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PENÍNSULA
IBÉRICA - REINO VISIGODO |
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SIGLO V d.C.
Tras las reformas de la época de Diocleciano y Constantino,
el Imperio Romano había vuelto a ser un estado fuerte
y centralizado aunque administrativamente su gobierno había
sido dividido en dos partes, Oriente y Occidente. Al frente
de cada una de ellas había un emperador Augusto y un
César subordinado: sus funciones y autoridad eran iguales
e intercambiables, pero cada uno gobernaba un grupo de provincias
concretas. Aunque inicialmente los Augustos y los Césares
de la Tetrarquía fueron generales ascendidos a la dignidad
imperial en función de su capacidad y méritos,
las proclamaciones militares volverían a imponer después
el principio de la sucesión dinástica y la supremacía
de uno de los Augustos. Con el tiempo el poder imperial se fue
debilitando a la vez que la aristocracia reforzaba sus privilegios
sociales y económicos, así como sus ansias de
autonomía política. Paralelamente el Imperio Romano
vería exacerbarse la polarización social entre
los terratenientes y el campesinado agobiado por una pesada
fiscalidad, que además era recaudada por los propios
latifundistas. Esto acabó por adscribir a los colonos
a la tierra, igualando su situación con la de los esclavos.
Tras la conversión de Constantino, el cristianismo se
fue instalando de forma progresiva en todos los ámbitos
de la vida, tanto públicos como privados, produciéndose
la cristianización de la ciudad y la emergencia de la
figura del obispo como patrono y administrador de la civitas.
El siglo V d.C. fue además una época de constantes
conflictos militares en los que el Imperio Romano de Occidente
se iría disgregando a la vez que el ejército romano
se replegaba, abandonando algunas provincias a su suerte y siendo
sustituido en otras por tropas bárbaras, lo que fue reduciendo
sus efectivos y competencias hasta dejar de existir.
No obstante, tan solo cinco años antes de iniciarse el
siglo V d.C., el Imperio Romano parecía totalmente renovado:
un general de origen hispano, Teodosio el Grande, había
vuelto a asumir el mando de las dos mitades en las que se encontraba
dividido administrativamente el Imperio. Aparentemente, había
solucionado también el problema planteado por la presencia
de los Godos Vesios en el interior de su territorio, al haberlos
establecido como tropas auxiliares en calidad de federati
o "federados" (esto es, como aliados bajo sus propios
mandos) en el curso inferior del Danubio. Por otro lado, durante
su reinado la doctrina cristiana, tal y como ésta fuera
definida en el Concilio de Nicea, se convirtió en la
religión oficial del estado, con lo que el Imperio Romano
pasaba a situarse bajo la protección directa de Dios
a la vez que la doctrina arriana se convertía en una
herejía. Bien es verdad que Teodosio, antes de morir,
había vuelto a dividir otra vez el gobierno del Imperio
entre sus dos hijos, Arcadio y Honorio, pero por entonces nada
hacía presagiar que a lo largo del siglo V d.C. el Estado
romano de Occidente iba a sufrir una lenta evolución
que lo conduciría a su extinción. Fue un proceso
largo y continuo de erosión del poder imperial que se
inició cuando los generales que estaban al mando del
ejército romano aprovecharon la minoría de edad
de los sucesores de Teodosio para dirigir la política
del Estado en su propio beneficio, comportándose como
auténticos dictadores militares en detrimento de la autoridad
imperial. Posteriormente estos generalísimos harían
y desharían emperadores a su antojo. Esto no era nuevo,
la novedad estuvo en que, paralelamente, el ejército
romano de Occidente dejaría de existir, al agotarse en
una serie de usurpaciones y guerras civiles, a la vez que empleaban
cada vez mayor proporción de tropas bárbaras bajo
el mando de sus propios jefes tribales. Además, con Arcadio
y Honorio la división del Imperio se oficializó:
a partir de entonces apenas existiría colaboración
entre los emperadores de Oriente y Occidente, y más de
una vez las dos partes del Imperio se hicieron la guerra o intentaron
perjudicarse mutuamente. El Imperio de Occidente luchó
por su supervivencia a través de pactos que permitieron
el establecimiento de los bárbaros como federados en
el interior del Imperio, mientras que la corte de Constantinopla
tuvo éxito en seguir manteniendo en la margen izquierda
del Danubio, como federados convencionales, a la mayoría
de las gentes que llegaron hasta sus fronteras y cuando no fue
posible procuró desviarlas hacia Occidente.
