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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMÁNICO |
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LA SIMBOLOGÍA
El símbolo consta de dos partes: un elemento simbolizador,
al alcance del que lo contemple, y un elemento simbolizado,
elemento no sensible que depende del impacto que produce el
elemento simbolizador en la sensibilidad artística y
religiosa del espectador (las cosas no son solo lo que se puede
ver). En los símbolos románicos predomina su espíritu,
o sea, su significado profundo y no lo inmediatamente perceptible:
se consideraba como una literatura que se dirigía a todos,
aunque no todos pudiesen entenderla en la misma medida (un libro
abierto a todas las generaciones de fieles y monjes que permitía
la transmisión oral de su interpretación). En
todo símbolo existe una cierta eficacia deformadora,
debido al hecho de su abstracción y a su existencia secular.
Esto explica la predilección del arte románico
por las figuras mitológicas: grifos, sirenas y centauros
en los que su misma monstruosidad muestra, por una parte, su
inexistencia real y, por otra, una realidad interior del hombre
que de otra forma sería casi imposible representar de
modo cierto. Comprender una escena no es solo analizarla, ni
observar detenidamente sus elementos, es captar, penetrar intuitivamente
su profundidad y su verdadero alcance. |
Las representaciones de Dios
En el románico, como en otras religiones celestes, aparece
la representación de Dios. Ahora bien, aunque el cristianismo
tenga coincidencias con tales religiones , no se puede catalogar
del mismo modo ya que, por un lado, el cristianismo como manifestación
de Dios en Jesucristo se sitúa en un plano distinto a
todas las demás y, por otro, no puede considerarse una
religión de libro porque su característica esencial
es la adhesión y seguimiento de Jesucristo y no a unas
normas escritas concretas (consideradas simplemente un medio).
El cristianismo concreta por atribución el poder de Dios
en la representación humana en el Padre (anciano venerable),
como al Hijo se le atribuyó la manifestación de
la divinidad (Dios y hombre) y al Espíritu Santo la santificación.
El románico también lo suele representar como
una mano derecha, o “Dextera
Domini”, recogiendo una tradición antigua
sobre el símbolo de la mano que aparece en las religiones
no cristianas desde el paleolítico. |
Las representaciones de Cristo
El Pantocrátor es la
representación del Cristo en Majestad “Maiestas
Domini”, como Señor del tiempo y de las
cosas. La pintura del Pantocrátor
de Sant Climent de Taüll muestra la primera y última
letra del alfabeto griego (alfa y omega), el principio y el
fin; y en el libro abierto que Cristo sostiene en la mano se
puede leer “Ego Sum Lux Mundi”
(Soy la luz del mundo). Por esto el Pantocrátor
suele aparecer no solo en las portadas sino en los ábsides
de los altares, orientado hacia el nacimiento del sol, con Cristo
como corolario de toda la creación. suele acompañar
al Pantocrátor la representación
conjunta zoomórfica de los cuatro evangelistas (Tetramorfos):
el hombre (San Mateo), el toro (San Lucas), el león (San
Marcos) y el águila (San Juan). Esta representación
se basa en dos visiones bíblicas, la de Ezequiel y la
de San Juan en el Apocalipsis, siendo esta última la
escena que con más frecuencia se representa en el románico.
En las representaciones de Cristo en la Cruz se aprecia que
el Cristo románico no es un Cristo que sufre, sino que
es un Cristo glorioso que enlaza con la tradición bizantina:
un Cristo que venció a la muerte representada en la cruz,
que asumió el dolor, y que en cierto sentido conjuga
el dolor, la muerte y la gloria. La Cruz es, sin lugar a dudas,
el símbolo más importante de la Iglesia Cristiana,
pues en ella se encierra todo un significado de redención,
de la muerte de Cristo, del triunfo sobre ella y del sacrificio
que realizó por toda la humanidad. En el románico
abundan las representaciones del “descendimiento de la
cruz”, en las que se representa el dramático momento
en el que el cuerpo inerte de Cristo es descolgado de la cruz.
Se trata de un episodio en el que, a lo largo de los siglos,
se ha ido fijando una iconografía determinada en la que
nunca falta la presencia de María y San Juan el Evangelista,
además de los Santos Varones, José de Arimatea
y Nicodemo.
