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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  REINO  VISIGODO

EL SIGLO V d.C. - UNA ÉPOCA CONVULSA

Tras las reformas de la época de Diocleciano y Constantino, el Imperio Romano había vuelto a ser un estado fuerte y centralizado aunque administrativamente su gobierno había sido dividido en dos partes, Oriente y Occidente. Al frente de cada una de ellas había un emperador Augusto y un César subordinado: sus funciones y autoridad eran iguales e intercambiables, pero cada uno gobernaba un grupo de provincias concretas. Aunque inicialmente los Augustos y los Césares de la Tetrarquía fueron generales ascendidos a la dignidad imperial en función de su capacidad y méritos, las proclamaciones militares volverían a imponer después el principio de la sucesión dinástica y la supremacía de uno de los Augustos.

Con el tiempo el poder imperial se fue debilitando a la vez que la aristocracia reforzaba sus privilegios sociales y económicos, así como sus ansias de autonomía política. Paralelamente el Imperio Romano vería exacerbarse la polarización social entre los terratenientes y el campesinado agobiado por una pesada fiscalidad, que además era recaudada por los propios latifundistas. Esto acabó por adscribir a los colonos a la tierra, igualando su situación con la de los esclavos.

Tras la conversión de Constantino, el cristianismo se fue instalando de forma progresiva en todos los ámbitos de la vida, tanto públicos como privados, produciéndose la cristianización de la ciudad y la emergencia de la figura del obispo como patrono y administrador de la civitas. El siglo V d.C. fue además una época de constantes conflictos militares en los que el Imperio Romano de Occidente se iría disgregando a la vez que el ejército romano se replegaba, abandonando algunas provincias a su suerte y siendo sustituido en otras por tropas bárbaras, lo que fue reduciendo sus efectivos y competencias hasta dejar de existir.

No obstante, tan solo cinco años antes de iniciarse el siglo V d.C., el Imperio Romano parecía totalmente renovado: un general de origen hispano, Teodosio en Grande, había vuelto a asumir el mando de las dos mitades en las que se encontraba dividido administrativamente el Imperio. Aparentemente, había solucionado también el problema planteado por la presencia de los Godos Vesios en el interior de su territorio, al haberlos establecido como tropas auxiliares en calidad de federati o "federados" (esto es, como aliados bajo sus propios mandos) en el curso inferior del Danubio. Por otro lado, durante su reinado la doctrina cristiana, tal y como ésta fuera definida en el Concilio de Nicea, se convirtió en la religión oficial del estado, con lo que el Imperio Romano pasaba a situarse bajo la protección directa de Dios a la vez que la doctrina arriana se convertía en una herejía.

Bien es verdad que Teodosio, antes de morir, había vuelto a dividir otra vez el gobierno del Imperio entre sus dos hijos, Arcadio y Honorio, pero por entonces nada hacía presagiar que a lo largo del siglo V d.C. el Estado romano de Occidente iba a sufrir una lenta evolución que lo conduciría a su extinción. Fue un proceso largo y continuo de erosión del poder imperial que se inició cuando los generales que estaban al mando del ejército romano aprovecharon la minoría de edad de los sucesores de Teodosio para dirigir la política del Estado en su propio beneficio, comportándose como auténticos dictadores militares en detrimento de la autoridad imperial. Posteriormente estos generalísimos harían y desharían emperadores a su antojo.

Esto no era nuevo, la novedad estuvo en que, paralelamente, el ejército romano de Occidente dejaría de existir, al agotarse en una serie de usurpaciones y guerras civiles, a la vez que empleaban cada vez mayor proporción de tropas bárbaras bajo el mando de sus propios jefes tribales. Además, con Arcadio y Honorio la división del Imperio se oficializó: a partir de entonces apenas existiría colaboración entre los emperadores de Oriente y Occidente, y más de una vez las dos partes del Imperio se hicieron la guerra o intentaron perjudicarse mutuamente. El Imperio de Occidente luchó por su supervivencia a través de pactos que permitieron el establecimiento de los bárbaros como federados en el interior del Imperio, mientras que la corte de Constantinopla tuvo éxito en seguir manteniendo en la margen izquierda del Danubio, como federados convencionales, a la mayoría de las gentes que llegaron hasta sus fronteras y cuando no fue posible procuró desviarlas hacia Occidente.

La progresiva delegación del poder militar en los caudillos de las tropas bárbaras asentadas en el interior del Imperio de Occidente fue la causa de que al finalizar la quinta centuria éste hubiera sido sustituido por una serie de regna, entidades autonómicas de ámbito regional, en las que bajo la dirección de la Iglesia Católica las aristocracias romano-provinciales compartirían el poder con los jefes de las tropas bárbaras, en su mayoría germanos y herejes, ya que profesaban el cristianismo en su versión arriana. Así, el siglo V d.C. contempló la aparición de los Godos Vesios o Tervingios (los futuros Visigodos) en la Península Ibérica, primero tímidamente, como un ejército bárbaro rebelde en busca de un lugar dónde instalarse; luego como tropas destacadas con un cometido oficial para luchar contra otros bárbaros invasores (aunque sobre todo en su propio beneficio) y, finalmente, poco antes de finalizar el siglo, para instalarse de forma definitiva en Hispania, sentando las bases de lo que luego sería el Reino Visigodo de Toledo.

