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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  REINO  VISIGODO

TOLEDO, CENTRO RELIGIOSO

Cuando llegaron a Toledo los visigodos seguían siendo arrianos. como ya se ha indicado anteriormente, no parece que sufrieran ningún tipo de rechazo por parte de la población católica, máxime habiendo un obispo en la ciudad. Al igual que ocurriría en otras ciudades, durante un tiempo convivirían las dos religiones, cada una con su propio clero y con sus lugares de culto perfectamente diferenciados. Se asumiría aquella situación como inevitable, pues resultaba improcedente pretender una imposición religiosa recíproca. De las iglesias arrianas que indudablemente tuvieron que existir en Toledo no se sabe absolutamente nada.

Al principio, en algunas ocasiones la propia monarquía consintió la celebración de concilios católicos, como el que, con la autorización de Amalarico, y antes de que Toledo fuese elegida como sede regia, se celebró en la ciudad en el 527 d.C. En el mismo participó Montano, obispo de Toledo, el cual, en las actas, aparece señalado con la categoría de metropolitano de una provincia denominada Carpetania y Celtiberia. Se desconoce si se trataba de una provincia eclesiástica que ya existiese, o si se hubiese creado en dicho concilio como espacio jurisdiccional específico para los obispos toledanos; pero, en cualquier caso, a costa de desgajar un territorio de la antigua provincia Cartaginense, a lo que se podría haber opuesto su metropolitano.

Todo parece indicar que se estaban poniendo las bases de un proceso de encumbramiento de los obispos toledanos, que iría en aumento cuando la ciudad adquiriese su condición de urbs regia y que, además, vendría propiciado cuando unos años después los visigodos se convirtieran al catolicismo. Esa provincia eclesiástica de Carpetania pudo haber sido, como se señaló anteriormente, en la que se basó Leovigildo para convertir a Toledo en capital civil de la misma, en un momento en que Cartagena se encontraba bajo dominio bizantino. La conversión oficial de los visigodos al catolicismo tuvo lugar el 8 de mayo del 589 d.C., en el tercer concilio de Toledo, al que asistieron sesenta y dos obispos bajo la presidencia del obispo Masona de Mérida.
Alcuescar ermita de Santa Lucía Alcuescar ermita de Santa Lucía Alcuescar ermita de Santa Lucía
Ermita de Santa Lucía (Alcuescar - Cáceres) –Siglo VII
El rey Recaredo, que ya personalmente se había convertido al catolicismo un año antes, abjuró del arrianismo e impuso la religión católica a todo su pueblo. Puede considerarse que aquella actitud suponía para los visigodos la pérdida de algo consustancial, como era su religión, que hasta entonces había actuado como elemento diferenciador frente a los hispano-romanos católicos. Por lo cual, no es sorprendente que en algunas ciudades se produjesen movimientos de resistencia, en especial por parte del clero arriano que con aquella medida resultaba ser el sector más perjudicado. Sin embargo, los obispos arrianos no perdieron su categoría, pasando a ser obispos católicos, mientras que las iglesias arrianas de todo el reino tuvieron que adaptarse al culto católico. De esta forma, la Iglesia visigoda quedaba plenamente integrada en la hispano-romana, quedando borrado cualquier elemento de referencia religiosa con el pasado.
Bande iglesia de Santa Comba Bande iglesia de Santa Comba Bande iglesia de Santa Comba
Iglesia de Santa Comba (Bande - Orense) – Siglo VII: en honor de Sancte columbe virginis et martiris.
A partir de entonces, Toledo, por su condición de ciudad regia, pronto habría de ver incrementado su protagonismo, auspiciado por la propia monarquía, la cual procuró encumbrar y legitimar a la ciudad con la que cada vez estaba más identificada, no solo en el plano político sino también en el eclesiástico. Aquella estrecha colaboración entre la monarquía y la Iglesia iba a contribuir a la creciente preeminencia eclesiástica de la ciudad. Si Toledo era la sede del poder político, no podía radicar en ella un simple obispado al que se le había reconocido la categoría de metropolitano de una provincia eclesiástica de dudosa legitimidad histórica. El proceso de cambio lo habría de culminar el rey Gundemaro, que en el año 610 d.C. convocó un concilio en Toledo al que acudieron quince obispos de la provincia Cartaginense y declararon, sin ambigüedades, que Toledo era la sede metropolitana de dicha provincia y no sólo de la Carpetania como se venía considerando desde hace algunos años. Su obispo, al quedar como metropolitano de mayor entidad, asumiría una preeminencia sobre todas las demás diócesis sufragáneas de la provincia Cartaginense, que llegaron a ser veintiuna a mediados del siglo VII d.C. La sede toledana, al amparo del poder regio, asumió de esta manera una categoría eclesiástica que legítimamente hasta entonces no le correspondía.
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Basas de columnas y celosías de la Basílica de Aljezares (Museo Arqueológico de Murcia)
En aquella época, el nombramiento de un obispo recaía en el rey, previa consulta a los demás obispos de la provincia en la que estuviese ubicada la sede. Pero, desde muy pronto, el metropolitano de Toledo fue asumiendo la prerrogativa de emitir juicio sobre los candidatos elegidos por el monarca para cubrir cualquier sede vacante en el reino y de sus manos recibían la consagración en esta ciudad.
El paulatino encumbramiento quedó también reforzado con el derecho de poder convocar los concilios nacionales. Este gradual incremento de poder supuso que los arzobispos toledanos terminaran por convertirse en lo máximos representantes de la iglesia hispana. Por lo cual, no es sorprendente que, desde el XII concilio de Toledo celebrado en el año 681 d.C., ocupando la sede metropolitana San Julián, quedase instituida su condición de primada sobre dicha iglesia. De esta manera Toledo terminó por convertirse en el centro eclesiástico más importante de todo el reino visigodo: "cuando un nuevo rey accedía al trono, para legitimar su condición de tal, en Toledo se realizaba la ceremonia de la unción real, de manos de su metropolitano".
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