a partir de comienzos
del siglo I d.C. los acueductos se instalaron definitivamente
en el paisaje urbano. La técnica constructiva de los
acueductos sobre arquerías tuvo su inicio en Roma con
la construcción en el 144 a.C. del Aqua
Marcia. Sin embargo, hasta los comienzos del siglo I
d.C. dicho procedimiento no alcanzaría su plena afirmación
en la cultura del agua.
No es posible comprender la compleja estructura física
del mundo romano, bien sea en su vertiente urbanística,
arquitectónica o monumental, sin atender a los recursos
lapídeos que hicieron posible su creación, por
lo que la localización de canteras susceptibles de explotación
constituyó un objetivo de interés primordial.
Esta necesidad cobró especial fuerza a partir de Augusto,
quién proclamó que había recibido una Roma
de barro y devolvía una Roma de mármol, frase
que mantiene vivo todo su realismo y no solo para la ciudad
de Roma sino para aquellos territorios que fueron objeto de
una amplia reestructuración a comienzos del Imperio.
Paralelamente al inicio de las grandes explotaciones de las
canteras hispanas tuvo lugar el comienzo de la importación
masiva de materiales lapídeos nobles (mármoles,
calizas, pórfidos, etc.) presentes con generosidad a
partir de la época augustea en las ciudades que tenían
fácil acceso por vía acuática.
En el siglo II d.C. la Nova Urbs
de Itálica constituye un ejemplo para el que no existe
parangón alguno, ya que los emperadores Trajano y Adriano
se mostraron generosos con su ciudad natal. En líneas
generales a partir del siglo II d.C. y salvo excepciones como
Itálica, se advierte un descenso en la materialización
de nuevas construcciones y un mayor predominio de las restauraciones
o modificaciones de programas ejecutados con anterioridad. A
partir del siglo III d.C. la realización de grandes proyectos
monumentales de carácter urbano experimentó un
acusado descenso a consecuencia de la crisis en la que se vio
envuelta el Imperio. Frente a este descenso en la construcción
de nuevos edificios públicos se detectan numerosas operaciones
de fortificación, sobre todo incrementadas entre las
postrimerías del siglo III d.C. y los inicios del siglo
IV d.C. La amenaza de los pueblos bárbaros y en general
la situación de inestabilidad que atravesaba el Imperio,
junto con los cambios introducidos a raíz del establecimiento
de la Tetrarquía, fueron los principales detonantes.
Uno de los rasgos principales del siglo IV a.C. es que fue el
de la implantación progresiva de una nueva religión,
la cristiana, que empezó la centuria perseguida por el
poder imperial, poco después fue tolerada y reconocida,
ampliando continuamente el número de su feligresía
y ascendiendo en la escala social, para finalmente concluir
el siglo como la religión reconocida y perseguidora del
paganismo. Uno de los primeros testimonios hispanos es la basílica
de Ilici, que con sus mosaicos del ciclo de Jonás, nos
lleva a modelos iconográficos propios de los primeros
tiempos del arte y la arquitectura paleocristiana. Si bien en
los primeros tiempos del cristianismo era muy normal el sacralizar
las tumbas de los santos, también lo era el venerar los
lugares en los que se produjo la muerte de los mártires.
En este sentido, en Tarragona existe uno de los mejores ejemplos
plasmado en la pequeña basílica erigida sobre
la arena del anfiteatro dónde fallecieron Fructuoso y
sus diáconos.
La nueva situación político administrativa con
la división de Hispania en cinco provincias, no supuso
un incremento de la arquitectura pública, solo se llevaron
a cabo restauraciones de monumentos antiguos. Solo merece especial
mención en Corduba el palacio de Cercadilla, residencia
del emperador Maximiano, que ocupa un puesto de privilegio dentro
de la arquitectura tetrárquica. Pero al mismo tiempo
que se construía este palatium
fuera del recinto amurallado, la ciudad intramuros comenzaba
a ofrecer signos de cambio y pérdida de función,
detectado sobre todo en edificios como el teatro o los recintos
monumentales. La basílica del foro de Tarraco, destruida
por un incendio a mediados del siglo IV d.C. ya no fue restaurada.
En Cartago Nova sobre los niveles de ruinas y abandono del teatro
se construyó, a mediados del siglo V d.C. un edificio
de carácter comercial. |
Los espectáculos públicos
En tiempos de la República los ciudadanos hispano romanos
fueron incorporando modas que poco a poco harían necesaria
la construcción de nuevos recintos diseñados para
albergar un considerable número de espectadores: los
teatros, los anfiteatros para los juegos gladiatorios y los
circos en los que se disputaban distintas modalidades de carreras
de carros. Se han encontrado gran cantidad de vestigios arqueológicos
que ilustran la popularidad de ciertos espectáculos,
su plena introducción en las costumbres de buena parte
de Hispania y la evolución
que experimentaron a lo largo de los años: máscaras
teatrales, decoraciones en lucernas, mosaicos con la representación
y los nombres de los caballos y sus propietarios, pinturas murales,
relieves, figuras de diverso tamaño y un sinfín
de objetos diversos.
Uno de los teatros hispanos más antiguos documentado
con detalle es el de Augusta Emerita. Su construcción
formaba parte del programa urbanístico de fundación
de la ciudad y exaltación de la figura de Augusto y los
miembros de su familia (claro ejemplo del aprovechamiento con
fines políticos y propagandísticos de uno de los
espacios públicos más frecuentados de la ciudad).
Las inscripciones grabadas en los dinteles de granito de los
accesos a la orchestra indican
que su construcción fue financiada por el yerno de Augusto
M.Vipsanius Agrippa (M. AGRIPPA LF COSIII TRIBIII POTIII)
y sitúan el inicio de las obras en el año 15 o
16 a.C. En este teatro se repite la clásica solución
de apoyar el edificio en una colina añadiendo en la parte
alta un cuerpo que permite el acceso desde el exterior a través
de galerías dispuestas en forma radial. El teatro de
Cartago Nova fue construido hacia el cambio de era con una altísima
calidad escultórica y, según las inscripciones
de los dinteles que se encuentran en los accesos a la escena,
fue dedicado a Lucio, nieto de Augusto. Quizá la característica
singular de este edificio sea la conversión a la que
se vio sometida en el siglo V d.C.: su orchestra
se trasformó en una plaza semicircular y sobre las gradas
se instalaron una serie de tabernae
según el modelo conocido de los mercados de Trajano de
Roma (este es el único caso en el que se ha documentado
un cambio de uso en un teatro de Hispania). En general son muchas
las colonias y municipios de la Bética y del Levante
peninsular que incluyen la construcción de un teatro
entre sus edificios para espectáculos. A mediados del
siglo I d.C. se construyó el de Acinipo en el centro
de una población enriquecida por la explotación
de extensos viñedos y, en el mismo momento, el de la
ciudad costera de Baelo Claudia dedicada a actividades pesqueras
y de salazones. Saguntum, Malaca, Colonia Patricia, Regina,
Segóbriga, Clunia y muchas otras ciudades se sumaron
a la lista de más de treinta municipios y colonias que
contaban con este tipo de edificios. Quizás en las poblaciones
del noroeste estén ausentes por la menor implantación
de las costumbres romanas en los comienzos del Imperio, período
en el que se construyeron los teatros. Pero el hallazgo de máscaras
teatrales en Lucus Augusti es un claro indicio de que, al menos
en forma ambulante, llegaron las representaciones escénicas.
