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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMANIZACIÓN |
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LA CONQUISTA ROMANA |
Roma y Cartago, el enfrentamiento
entre dos grandes potencias
Entre los años 264 y 202 a.C. el Mediterráneo
Occidental se convertiría en el marco y testigo del conflicto
entre dos grandes colosos citados con el nombre de sus ciudades
capitales: Roma y Cartago. Dicho conflicto, que tuvo sus orígenes
en la política de expansionismo territorial y comercial
de ambas potencias, se extendió por la península
Itálica, las islas de Córcega, Cerdeña
y Sicilia, la Península Ibérica y el norte de
África. Cartago, cuya fundación mítica,
significativamente, relacionó Virgilio con la de Roma,
se encontraba ubicada en el golfo de Túnez y basaba gran
parte de su prosperidad en la actividad mercantil (dominaba
algunas bases costeras, rutas y establecimientos en el sur europeo
y norte africano).
Tras la primera guerra púnica (264 a 241 a.C.), la victoria
de Roma sobre Cartago supuso la ruptura del equilibrio político
y económico existente en el Mediterráneo ya que,
además de perder sus dominios sobre Sicilia, Cartago
debía pagar 2.200 talentos a Roma como indemnización
de guerra (a los que se añadirían luego otros
1.200 como penalización a su intento de recuperar Cerdeña).
Incluso más conflictiva para Cartago resultaría
la deuda contraída con el grueso de su ejército,
compuesto básicamente por mercenarios, que armados reclamaban
su paga provocando peligrosas revueltas. Tales circunstancias
resultarían insostenibles y exigirían respuestas
rápidas y eficaces que permitiesen reponer las vacías
arcas del Estado Cartaginés y abrir las puertas de nuevos
mercados a su oligarquía comerciante.
Dado que, tras el conflicto, el ámbito costero mercantil
cartaginés había quedado muy reducido, el Senado
se vio obligado a considerar alternativas que permitiesen la
expansión, situación que los condujo a la encrucijada
de decidir entre dos posibilidades: la costa norte africana
y la costa meridional de la Península Ibérica
(fue Amilcar Barca quién consiguió que el Senado
se decidiera por la segunda opción). Los autores clásicos
calificaron a la nueva expansión Cartaginesa de “reconquista”,
probablemente al considerar como razonable el hecho de que Cartago,
heredera de los intereses fenicios, asumiera la explotación
de sus bases comerciales (salazones, minas, esparto, etc.),
famosas por su productividad en el mercado mediterráneo.
En el año 237 a.C. Amílcar Barca desembarcó
en Gades con su hijo Aníbal y su yerno Asdrúbal
y pronto sometió el valle del Guadalquivir y fundó,
en torno a la Albufereta de Alicante, una fortaleza conocida
como Akra Leuke. Ante el rápido avance cartaginés
Roma envió una embajada que recibió como respuesta
un buen pretexto: las campañas de Amílcar Barca
en la Península Ibérica tenían como único
objetivo el conseguir recursos suficientes para poder pagar
las deudas a Roma. A la muerte de Amílcar en el año
229 a.C., en el transcurso de su lucha contra el rey de los
Oretanos, le sucedió su yerno Asdrúbal con plenos
poderes, quién desplegó una política diferente
estableciendo tratados de amistad con los reyezuelos indígenas.
Asdrúbal fundó la ciudad de Qart Hadast (conocida
más adelante como Cartago Nova), que pronto se convirtió
en el centro político y militar púnico en la Península
debido a su magnífico puerto natural y a su excelente
situación geográfica, ya que en su entorno se
hallaban las ricas producciones de esparto y se encontraba próxima
al importante centro minero de Cástulo.
Roma, alertada por sus aliados griegos de Massalia (Marsella)
del auge y expansión del Imperio Cartaginés, firmó
con Cartago el “Tratado del Ebro” en el año
226 a.C., que imponía como límite territorial
sobre la Península Ibérica el curso de éste
río, prohibiéndose a los cartagineses atravesarlo
con sus armas. La conquista de la ciudad de Sagunto (ubicada
indudablemente al sur del Ebro), a manos de Aníbal en
el año 219 a.C., dio origen a la segunda guerra púnica.
