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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ROMÁNICO

LOS MONASTERIOS

Tras detenerse el avance del Islam la intensidad religiosa de la Fe cristiana pasó a ser el elemento de unión de los pequeños estados cristianos, un tiempo en el que la iglesia se constituyó como un poder terrenal y espiritual que determinaría la existencia de los habitantes de dichos reinos. Al servicio de la iglesia se construyeron iglesias y monasterios con un estilo europeo que el Camino de Santiago contribuyó a propagar: con un lenguaje cargado de simbolismo iconográfico y con una arquitectura con elementos y volúmenes muy simples.

En las tierras del norte peninsular hubo un extraordinario florecimiento de la vida monástica que seguramente tuvo su origen en los eremitorios. Normalmente los ermitaños vivían en cuevas diseminadas, aunque próximas, y a partir de dicha proximidad muy probablemente surgieron los primeros monasterios. En lo que a organización de este nuevo tipo de vida en comunidad respecta tuvo una trascendental importancia un personaje extraordinario, San Benito de Nursia, un ermitaño que se preocupaba porque los eremitas, con muy buena voluntad pero muy desordenadamente, vivían una vida religiosa sin eficacia. Benito organizó a los eremitas dándoles unas normas de vida en común con unos votos de castidad, pobreza y obediencia en los que la oración y el trabajo se constituían en la columna vertebral de la vida ordenada: el “ora et labora”. La eficacia que dio la regla de San Benito respecto de la organización del tiempo y el espacio permitió la aparición de monasterios que, a su vez, permitieron colonizar nuevas tierras y su expansión por toda Europa entre los siglos IX y X. A inicios del siglo XI hubo un gran florecimiento de monasterios impulsado por los propios reyes que querían modernizar sus reinos a través de la conexión con Europa (se trataba de una excelente estructura de colonización del territorio).

Cluny fue la primera multinacional de occidente: cientos de monasterios con la misma regla y con el mismo espíritu a lo largo del territorio proporcionando a los reyes una logística y una eficiencia de la que ellos carecían. La construcción de nuevos monasterios pasó a ser la punta de lanza de la colonización de los territorios reconquistados, recibiendo a cambio importantes donaciones y derechos sobre tierras que les proporcionaban un gran poder material (situación que servía a su vez a los reyes como contrapeso frente al poder que tenían los nobles). Con el dinero que le enviaba cada monasterio que estaba bajo su influencia, Cluny también sufragaba su mantenimiento y, a cambio, enviaba monjes a los distintos monasterios que se convertían en elementos de transmisión del conocimiento acumulado.

Para garantizar el sustento económico de los monasterios era fundamental el mecenazgo, es decir, la relación directa con la nobleza y la realeza. Las oraciones de los monjes a los difuntos garantizaban la salvación de reyes y nobles quienes, a su vez, compensaban a los monjes dándoles rentas, fincas y privilegios (unos garantizaban la vida confortable y otros garantizaban la salvación eterna de las almas de sus benefactores). Con el paso del tiempo los monasterios pasaron a tener cada vez más poder y control sobre el territorio y los monjes benedictinos se fueron haciendo cada vez más ricos, la pobreza quedó de lado, y los monjes comenzaron a gastar el dinero en lujos y ornamentación de sus construcciones.

Para combatir los excesos benedictinos surgió la reforma cisterciense de San Bernardo, que estableció unas bases que entre otras cosas obligaban a quitar la ornamentación de los monasterios (la nueva orden implantó en sus nuevas construcciones religiosas la elevación, la grandeza y la simplicidad). El Cister seguía la regla de San Benito, lo que sucede es que eran más rigurosos, tendían a aplicarla estrictamente, y por eso volvieron a los orígenes (pobreza y obediencia) trabajando más y estudiando menos para aprovechar mejor el tiempo. La multinacional cisterciense funcionaba como una federación: si bien cada monasterio tenía su propia autonomía, los abades se reunían cada año para distribuir, de común acuerdo, las cargas y los beneficios de toda la orden y para ayudarse mutuamente. El Cister contó muy pronto con el apoyo de la nobleza y de la realeza, ya que los reyes necesitaban lugares dignos para el recogimiento de las solteras y viudas de sus familias, de ahí la importancia y la grandeza de los nuevos monasterios. También había otro motivo importante en el mecenazgo asociado a la fundación de nuevos monasterios: obtener el perdón de los pecados cometidos y un lugar con los santos en el cielo. Cuando un monasterio cisterciense tenía éxito enviaba a doce monjes con un abad o abadesa, a imitación de Jesucristo, a fundar otro monasterio (como eran devotos de la virgen normalmente ponían a sus monasterios el nombre de Santa María). Finalmente con los cistercienses se repitió la historia: trabajaban con eficiencia, recibían donaciones de reyes y nobles y se hicieron ricos. La vida inicial se relajó, las costumbres se disiparon y vinieron otros, con el mismo rigor que antes vinieron ellos, a reformarles o a encontrar un sitio en la sociedad religiosa.

Además del Cister también surgió la orden de los premostratenses o mostenses que seguían la regla de San Agustín. Eran canónigos regulares, cantaban y vivían fuera del monasterio y se dedicaban a la evangelización del común de las gentes. El fundador de la orden fue San Norberto, que agrupó a los canónigos agustinos que vivían dispersos atendiendo las parroquias, haciéndoles vivir una vida intermedia entre lo monacal y lo exterior. La orden tuvo una gran dedicación a la caridad, la atención de las almas y la atención de peregrinos, enfermos y desvalidos. Su expansión en la Península se produjo a mediados o finales del siglo XII y sus construcciones no tuvieron un estilo propio (copiaron a los cistercienses). También estos fueron una multinacional: tenían una red de monasterios conectados que entre abadías y prioratos alcanzaba los 1.300 en toda Europa. Con el tiempo la orden se relajó y les pasó de nuevo lo que a los benedictinos y cistercienses: vinieron otras órdenes puristas para sustituirles, dominicos y franciscanos, pero esto ocurrió después del románico.