Sin desmerecer la importancia de las representaciones teatrales,
el espectáculo de masas por excelencia, el que atraía
una mayor cantidad de público, fue durante los años
del Imperio el de los juegos gladiatorios o munera
y el de las venationes o cacerías
de fieras salvajes. Existen numerosas representaciones en relieves,
mosaicos, lucernas, cerámicas y multitud de pequeños
objetos de uso doméstico en los que aparecen representaciones
de combates gladiatorios. Cuando se extendieron por la Península
Ibérica estos munera
formaban parte de un espectáculo organizado y estaban
totalmente reglamentados. Así ha llegado a nuestros días
una tabla de bronce encontrada en el anfiteatro de Itálica
en la que se regulan numerosos aspectos de las condiciones en
que los empresarios de este tipo de juegos contrataban a sus
gladiadores. Los restos más visibles de estos juegos
gladiatorios en las ciudades romanas son, sin dudas, los anfiteatros
en los que se desarrollaban que, con algunas excepciones, son
relativamente tardíos en la Península Ibérica.
La lucha en la arena se hacía por tiempos en los que
al ritmo de la música se enfrentaban dos o mas gladiadores
armados de forma diversa, según la modalidad de combate.
Entre los más antiguos estaban los denominados samniti,
posteriormente llamados secutores,
que tenían su origen en el armamento capturado a los
samnitas por los romanos y campanos en el 310 a.C. Llevaban
cascos adornados con cresta y plumas (pinnae)
o yelmo (galea), estos usados
por los gladiadores tracios, el brazo cubierto con una manica
y espinilleras de protección (ochrea)
en las piernas. Sus armas eran la espada corta (gladium),
el escudo (que podía ser redondo "parmula"
o rectangular) y un puñal recurvo (sica).
Entre las diversas variantes de gladiadores se reconocen el
dimachaerus que combatía
con dos espadas, el myrmillus
caracterizado por el uso de armas galas y el retiarius,
que luchaba con la cabeza descubierta, y cuyo armamento consistía
en una red (rete) y un tridente
(tridens). Si bien la introducción
de los munera gladiatorios
se corresponde con los primeros momentos de la llegada de colonos
y contingentes militares a Hispania, el desarrollo como espectáculo
de masas se corresponde con fechas relativamente avanzadas en
el Imperio. El anfiteatro de Augusta Emerita formaba parte del
programa urbanístico de fundación de la ciudad,
aunque se construyó unos años más tarde
que el teatro. El anfiteatro de Itálica, el mas grande
de Hispania, fue construido en el marco de un ambicioso programa
de reforma y ampliación de la colonia en tiempos de Adriano.
Situado en una vaguada, para asentar la mayor parte del graderío
en las laderas naturales de las colinas que había a ambos
lados, es una gran obra de hormigón, sillares de caliza
y ladrillo. Algunos de los mármoles caídos de
las gradas inferiores conservan nombres de individuos y familias
que se corresponden con la reserva de asientos (práctica
ampliamente documentada). Destaca la fosa bestiaria del centro
de la arena, un gran espacio rectangular pavimentado con ladrillos,
en la que se conservan marcas de jaulas, los anclajes de hierro
que las fijaban al suelo y pilares de ladrillos sobre los que
se apoyaban las vigas de soporte del entarimado de madera que
la cubría.
Otra de las representaciones que alcanzaron un altísimo
grado de popularidad y movió enormes fortunas fue la
de las carreras de carros. Esta tradición Romana, que
tiene su origen en Grecia, se desarrollaba como un espectáculo
de masas que agrupaba a los seguidores de determinados aurigas
y caballos de cuatro factiones
que se distinguían por otros tantos colores: roja (russata),
blanca (albata), azul (veneta)
y verde (prasina). Estas factiones
eran verdaderas empresas que, administradas por un dominus
factiones, incluían a los aurigae
o agitatores (profesionales
cotizadísimos que repartían beneficios con el
administrador) y una gran cantidad de especialistas ocupados
en las tareas de mantenimiento de caballos y carros. Los dos
textos dedicados a las victorias de Gaius
Apuleius Diocles, un agitator
procedente de la Lusitania
que cosechó éxitos en casi todas las modalidades
de carreras durante veinticuatro años y amasó
una importante fortuna, son el testimonio más claro de
la pasión que despertaban los ludi
circenses y la admiración que despertaban los
aurigae entre sus seguidores.
Son relativamente escasas las ciudades romanas de Hispania en
las que pueden documentarse circos, Augusta Emerita, Toletum
y Miróbriga, ya que en la mayoría de los casos
se encontrarían en zonas llanas que quedaron cubiertas
con el paso del tiempo. |
Garum y Salazones
En la antigüedad, la región que hoy se conoce como
el Estrecho de Gibraltar, fue un espacio económico que
gozaba de un cierto particularismo dentro del ámbito
geográfico mediterráneo. En torno a una actividad
extractiva (pesca de túnidos) se generó un complejo
sistema económico que abarcaba actividades propias del
sector secundario (elaboración de garum,
y salazones, establecimiento de industrias alfareras y explotaciones
salineras) y terciario (comercialización de los productos
derivados de las citadas actividades). Fueron surgiendo de esta
forma enclaves urbanos portuarios que alcanzaron, sobre todo
en época romana, una gran pujanza económica y
demográfica (un verdadero emporio de riqueza).