En este sentido, Sagunto suscita importantes interrogantes,
ya que se desconoce cuándo y bajo que circunstancias
quedó integrada entre las aliadas de Roma y cuales fueron
las causas de la no intervención directa de esta última
durante el ataque de Aníbal (cayó tras ocho meses
de asedio). Sólo cuando fue conquistada, Roma tomó
cartas en el asunto y le declaró la guerra a Cartago.
Autores clásicos como Polibio o Tito Livio se preocuparon
por analizar las causas de la guerra a través de los
hechos iniciales, concluyendo que Sagunto no fue más
que una excusa para comenzar una hostilidad inevitable, ya que
ambas potencias tenían claramente definida su estrategia
y estaban resueltas a llevar adelante un conflicto que diera
como resultado la caída y posterior desaparición
del enemigo. Según Polibio “es
probable que la declaración de guerra a Cartago obedeciera
a un plan estratégico meditado previamente por Roma que
se vio tremendamente obstaculizado por el genio militar de Aníbal” |
La Segunda Guerra Púnica
– Primera Fase de la Conquista
Aníbal antes de marchar sobre Italia dejó cubiertas
y establecidas muchas operaciones necesarias en Hispania. Realizó
una rápida incursión hacia Salmantica (Salamanca)
y Arbucala (Toro o Zamora), dónde reclutó varios
miles de mercenarios destinados a la defensa de Cartago; retuvo
en Sagunto y Cartagena rehenes de las principales familias indígenas
(lo que garantizaría su sumisión) y posicionó
sus fuerzas de forma estratégica (Asdrúbal al
sur y Hannon al norte del río Ebro), de forma que cerraran
el paso al ejército enemigo y permitieran una comunicación
segura y abierta a cualquier ayuda procedente de Cartago (dinero
o tropas). En el año 218 a.C., mientras el ejército
de Aníbal se dirigía a Italia a través
de los Pirineos, Cneo Escipión al mando del ejército
romano, junto con su hermano Publio, desembarcó en Emporion
(ciudad de origen griego aliada de Roma). Atravesando el valle
del Ebro recuperó Sagunto (liberando a los rehenes indígenas)
y luego se dirigió hacia el sur. Si bien de sus campañas
por la Península destacan como aspectos fundamentales
la rapidez del avance y el despliegue diplomático con
los indígenas (consiguió el sumar como aliados
a varios reyezuelos locales como Indíbil, Mandonio y
Edecón, rey de los Edetanos), su táctica resultó
ser excesivamente arriesgada y ambos generales romanos, Cneo
y Publio, cayeron en Urso y Cástulo respectivamente en
el año 211 a.C.
Poco después llegó a Hispania el hijo de Publio,
Publio Cornelio Escipión, quién sometió
en el año 209 a.C. la ciudad de Cartago Nova (capital
cartaginesa en la Península). A partir de ese momento
Escipión comenzó una campaña de sometimiento
sistemático de los territorios que se encontraban bajo
control cartaginés; así cayeron: Cástulo
(Linares), Baécula, Ilipa (Lora del Río), Carmo
(Carmona) y con ella el resto de la Turdetania. La fenicia Gades,
que no estaba muy conforme con el dominio cartaginés,
prefirió establecer con Roma un pacto ventajoso. El año
206 a.C. marcó el final de la presencia cartaginesa en
la Península Ibérica y el final del dominio de
los Barca, que había comenzado treinta años antes.
Finalmente, Roma se convirtió en la primera potencia
indiscutible del Mediterráneo a partir de la definitiva
victoria sobre Cartago en la batalla de Zama (202 a.C.), que
desencadenó la anexión de los nuevos territorios
al dominio romano (en la Península Ibérica todo
el sur, desde Cádiz hasta Cartagena, las ricas tierras
del Levante y las del Valle del río Ebro). |
Los
primeros pasos del asentamiento y la administración romana
Tras la batalla de Ilipa, Escipión fundó el núcleo
urbano de Itálica con el objetivo de poder dar alojamiento
a los heridos en combate. Este fue el primer antecedente de
una importante iniciativa que indicaba, entre otros interesantes
aspectos, la voluntad de Roma de permanecer en la península.