Otra representación de Cristo está dada por el
Crismón o anagrama de Cristo que aparece con frecuencia
en las portadas románicas. Está formado por las
dos letras mayúsculas griegas del nombre de Cristo: X
y P que se encierran en un círculo o clípeo (una
forma perfecta). Esta unión ha de considerarse el germen
de dicho símbolo, aunque es necesario realizar algunas
precisiones dada la cantidad de alteraciones y añadidos
que se fueron realizando con el transcurso del tiempo. En muchos
casos se añaden, pendiendo de la X, la primera y última
letra del alfabeto griego (alfa y omega, el principio y el fin).
En otros se traza un eje perpendicular al de la letra P formando
una cruz (referencia al sacrificio de Jesús). Otra variante
está dada por el Crismón Trinitario que se obtenía
agregando sobre el eje de la letra P, malinterpretada como la
inicial de Dios Padre “Pater”,
una letra S alusiva al Espíritu Santo “Spiritus”.
Esto último podría ser explicado atendiendo a
la ignorancia de aquellos que diseñaban los crismones
que seguramente confundieron la letra rho griega con la P latina.
El cordero, el pez, el león y el Unicornio son también
representaciones simbólicas de Cristo, muy usadas en
el arte románico. Cristo es representado como el Cordero
de Dios “Agnus Dei”,
ofrenda sin mancha que expió los pecados de la humanidad
(de la misma forma que un cordero se sacrificaba como ofrenda
a los dioses Cristo se sacrificó para la redención
del género humano). El cordero representa la imagen triunfante
de Cristo sobre la muerte, de ahí que en muchas ocasiones
se lo represente con los instrumentos de la pasión, fundamentalmente
la cruz. De igual modo se encontrará presente al final
de los días, según anticipa el Apocalipsis de
San Juan, dónde el cordero juega un papel principal.
El pez es sin duda una de las representaciones alegóricas
a Cristo más antiguas. Está presente en el románico
principalmente por el significado del acróstico YXTYS
(en griego pez) tomado de las palabras “Jesucristo Salvador”
escritas en griego. Más difícil resulta la interpretación
del león como símbolo de Cristo. En la antigüedad
egipcia, asiria y oriental en general, el león gozaba
de categoría divina, era reconocido como símbolo,
imagen y reencarnación de distintas deidades y como guardián
sagrado de palacios y templos (algunos autores antiguos le atribuían
la facultad de dormir con los ojos abiertos). Tal vez por la
influencia de estas representaciones extendidas de Oriente al
Mediterráneo, o porque en varios pasajes bíblicos
del Antiguo Testamento aparecen alusiones a Jesús como
el “León de Judá”, el románico
lo representa con esta configuración. Otra asimilación
del león está dada por la escena del felino devorando
a un ser humano pues, de acuerdo con las creencias anteriores
al cristianismo, un animal andrófago engulle a una persona
para proporcionarle una vida nueva. Ahora bien, no siempre el
león es símbolo de Cristo sino que, antitéticamente,
puede representar al maligno y de ello dan buena cuenta las
historias legendarias de héroes que los derrotan (el
enfrentamiento del ser humano con el pecado). |
La representación de
María
María aparece profusamente representada en el cristianismo
pero nunca deificada como ocurre en las religiones antiguas
en las que las representaciones femeninas personificaban a la
diosa madre (la fuerza cósmica de la naturaleza o la
fertilidad humana). María es una sencilla mujer judía,
Madre de Jesucristo, con dignidad sin igual: es virgen y madre
y como tal se la representa. También suele aparecer referida
al hijo representada como madre trono (Theotocos),
con el hijo en sus rodillas. |
Los Santos y los Apóstoles
En la religiosidad medieval era muy frecuente la cristianización
del fervor centrado en el culto a los santos de aquí
que abunden sus representaciones en la temática historiada
del románico como arquetipos al alcance de los hombres
(los santos se veneraban, admiraban e imitaban). Frecuentemente
las escenas representadas contienen la realización de
un milagro o la muerte del santo, sobre todo si éste
fue mártir. El colegio apostólico hace referencia
a los doce escogidos por Cristo para difundir su palabra por
todo el mundo (etimológicamente apóstol quiere
decir enviado) merced a la contemplación de su Resurrección,
de la que les hizo partícipes. Evidentemente, los apóstoles
fueron testigos de la mayoría de los acontecimientos
de la vida pública de Cristo, tomando un gran protagonismo
como conjunto en escenas como la Última Cena. Como figuras
aisladas suelen aparecer en momentos propios de su vida o martirio. |
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Las constantes bíblicas
Para entender la simbología bíblica hay que
tener en cuenta tres consideraciones importantes: que la visión
exacta escapa de una posible plasmación visual, que
el artista medieval que plasma los textos bíblicos
es autor de su obra y también lo es la sociedad y que
se debe ver en la plástica románica una simbología
mítica, porque el lenguaje de la Biblia lo es. Ante
esta situación de pérdida de las claves en un
conjunto tan enormemente rico como el bíblico, en muchos
casos resulta complicado el recuperar el verdadero sentido.