De todas las especies han destacado siempre, por su importancia
para el aprovechamiento industrial, los escómbridos (Scombridae),
entre los cuales se puede situar al atún rojo (Thunnus
Thynnus), la caballa (Scomber
Scombrus), el bonito (Sarda
Sarda) o la melva (Auxis Rochei),
si bien los análisis arqueo-zoológicos en yacimientos
aún están en estado embrionario, a pesar de la
cantidad de datos conocidos. No obstante, la explotación
de los recursos del mar no se limitaba en época romana
a la pesca, sino que todos los productos alimenticios disponibles
eran objeto de explotación directa o subsidiaria de la
misma. Un viaje por los mosaicos con temas marinos es fiel exponente
de esta dinámica: cefalópodos, especialmente pulpos;
crustáceos, entre los que se identifican habitualmente
centollos y langostas; y moluscos, entre los que las ostras
y las almejas eran las más apreciadas. No falta un sinfín
de especies como los equinodermos (erizos) o las rayas que denotan
la riqueza de las capturas y la diversidad de productos propios
de la dieta hispano romana. Otros ejemplos ilustrativos de esta
amplia variedad piscícola son la recurrencia tipológica
en la moneda del sur de Hispania
y la referencia de Plinio en su Historia Natural en la que hace
referencia a la existencia en Carteia de un cefalópodo
gigante: “... en Carteya, en
las cetáreas, había uno (pulpo) que acostumbraba
a salir del mar hacia las balsas que había abiertas,
acabando allí con las salazones... (cuya) cabeza (era)
del tamaño de un total de quince ánforas de capacidad”.
No se puede dejar de citar al delfín, posiblemente el
pez más representado en la iconografía romana
por su relación con la navegación y su carácter
protector.
Junto con las explotaciones industriales, la pesca desde la
costa debió constituir la manera más generalizada
y cotidiana de faenar. Opiano, autor de finales del siglo II
d.C., detalla en algunos capítulos de su obra Halieutica
(de la pesca) algunas de las costumbres más extendidas:
"...cuatro métodos de
captura en el mar han ideado los pescadores. Algunos se deleitan
con los anzuelos, y dentro de este grupo unos pescan con largas
cañas a las que han atado un sedal de crin de caballo
bien trenzado, otros simplemente arrojan un torzal de lino sujeto
a las manos, y otros se recrean con linos emplomados o con los
linos de los que penden muchos anzuelos...". También
Eliano, ya en el siglo III d.C., aporta novedades entre la que
es digna de mención la pesca con arpón. La pesca
con chambel está bien atestiguada etnográficamente
en la zona andaluza, ejerciéndose bien desde la costa,
bien desde el interior, ya sea en pateras o botes. De ellas
el único testimonio arqueológico son los anzuelos,
cuya frecuencia de aparición en los yacimientos de época
romana es evidente, siendo habitualmente broncíneos,
a pesar de que las fuentes literarias hablan de anzuelos de
hierro para la pesca del atún (Eliano). La tipología
de los mismos es sencilla, advirtiéndose una variación
de tamaño relacionada con el tipo de aparejos y, evidentemente,
con la entidad de las capturas. Da la impresión que las
plomadas utilizadas para la pesca no adquirieron una forma específica,
por lo que no constituyen un elemento fácilmente identificable
en las excavaciones arqueológicas.
La práctica de atraer con cebo a la pesca está
atestiguada por Eliano, autor que al mencionar la pesca del
sargo cita que: "...el pescador
esparce en el agua del mar, bajo la cual viven los susodichos
peces, granos de cebada remojados en caldo de carne de cabra.
Y los sargos, atraídos por dicho olor, como por un hechizo,
se acercan, comen los granos... y el pescador recoge, con un
fuerte anzuelo y con el sedal de blanco lino, muchos de ellos".
Entre otros métodos de pesca costera que han perdurado
hasta la actualidad destaca la pesca manual con tridente. Ya
Opiano, en el siglo II d.C. comentaba como: "...otros
con el tridente provisto de largas puntas hieren a los peces
desde la tierra o desde una barca, según lo deseen".
Junto a estas actividades, sin duda las más habituales,
vale la pena mencionar también a las redes arrojadizas
y actividades recolectoras como el marisqueo, de las que hay
escasas evidencias arqueológicas más allá
de la malaco-fauna de los yacimientos.
Si una actividad ha caracterizado a las costas andaluzas, frente
a otros lugares del litoral del Mare
Nostrum, es la existencia de una importante pesca de
altura, realizada con artes de pesca específicas como
las almadrabas. Según Opiano, tras el avistamiento de
los cardúmenes desde el thynoscopeion
u observatorio: "...se despliegan
todas las redes a modo de ciudad entre las olas, pues la red
tiene sus porteros y en su interior puertas y más recónditos
recintos. Rápidamente los atunes avanzan en filas, como
falanges de hombres que marchan por tribus, unos más
jóvenes, otros más viejos, otros de mediana edad:
infinitos se derraman dentro de las redes, todo el tiempo que
ellos desean y la cantidad que admita la capacidad de la red.
Y rica y excelente es la pesca”. En ocasiones las
redes eran jaladas desde las propias embarcaciones si bien también
se recogían desde la costa. Resulta significativo ilustrar
la matanza de los ejemplares de mayor tamaño cuando la
“cámara de la muerte” estaba a punto de ser
izada, utilizando garrotes de grandes dimensiones. Los testimonios
arqueológicos de estas grandes y complejas redes de pesca
se suelen limitar a dos tipos de evidencias frecuentes en los
yacimientos hispano-romanos del litoral. Agujas de red, tan
necesarias para la reparación de estas artes, realizadas
en bronce y que se ajustan a una tipología específica,
con puntas ahorquilladas a ambos lados o agujas con uno o dos
ojos de grandes dimensiones. De las redes en si mismas se suelen
conservar evidencias de las pesas, lastres que suelen ser cerámicos,
con una amplia tipología que ofrece modelos tanto circulares
como fusiformes, o plúmbeos, estos últimos habitualmente
compuestos por placas rectangulares de plomo enrolladas sobre
si mismas a modo de lastres cilíndricos. De las boyas
no se conservan testimonios, al haberse utilizado corcho o madera
en su confección, si bien su utilización, imprescindible
para dotar de la necesaria verticalidad a las artes de la pesca,
está bien documentada en mosaicos. También la
práctica tradicional de la pesca nocturna, con luces
para atraer a los peces, ha sido documentada por Eliano: “...es
menester que el mar esté en calma y, si sucede así,
fijan a la proa de las barcas braseros huecos con pujante fuego
dentro; son transparentes, de manera que contienen el fuego
y no ocultan la luz. Las llaman linternas. Pues bien, los peces
se asustan del resplandor y quedan deslumbrados. Y algunos,
ignorantes del significado de lo que ven, se acercan porque
quieren saber lo que les provoca su miedo... y son capturados
en grandes cantidades”. Destacar, por último,
el empleo de nasas, todas ellas realizadas en cestería,
según Opiano, unos artilugios que se fondean y, que frente
al duro trabajo de jalar las redes “proporcionan
gran alegría a sus dueños mientras duermen tranquilamente
y espléndida ganancia les espera con pequeño esfuerzo”.