Tras gestiones ante el Senado del propio Escipión fueron
enviados a Hispania dos pretores, cada uno con el mando militar
sobre una legión, que actuarían como magistrados
de las dos provincias en que se dividió el territorio:
L. Léntulo para la Hispania Citerior y M. Manlio Acidino
para la Hispania Ulterior. A esta rudimentaria administración
se añadiría el cuestor, encargado de la justicia,
y los publicani, que recaudaban los impuestos. La capital de
la provincia Ulterior fue Cartago Nova y el río Guadalquivir
era su límite nord-occidental. Corduba, fundada en el
151 a.C. por Claudio Marcelo, fue la capital de la provincia
Citerior, que abarcaba la costa levantina y el valle del río
Ebro. Ambas provincias aumentaron sus territorios con el avance
de las conquistas.
Si bien las fuentes clásicas (Apiano, Livio, Plutarco)
nos hablan de las riquezas que los pretores enviaban a Roma,
los acontecimientos no debieron ser tan favorables. Al poco
tiempo de la división provincial se produjo una rebelión
en el valle del río Guadalquivir dirigida por dos régulos:
Culchas, que reinaba sobre diecisiete ciudades y Luxinios, rey
de Carmo y Bardo entre otras poblaciones. A ellos se sumaron
las ciudades fenicias de Malaca y Sexi y los habitantes de la
región comprendida entre los ríos Guadiana y Guadalquivir
(la Baeturia). Dada la situación, el Senado decidió
enviar en el año 195 a.C. al cónsul M. Porcio
Catón al mando de dos legiones. El formidable despliegue
militar provocó la sumisión de los indígenas
sin resistencia (sólo la ciudad de Segesta, opuso resistencia,
y fue sitiada y tomada). A partir de ese momento Catón
inició una nueva etapa en la conquista de Hispania, imponiendo
el orden por la fuerza y justificando la explotación
de los indígenas por el enriquecimiento y engrandecimiento
de Roma. Fue el modelo seguido por los gobernadores posteriores,
que entre los años 194 y 182 a.C. sufrieron rebeliones
de lusitanos y celtíberos.
La cuestión de la reorganización de las fronteras,
según Apiano y Tito Livio, fue continuada en la provincia
Citerior por Tiberio Sempronio Graco durante los dos años
de su mandato (180 al 179 a.C.) y por L. Postumio Albino pretor
en la provincia Ulterior. Para mantener las fronteras y el orden
interior, Graco desarrolló un eficiente sistema de pacificación,
fundamentado en tratados y alianzas con las comunidades indígenas,
estableciendo el pago de un tributo anual, llevando a cabo una
política de distribución de tierras entre sus
gentes y pactando la posibilidad de su incorporación
en el ejército romano como tropas auxiliares. Sin lugar
a dudas, alcanzó finalmente el saldo positivo de lograr
treinta años de relativa paz en las provincias hispanas.
Si bien el gobierno de Graco no difería demasiado de
la política que Escipión había iniciado
con el dominio romano en la península, en su obra se
refleja un intento de consolidar e integrar a la Península
Ibérica en la administración romana (proyecto
que se vio truncado por la intransigencia de la oligarquía
senatorial de Roma). La postura de Roma, agravada por los problemas
sociales y la pobreza de muchos sectores indígenas que
les llevaba a un bandolerismo endémico sobre las tierras
ricas del sur, desembocó en un nuevo período de
lucha aún más largo y penoso: Las guerras Celtíbero-Lusitanas. |
Las
Guerras Celtíbero-Lusitanas – Segunda Fase de la
Conquista
La falta de tierras y de medios obligaba a un amplio sector
de la población lusitana, que vivía del pastoreo
en las montañas, a descender y realizar incursiones sobre
las ricas tierras del sur (práctica también utilizada
por sus vecinos los Vettones, que con frecuencia se unían
a los primeros). En el año 155 a.C., con las primeras
incursiones de los lusitanos dirigidos por Púnico y Caisaros,
comenzó este conflicto bélico que fue de los más
duros y prolongados que tuvo que soportar Roma. La guerra alcanzó
su período más crudo entre los años 151
y 139 a.C., tras las represiones del pretor Galva, que atrajo
a los lusitanos con la falsa promesa de que se realizarían
repartos de tierras para luego cercarlos con sus tropas y masacrarlos
(las cifras oscilan entre 9.000 y 30.000 hombres). Tal suceso
provocó que Viriato, que había sobrevivido a la
matanza, se alzara como caudillo de los rebeldes contra el dominio
y la crueldad romana, manteniendo en jaque al ejército
romano hasta su muerte en el año 139 a.C. Un año
después, el cónsul Décimo Junio Bruto pacificó
esta región, llegando en sus campañas al río
Miño (y fundó la ciudad de Valentia, donde alojó
a los soldados licenciados guerras).
