|
|
|
 |
 |
 |
|
PENÍNSULA
IBÉRICA - ROMÁNICO |
|
 |
 |
 |
|
LA ESPIRITUALIDAD
Carlomagno intentó la unidad política para luchar
más eficazmente contra la invasión musulmana pero
no tuvo éxito; fueron los pequeños reinos cristianos
que proliferaban por Europa los que se unificaron en la creencia
bajo la primacía del Papa de Roma. Había unidad
en la Fe y en las creencias, sobre todo teológicas, y
había unidad en la liturgia, fundamentalmente a través
de la reforma de Cluny que se extendió por la Península
a partir del Concilio de Burgos del año 1080. La religión
cristiana predicaba fundamentalmente el carácter sagrado
de las personas (ante Cristo y ante los Sacramentos no hay ni
esclavo, ni siervo, ni dueño, todos los hombres son iguales),
que hizo del románico un período eminentemente
espiritual y, a su vez, que esta espiritualidad se trasladara
a todas las manifestaciones artísticas. La creencia fundamental
de los cristianos es que el Dios único, en un momento
dado de la historia, se hizo hombre y vino a este mundo (Cristo,
a lo largo de su existencia, vivió entre las gentes,
predicó, dio sus enseñanzas, murió en la
cruz y resucitó). Dado que siguiendo las enseñanzas
de la iglesia todas las personas podían alcanzar la vida
eterna comenzaron a construirse templos que, en alguna medida,
eran una representación de la eternidad hecha piedra,
es decir, un testimonio de la espiritualidad cristiana.
El mayor peligro para la unidad del reino de Dios era la división
que tenía su origen en la herejía; por tanto la
iglesia la combatió imponiendo la ortodoxia de la Fe
predicando que Cristo no abandonaría a los hombres y
mujeres que creyeran en su resurrección (la prueba de
la resurrección la había dado el Apóstol
Tomás a quién, tras comprobar las heridas, Cristo
le dijo: “Tomás porque has visto has creído,
dichosos los que sin ver creen”). El escultor románico
mitigó u ocultó el sufrimiento de Cristo en la
cruz y lo representó triunfante y resucitado, por eso
está muy sereno y con los ojos abiertos. Hay Cristos
románicos que son un claro reflejo de la novedad que
aportó la espiritualidad cristiana medieval: la importancia
de Cristo como hombre. Los trabajos en marfil y las miniaturas
de los libros (códices, Biblias o beatos) eran la referencia
que luego se utilizaba para las representaciones en los frescos
y capiteles de las iglesias. El templo era la Jerusalén
celeste, el cuerpo místico de Cristo, la representación
del orden divino manifestado en la tierra. Era un espacio por
el que el creyente caminaba hacia la salvación: desde
el atrio a los pies, al altar de Dios en el ábside cabecera.
Pequeños grupos itinerantes de maestros constructores,
que se habían formado en los monasterios, recorrían
las tierras y realizaban su obra en las pequeñas iglesias.
Allí dejaban los mensajes en piedra dirigidos al pueblo
llano, con un lenguaje sencillo y directo, en parte obtenidos
de la palabra de Dios y en parte a partir de sus propias ocurrencias
(dado que no siempre trabajaban bajo las órdenes de un
monje erudito, se ven numerosas elucubraciones que parecen fuera
de lugar). Si bien algunos de los mensajes didácticos
expuestos en los relieves, capiteles y portadas no están
claros hoy día, debido a que no se dispone de los sermones
de los monjes que complementaban la iconografía de la
piedra, en otros casos, se puede hacer un recorrido a través
de las escenas más importantes de la Biblia (la vida,
los milagros, la muerte y la resurrección de Jesucristo).
Como en esos tiempos la mayor parte de la población era
iletrada las representaciones de los canteros se transformaban,
en alguna medida, en la Biblia de los pobres.
