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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  REINO  VISIGODO

URBS REGIA

A comienzos del siglo V d.C., una serie de pueblos germanos -suevos, vándalos y alanos- penetraron en la Península Ibérica y durante unos años se dedicaron a saquearla. Posteriormente quedaron establecidos en ella, tal vez mediante un pacto de hospitalidad con el poder romano que no tuvo más remedio que aceptar su presencia. Una parte de los vándalos y los alanos se establecieron en la Carpetania, la zona central de la provincia Cartaginense, territorio del que Toletum (Toledo), según Tito Livio y Plinio, era su cabecera. Se desconoce si algunos de estos grupos se asentaron en la propia ciudad y si tuvieron contactos con sus habitantes o autoridades, tanto civiles como eclesiásticas.

Los visigodos llegaron a la Península unos años después, en el año 414 d.C. y tras no conseguir su objetivo de cruzar al norte de África, acordaron con los romanos luchar contra los pueblos que antes se habían asentado en Hispania, y que continuaban dedicándose al saqueo. Tropas visigodas se desplazaron a luchar contra ellos, y el resultado fue que los alanos quedaron derrotados y aniquilados. Se desconoce si para llevar a cabo esta empresa los visigodos contaron con la colaboración de los habitantes de la Carpetania. Es posible que no, pues en definitiva también podían ser considerados como gente extraña, aunque viniesen a colaborar con el poder imperial. En esta circunstancia, por tanto, se habría producido el primer contacto de grupos visigodos con estas tierras y el probable establecimiento de alguno de ellos, aunque habría resultado efímero pues en el año 418 d.C. los visigodos pactaron con Roma, y se quedaron asentados en la Galia, en la provincia de Aquitania Secunda, con el compromiso de prestar colaboración militar cuando les fuese requerida. En varias ocasiones tropas visigodas fueron enviadas a la Península para contener a los suevos ante sus reiteradas campañas de saqueo, con lo que su presencia se iría haciendo cada vez más frecuente. Es preciso señalar que cuando los visigodos entraron en el Imperio estaban ya cristianizados, pero dentro del arrianismo, una corriente que consideraba que de la doble naturaleza de Cristo era la humana la que predominaba, por la cual era considerado como hombre y no como Dios. Este planteamiento teológico implicaba un evidente rechazo por parte de la Iglesia oficial romana, aunque en la práctica ésta nada pudiese hacer. Los visigodos tenían también una iglesia organizada, con su propio clero y sus lugares de culto en los que se practicaba el rito arriano. En aquella situación la religión actuaba como un evidente elemento diferenciador frente a una población romana mayoritariamente católica.

A medida que el poder imperial se fue debilitando, los visigodos empezaron a actuar por su cuenta y a realizar conquistas en Hispania. A partir del año 476 d.C., cuando el Imperio Romano de Occidente desapareció, los visigodos constituyeron un reino con centro en Toulouse. Tras su repliegue a la Península al ser derrotados por los francos en Vouillé en el año 507 d.C., durante bastante tiempo los visigodos no contaron con una sede fija como centro de su poder. Lo reyes, en su afán de dominar las tierras peninsulares, se desplazaban constantemente, y actuaban más como jefes militares que como reyes. Establecían su corte en aquellas ciudades que, coyunturalmente, mejores condiciones podían reunir para sus empresas militares. Hasta que Hispania no fue conquistada en su mayor parte, los visigodos no pudieron elegir una ciudad como sede permanente y estable de su poder. Esta ciudad sería finalmente Toledo, una ciudad de segunda categoría en época romana, sin parangón con las capitales provinciales, pero con una población significativa. La primera presencia con visos de una cierta permanencia de estabilidad de un rey visigodo en Toledo parece deberse a Teudis, ya que aquí se promulgó, el 24 de noviembre del 546 d.C. la llamada ley de costas procesales. En el intento de Teudis de controlar la zona de la Bética -en la que la resistencia hacia los visigodos fue muy fuerte-, se hacía imprescindible poder contar con una base que se ajustase a sus intereses militares. Toledo los podía reunir al encontrarse en el centro de la Península, a medio camino entre la zona noreste que ya controlaba y la del sur que quería controlar. Sin embargo, aparentemente, sus inmediatos sucesores no mantuvieron la sede del poder en Toledo. La explicación podría venir dada porque entonces, por razones militares, los reyes estaban en constantes desplazamientos y era difícil mantener un lugar fijo y estable para la corte.