El otro bloque de la guerra tuvo orígenes distintos ya
que los romanos acusaron a los celtíberos de no cumplir
los pactos establecidos con Sempronio Graco. Es posible que
estos pueblos, basados en una fuerte organización gentilicia,
se encontrasen en un momento de evolución hacia un desarrollo
social y político más avanzado basado en un sistema
de pactos y alianzas entre pueblos vecinos (situación
peligrosa que el Estado romano no podía permitir). Esta
inestabilidad provocó que entre los años 143 y
133 a.C. varias ciudades acaudilladas por Numancia se unieran
en un frente común contra Roma.
Roma fue tomando una a una las ciudades rebeldes, quedando como
último reducto de oposición la ciudad fortificada
más importante, Numancia, cuya gesta fue comentada por
el historiador Floro: “...
aún siendo inferior en poderío a Capua, Cartago
o Corinto es equiparable a todas ellas por su fama y su valor...
porque con escasos medios resistió sola durante once
años a un ejército de cuarenta mil hombres”.
Sin embargo cuando el genio militar de Publio Cornelio Escipión
Emiliano, vencedor de Cartago, se hizo cargo del ejército
acampado ante sus murallas y procedió a su conquista,
Numancia apenas se sostuvo durante algo más de un año.
Si bien la caída de Numancia en el 133 a.C. marcó
el final de las guerras celtíbero-lusitanas, las revueltas
continuaron hasta el 82 a.C., en especial en la zona lusitana. |
Hispania
en las Guerras Civiles – Tercera Fase de la Conquista
En el 133 a.C. se produjo en Roma la denominada “Crisis
de la República”, que trajo aparejada una profunda
reforma socio-económica y la caída de los hermanos
Tiberio y Cayo Graco (hijos del pacificador de Hispania). Si
bien los factores que provocaron el desequilibrio social, económico,
político e incluso cultural del Estado romano tienen
un origen muy anterior, fue éste el momento más
crítico y el punto de inflexión de la tensión
que se sufría en el ambiente político y social
romano. Ello se debía en gran parte a la decadencia de
las instituciones y al excesivo poder de las grandes familias
oligárquicas en detrimento del campesinado itálico,
situación que se vería agravada por las revueltas
de los esclavos.
Este acontecimiento terminó de dividir a los miembros
de la Nobilitas romana en
dos grandes bloques políticos: los populares,
que defendían en líneas generales el paquete de
reformas propuesto por los Graco (repartos de tierra, concesión
de ciudadanía a los aliados, reforma de los tribunales,
etc.) y los optimates, que
aunque accedían a ciertos cambios, se oponían
al primero como bloque tradicional y conservador. Otro de los
factores decisivos en el desarrollo de los acontecimientos fue
la reforma realizada por el popular Mario en el año 107
a.C. que permitía a la clase de los proletarii
el incorporarse al ejército romano, hecho que provocó
que gentes sin medios económicos y que buscaban hacer
fortuna de la forma más rápida posible se enrolaran
a las filas de las legiones. La consecuencia más inmediata
fue la vinculación directa del ejército con su
general (y no con el Estado), sea por lazos militares y de caudillaje,
o porque el líder aseguraba la victoria y el botín.