Mientras que la noción de felicidad perdida es común
a muchas religiones, el Génesis centra la atención
en la libertad del hombre para aceptar o rechazar el objeto
de la felicidad, en este caso Dios. Esta noción de
nostalgia que aparece en muchos mitos antiguos y que también
aparece en el relato bíblico permite la hipótesis
de que se trata de un sentimiento ubicado en lo más
profundo del hombre. El Dios de la Biblia se caracteriza por
su cercanía y por su permanente actitud benévola
(actitud que se concreta en continuos pactos con Noé,
Jacob y Abraham), por lo que el Génesis es una fuente
ideal para desarrollar el paralelismo antitético que
tanto gusta al románico ya que muchos de sus personajes
son auténticos símbolos (Eva tentadora y fecunda,
Sara estéril). Entre los temas más usualmente
representados están la expulsión del paraíso
(pérdida de la condición de inmortalidad del
género humano), escenas relativas a Caín y Abel
(enfrentamiento entre el bien y el mal) y Daniel en el foso
de los Leones (enfrentamiento entre el hombre justo y el maligno
que se salda con la victoria del hombre indefenso que pone
su confianza en Dios y por eso es fuerte y permanece firme
frente a todos los avatares).
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Los misterios de la vida
y de la muerte de Cristo
Es muy abundante su representación, sobre todo a pequeña
escala y generalmente en los capiteles (desde la Anunciación
hasta la Resurrección pasando por los milagros). La
Anunciación, siguiendo el relato evangélico,
se representa con el diálogo entre la Virgen y el arcángel
San Gabriel (las primeras representaciones son muy tempranas
e incluso se remontan al período paleocristiano en
las catacumbas). En el mundo románico los personajes
de La Anunciación se reducen a los imprescindibles:
el ángel se suele representar arrodillado y la Virgen
con una mano levantada, en señal de sorpresa, y con
la otra sosteniendo el libro de las sagradas escrituras que
está leyendo (en época posterior suele también
aparecer cosiendo). El término Epifanía es el
usado en la iconografía para designar al relato bíblico
de la adoración de los magos; aunque etimológicamente
significa “manifestación” (de Jesús
como Hijo de Dios). La tradición fijó, aunque
el relato evangélico no lo dice, en tres el número
de magos, cada uno representando a otras tantas razas o tipos
humanos, quedando perfectamente fijado el sentido del relato:
el Mesías vendría a serio de todas las gentes
sobre la tierra. Muchas veces se representa a los magos con
notorias diferencias de edad, señalando a Jesús
como Señor de la vida y del tiempo. Llama la atención,
en las representaciones románicas de la Epifanía,
la presencia secundaria de José, siempre apartado de
la escena, bien durmiendo, bien apoyado en su bastón,
cediéndole todo el protagonismo al grupo formado por
la Virgen, normalmente con el Niño en su regazo, y
los tres magos. A pesar de que el relato bíblico no
aporte datos para la representación de la escena de
la huída a Egipto, se trata de un episodio perfectamente
fijado desde el punto de vista iconográfico. La Sagrada
Familia es guiada hacia Egipto formando un pequeño
cortejo encabezado por José a pié y seguido
por la Virgen con el Niño montados en un asno. Otro
tema que por su drama fue muy representado a lo largo del
arte medieval es la matanza de los inocentes, pues permite
composiciones estremecedoras en las que los soldados blanden
sin piedad sus espadas mientras los inocentes infantes luchan
por salvar sus vidas ante la desesperada e impotente mirada
de sus madres. La representación de los milagros que
realizó Jesús en vida seguramente encantaría
la atención del hombre medieval ya que contiene un