De ellas se conocen distintos tipos que van desde las fusiformes
o piriformes atadas a un cabo a cestas individuales, en este
último caso quizás usadas también como
sitios para mantener las capturas vivas.
La dimensión comercial que adquirió la explotación
de los recursos del mar con Roma es un fenómeno a escala
mediterránea. Con la expansión romana de época
republicana comenzaron a despuntar las industrias derivadas
de los productos del mar, hecho que ha quedado plasmado en las
famosas pesquerías de la ciudad de Cosa, en la costa
de la Italia tirrénica, amparadas en el consorcio industrial
de los Sextii. En la Península
Ibérica son aún escasos los datos sobre la industria
salazonera romana de esta época. En la costa andaluza,
hasta finales del siglo I a.C., la industria de salazones romana
convivió con la tradición artesanal fenicio-púnica,
cuyos saladeros y talleres alfareros asociados asistieron, en
momentos tardo-púnicos, a una fase de gran esplendor.
A finales del siglo I a.C., con la pacificación del Imperio,
comenzó un período de prosperidad económica
en el Mare Nostrum romano,
en el que se intensificaron las explotaciones pesqueras. Se
produjo además una diversificación de una industria
que, al no estar fiscalizada por el estado romano, era una de
las fuentes de ingreso más notables para las acaudaladas
oligarquías municipales.
La mayor parte de las factorías salazoneras se construyeron
a finales del siglo I a.C., y contaron con una fase de gran
esplendor durante todo el siglo I d.C. y parte del siglo II
d.C. Durante estos siglos, en todo el Imperio, el pescado en
salazón y las salsas de pescado fueron la seña
de identidad gastronómica de la antigua Andalucía,
junto con el aceite del Valle del Guadalquivir. Si a las provincias
centroeuropeas se las relacionaba con el asentamiento de campamentos
o si al pensar en el norte de África inmediatamente venían
a la imagen del romano esas grandes propiedades rurales destinadas
a la producción de cereales, la imagen de la costa andaluza
en época imperial estaba indisolublemente vinculada a
la explotación de los recursos del mar. El siglo III
d.C. fue un punto de inflexión generalizado para todo
el Imperio, un momento a partir del cual la unidad que había
caracterizado a los siglos precedentes comenzó a dar
paso a distintas reformas que afectarían el ambiente
geopolítico y, como consecuencia, a la industria en general.
Si bien la producción de salazones continuó durante
los siglos IV y V d.C., a partir de ese momento comenzó
a producirse el abandono de algunos de los asentamientos y la
transformación de otros (a enclaves de modestas dimensiones
y baja producción).
La primera fase, tras la pesca, consistía en el proceso
de limpieza y tratamiento del pescado para la elaboración
de conservas. Estas actividades debieron realizarse bien en
los propios barcos, en el caso que las redes se izasen en la
mar o bien en la propia costa. La existencia de salas destinadas
específicamente a estos fines en las factorías
de salazón inducen a pensar que tales actividades se
debieron desarrollar, preferentemente, en el interior de estas
grandes cetarias, en salas pavimentadas. La actividad de despiece
del pescado ha podido ser estudiada con gran detalle gracias
a los hallazgos arqueo-zoológicos documentados en los
sondeos realizados en el conjunto industrial de la factoría
de salazones de Baelo Claudia.
Los esqueletos de túnidos aparecidos en posición
anatómica presentan restos de las huellas del despiece
(el empleo de grandes cuchillos está atestiguado desde
época helenística) que han permitido proponer
un modelo del proceso. Como si de reses se tratase (solo mencionar
que el tamaño medio de los atunes documentados hasta
la fecha en factorías hispánicas se sitúa
por encima del metro y medio), tales operaciones comenzaban
con la decapitación del animal. A continuación
se separaba el lomo del vientre y se fileteaba, esto es, se
separaba el lomo de la columna vertebral. Dado que la etapa
final, que implica el troceado de la carne, no genera improntas
sobre los huesos solo es factible inferirla a través
de informaciones indirectas.
El salar el pescado era imprescindible para permitir su conservación
ya que el consumo en fresco se limitaba a las zonas del litoral
y, evidentemente, a una mínima parte de las capturas.
Se conocen muchos datos sobre el proceso de salazón a
partir de las descripciones de los autores clásicos,
como sucede con el gaditano Columella, que detalló el
proceso de salado de la carne de cerdo indicando que la maceración
de la carne de pescado debió ser similar. El proceso
de salazón es una actividad tradicional que no se ha
visto modificada sustancialmente desde los inicios, en el siglo
V a.C., hasta la actualidad. Para la elaboración del
pescado en salazón es necesario contar con una ratio
concreta de sal por cada kilo de pescado a salar. Hay una serie
de factores fundamentales a la hora de evaluar la cantidad de
sal necesaria: la calidad de la sal, el tamaño del pescado
y el método utilizado; aunque, en cualquier caso, unos
valores entre una parte de sal por una de pescado -caso del
bacalao- y una parte de sal en cuatro de pescado -caso del nouc
man oriental- en las estimaciones más bajas son ilustrativas.
La salazón del pescado y la elaboración de conservas
se efectuaba en las piletas de salazón, unas cubetas
de tamaño variable, pero con capacidades muy grandes,
que generalmente oscilan entre los 2 m3 y los 10 m3 de producto.
Este es precisamente el único dato fehaciente que se
puede usar en la actualidad para hacer una estimación
del volumen de producción de cada factoría. No
es habitual contar con datos arqueológicos sobre el tipo
de conserva realizada en estas piletas de salazón, pues
suelen aparecer a los ojos de los arqueólogos reutilizadas
como vertederos tras su abandono. Una vez elaborados los productos,
y como paso previo a su conservación, se procedía
a su envasado en los recipientes habilitados al efecto. Desde
época fenicio-púnica, en Occidente, la comercialización
de excedentes alimenticios se realizó en grandes envases
cerámicos denominados ánforas. Una vez rellenas
las ánforas se procedía a la hermetización
de las mismas mediante un proceso de sellado que utilizaba normalmente
opercula o tapadera de cerámica,
sobre la que se vertía cal, que antes de fraguar era
sellada con un signacula (sello)
metálico, hecho que permitía colocar los datos
de los comerciantes. Antes de su expedición comercial
se pintaban rótulos "tituli
picti" sobre la zona alta de la panza y el cuello,
alusivos tanto a los productos contenidos como a los agentes
responsables de la distribución.