El optimate Sila, a partir de un golpe de estado, quedó
como dueño de Roma e inició una sistemática
represión contra los populares con una lista de proscritos
amenazados de muerte. Entre los perseguidos se hallaba Sertorio,
nombrado gobernador de la Hispania Citerior y destituido antes
de poder ejercer su cargo. |
La
Guerra Sertoriana (82 al 72 a.C.)
La figura de Sertorio de por sí es polémica ya
que para algunos fue un traidor (o un aventurero rebelde en
busca de fortuna) y para otros representó el modelo de
caudillo héroe. Según las fuentes (Livio, Plutarco
y Salustio) los primeros años de Sertorio debieron ser
duros y difíciles, hecho que se desprende de las crónicas
de sus viajes en busca de ayuda al norte africano. En el año
80 a.C. y ya de regreso en la Península, buscó
ayuda en la Lusitania y con el apoyo indígena no tardó
en hacerse con el control de la Hispania Citerior. La obra de
Sertorio quedó plasmada en el establecimiento de la capital
en Osca (Huesca), desde dónde dispuso toda una nueva
organización administrativa y militar: formó un
Senado y unas magistraturas con exiliados romanos; organizó
un ejército al modo romano con elementos indígenas
preparados; utilizó lazos sagrados de vieja tradición
indígena con lusitanos y celtíberos (como la Fides
y la Devotio que exigía
la fidelidad personal al caudillo hasta la muerte) y estableció
una escuela donde se educaba conjuntamente a los hijos de las
familias romanas e indígenas.
El asentamiento y los éxitos de Sertorio en Hispania
decidieron a Sila a enviar a la Península en el año
79 a.C. a Quinto Cecilio Metelo como procónsul de la
Provincia Ulterior al mando de dos legiones. Éste en
inferioridad de condiciones realizó un espectacular avance
hacia el interior de la Lusitania, jalonado de fundaciones de
ciudades como Metellinum y Casta Caecilia, que culminó
en una encerrona que le privó de la mitad de sus efectivos.
Tras la estéril campaña de Metelo en la Lusitania
y con Sertorio en el momento más álgido de su
poder, Sila decidió enviar a Cneo Pompeyo Magno como
procónsul en el 76 a.C. con un ejército de 50.000
hombres para acabar con el disidente. En el año 72 a.C.
La conjunción de los ejércitos de Metelo y Pompeyo
permitió acabar con la resistencia militar de Sertorio,
si bien este hecho no fue el factor definitivo en el fin de
su mandato. Posiblemente la Lex Plautia
de Redditu Lepidarorum del año 73 a.C. que daba
amnistía y permitía a los exiliados recuperar
su antigua posición, haya convencido a los antiguos aliados
de Sertorio de que la mejor solución para obtener una
salida a la situación pasaba por realizar una conjura
contra su líder. Tras la traición Sertorio se
suicidó (o fue asesinado) y sus partidarios se rindieron
a Pompeyo. |
La
Guerra Civil en Hispania entre César y Pompeyo (49 al
44 a.C.)
A partir de la segunda mitad del siglo I a.C. los acontecimientos
que se sucedieron en la Península fueron un fiel reflejo
de las tensiones y eventos de la política romana. Es
posible que la romanización indígena y el asentamiento
itálico estuviera lo suficientemente consolidado para
que diera sus primeros frutos en la denominada guerra civil
entre los dos grandes gigantes de la historia de Roma, Julio
César y Pompeyo. Pompeyo supo aprovechar su éxito
en la Guerra Sertoriana; no sólo sometió a los
rebeldes a Roma, sino que consiguió reforzar en la Península
su poder personal, político y militar.
Su conducta respondía al momento político que
Roma atravesaba, ya que los grandes jefes militares buscaban
la autoridad y el protagonismo político, tanto frente
al Senado, donde captaban sus propios partidarios, como frente
a otros personajes relevantes de la vida política romana.
