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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ROMÁNICO

EL CAMINO DE SANTIAGO

Mientras los mahometanos peregrinaban a La Meca, hecho que les daba una gran unidad, los cristianos no tenían dónde hacerlo porque Jerusalén estaba en manos de los musulmanes. Afortunadamente, y a su debido tiempo, el obispo Teodomiro de la diócesis de Iria Flavia descubrió en Compostela los restos del Apóstol Santiago. La noticia del hallazgo se expandió por toda la cristiandad, el Apóstol se convirtió en el símbolo del combate contra el Islam (Santiago Matamoros), y Compostela en el objetivo fundamental de las peregrinaciones cristianas. A partir de ese momento el Camino de Santiago pasó a ser el vehículo de comunicación de la cristiandad, no solo desde el punto de vista religioso, sino también desde los puntos de vista económico, artístico, político y comercial. Como los malos presagios del Apocalipsis del año 1000 no se cumplieron, tras la muerte de Almanzor el Islam ya no podría llegar a Santiago de Compostela, como lo había hecho en otros tiempos, y el camino de Santiago quedó despejado a las peregrinaciones.

Peregrinar supone, básicamente, el recorrer un camino para entrar en relación con lo trascendente. Desde este punto de vista resulta fácil comprender que aquellas gentes peregrinaban por algún motivo relacionado con su salvación, con curarse una enfermedad o con el deseo de dejar descendencia. También había peregrinaciones delegadas, en las que las ciudades enviaban en su nombre a uno o varios miembros de la comunidad, y peregrinaciones con motivos puramente comerciales. Para poder movilizar una cantidad de peregrinos importante era necesaria una gran agencia de viajes y la de aquella época fue la Orden Benedictina de Cluny, que tenía abadías repartidas por toda Europa desde las que se predicaba en favor de la peregrinación hacia Santiago de Compostela y grandes monasterios en la Península a lo largo del camino. La organización era tan perfecta que hasta disponía de una guía de viajes, el Códice Calixtino (escrito en el siglo XII por mandato del Papa Calixto), que indicaba lo que debía hacer un peregrino para llegar a Santiago de Compostela (cita fuentes, caminos, puentes y hospitales para peregrinos). El gran inconveniente de aquella época era que la mayor parte de los peregrinos eran iletrados por lo que el códice estaba solo a disposición de reyes, monjes, abades y algunos caballeros.

Gran parte del trazado el camino se servía de la Vía Aquitana, una antigua calzada romana que unía Burdeos con Astorga, si bien en tiempos del románico el camino entre los pequeños pueblecillos se hacía a través de simples caminos de carretas. A partir del siglo XI se comenzaron a construir puentes e infraestructuras en esta gran vía de comunicación europea para facilitar la peregrinación, las más importantes las iglesias que se distribuían a lo largo del camino. También se dictaron leyes que protegían a los peregrinos. Estos no solamente quedaban exentos del pago de tributos en puentes y puertas de las ciudades sino que también había regulaciones que favorecían su hospedaje, la asistencia hospitalaria, la protección de los bienes que portaban y la protección de los bienes que dejaban en el lugar de salida. Se garantizaba, además el cumplimiento de su testamento y la gratuidad de su sepultura si moría a lo largo del camino. Los caminantes del medioevo tenían que atravesar zonas muy problemáticas, como por ejemplo puertos de montaña, en los que se encontraban a veces con enormes tormentas, ventiscas, nevadas, etc. Ante estas situaciones los Peregrinos podían encontrar cobijo en monasterios, colegiatas y la extensa red de hospederías que atendían sus necesidades corporales con caridad cristiana. Algunos autores sostienen que los Caballeros de Santiago y los Templarios eran los encargados de vigilar el camino y proteger a los peregrinos.
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