La industria de la salazón conllevaba una serie de actividades
subsidiarias, entre las cuales destacan dos con diferencia sobre
las demás: la alfarería y la producción
de sal. La producción alfarera era una actividad necesaria
debido a la notable demanda de envases requeridos por estas
fábricas para el transporte marítimo de sus conservas.
Los talleres alfareros, que solían situarse en las propias
cetarias, en sus cercanías o en los centros urbanos próximos,
solían producir mayoritariamente ánforas de transporte
y, de manera complementaria, material de construcción
para la febril actividad edilicia de la época y cerámicas
comunes. De las ánforas, que suelen constituir más
del 75% de la producción en términos absolutos,
casi el 90% son envases de salazón. La actividad salinera,
por el contrario, ha dejado menos huellas arqueológicas.
Se sabe que pocas zonas eran las óptimas para producir
la cantidad de sal necesaria en una industria que conllevaba
un consumo cotidiano de toneladas de este producto cuando se
encontraban en activo.
La información disponible sobre las denominaciones de
las conservas y su modo de elaboración en época
romana remite tanto a los textos antiguos de agrónomos
y gastrónomos como a las inscripciones pintadas que habitualmente
figuran sobre las ánforas en las que se comercializaban
estos productos. Se pueden dividir las conservas en dos grandes
grupos: el pescado salado o los trozos de pescado en salazón
y las salsas de pescado (garum,
liquamen, muria,
allex, etc.).
La carne de pescado en salazón debió ser posiblemente
uno de los productos derivados del mar más habituales,
incluyendo en su manufactura aquellas especies que por sus carnes
ricas en grasa se prestaban a ello: los túnidos eran
posiblemente uno de los ingredientes más habituales.
Los libros IX y X del gastrónomo Apicio dan buena cuenta
del tipo de platos preparados con pescado tras su desalación.
Respecto de las salsas de pescado, todos los investigadores
parecen coincidir en la existencia de diversas calidades, hecho
que explicaría la diversidad de denominaciones. Garum
sería el producto primario, de mejor calidad, al cual
se refieren algunos autores como Plinio: "sustancia
sangrienta de la putrefacción" ó Séneca:
"líquido carísimo
de los peces malos".
El garum era el producto resultante
de la auto fermentación de las partes no cárnicas
de del pescado en un medio salino, para evitar la putrefacción.
Los ingredientes eran variados, escómbridos -caballas-
según Plinio, mezclados con vísceras, pequeños
peces completos, moluscos y condimentos de diversa naturaleza.
Las variedades de salsas derivaban de la naturaleza de los ingredientes,
del modo de preparación y del gradiente de salazón.
Productos como una "flor del garum de morena" recogida
en una inscripción pintada, es testimonio claro de la
variedad de salsas de pescado producidas en la costa hispana.
Respecto de los tituli picti
se conoce que el formulario sobre las ánforas es un modelo
bien establecido en época alto-imperial y que remite
a ocho datos concretos: contenido (garum,
muria, hallex,
etc.); el origen (lixitanus,
malacitanus, tingitanus,
etc.); la materia prima (scombri);
sus características (argutum
-picante-, saccatum -filtrado-,
etc.); sus atributos de calidad (excellens)
y su vejez o solera (bien de manera genérica utilizando
adjetivos como vetus -viejo-
o recens -recién preparado-,
bien indicando la añada con numerales). Los dos últimos
campos indicaban el peso del producto y la denominación
del comerciante. Mercatori,
naviculari y negotiatores
fueron los responsables de la venta y posterior distribución
de las conservas de origen marino. De ellos se conoce su onomástica
gracias a las inscripciones en las ánforas, que presentan
sus tria nomina al ser ciudadanos
romanos de pleno derecho integrados en esta industria. Existían
también consorcios comerciales de gran magnitud, denominados
societates, dedicados al lucrativo
comercio de las salazones de pescado. En el Área del
Estrecho se han hallado sellos que esconderían tras de
sí a la S(ocietas) C(etariorum)
G(aditanorum) o a los S(ocii)
C(etarii) G(aditani), es decir, una asociación
mercantil de los socios salazoneros gaditanos. La venta de estos
productos se realizó en los principales puertos de todo
el Mediterráneo entre época tardo-republicana
y el siglo II d.C. Algunos ejemplos de esta dinámica
son los centenares de ánforas salazoneras de la Bética,
buena parte de los talleres gaditanos, aparecidas en Pompeii,
o los recientes estudios en Britannia,
que parecen demostrar un monopolio casi exclusivo de las salazones
de la Hispania meridional.
Ostia, el puerto de Roma,
fue destino común de la salazón bética,
especialmente en los siglos I y II d.C., pero con cierta incidencia
incluso hasta época tardo-romana.
Y por citar hasta dónde llegaron estos productos, recientes
investigaciones han confirmado su exportación a lugares
tan distantes como el puerto de Ludaea
en Palestina, Grecia (Olimpia, Corinto, Atenas, Rodas y Creta),
la costa de Anatolia (Pérgamo, Éfeso, Tarso y
otras localidades costeras), el Líbano (Beirut), Israel
(Gush Halav, Tell Abu Shusha, Haifa, Beth Shean, Cesarea, Jericó,
Masada o el desierto del Neguev), Egipto (Alejandría
o Berenike) o más lejos aún, en la colonia romana
de Arikamendu, en la Bahía de Bengala. Estos fletes de
salazones son bien conocidos gracias a los naufragios distribuidos
por todas las costas del Mare Nostrum,
de los que los cargados con ánforas béticas ascienden
a ochenta y tres en la actualidad.
A diferencia de otras actividades económicas que eran
fiscalizadas por el Imperio Romano, la industria de salazones
podía ser desarrollada libremente por los particulares
al margen de la intervención y el control estatal. Esta
circunstancia favoreció la proliferación de establecimientos
industriales de salazones en las zonas costeras situadas cerca
de los pasos de túnidos en sus migraciones anuales entre
el océano y el Mediterráneo, así como el
florecimiento de las industrias asociadas (alfares y salinas).
En este pujante negocio no cabe duda que las dos orillas del
Estrecho desempeñaron un papel fundamental, siendo el
punto de origen de rutas comerciales que conectaban Baelo
Claudia, Carteia, Iulia
Traducta o Septem con
lugares tan lejanos como la provincia de África,
Germania o Britannia.