Tal vez Pompeyo aprendió la lección de Sertorio
y utilizó la fidelidad de los indígenas hispanos
para aumentar considerablemente su clientela a través
de la concesión de la ciudadanía romana a personas
influyentes de la nobleza indígena (sancionadas por la
Lex Gellia-Comelia) y el reparto
de tierras a todas las tribus de la Celtiberia como premio a
su lealtad. Esta relación entre patrono y cliente obligaba
al apoyo político y militar de los indígenas a
Pompeyo, quién a su vez se comprometía a defender
su causa en la propia metrópoli.
Cuando marchaba a Roma, en la primavera del año 71 a.C.,
Pompeyo levantó un trofeo con su estatua en el paso pirenaico
de Perthus como símbolo de su gran poder militar (contaba
con siete legiones) y prestigio personal (disponía de
una considerable clientela). Las ambiciones de Julio César,
líder de los populares, eran similares. César
no perdió el tiempo y aprovechando su estancia en Hispania,
primero como cuestor en el año 69 a.C. y después
como gobernador de la Provincia Ulterior en el año 61
a.C., desplegó su indudable habilidad política
y utilizando los mismos recursos que su rival atrajo a su causa
a provinciales e indígenas mediante relaciones de clientela,
logradas tras solucionar conflictos internos, establecer medidas
fiscales y repartos de tierra a los soldados licenciados. Incluso
alcanzó el prestigio del triunfo en el año 68
a.C. (aclamado Imperator por
su ejército), en una campaña militar de pacificación
en el extremo noroccidental de la Lusitania al tomar la ciudad
de Brigantium y obtener la sumisión definitiva de estos
pueblos.
César supo jugar con su situación favorable frente
al momento difícil que atravesaba Pompeyo (en abierto
conflicto con el Senado). Ambos junto con Craso, el hombre más
rico de Roma, lograron un acuerdo denominado impropiamente Primer
Triunvirato, que fue ratificado en la llamada Conferencia de
Lucca. El primer beneficiario fue César, que logró
su elección para el consulado en el año 59 a.C.
con un mandato extraordinario que le permitía la conquista
de las Galias. Cuando Pompeyo y Craso alcanzaron el consulado
en el año 55 a.C. se produjo el reparto de las provincias
de Roma: Craso eligió Siria, dónde halló
la muerte, César optó por las Galias y Pompeyo
eligió Hispania y África. Pompeyo decidió
permanecer en Roma y logró que el Senado en el año
53 a.C. le nombrara cónsul único con poderes extraordinarios
(Cónsul Sine Collega).
Cuando tres años más tarde el Senado dictó
una ley sobre las magistraturas que perjudicaba directamente
a César, la respuesta no se hizo esperar. En el año
49 a.C. César atravesó con su ejército
de las Galias la frontera del río Po, marchando hacia
Roma, lo que provocó la huida de Pompeyo y sus partidarios
que se hicieron fuertes en Oriente.
Quedaba pues la Península Ibérica como zona decisiva
de las hostilidades, dónde los seguidores de César
y Pompeyo tendrían que jugar la baza decisiva para alcanzar
el poder. La concentración de una gran fuerza militar:
seis legiones de César y siete de Pompeyo bajo el mando
de Afranio, Petreyo y Varrón, demuestran la magnitud
que alcanzarían las operaciones. Solo el genio militar
de César permitió que Hispania pasara a su esfera
política sin demasiadas dificultades tras las operaciones
militares de la campaña de Ilerda (entre el 49 y el 47
a.C.).
Una vez concluidas César procedió a la total pacificación
de la Península con otro tipo de acciones convincentes
ya utilizadas: concesiones de ciudadanía, reducción
de cargas fiscales y la devolución de las riquezas confiscadas
al famoso templo de Hércules-Melqart en Gades, donando
a ésta ciudad el título de Municipium. César
dejó a Q. Casio Longino como gobernador de la Ulterior
y M. Lépido como gobernador en la Citerior, pero la mala
gestión de éste último predispuso a que
afloraran nuevamente las tendencias pompeyanas. La causa de
éstos, dirigidos tras la muerte de Pompeyo por sus hijos
Cneo y Sexto, encontró considerables apoyos (habían
logrado reunir once legiones). César decidió venir
de nuevo a Hispania en el año 46 a.C. para terminar con
la guerra. De nuevo se impuso su genio militar y tras un rosario
de cruentas batallas (como el asedio de la ciudad de Ategua),
venció definitivamente a los pompeyanos en la batalla
de Munda (cerca de la ciudad de Osuna). A pesar de la contundencia
de su victoria, todavía le llevó un tiempo el
someter a las ciudades, dónde hubo crueles represalias
entre los partidarios del sector pompeyano de la Bética
(Corduba, Hispalis, Carteia y Urso). Cneo Pompeyo murió
en los enfrentamientos y Sexto Pompeyo logró refugiarse
entre los indígenas celtíberos, clientes de su
hermano, manteniendo la rebeldía durante algún
tiempo. De nuevo fue la amnistía concedida por el Senado
la que permitió que volviera a la vida política
romana.