La progresiva delegación del poder militar en los caudillos
de las tropas bárbaras asentadas en el interior del Imperio
de Occidente fue la causa de que al finalizar la quinta centuria
éste hubiera sido sustituido por una serie de regna,
entidades autonómicas de ámbito regional, en las
que bajo la dirección de la Iglesia Católica las
aristocracias romano-provinciales compartirían el poder
con los jefes de las tropas bárbaras, en su mayoría
germanos y herejes, ya que profesaban el cristianismo en su
versión arriana. Así, el siglo V d.C. contempló
la aparición de los Godos Vesios o Tervingios (los futuros
Visigodos) en la Península Ibérica, primero tímidamente,
como un ejército bárbaro rebelde en busca de un
lugar dónde instalarse; luego como tropas destacadas
con un cometido oficial para luchar contra otros bárbaros
invasores (aunque sobre todo en su propio beneficio) y, finalmente,
poco antes de finalizar el siglo, para instalarse de forma definitiva
en Hispania, sentando las bases de lo que luego sería
el Reino Visigodo de Toledo.
A diferencia del siglo IV d.C., relativamente pacífico
en Hispania, la quinta centuria fue una época de gran
inseguridad. Las ciudades activas que todavía no contaban
con una fortificación, se amurallarían ahora.
También, a lo largo del siglo V d.C. los antiguos centros
urbanos dejarían de constituir el eje de la vida ciudadana,
produciéndose el abandono y la destrucción definitiva
de los foros cívicos y los edificios públicos.
Hacia mediados del siglo V d.C. comenzó a notarse el
impacto del cristianismo en la fisonomía de las ciudades.
Por un lado, continuaría, imparable, el crecimiento de
los cementerios suburbanos. También los martyria
o mausoleos monumentales de los mártires se renovaron
o fueron incluidos en el interior de las basílicas funerarias,
como las de Santa Eulalia en Mérida y San Fructuoso en
Tarragona. El entorno de estos templos se iría poblando
con el tiempo de monasterios, hospitales, escuelas... hasta
configurarse un conjunto arquitectónico de carácter
cristiano. En algunas ciudades, como Mérida, se ha podido
comprobar que las grandes mansiones de la época bajo
imperial, destruidas y abandonadas, fueron divididas y reocupadas
por varias familias. Se trataba de un hábitat empobrecido
que volvía a cocinar sobre hogares dispuestos en el suelo
y que procesaba los cereales para fabricar el pan dentro del
ámbito doméstico. En el interior de estas viviendas
había también corrales y talleres artesanales.
A finales del siglo V d.C., pero sobre todo durante la sexta
centuria, se consolidaría la cristianización de
la ciudad. Los grupos episcopales se renovaron integralmente
o pasaron a ocupar los espacios centrales de la antigua urbe
romana, invadiendo o reaprovechando distintas estructuras. El
núcleo del poder episcopal, rodeado por las murallas,
llenaría la mayor parte del casco urbano, en contraste
con el núcleo habitacional depauperado. Paralelamente
a este proceso de cristianización de la topografía
urbana, la figura del obispo emergería como la única
autoridad capaz de asumir el liderazgo y la defensa de las ciudades
cuando éstas se vieran amenazadas por las tropas bárbaras
hostiles. La cátedra episcopal sería utilizada
para arengar a los fieles, intentando mantener la cohesión
social de la comunidad urbana y preparándola moralmente
para resistir los rigores de la guerra. Por otro lado, hay que
tener en cuenta que tras la integración de la iglesia
cristiana en las estructuras del Imperio, la carrera eclesiástica
se convirtió en una de las salidas preferidas para los
miembros de la aristocracia senatorial de las provincias y para
la nobleza de las curias urbanas. Por ello no es de extrañar
que los obispos tomaran parte activa en la defensa de las ciudades,
organizando la reparación y la guarda de las murallas,
así como la vigilancia del territorio y el aprovisionamiento
de víveres y armas. Estos obispos ostentarían
además la representación de sus comunidades tanto
ante las tropas bárbaras como ante la autoridad imperial.
El importante papel político que asumió la institución
episcopal respecto de la ciudad también comportaba sus
riesgos, no siendo infrecuente que los obispos fueran encarcelados
o apartados por algún tiempo de sus sedes. Además,
una vez superados los episodios bélicos, el patrimonio
eclesiástico sería utilizado para reconstruir
los edificios o las murallas dañadas, abastecer a la
ciudad y reactivar la vida económica. También
el papel taumatúrgico e intercesor de los mártires
se trasladaría a la autoridad episcopal: los buenos obispos
fueron vistos por sus contemporáneos como hombres santos
y sus tumbas se convirtieron en objeto de veneración.
Por todo ello la institución episcopal adquirió
un gran prestigio y salió fortalecida de la crisis de
la quinta centuria, de manera que su papel como autoridad de
la civitas ya no sería
discutido por los nuevos dominadores arrianos de los reinos
en que quedó fragmentada la parte Occidental del Imperio
y con los cuales, de alguna manera, pasaría a compartir
el poder. |
Hispania en el siglo V d.C.