La pujante actividad pesquera y de transformación de
los recursos marinos no quedó colapsada con el final
del Imperio Romano y el advenimiento de las invasiones germánicas
y musulmana, sino que se detecta en la zona una continuidad
de las técnicas y labores de pesca y de las industrias
derivadas durante la Antigüedad Tardía. |
La religión romana en
Hispania
La política religiosa del Estado romano para Hispania,
lo mismo que para otras provincias de su imperio, estuvo marcada
por la flexibilidad y por la atención a los estatutos
jurídicos de las personas y de las ciudades. No se consideró
necesaria la supresión de las creencias y cultos prerromanos
o extranjeros mientras se mantuviera la tendencia de equiparar
la comunidad cívica con la comunidad religiosa. Dado
que la religión romana debía ser la religión
de los ciudadanos romanos tuvo mayor implantación a medida
que hubo más personas y ciudades con el estatuto de ciudadanos
romanos o latinos. Desde esos presupuestos se comprende bien
que la difusión de la religión romana en las provincias
de Hispania fue el resultado de un largo proceso que afectó
de modo desigual a las diversas comunidades. A su vez la coexistencia
de la religión romana con creencias religiosas prerromanas
condicionó la aparición de numerosos sincretismos
así como el reconocimiento, aunque tardío, de
algunos dioses prerromanos en calidad de divinidades funcionalmente
romanas. Por otra parte los cambios sufridos en la religión
romana como consecuencia de su sincretismo con la religión
griega (por reformas internas o por el reconocimiento público
de algunos dioses orientales) se reflejaron igualmente en Hispania.
Desde las dos últimas décadas del siglo III a.C.
hasta que se completó la conquista en las guerras cántabro-astures
Hispania soportó la presencia de dos legiones por año
como mínimo. Estos soldados, sumados a los inmigrantes
ítalo-romanos, cuya presencia se fue haciendo cada vez
más frecuente en Hispania a partir de la primera mitad
del siglo II a.C., constituían los reductos de creyentes
que habitualmente practicaban las ceremonias religiosas en honor
a los dioses romanos (hasta el siglo I a.C. sólo un número
reducido de indígenas había recibido el estatuto
de ciudadanos romanos o latinos). Esta situación condujo
a muchos fenómenos de sincretismo con los dioses indígenas
así como la aceptación de las creencias y prácticas
religiosas romanas por amplios sectores de población,
principalmente de las comunidades indígenas del este
y sur peninsular (a fines del siglo III a.C. ya se había
creado una representación estandarizada del Hércules
greco-romano, que servía también para reflejar
la imagen del antiguo dios Melkart de los fenicios). La diosa
fenicia Astarté, se sincretizó con la diosa romana
Juno y todos los dioses púnicos venerados en la Cartago
Nova prerromana fueron igualmente asimilados a los dioses romanos
Saturno, Esculapio y Vulcano. Existe constancia de la implantación
de la religión romana en algunas ciudades que sirvieron
de residencia a los gobernadores provinciales y de campamentos
de invierno de las tropas (la inscripción romana más
antigua, de fines del siglo III a.C. hallada en Tarragona, es
un fragmento de ara consagrada a la diosa Minerva). En general
los centros de agua salutíferas pasaron a estar bajo
la advocación del dios romano Apolo (hay constancia de
que al menos Itálica y Emporión tuvieron lugares
de culto). En las lápidas votivas de Itálica aparecen
representadas, de manera más o menos esquemática
o realista, huellas de pies con una alusión a una divinidad
femenina, sin duda la misma, a pesar de sus distintas acepciones:
“Domina Regia”, “Domina Ourania”, “Celesti
Pia” o “Nemesis”. La Domina Regia ha de ser
Juno, diosa de carácter polivalente, protectora de los
hombres que luchan, garante de la fecundidad de las mujeres
y dueña del mundo (la Uni de los etruscos, la Tanit de
los cartagineses, la Astarté de los fenicios, etc.).
Los romanos nunca lucharon contra dioses extranjeros, por el
contrario, siempre se sintieron acogedores con ellos y procuraban
atraerlos hacia si, practicando lo que llamaban el ritual de
la “evocatio”. A través de esta fórmula
sagrada, de antiguo origen oriental, se invitaba a los dioses
protectores de las ciudades vencidas por las legiones, a abandonar
su domicilio tradicional para trasladarse a Roma, donde se les
prometían honores. Así sucedió en el siglo
IV a.C. con Uni, trasladada a Roma con el nombre de Juno Regina
y con Tanit, protectora de Cartago, llevada a Roma como Juno
Caelestis.
Entre la época de César y Augusto, es decir, entre
finales de la República y comienzos del Imperio, el grado
de romanización de muchas ciudades del sur y del este
peninsular era muy grande (el geógrafo griego Estrabón
consideraba togados a la mayoría de los turdetanos).
La respuesta del estado romano a esa realidad se tradujo en
la concesión del estatuto de colonia romana y de municipio
romano a decenas de ciudades de éste ámbito peninsular
y a partir del año 73 d.C., en virtud de la decisión
del emperador Vespasiano, pasaron otras muchas ciudades a recibir
el estatuto de municipios latinos (dos hitos importantes en
la difusión de la religión romana). Las divinidades
capitolinas seguían siendo a comienzos del Imperio las
protectoras del ejército y de las ciudades organizadas
conforme a patrones y estatutos romanos. Así en la ley
que regulaba la ordenación de la colonia cesariana de
Urso se alude a tres días consagrados al culto público
de Júpiter, Juno y Minerva y un cuarto día dedicado
al culto de la diosa Venus, protectora de la ciudad (sin duda
impuesto por César por presentarse su familia como descendiente
de Venus). Los capitolios de las ciudades provinciales se construían
con tres cellae, de acuerdo
con el modelo del capitolio de Roma, para albergar las imágenes
de Júpiter, Juno y Minerva.
La institucionalización del culto imperial en territorio
Hispano sirvió como elemento unificador de los distintos
pueblos peninsulares ya que, por sincretismo con la devotio
y las fides ibéricas,
los propios indígenas estaban bien dispuestos a aceptarlo.