En el período comprendido entre el asesinato de César,
en los famosos Idus de marzo del año 44 a.C., y la batalla
de Actium, que consolidó el principado de Augusto en
el año 31 a.C. Hispania estuvo sucesivamente bajo el
control de los tres triunviros: Lépido, Marco Antonio
y Octavio. A diferencia del Primer Triunvirato, no se desarrolló
en la Península ninguno de los grandes enfrentamientos
entre ellos, y durante este período sólo nos han
llegado testimonios referentes a rebeliones y revueltas de lusitanos
o acciones de bandidaje por la Sierra Morena, sofocadas por
Asinio Polión, Domicio Calvino o el propio Lépido.
Aunque éstas no debieron tener demasiada importancia,
sirvieron para que muchos de los gobernadores celebraran el
triunfo en Roma. Con la llegada de Augusto al poder como primer
Emperador de Roma, tuvo lugar otro ciclo de guerras, con el
que se completaría la dominación romana de Hispania. |
La
Campaña de Augusto contra Cántabros y Astures
La zona comprendida en torno a la cordillera Cantábrica,
desde el norte de León hacia el mar, estaba habitada
por los pueblos galaicos, astures y cántabros, aún
no sometidos a Roma. No era una región especialmente
rica y poblada, y los importantes sucesos de las guerras civiles
hicieron que su conquista quedara relegada a tiempos mejores.
En el año 29 a.C., consolidado el principado de Augusto,
éste decidió completar la pacificación
y el dominio romano en todo el imperio. Los motivos que dieron
lugar a las guerras cántabras pudieron ser varios: la
explotación de los recursos mineros de la cornisa cantábrica,
evitar el la inestabilidad en aquella zona, el propio prestigio
militar de Augusto con su participación personal y sobre
todo, el establecimiento definitivo de la paz y la prosperidad
en un único Princeps.
La guerra debió resultar difícil y exigió
tiempo y esfuerzos (en el tiempo que Augusto estuvo al frente
de las operaciones militares concentró a siete legiones
y la armada en el Cantábrico).
Las operaciones comenzaron en el 29 a.C. y se extendieron desde
los Pirineos hasta el río Miño. La estrategia
romana consistió en rodear a la región cantábrica
con campamentos militares permanentes, y penetrar en el territorio
enemigo avanzando simultáneamente con tres columnas:
una por el este, desde Segisamo (en Burgos) hasta Cantabria,
en cuya costa desembarcó la flota romana realizando un
movimiento de pinzas sobre el enemigo; otra por el centro, que
desde Asturica (Astorga) se dirigió hacia el Bierzo y
Asturias; y la tercera por el oeste, que partiendo de Bracara
(Braga) se dirigió hacia Galicia. Aunque la resistencia
de los pueblos indígenas fue tenaz, para el año
25 a.C. prácticamente toda la región estaba sometida.