profundo trasfondo que muestra a Cristo como la salvación
total para el hombre. A modo de ejemplo, el milagro del ciego
de nacimiento entroncaría con la temática “Cristo
Luz”. Las tinieblas son en la Biblia el reino del mal,
del pecado y de la muerte, mientras que la luz es el dominio
del bien, es decir, del mismo Dios (aquel que vive en relación
con la luz vive el mismo en la luz). Pero Cristo va más
lejos todavía, no solo cura al ciego y le aporta luz
sino que él mismo es la luz. A lo largo de la vida
pública de Cristo son muchas las escenas que nos hablan
de su milagroso recorrido por la tierra de Israel. Iconográficamente
su representación suele ser bastante similar en la
mayoría de los casos: Cristo aparece obrando el milagro
de pie, generalmente de mayor tamaño, mientras que
aquel que lo recibe se postra ante él.
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La temática animalística
Los animales ocupan en el arte románico un puesto de
excepción: no son simplemente motivos estético
decorativos sino que trascienden este plano para asumir un
sentido teológico moral. Las descripciones físicas
de distintos animales reflejadas en las fuentes románicas,
de gran influencia oriental, y el desarrollo de su simbolismo
en una época épica en la que predominaba el
conocimiento imaginativo sobre el lógico, condujeron
a una importante persistencia de representaciones de animales,
de lucha entre animales o híbridas humano-animal. Con
el paso del tiempo tanto los animales como sus costumbres
se fueron moralizando y se convirtieron, con sus virtudes
y vicios, en símbolos de la vida humana. En algunos
casos la representación llegó a ser polivalente
y un mismo animal podía simbolizar una virtud o el
vicio contrario (en función del contexto pétreo).
Para Jesucristo se admiten entre otros los siguientes animales:
cordero, el pez, el león y el unicornio. Para el demonio:
la serpiente, la ballena, el murciélago, la rana, el
sapo y el león. Símbolos de las virtudes: castidad
(abeja, paloma, unicornio, salamandra), esperanza (golondrina),
fidelidad (perro), humildad (camello), inocencia (cordero,
paloma), justicia (avestruz), piedad (cigüeña),
pudor (elefante, tortuga), vigilancia (gallo, grifo, león)
y virginidad (abeja). Símbolos de los vicios: avaricia
(dragón, topo, ardilla), cólera (oso, jabalí),
envidia (sapo), glotonería (halcón, lobo, puerco),
hipocresía (murciélago, zorro, cocodrilo), embriaguez
(mono), lujuria (macho cabrío, serpiente, cabra), orgullo
y vanidad (pavo real, urraca, mono), pereza (asno, tortuga,
caracol). Divinizada por las religiones de signo telúrico
la serpiente es para el cristiano, al igual que para el judío,
el animal que encarna todas las maldades y, por ello, es objeto
de desprecio. Esta consideración arranca en el mismo
inicio de la Biblia, en el Génesis, donde es la serpiente
la que tienta a los Primeros Padres y la culpable de un pecado
de graves consecuencias. Con todas estas connotaciones negativas
llegó hasta el mundo románico, donde la creencia
popular la identificó con el demonio, el enemigo irreconciliable
de Dios. En muchos casos no es la forma zoomórfica
del demonio, sino que sirve para afianzar la constante maléfica
del personaje al que acompaña e incluso para representar
determinados vicios, especialmente la lujuria. Los Monos aparecen
como caricatura del hombre de aspecto degradante encarnando
acciones tales como la hipocresía o la adulación
(en el románico también suele representar al
demonio que quiso ser Dios y se quedó en un remedo
desfigurado.
Se presentan además seres híbridos y monstruosos
producto de la fantasía oriental que a través
de la mitología pasaron a los monumentos románicos.