En la Península Ibérica se inicia el culto imperial
en la persona de Augusto, tras la implantación en Roma
del culto en vida a su persona (el culto imperial honraba a
Augusto como “hijo del divino César”, divinizado
éste después de muerto). Coincidiendo con la estancia
de Augusto en Tarraco, los habitantes de dicha ciudad le dedicaron
un altar; poco tiempo después el culto imperial contaba
ya con altares en Mérida y aras sestianas en el norte
peninsular. Cada capital de provincia pasó a convertirse
en sede del culto provincial del Emperador. Al foro provincial
acudían los representantes de las diversas ciudades de
la provincia para manifestar su adhesión Emperador a
través del culto y, a su vez, esas reuniones en la capital
provincial pasaron a servir de asambleas en las que se discutía
sobre cuestiones comunes a los provinciales (se decidía
sobre el envío de embajadas a Roma, la atribución
de honores a personajes públicos o la presentación
de quejas o súplicas a la administración central).
La repercusión social más importante del culto
imperial estaba relacionada con los propios sacerdotes, que
para poder atender como “flamen”
el culto al emperador en el templo, se exigía que formaran
parte de las élites locales. Dado que la propaganda imperial
de Augusto, presentaba al emperador y a su mujer como a un padre
y una madre que velaban por la gran familia de las poblaciones
del Imperio, algunas mujeres encontraron una vía de representación
social como sacerdotisas del culto a las Augustas (con el título
de “flaminica”).
No menos importante fue la difusión del culto imperial
para un amplio sector de libertos, principalmente los libertos
enriquecidos con el desempeño de actividades artesanales
y comerciales, que se organizaron en asociaciones religiosas
destinadas a apoyar y promover el culto imperial, por lo que
llegaron a tener un fuerte peso social en sus respectivas ciudades,
consiguiendo incluso muchos de ellos acceder a los senados coloniales.
En la Hispania del sur y del este, más profundamente
romanizada, la religión romana fue la dominante durante
todo el Imperio. Se han encontrado testimonios de culto a Hércules
y Mercurio como protectores del comercio, de Juno y de Diana
como protectoras de la fecundidad femenina, de Marte como dios
protector de la agricultura, de Minerva como protectora del
artesanato, etc. Más aún, algunos de éstos
dioses tuvieron templos propios en las ciudades y a veces sacerdotes
específicos, distintos de los pontífices. Incluso
se perciben actitudes análogas a las de otras zonas romanizadas
del Imperio, en las que los esclavos, separados de los cultos
públicos, se vinculaban sobre todo a la devoción
de los Lares domésticos o de Silvano, dios menor relacionado
originariamente con los bosques. También en esa Hispania
más romanizada se reflejaron tendencias monoteístas,
como la surgida en torno al dios pantheus, considerado como
una divinidad superior de la que los demás dioses no
eran más que manifestaciones de su único poder.
En medios rurales, así como en amplias zonas del noroeste,
la penetración del culto a los dioses romanos fue el
resultado de un sincretismo con los dioses indígenas.
Testimonios como Iupiter Candamus en el área cántabra,
de Tutela Bolgensis en el Bierzo, de Lares Cusicelenses o de
Lares Erredici en Chaves (Portugal), están demostrando
la existencia de una divinidad prerromana que al ser asimilada
por la romana (Júpiter, Tutela, Lares, etc.) quedó
como epíteto o advocación de la misma. La fuerza
del sustrato religioso también se advierte en la mayor
aceptación que tuvieron algunos dioses romanos en zonas
muy concretas (por ejemplo la fuerte implantación del
culto a los Lares Viales en el ámbito del convento jurídico
lucense, dónde existía una gran tradición
de creencias relacionadas con la encrucijada). Durante el siglo
II d.C. hubo un gran auge de las devociones a los dioses de
la salud. Mientras Apolo, Esculapio, Salud o Fortuna recibieron
culto en los lugares de aguas salutíferas del sur y del
este peninsular, las Ninfas pasaron a ser las protectoras de
enclaves semejantes en la Hispania celtizada.
La conquista de los antiguos reinos helenísticos por
Roma propició la difusión de las peculiaridades
culturales de oriente por los territorios occidentales del Imperio.
Al principio serán los propios orientales insertos en
los ejércitos romanos o en los circuitos económicos
quienes, al practicar sus cultos, se convierten en sus principales
propagadores (las autoridades romanas pronto aprecian la capacidad
sincrética y aglutinadora de los dioses orientales por
lo que aceptan e incluso fomentan su integración en el
sistema cultural romano). El ejemplo más conocido de
tales reorganizaciones es el experimentado por el culto a Isis,
que estuvo acompañado por la invención de un nuevo
dios “Serapis”, síntesis de la tradición
egipcia y las necesidades político culturales de los
monarcas helenísticos y de la población griega
allí instalada. Por su parte Mitra, de origen persa,
se transforma en un dios misteriosófico gracias a la
genialidad de un grupo reducido de intelectuales que, probablemente
en la capital, le otorga su nueva fisonomía. Cibeles,
llegada de Pessinunte durante la segunda guerra púnica,
no sin dificultades se fue amoldando a las costumbres romanas
y probablemente a finales de la República se incorporó
su compañero Atis, representante de una nueva percepción
de la muerte. A lo largo del Imperio estos cultos sufrieron
cambios continuos tanto en sus contenidos religiosos como en
sus manifestaciones culturales. La ausencia de fuertes contingentes
militares que fomenten la implantación de estos cultos
(como ocurría en las zonas fronterizas) hizo que la introducción
se produjera en condiciones menos favorables, ya que en la sociedad
civil no había una conducta tan acusada como en la militar
y los predicadores no siempre tenían éxito. En
efecto, no se sabe cuanto tiempo persistió el culto a
Serapis en Panóias tras la desaparición de su
fundador, el senador Calpurnio Rufino, o cuánto perdura
el mitreo emeritense tras los ímprobos esfuerzos de Gayo
Accio Hédicro por su arraigo en la capital lusitana,
o incluso la pervivencia de Serapis en Ampurias tras las prédicas
del instaurador del culto, el alejandrino Numas. Llama la atención
el carácter fundamentalmente urbano que tuvieron los
cultos mistéricos en Hispania pues la mayor parte de
los lugares dónde aparecen son colonias o municipios,
hecho que justifica la aparición de funcionarios imperiales
vinculados a los dichos misterios. También parecen características
destacables de los cultos orientales su propagación a
través de las clases privilegiadas, las que con mayor
facilidad dejan testimonio de su devoción y su capacidad
de favorecer las promociones individuales a través de
los sacerdocios. La escasa implantación de los misterios
en la Península justifica su temprano declinar, lo que
permite afirmar que su fin estuvo determinado por su propio
agotamiento y no por una intervención externa.