A diferencia del siglo IV d.C., relativamente pacífico en Hispania, la quinta centuria fue una época de gran inseguridad. Las ciudades activas que todavía no contaban con una fortificación, se amurallarían ahora. También, a lo largo del siglo V d.C. los antiguos centros urbanos dejarían de constituir el eje de la vida ciudadana, produciéndose el abandono y la destrucción definitiva de los foros cívicos y los edificios públicos.
Códoba iglesia y necrópolis de Cercadilla Códoba iglesia y necrópolis de Cercadilla
Iglesia y necrópolis de Cercadilla (Córdoba): palacio imperial de Maximiano reocupado como centro de culto.
Hacia mediados del siglo V d.C. comenzó a notarse el impacto del cristianismo en la fisonomía de las ciudades. Por un lado, continuaría, imparable, el crecimiento de los cementerios suburbanos. También los martyria o mausoleos monumentales de los mártires se renovaron o fueron incluidos en el interior de las basílicas funerarias, como las de Santa Eulalia en Mérida y San Fructuoso en Tarragona. El entorno de estos templos se iría poblando con el tiempo de monasterios, hospitales, escuelas... hasta configurarse un conjunto arquitectónico de carácter cristiano. En algunas ciudades, como Mérida, se ha podido comprobar que las grandes mansiones de la época bajo imperial, destruidas y abandonadas, fueron divididas y reocupadas por varias familias. Se trataba de un hábitat empobrecido que volvía a cocinar sobre hogares dispuestos en el suelo y que procesaba los cereales para fabricar el pan dentro del ámbito doméstico. En el interior de estas viviendas había también corrales y talleres artesanales.

A finales del siglo V d.C., pero sobre todo durante la sexta centuria, se consolidaría la cristianización de la ciudad. Los grupos episcopales se renovaron integralmente o pasaron a ocupar los espacios centrales de la antigua urbe romana, invadiendo o reaprovechando distintas estructuras. El núcleo del poder episcopal, rodeado por las murallas, llenaría la mayor parte del casco urbano, en contraste con el núcleo habitacional depauperado.

Paralelamente a este proceso de cristianización de la topografía urbana, la figura del obispo emergería como la única autoridad capaz de asumir el liderazgo y la defensa de las ciudades cuando éstas se vieran amenazadas por las tropas bárbaras hostiles. La cátedra episcopal sería utilizada para arengar a los fieles, intentando mantener la cohesión social de la comunidad urbana y preparándola moralmente para resistir los rigores de la guerra. Por otro lado, hay que tener en cuenta que tras la integración de la iglesia cristiana en las estructuras del Imperio, la carrera eclesiástica se convirtió en una de las salidas preferidas para los miembros de la aristocracia senatorial de las provincias y para la nobleza de las curias urbanas. Por ello no es de extrañar que los obispos tomaran parte activa en la defensa de las ciudades, organizando la reparación y la guarda de las murallas, así como la vigilancia del territorio y el aprovisionamiento de víveres y armas.

Estos obispos ostentarían además la representación de sus comunidades tanto ante las tropas bárbaras como ante la autoridad imperial. El importante papel político que asumió la institución episcopal respecto de la ciudad también comportaba sus riesgos, no siendo infrecuente que los obispos fueran encarcelados o apartados por algún tiempo de sus sedes. Además, una vez superados los episodios bélicos, el patrimonio eclesiástico sería utilizado para reconstruir los edificios o las murallas dañadas, abastecer a la ciudad y reactivar la vida económica. También el papel taumatúrgico e intercesor de los mártires se trasladaría a la autoridad episcopal: los buenos obispos fueron vistos por sus contemporáneos como hombres santos y sus tumbas se convirtieron en objeto de veneración.
Valencia cripta de San Vicente Valencia cripta de San Vicente Valencia cripta de San Vicente
  Cripta de San Vicente (Valencia): capilla funeraria que albergaba los restos de un prelado del que se desconoce su identidad. El edificio formó parte del conjunto catedralicio visigótico.
Por todo ello la institución episcopal adquirió un gran prestigio y salió fortalecida de la crisis de la quinta centuria, de manera que su papel como autoridad de la civitas ya no sería discutido por los nuevos dominadores arrianos de los reinos en que quedó fragmentada la parte Occidental del Imperio y con los cuales, de alguna manera, pasaría a compartir el poder.
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