En el románico las Esfinges (cabeza humana, cuerpo
de león y alas de águila) suelen aparecen muy
próximos al presbiterio como representación
del castigo fulminante por el hecho de entrar a los lugares
sagrados. Los Grifos (mezcla de águila y el león)
reunían en si mismos las características propias
del león (dinamismo y fiereza) y del águila
(quietud y vigilancia), valores que los convertían
en los mejores guardianes. Las Sirenas (con forma de mujer
y doble cola de pez) simbolizaban un riesgo moral, la tentación
de la carne, ya que seducían y ahogaban al quiénes
las siguieran. Las Harpías (cuerpo de ave y cabeza
de mujer) representan seres con ansia de sangre. A veces presentan
lengua trífida que saliendo de la boca se dirige hacia
el suelo o se enrosca con las de otras congéneres,
dando lugar a una iconografía que podría ponerse
en relación con el exceso en el uso del lenguaje (entendido
como alcahuetería). Los Centauros (mezcla de hombre
y caballo) son símbolos clásicos de brutalidad
(luchan contra los héroes para satisfacer sus deseos).
En cierto modo por su carácter masculino, activo y
violento, suelen contraponerse a las sirenas (femeninas, pasivas
y seductoras). El Dragón, animal nacido en las culturas
orientales, se utilizaba para dar cuerpo al demonio. En el
románico suele aparecer en el momento en el que es
atravesado por la lanza de San Miguel o por San Jorge (el
caballero cristiano).
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La eternidad y sus representaciones
Las creencias cristianas con respecto al más allá
se centran en la condenación y en la salvación.
En el arte cristiano son frecuentes las representaciones de
la escatología (muerte, juicio, infierno y gloria)
y la escena del pesaje de las almas llevada a cabo dentro
del juicio final. La dualidad entre el bien y el mal está
representada por San Miguel y el demonio que se reúnen
en torno a la balanza en la que serán pesadas las buenas
y malas acciones de los juzgados y, según la preeminencia
de unas u otras, serán llevados al paraíso o
al infierno (es frecuente la representación del demonio
sirviéndose de artimañas para intentar que el
platillo con las malas obras pese más que el de las
buenas). Otro motivo muy repetido en las iglesias medievales
es el de los “condenados y Bienaventurados” (la
división que Cristo juez hará de la humanidad
en su segunda venida) en la que el Cristo en Majestad centra
la escena. A su derecha se representan los bienaventurados,
normalmente en una composición de escaso dinamismo
y en actitud de paz y sosiego, y a su izquierda se representan
los condenados al castigo eterno por sus pecados, sometidos
a extraordinarios tormentos (los autores cristianos tomaron
las descripciones árabes y plasmaron artísticamente
todos los tipos de torturas: quimeras monstruosas, dragones,
bestias, leones que devoran a los condenados, etc.). También
abundan las representaciones de Ángeles (con forma
humana y alas) y demonios. En todas las religiones de la antigüedad
los ángeles buenos eran seres intermedios entre los
dioses y los hombres, guardianes de los mortales o compañeros
de sus almas en el viaje al más allá, mientras
que los demonios (ángeles malignos) eran causantes
de enfermedades y todo tipo de acontecimientos desagradables.
El demonio fue atado y enjaulado por un ángel y arrojado
a un abismo del que tardaría mil años en salir;
mil años habían pasado desde el nacimiento de
Cristo y el cristianismo a inicios del románico estaba
bajo la amenaza del Islam. No existen referencias bíblicas
que hablen del aspecto del demonio (salvo en el Apocalipsis
donde se representa como dragón de siete cabezas) de
ahí que las representaciones antropomorfas sean tardías.
Las imágenes de los demonios aparecen por primera vez
en algunos evangelios griegos de los siglos X y XI en los
que se lo presenta como un personaje alado, de aspecto grotesco
y color oscuro. Las alas vendrían a ser la reminiscencia
de su anterior condición angélica, mientras
que su fealdad hace referencia claramente a la caída
provocada por su soberbia: desde la antigüedad la belleza
externa se unía a la interior y la fealdad comportaba
maldad y mezquindad interna.
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