Dos hechos fundamentales se deben registrar en lo referente
a la religión y las creencias del siglo III d.C.: la
práctica desaparición de la documentación
sobre el culto imperial y los comienzos tímidos y aislados
de núcleos de cristianismo. Mientras las religiones orientales
tenían adeptos en focos muy localizados (Emérita,
Corduba y Panóias), los dioses tradicionales romanos
adaptados a veces a cultos locales y el culto imperial, aglutinante
político fundamental, apenas se detectan en inscripciones
de los grandes centros o en las capitales provinciales. No obstante,
de la relevancia e importancia de este culto oficial da idea,
indirecta, la presencia de cristianos que, por haber rechazado
el sacrificio correspondiente al emperador, sufren persecución
y martirio. En el año 254 d.C. está testimoniada
la presencia del presbítero Félix y sus fieles
en Legio y Asturica, y las comunidades cristianas de Emerita
con su diácono Aelius, a través de una epístola
de Cipriano, obispo de Cartago. En la respuesta se menciona
también al obispo de Caesaraugusta, Félix. El
problema al que alude esta interesante correspondencia fue que
durante la persecución del emperador Decio, emprendida
en el año 250 d.C., aquellos que habían ofrecido
sacrificio a los dioses podían recibir, para demostrarlo,
un certificado oficial “libellus”
que lo probara; pudiendo evitar de esta forma el castigo o martirio.
Basílides y Martialis, obispos de las mencionadas iglesias,
habían obtenido libelli
a fin de librarse del castigo. Cuando la persecución
acabó Basílides solicitó el reingresar
en la iglesia. Se le permitió volver, aunque no como
obispo; y ambos fueron sustituidos en este ministerio por Félix
y Sabino para sus cátedras episcopales. Basílides
decidió entonces apelar al obispo de Roma, tanto en su
nombre como en el de su colega Martialis. Esteban, obispo de
Roma, aceptó las alegaciones y los restauró en
sus cátedras, hecho que indignó a sus fieles locales,
que a su vez escribieron a Cipriano para que interviniese, quién
mantuvo la línea firme de la exclusión. La disputa
y la correspondencia de este affaire, conocido como el de los
“liberaticos”,
permite entrever una cierta organización y presencia
de cristianos, especialmente en torno a la figura del obispo,
a mediados del siglo III d.C. en las provincias hispanas. No
muy numerosos aún, con escaso o ningún rastro
en la evidencia arqueológica, pero ciertamente núcleo
y germen de un desarrollo posterior, lento y desigualmente distribuido
pero progresivo. También en el siglo III d.C. tuvo lugar,
durante la persecución del emperador Valeriano, el martirio
de Fructuoso y de sus dos diáconos, Augurio y Eulogio,
quemados vivos en el anfiteatro de la ciudad de Tarraco, lo
que daría lugar posteriormente a la fundación
de una basílica en la propia arena del edificio para
recordar el martirio y celebrar el culto casi dos siglos más
tarde. Habrá que esperar a la persecución de Diocleciano,
inicios del siglo IV d.C., para encontrar más mártires. |
Las necrópolis
Los ritos y los monumentos funerarios de época romana
hunden sus raíces en el sustrato ibérico, una
cultura que se caracteriza por las cremaciones, enterramientos
selectivos, tumbas en hoyo y superestructuras en forma de monumentos
tumulares. Las tumbas, agrupadas en necrópolis, suelen
disponerse a lo largo de los caminos que llevan a las ciudades,
un hecho que se ve reforzado con su integración en el
ámbito cultural romano en un momento en que están
en proceso de desarrollo lo que se conoce como vías funerarias;
esto es, la utilización de los caminos, en los tramos
más próximos a la ciudad, como verdaderos escaparates
donde lucir el rango económico y social alcanzado por
las principales familias. Los edificios funerarios comenzaron
a adquirir monumentalidad, con altos cuerpos pétreos
que se alzan sobre el suelo, para ser vistos desde lejos por
los caminantes que se aproximan a la ciudad; a veces se decoraban
con las efigies de los difuntos, sus retratos o epígrafes
alusivos a su vida, o divinidades. La tumba romana suele ser
individual, familiar o colectiva, y suele estar rodeada por
un recinto que la delimita y protege. Cuando se trata de grandes
monumentos construidos sobre el terreno, la tumba propiamente
dicha suele estar debajo, en un hueco o habitáculo excavado.
En un primer momento, priman los elementos arquitectónicos
y epigráficos, produciéndose con el paso del tiempo
la incorporación de temas iconográficos (retratos,
escenas alusivas a menesteres y oficios, etc.) y un reforzamiento
del deseo de individualización que lleva en ocasiones
a romper el vínculo familiar de la sepultura y a privatizar
los enterramientos; la fórmula “hoc
monumentum heredes non sequetur”, que este monumento
no pase a los herederos, es buena muestra de ello. La mayor
parte de las tumbas carecían de hitos de señalización,
o éstos eran lo suficientemente simples como para haber
desaparecido en el curso de los siglos. Sin embargo, sobre ellas
podían también alzarse monumentos y edificios
de muy diverso tipo que, además de señalar su
ubicación, llamaban la atención de los vivos acerca
del individuo o de los individuos allí enterrados y hacían
que, gracias a su majestuosidad, riqueza o textos escritos,
el viajero se detuviera y dedicara un recuerdo al difunto. Por
ello no es de extrañar que estos monumentos alcanzaran
en ocasiones altas cotas de desarrollo arquitectónico
y complejidad ornamental. Emparentados con los monumentos turriformes
se encuentran otros que tienen apariencia de templo y que por
ello reciben el nombre de naomorfos; esta semejanza generalmente
se reduce a la fachada principal, aunque también puede
extenderse al resto del edificio. Queda claro que la mayoría
de las estructuras funerarias disponían de simples monolitos
indicadores de la tumba en forma de estela con o sin inscripción
o de altar.
La aparición del cristianismo supuso un cambio fundamental
en las necrópolis y en el tipo de tumbas, ya que se pasó
de la incineración al enterramiento. El uso de sarcófagos
solo podían permitírselo los grandes propietarios
de latifundios que se habían convertido al cristianismo,
cuyas sepulturas estaban en las necrópolis mezcladas
con las de los hispano-romanos que aún seguían
practicando la antigua religión. A las familias acomodadas
debían pertenecer también los mosaicos que recubrían
sepulturas. Como ornamentación de paredes o techos de
edificios religiosos o de tumbas, pudieron emplearse las placas
o ladrillos. Están trabajados a molde y presentan temas
decorativos muy variados, geométricos, vegetales, animales,
figurados, peltas, crismones, cráteras y otros, a veces
con inscripciones. |
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