En los años posteriores se produjeron nuevos levantamientos
(como el astur del año 22 a.C.) que pusieron en peligro
las conquistas realizadas. Para sofocar la rebelión Augusto
envió a su mejor general, M. Vipsanio Agrippa, que obtuvo
la victoria definitiva y con ella la sumisión de la totalidad
de Hispania en el año 19 a.C. Para evitar la posible
aparición de nuevos focos de conflicto, los combatientes
indígenas que sobrevivieron a los combates fueron enviados
a las minas como esclavos y gran parte del resto de la población
fue dispersada en diferentes asentamientos de la meseta. |
La
obra de César y Augusto en el asentamiento de Roma en
Hispania
Es tradicional el considerar las fases del asentamiento romano
en la Península en dos períodos diferenciados:
anterior y posterior a César. Ciertamente su política
en Hispania marca un profundo avance en la incorporación
de la Península y su integración a la cultura
romana en sus diferentes facetas. Las medidas tomadas por César
tuvieron como fin más inmediato el total sometimiento
de la Provincia Ulterior, con una serie de disposiciones favorables
para quienes fueron leales y la represión y castigo a
sus enemigos vencidos. Así comenta Dion Casio que premió
la lealtad con donaciones de tierras, liberación de cargas
fiscales e incluso con concesiones de ciudadanía y de
condición de colonos romanos a indígenas.
La falta de mayor detalle en la información que brindan
las fuentes impide conocer el alcance cualitativo y cuantitativo
de los beneficios otorgados por César; ya que resultaría
excesivamente simplista el considerar su obra en base al premio
a unos y escarmiento a otros. La puesta en práctica de
un conjunto de medidas de carácter social, jurídico
y político en las provincias hispanas hizo que progresaran
considerablemente en su camino hacia la integración en
la cultura y el modo de vida romano. Es muy probable que Julio
César utilizara los modelos ya iniciados por Pompeyo
e incluso anteriormente por Sertorio en su política de
captación del elemento indígena a su causa, ofreciendo
a cambio unos beneficios para cuyo disfrute exigía necesariamente
la adaptación e integración en el “mundo
romano”.
Adquirir la ciudadanía suponía participar con
plenitud de derechos en la vida, la cultura y la política
de Roma. Aunque la obra de César no se caracterice por
su originalidad supera a la de sus antecesores por su mayor
apertura y sobre todo por la genialidad de su visión
política. La colonización, en su estricto sentido,
no alcanzó la importancia y extensión hasta que
César sentó las bases para su desarrollo en el
Imperio, clara muestra de que su visión no se limitaba
a la prosperidad y estabilidad de Roma, sino que se extendía
a las Provincias. Algunos de los centros fueron colonias de
nueva creación: Scallabis (Santarém), Hispalis
(Sevilla), Urso (Osuna), Hasta Regia (Jerez de la Frontera),
Ucubi (Espejo), Itucci (Baena). Otros núcleos urbanos
adquirieron el rango de colonia, como Metellinum, Cartago Nova,
Tarraco y Celsa (Velilla del Ebro).
Augusto siguió las directrices de su padre adoptivo,
Julio César, rasgo propio de su línea respetuosa
para con la obra e instituciones anteriores, sometiéndolas
al control de la administración central, o sea, a su
propio control. Continuó la política de Cesar
de realizar fundaciones coloniales, destacando Pax Iulia, Caesar
Augusta y Augusta Emerita. Perfeccionó el programa de
organización municipal iniciado por César, regulando
la diversidad de municipios y jurisdicciones existentes a través
de la Lex Iulia Municipalis,
de la que nos han llegado algunos fragmentos, con el consiguiente
ordenamiento de los diferentes núcleos urbanos. Estableció
sus correspondientes magistrados y funcionarios y mantuvo las
competencias de las instituciones indígenas (aunque adaptadas
al modo romano). Reestructuró las Provincias, dividiendo
la antigua Ulterior en dos provincias distintas con el río
Guadiana como límite: la Baetica al sur como Provincia
Senatorial y la Lusitania al norte como Provincia Imperial,
cuya capital fue Augusta Emerita. En los últimos años
del principado de Augusto, entre el 7 y el 2 a.C., volvieron
a dividirse las provincias hispanas, pasando la región
del norte del Duero, el Saltus Castulonensis y las zonas entre
el alto Guadalquivir y el Mediterráneo a formar parte
de la Provincia Citerior, cuya capital fue Tarraco. Con esta
estructura provincial, la Península iniciaba un nuevo
período, ya inmersa en la vida y en la historia Alto
Imperial romana. |
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