San Benito decía que el monasterio era la casa de Dios, por lo tanto cuando los monjes construían un monasterio tenían que plasmar en él la belleza, la pureza y la elevación. La regla benedictina, que tenía muchos siglos de experiencia, aconsejaba situar el monasterio al abrigo de los vientos, en un valle abierto al mediodía, con una montaña que lo protegiera al norte de ser posible, cerrado al levante para evitar malos vientos y abierto al poniente, rodeado de abundantes bosques y próximo al cauce de un río no demasiado grande. El agua era vital para la buena marcha de un monasterio ya que facilitaba la higiene de sus moradores, el cultivo de la huerta, mover molinos y la cría de peces. El monasterio era una pequeña ciudad que debía tener, dentro del perímetro de sus recias murallas, todo lo necesario para la vida completa de los monjes, los novicios, los criados, los visitantes y los peregrinos (talleres, molinos, hospitales, hospederías, etc.).

Los monjes disponían de un recinto especial para ellos, la clausura, dentro de la cual sólo podían entrar las personas que ellos autorizaban, cuando ellos las autorizaban. La clausura les permitía gozar del sosiego, la paz y la quietud de su vida monástica y, por tanto, les permitía dedicarse con paz y tranquilidad al culto divino. El claustro era dependencia más importante del monasterio (a su alrededor se distribuían todas las dependencias del mismo). Era un lugar de intimidad y recogimiento por el que paseaban y oraban los monjes y era, por tanto, el lugar dónde los canteros dejaban las mejores muestras de su arte. Cada claustro presenta cuatro alas, cada una con una función precisa. La que se sitúa junto a la iglesia tenía una función religiosa, la de la biblioteca tenía una función cultural, la de la sala capitular estaba relacionada con el gobierno del monasterio y la del refectorio tenía más que ver con el cuerpo que con el espíritu.

La iglesia era el edificio principal del monasterio. No solo era la casa de Dios sino que, además, representaba el cuerpo místico de Cristo, por lo tanto era el lugar más importante, el sitio más ornado, el que tenía los mejores materiales y el que estaba mejor construido. Normalmente, por motivos prácticos, se emplazaba en el lateral norte del claustro (se trataba de la edificación más grande y protegía de los vientos al resto del monasterio). La iglesia era el único punto donde se juntaban los monjes y los fieles, era el lugar donde se realizaba la evangelización a través de los oficios religiosos y era el lugar en el que los fieles contribuían con sus limosnas al sostenimiento de la comunidad cuando ésta había perdido importancia y los favores del rey. La sala capitular era el segundo lugar en importancia del monasterio. Era el sitio en el que el abad ejercía su autoridad, según lo indica la regla de San Benito, como representante de Cristo en el monasterio. En esta sala se elegía democráticamente al abad (si bien muchas veces los abades no eran nombrados por la comunidad sino que eran designados a dedo por obispos, reyes o nobles) y se realizaban los capítulos de faltas, en los que los monjes comentaban las molestias que otros les causaban, o hacían confesiones o auto inculpaciones. En el lado oriental del claustro estaba la sala de los monjes, lugar en el que los monjes escribas copiaban los manuscritos y lugar en el que el abad distribuía las herramientas a aquellos que debían realizar trabajos en la huerta (tarea importantísima para el sustento del monasterio que debía ser autónomo). La actividad económica fundamental era la agricultura y la ganadería, tarea esta última que realizaban los criados del monasterio y las fincas dependientes del mismo. Según la regla los monjes debían dormir juntos en una misma sala, en camastros separados a una cierta distancia, y con un monje vigilando para evitar que tuvieran tentaciones y realizaran actos pecaminosos (el único que tenía el privilegio de no dormir en el dormitorio común era el abad). El refectorio, situado en el lateral sur del claustro, era el lugar destinado al alimento del cuerpo. Para los monjes el alimentarse era una función cuasi religiosa y espiritual, por eso daban a los refectorios una importancia arquitectónica bastante considerable. Junto al refectorio, en buena lógica, estaba situada la cocina y junto a ésta la despensa. Los monjes comían en silencio ya que en alguna medida la comida era una conmemoración de la reunión Jesucristo con sus discípulos y un recuerdo de la última cena (solo disponían de un pequeño púlpito donde se realizaban lecturas piadosas). La comida según la regla de San Benito debía ser muy frugal: dos comidas al día que incluyeran verduras, legumbres, pan, aceite, etc., en definitiva una “dieta mediterránea” bastante saludable. De vez en cuando comían huevos y carne y en los días de abstinencia pescado.

Dado que después de la vida viene la muerte, los monasterios destinaban zonas para el enterramiento. El de los monjes solía ser bastante sencillo y normalmente se ubicaba al norte de la iglesia, en los laterales del claustro. Normalmente se reservaban lugares importantes para el enterramiento de benefactores en las zonas principales de la iglesia (los nobles pensaban que cuanto más cerca del altar estuviera su sepulcro, más cerca de Jesucristo iba a estar su lugar en el reino de los cielos). En el período románico la salvación del alma era la mayor preocupación, por eso los que tenían bienes o riquezas materiales realizaban grandes donativos, consiguiendo que los monjes durante muchos años o perpetuamente realizaran misas y oraciones por su eterno descanso. Esto generaba disputas entre colegiatas, catedrales y monasterios, para ver quién era el que se llevaba el noble a su sepulcro (el pueblo llano no se enterraba en las iglesias).
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