Se viene considerando que fue el rey Atanagildo el que, a mediados del siglo VI, estableció definitivamente la sede de la corte en Toledo y los motivos pudieron haber sido varios. De una parte, la ciudad tenía la ventaja de encontrarse en el centro geográfico del reino, mientras que las capitales provinciales se localizaban en zonas muy periféricas. Además, estaba bien comunicada ya que por sus inmediaciones discurrían un conjunto de importantes calzadas que enlazaban zonas básicas del reino, que todavía en aquel momento era necesario controlar pues en ellas la resistencia hispano-romana católica hacia los visigodos arrianos era grande. Aparte de por su propia situación topográfica y estratégica, Toledo también contaba con una infraestructura urbana de cierta importancia que podía tener un abastecimiento agrícola garantizado procedente de su fértil territorio circundante. No está constatado que, en Toledo, los visigodos encontrasen ninguna oposición hostil por parte de sus obispos, tal como había ocurrido en otras ciudades. Es posible que la influencia y el prestigio de los mismos fuesen menores que los de los metropolitanos, resultando así no tan combativos y conflictivos. No hay que olvidar que, tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente, la iglesia, representada por los obispos, había quedado como el nuevo poder que, aunque religioso, venía a sustituir al civil. De ahí la importancia que tenía la actuación de algunos obispos para no aceptar de buen grado el sometimiento a los visigodos arrianos (entraban en juego intereses tanto políticos como religiosos). Todos estos factores pudieron haber influido, en mayor o en menor medida, para que los visigodos eligiesen a Toledo como su capital política, ya que si bien la situación de la ciudad y su historia precedente no explican por si solas la designación de Toledo como urbs regia, contribuyen en parte y no deben ser olvidadas. Si se observan cuales fueron las ciudades elegidas en cada momento, siempre confluyen en ellas características de índole geográfica y estratégica que favorecen su elección, del mismo modo todas ellas son ciudades de tradición romana, unas más relevantes que otras, pero todas importantes y todas, parece lógico, con una infraestructura mínima capaz de asumir, de entrada, el papel de residencias reales, aunque este hecho condicionaría su evolución posterior y las potenciase más decididamente como, sin duda, ocurrió en Toledo.

Fue durante el reinado de Leovigildo cuando la ciudad adquirió, de una manera más efectiva, su condición de sede regia. Con el objetivo de conseguir la unificación territorial de la Península Ibérica, este rey puso en práctica una política centralista, para lo cual era fundamental contar con una ciudad como residencia real y como centro permanente de poder. Sus modelos de referencia habrían de ser Constantinopla y el emperador Justiniano. A escala menor, Toledo se tendría que convertir en otra Constantinopla, para lo cual se hacía necesario poner en práctica una actividad edilicia que adecuase la ciudad a la nueva situación. Se explica así su esfuerzo por dignificar la civitas regia tomando como arquetipo las grandes capitales imperiales. Es posible que, en tiempos de Leovigildo, se levantase en Toledo un conjunto palatino, en el que escenificar todo el aparato de la corte, cargado de elementos simbólicos (trono, diadema, manto, etc.), que este rey introdujo imitando el de los emperadores bizantinos, con la finalidad de realzar tanto su propia figura, como la institución monárquica. En ese complejo palatino existiría una iglesia -entonces de culto arriano- y un taller para acuñar monedas en las que la efigie del rey aparecería revestida con los atributos de la realeza, manifestando una evidente carga propagandística orientada a reforzar su imagen.

