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PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMÁNICO |
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LOS POBLADOS
En el románico todos los pueblos que nacieron al calor
de la Reconquista construyeron sus iglesias al estilo de la
época. Si bien los promotores eran los monasterios y
los nobles cercanos a las tierras, eran las leyendas y las reliquias
las que al finalmente justificaban la construcción de
los templos. Los sacerdotes locales se ocupaban de movilizar
a las gentes para que aportaran dinero, trabajo e incluso los
materiales. La iglesia es la casa de Dios y el lugar donde se
reúne todo el pueblo para el culto, por este motivo era
el mejor edificio del pueblo: el más grande, el más
sólido, el más lujoso y el más ornamentado.
Cada pueblo o aldea, cuando edificaba su iglesia, hacía
grandes esfuerzos para conseguir que la suya fuera la mejor.
Una vez que el pueblo había tomado la decisión
de construir el templo, lo primero era buscar y contratar a
un buen maestro de obras, que fuera asequible, y localizar la
cantera más cercana para evitar gastos inútiles
(el transporte se realizaba a través de carros tirados
por mulas o carretas de bueyes y podía ser muy costoso
y lento si la cantera estaba muy alejada de la obra). La mejor
cantera era una buena ruina romana situada en las cercanías
(suministraba materiales abundantes y económicos).
El maestro y su cuadrilla (canteros, albañiles y carpinteros),
en la mayoría de los casos sus propios familiares, iban
de obra en obra: la contrataban, la hacían, la cobraban
y se iban a otra parte. Para su desgracia y para nuestra ignorancia,
la mayor parte de los maestros han permanecido en el anonimato
salvo en aquellas escasas excepciones en las que firmaron su
obra. Después del maestro los canteros eran las personas
más importantes ya que se encargaban de tallar las piedras
y de adornar los capiteles, las basas y las arquivoltas. Además
de las huellas del hacha, los canteros solían dejar su
firma en cada piedra, las llamadas “marcas de cantero”,
que si bien algunos han intentado dar una explicación
cabalística a estas marcas, nada más alejado de
la realidad: el cantero pretendía que se supiera cuantas
piedras había labrado para poder cobrarlas.
Cuando las piedras estaban listas los albañiles se encargaban
de levantar el edificio. La argamasa que utilizaban para pegar
las piedras era una mezcla de cal, arena y agua. El muro, que
era el elemento fundamental de la construcción, podía
ser de mampuesto o de sillares, pero siempre de dos hojas rellenas
con un mortero pobre de argamasa y cascotes. Normalmente tenían
contrafuertes, para resistir los empujes de los arcos que sujetan
la bóveda, y una perfecta traba de sillares en las esquinas,
a efecto de que estuvieran reforzadas. El ábside, que
podía ser de medio punto o cuadrado, era lo primero que
se construía ya que, en ese momento, la iglesia era apta
para el culto (hecho fundamental sobre todo para las iglesias
grandes que se hacían a lo largo del tiempo). La forma
más segura, más elegante, más apreciada
y más cara de construir iglesias era la que utilizaba
sillares perfectamente tallados colocados formando hiladas.
También se utilizaba el sillarejo (piedras de forma irregular
talladas toscamente por un lado) y en los lugares donde era
caro conseguir piedra o simplemente no la había el ladrillo.
Cuando canteros y los albañiles acababan su labor entraban
en la obra los pintores. Aunque ahora la mayoría de las
iglesias románicas están desnudas, con la piedra
vista, esto no era lo habitual (se decoraban con pinturas los
muros interiores, los capiteles y algunas partes del exterior
como las portadas, los canecillos y las metopas entre los canecillos).
Resulta casi milagroso que después de diez siglos las
arcadas de los pórticos permanezcan todavía en
pie. Esto fue posible gracias a la maestría de la tecnología
románica que estaba basada en la observación de
las obras públicas romanas, sobre todo los puentes, y
en la experimentación posterior que cada maestro llevaba
a cabo en cada una de sus obras. De esta manera, cada maestro
de obra iba acumulando unos conocimientos arquitectónicos
y una práctica que guardaba en secreto, por eso se dice
que “cada maestrillo tenía su librillo”.
Si bien al principio muchos arcos se caían porque el
empuje que debían soportar no estaba contrarrestado,
del error aprendieron los maestros posteriores y una de las
primeras cosas que desarrollaron fue el contrafuerte que permitía
que no se les abriesen los muros. El contrafuerte es sin dudas
la gran aportación de los maestros del románico
ya que no solo modula la iglesia sino que también la
sujeta.
En los tiempos del románico la vida era muy dura y las
gentes que habitaban aquellos pueblecillos necesitaban pequeñas
satisfacciones que les ayudaran a sobrevivir (cualquier momento
libre era bueno para el ocio y la diversión). En el verano,
como hay muchas horas de luz, los días se alargan pero
durante el invierno, con su dura climatología y sus escasas
horas de luz, las horas de trabajo se acortaban y las gentes
se reunían en sus casas, en torno al fuego, y se contaban
historias y leyendas (para no pasar hambre en el invierno había
que aprovechar al máximo el tiempo para las labores del
campo). Los juegos que hasta hace poco se practicaban en los
pueblos, como el tres en raya, las canicas, etc. tienen origen
medieval y en época románica ya se practicaban.
Cuando llovía, nevaba o hacía mucho viento las
gentes se refugiaban en los pórticos de las iglesias
para realizar sus juegos (es muy común ver alquerques
labrados en multitud de sillares de los pórticos de los
templos románicos). Así como el pueblo llano jugaba
al alquerque y otros juegos
de mesa, los nobles se ejercitaban con un juego más sofisticado,
el ajedrez. Los juegos favoritos de nobles y caballeros eran
la caza y los juegos preparativos para la guerra como la lucha
y los torneos (los caballeros tenían una oportunidad
de exhibirse, ya que los torneos se solían celebrar en
las ciudades, en un escenario adecuado para el acto). En la
calle, muchos asuntos cotidianos hacían que la gente
se arremolinara y rápidamente se transformaban en espectáculos,
por ejemplo, asuntos amorosos, pleitos y disputas de vecinos
que se definían, a veces, en un combate reglado o duelo.
Normalmente las fiestas en los pueblos estaban marcadas por
el calendario religioso y los ciclos de la naturaleza (había
fiestas que coincidían con las labores que se realizaban
en cada estación como la siega, la vendimia, la matanza,
etc.). En esos tiempos los juglares recorrían las villas
y las ciudades y con sus historias, relatos y picardías
se dedicaban principalmente a entretener a las gentes. Los juglares
fueron los cronistas del medioevo y llevaron a los pueblos el
germen de lo que luego sería el teatro con sus espectáculos
itinerantes. Los había buenos como los trovadores y los
había malos como los bufones o imitadores. Probablemente
no había mucha diferencia entre los juglares que narraban
sus historias apoyándose en instrumentos musicales y
los músicos que tocaban toda clase de instrumentos. Junto
a los juglares, los músicos, los danzantes y los acróbatas
formaban parte de los espectáculos palaciegos y callejeros
(en muchos casos sirvieron de pretexto y de modelo para las
representaciones de los canteros). |
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