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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMÁNICO |
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LA RECONQUISTA CRISTIANA
A partir de la conquista y el asentamiento de los musulmanes
en la Península Ibérica, se produjo un enfrentamiento
entre el Islam, fundamentalmente instalado en el sur, y el cristianismo,
instalado en el norte, que marcó los siglos siguientes
de la historia. Protegido por los Picos de Europa Beato de Liébana
es el personaje que iluminaría estos siglos oscuros marcando
el tono moral de toda una época. Desde el punto de vista
del Dogma defendió contra Elipando,
Arzobispo de Toledo, que Jesucristo era verdaderamente hijo
de Dios, promovió que el Apóstol Santiago estuvo
en Hispania, y creó los Beatos, comentarios iluminados
del Apocalipsis del Apóstol Juan, desarrollando una iconografía
que pasaría a ser referente entre los siglos IX y XIII.
En esos tiempos los cristianos estaban preparados para toda
clase de sacrificios porque pensaban que estaba cerca el Apocalipsis
con la llegada del año 1000. Por tal motivo comenzaron
a buscar en el sufrimiento y sacrificio los valores que les
permitieran alcanzar la vida eterna y comenzaron a prosperar
los eremitorios en zonas muy apartadas: cuevas en las montañas
en las que los anacoretas se retiraban para vivir en soledad
una vida contemplativa y de pobreza siguiendo el ejemplo de
San Pedro el Ermitaño.
Almanzor, que en árabe significa “el victorioso
por Alá”, a lo largo de su larga vida (murió
a los 65 años) llevó a cabo más de cincuenta
campañas victoriosas en tierras cristianas. Era un guerrero
nato, el verdadero terror del milenio, el caudillo más
importante de las tropas musulmanas. Con una caballería
rapidísima y con gran agilidad de movimientos saqueó
y sembró el terror en las filas cristianas arrasando
todo lo que se ponía a su alcance. Pero en el verano
del año 1002 hubo una gran batalla que fue decisiva para
el rumbo de la reconquista: “en Calatañazor Almanzor
perdió el tambor” dicen las leyendas populares.
No está asegurado históricamente que Almanzor
fuera derrotado en este punto por la coalición cristiana
de los reyes de Navarra, León y el condado de Castilla,
pero si es cierto que con la muerte de Almanzor comenzó
el fin de la hegemonía musulmana en la Península.
A partir de ese momento, comienzos del siglo XI, los reinos
cristianos no dejarían de presionar sobre el territorio
andalusí, que cada vez estaba más debilitado por
la fragmentación de la unidad del califato de Córdoba
en numerosos reinos de taifas. Con el paso del tiempo los pequeños
reinos del norte se consolidaron y se produjeron avances que
permitieron un incremento de la población. El curso del
río Duero se convirtió por unos años en
frontera natural entre los cristianos y el Islam, una frontera
en la que se sucedían batallas y razias constantes.
Los musulmanes disponían de un gran despliegue defensivo
que habían levantado en el período de máximo
esplendor del califato. Se trata de diversas fortificaciones
y poblaciones amuralladas situadas en puntos estratégicos
de frontera que tenían la función de desalentar
posibles ataques cristianos. Tanto musulmanes como cristianos
escogían lugares con abundante agua y de difícil
acceso para ubicar a sus pueblos (a salvo de ataques o razias
de los enemigos). Después de las ciudades fortificadas
las construcciones militares más eficaces y más
apreciadas eran los castillos y los torreones (torres de guarnición
y defensa que servían como punto de control y apoyo a
los castillos). Los cristianos disponían además
de un sistema defensivo muy particular: las iglesias encastilladas.
La iglesia solía ser uno de los mejores edificios del
pueblo, sin dudas el más sólido, por lo que se
convertía en el mejor refugio para parapetarse del enemigo
en caso de ataque. Cuando los ataques eran frecuentes, sobre
todo en zonas fronterizas, los vecinos reforzaban la iglesia
con estructuras militares propias de los castillos: almenaban
el tejado para la defensa, construían una gran torre
campanario a modo de torreón y/o cerraban la iglesia
a cal y canto con una muralla para hacerla inexpugnable.
Aunque el románico fue un arte esencialmente religioso,
hay muchas aportaciones del mundo de la guerra a la iconografía
románica. Es muy frecuente ver en capiteles románicos
a soldados ataviados a la usanza de la época, con cotas
de mallas y armas, o solemnes duelos entre caballeros (que solían
dirimir de este modo sus disputas ligadas al honor). También
en las ilustraciones de los beatos abundan las representaciones
de los ejércitos cristianos: “el ejército
de Dios luchando contra el diablo”. La guerra formaba
parte de la vida de aquellas gentes tanto como el trabajo del
campo, por eso no es de extrañar en la representación
del mes de mayo del calendario de San Isidoro de León,
un caballero que se va con su escudo a la guerra (la primavera
era el mejor momento para comenzar las campañas bélicas
debido a la mejora del tiempo y a la abundancia de pastos).
La sociedad del románico estaba en permanente estado
de guerra, no solo contra los musulmanes, el principal enemigo,
sino también entre reinos cristianos, por herencias o
posesiones. |
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