Toledo – Centro Religioso

Cuando llegaron a Toledo los visigodos seguían siendo arrianos. Como ya se ha indicado anteriormente, no parece que sufrieran ningún tipo de rechazo por parte de la población católica, máxime habiendo un obispo en la ciudad. Al igual que ocurriría en otras ciudades, durante un tiempo convivirían las dos religiones, cada una con su propio clero y con sus lugares de culto perfectamente diferenciados. Se asumiría aquella situación como inevitable, pues resultaba improcedente pretender una imposición religiosa recíproca. De las iglesias arrianas que indudablemente tuvieron que existir en Toledo no se sabe absolutamente nada. Al principio, en algunas ocasiones la propia monarquía consintió la celebración de concilios católicos, como el que, con la autorización de Amalarico, y antes de que Toledo fuese elegida como sede regia, se celebró en la ciudad en el 527 d.C. En el mismo participó Montano, obispo de Toledo, el cual, en las actas, aparece señalado con la categoría de metropolitano de una provincia denominada Carpetania y Celtiberia. Se desconoce si se trataba de una provincia eclesiástica que ya existiese, o si se hubiese creado en dicho concilio como espacio jurisdiccional específico para los obispos toledanos; pero, en cualquier caso, a costa de desgajar un territorio de la antigua provincia Cartaginense, a lo que se podría haber opuesto su metropolitano. Todo parece indicar que se estaban poniendo las bases de un proceso de encumbramiento de los obispos toledanos, que iría en aumento cuando la ciudad adquiriese su condición de urbs regia y que, además, vendría propiciado cuando unos años después los visigodos se convirtieran al catolicismo. Esa provincia eclesiástica de Carpetania pudo haber sido, como se señaló anteriormente, en la que se basó Leovigildo para convertir a Toledo en capital civil de la misma, en un momento en que Cartagena se encontraba bajo dominio bizantino. La conversión oficial de los visigodos al catolicismo tuvo lugar el 8 de mayo del 589 d.C., en el tercer concilio de Toledo, al que asistieron sesenta y dos obispos bajo la presidencia del obispo Masona de Mérida.

El rey Recaredo, que ya personalmente se había convertido al catolicismo un año antes, abjuró del arrianismo e impuso la religión católica a todo su pueblo. Puede considerarse que aquella actitud suponía para los visigodos la pérdida de algo consustancial, como era su religión, que hasta entonces había actuado como elemento diferenciador frente a los hispano-romanos católicos. Por lo cual, no es sorprendente que en algunas ciudades se produjesen movimientos de resistencia, en especial por parte del clero arriano que con aquella medida resultaba ser el sector más perjudicado. Sin embargo, los obispos arrianos no perdieron su categoría, pasando a ser obispos católicos, mientras que las iglesias arrianas de todo el reino tuvieron que adaptarse al culto católico. De esta forma, la Iglesia visigoda quedaba plenamente integrada en la hispano-romana, quedando borrado cualquier elemento de referencia religiosa con el pasado. A partir de entonces, Toledo, por su condición de ciudad regia, pronto habría de ver incrementado su protagonismo, auspiciado por la propia monarquía, la cual procuró encumbrar y legitimar a la ciudad con la que cada vez estaba más identificada, no solo en el plano político sino también en el eclesiástico. Aquella estrecha colaboración entre la monarquía y la Iglesia iba a contribuir a la creciente preeminencia eclesiástica de la ciudad. Si Toledo era la sede del poder político, no podía radicar en ella un simple obispado al que se le había reconocido la categoría de metropolitano de una provincia eclesiástica de dudosa legitimidad histórica. El proceso de cambio lo habría de culminar el rey Gundemaro, que en el año 610 d.C. convocó un concilio en Toledo al que acudieron quince obispos de la provincia Cartaginense y declararon, sin ambigüedades, que Toledo era la sede metropolitana de dicha provincia y no sólo de la Carpetania como se venía considerando desde hace algunos años. Su obispo, al quedar como metropolitano de mayor entidad, asumiría una preeminencia sobre todas las demás diócesis sufragáneas de la provincia Cartaginense, que llegaron a ser veintiuna a mediados del siglo VII d.C. La sede toledana, al amparo del poder regio, asumió de esta manera una categoría eclesiástica que legítimamente hasta entonces no le correspondía. En aquella época, el nombramiento de un obispo recaía en el rey, previa consulta a los demás obispos de la provincia en la que estuviese ubicada la sede. Pero, desde muy pronto, el metropolitano de Toledo fue asumiendo la prerrogativa de emitir juicio sobre los candidatos elegidos por el monarca para cubrir cualquier sede vacante en el reino y de sus manos recibían la consagración en esta ciudad. El paulatino encumbramiento quedó también reforzado con el derecho de poder convocar los concilios nacionales. Este gradual incremento de poder supuso que los arzobispos toledanos terminaran por convertirse en lo máximos representantes de la iglesia hispana. Por lo cual, no es sorprendente que, desde el XII concilio de Toledo celebrado en el año 681 d.C., ocupando la sede metropolitana San Julián, quedase instituida su condición de primada sobre dicha iglesia. De esta manera Toledo terminó por convertirse en el centro eclesiástico más importante de todo el reino visigodo: "cuando un nuevo rey accedía al trono, para legitimar su condición de tal, en Toledo se realizaba la ceremonia de la unción real, de manos de su metropolitano".
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