El románico representa sobre todo la lucha del bien contra
el mal y el mal por excelencia es el diablo. En los reinos cristianos
de la Península, con antelación a cualquier otro
lugar de Europa, el diablo aparece convertido en monstruo y
se representa en multitud de ocasiones. Son los beatos en sus
textos apocalípticos los que recogen su representación
que posteriormente pasa a los capiteles y a toda la iconografía
románica. En el Infierno del Beato de Santo domingo de
Silos aparecen representados dos pecados capitales: la lujuria,
mediante una pareja fornicando (asociada a un diablo), y la
avaricia, con la representación de un avaro que es mordido
por dos serpientes (asociado a dos diablos). También
aparece representado San Miguel, encargado de interceder por
los hombres ante Dios, pesando las almas (lo bueno y lo malo)
y barrabás (la cuarta representación del diablo)
haciendo trampas para desnivelar la balanza. En los beatos el
negro es la bestia, el diablo que fue atado y enjaulado por
un ángel y arrojado a un abismo del que tardaría
mil años en salir (mil años habían pasado
después del nacimiento de Cristo y el cristianismo estaba
bajo la amenaza del Islam). El diablo era tan real en el cristianismo
medieval que se le percibía directamente a través
de los sentidos, se le podía ver, se le tocaba, se le
oía dando sus diabólicos consejos directamente
en la oreja. La auténtica representación del bien
le correspondía a San Miguel Arcángel que, por
su fidelidad a Dios, era el encargado del pesaje de las almas
(a su lado siempre se representaba al diablo haciendo trampas
para tratar de llevarse el alma a su molino). Es este papel
de mediador ante Dios el que le da a San Miguel Arcángel
la gran importancia que tenía en las representaciones
del románico. Por eso el tema del pesaje de las almas,
con el diablo que está al lado de la balanza haciendo
trampas, se repite gran cantidad de veces. En la representación
de los beatos la apoteosis del Apocalipsis era el Juicio Final,
la selección definitiva dónde los condenados y
pecadores iban al infierno atravesando la boca tremenda de leviatán
y a los justos les esperaba la resurrección, la salvación
y la llegada a la Jerusalén celeste.
En los monasterios se establecía un código moral
y espiritual que, normalmente, se hacía extensivo al
poblado que estaba en su entorno, una sociedad desorganizada
y analfabeta que incluía a los señores, a los
siervos y a toda la sociedad. A pesar de la riqueza de los monasterios,
a los monjes se les exigía vivir en la pobreza, se les
exigía estar al servicio de la caridad: el monasterio
era el centro donde se atendía a los pobres y enfermos.
Si bien es cierto que el comercio era necesario para el avance
de las ciudades, en los monasterios se predicaba contra los
excesos en los precios (el comercio abusivo) y sobre todo contra
el préstamo con usura, ya que ambos ponían en
peligro el bienestar de las gentes. En los capiteles de muchas
iglesias se representa al usurero, un pecador que normalmente
aparece en manos del diablo con una bolsa colgada al cuello,
y en los sermones se atacaba preferentemente su figura: la de
un personaje que empobrecía a los habitantes de los poblados
a partir del préstamo de dinero. En realidad no solamente
atacaban al usurero por razones religiosas, más bien
los atacaban por motivos de poder ya que el usurero en la ciudad,
con la cantidad de dinero que acumulaba, se convertía
en un importante centro de competencia material. También
aparece el diablo asociado a la lujuria, representado como una
serpiente en la expulsión del paraíso de Adán
y Eva. Como la mujer era el símbolo de este pecado (Eva
trajo el pecado a este mundo), la mujer del románico
solo tenía dos alternativas: la virginidad o la maternidad
dentro del matrimonio. En los relieves de las iglesias, que
tenían un carácter didáctico, se advertía
de los vicios de la lujuria con imágenes cargadas de
simbolismo bíblico como la mujer con el pelo suelto,
como atributo de seducción, o con culebras que le muerden
el pecho y con escenas que en muchos casos se antojan obscenas
(coitos y masturbaciones). |
Ir
arriba Volver |
|
|