Durante la primera década del siglo V d.C. cabe destacar
la figura del usurpador Constantino III quién, tras
nombrar César a su hijo Constante, lo envió
junto con el general Geroncio a someter Hispania, dónde
lograría derrotar a un ejército de siervos y
campesinos que los familiares del emperador Honorio habían
armado a sus expensas. Tras reorganizar la defensa de los
pasos pirenaicos Constante regresó a la Galia, pero
las tropas de Geroncio, en lugar de vigilar las fronteras
se dedicaron a saquear la Tierra de Campos, lo que permitió
que los bárbaros invasores penetraran en Hispania en
el año 409 d.C. Una vez aquí, alanos, vándalos
y suevos pasarían a las zonas más occidentales
de la Península, donde durante dos años según
Hidacio "saquearon y mataron sin piedad", dando
lugar a escenas apocalípticas. Mientras tanto, en la
Tarraconense, Geroncio se rebelaba contra Constantino III,
proclamando emperador a un doméstico suyo, Máximo,
que establecería su sede en Barcelona.
La segunda década del siglo V d.C. estuvo marcada por
la figura del general Flavio Constancio, que se puso al frente
de lo que quedaba del ejército imperial y en dos años
consiguió desembarazarse de todos los usurpadores que
habían surgido en la parte occidental del Imperio. Gracias
a él, Honorio pudo recuperar bajo dominio imperial casi
toda la Galia y buena parte de Hispania. Cabe destacar también
el uso que hizo de las tropas godas de Ataulfo contra los bárbaros
invasores y su instalación como federados en el corazón
de la Galia, dando lugar al regnum
de Tolosa, lo que finalmente sellaría el destino del
Imperio Romano de Occidente. Ataulfo se casaría con Galla
Placidia, la hermana del emperador Honorio, a la que mantenía
como rehén. Dada su posterior enemistad con el emperador,
tuvo que refugiarse en Hispania (Barcelona), dónde moriría
asesinado. Constancio llegó a un acuerdo con Valia, el
nuevo caudillo de los godos, que le devolvió a Placidia,
recibiendo el encargo de combatir a los bárbaros que
se habían repartido Hispania: los alanos se habían
establecido en las provincias de la Lusitania y Carthaginense,
los vándalos silingos en la Bética, los vándalos
asdingos en la Gallaecia interior y los suevos en la parte occidental
de esta misma provincia, junto al océano. Los godos casi
exterminaron a alanos y silingos. Los supervivientes se unieron
a los asdingos, de manera que a partir de entonces su jefe pudo
titularse rex Vandalorum et Alanorum.
En el año 418 d.C., antes de rematar la tarea encomendada,
los godos fueron reclamados en la Galia y se asentaron como
federados en la cuenca del Garona estableciendo su capital en
Tolosa. Constancio se casó con Placidia y consiguió
el título de Augusto poco antes de morir. Tras la muerte
de Honorio su hijo Valentiniano III se convirtió en el
último emperador de la dinastía fundada por Teodosio.
Poco después de la marcha de los godos estalló
el conflicto entre suevos y vándalos. Se produjo entonces
la intervención romana contra los vándalos, que
fueron atacados por el comes Hispaniarum
Asterio, librando a los suevos del cerco al que estaban
sometidos; y por el gobernador Maurocello, que hizo que los
vándalos dejaran de sitiar Braga (la capital sueva).
Los vándalos pasaron a la Bética, lo que motivó
el envío del generalísimo Castino desde Italia
para combatirlos. Éste contaba con el apoyo de tropas
auxiliares godas que, en el momento de la victoria lo traicionaron,
por lo que tuvo que huir a refugiarse a Tarragona. En los años
siguientes los vándalos se dedicarían a saquear
la Carthaginense, y con los navíos de sus puertos se
permitieron piratear en las Islas Baleares, tomar Cartagena
y Sevilla, e incluso realizar una incursión en el norte
de África.
La figura indiscutible del segundo cuarto del siglo V d.C. fue
el general Flavio Aecio, que con una tropa de auxiliares hunos
contuvo las veleidades de revuelta de burgundios y godos, sujetando
a la obediencia romana a la totalidad de los pueblos bárbaros
instalados en la Galia. Sin embargo, su lucha por el poder le
costaría al gobierno imperial la pérdida del Norte
de África, dónde los vándalos establecieron
un reino prácticamente independiente y con una fuerza
naval poderosa que les permitiría convertirse en los
dueños del Mediterráneo Occidental. En esa época
también los suevos lograron afirmarse en el Noroeste
de Hispania, pues pese a la resistencia de una parte de la población
de la Gallaecia, consolidarían su dominio y se expandirían
hacia el sur, pasando a dominar la Lusitania e incluyendo las
provincias Bética y Carthaginense en su zona de influencia.
Pasados cinco años del inicio de la expansión
sueva Aecio decidió tomar cartas en el asunto y envió
al general Vito para intentar recuperar las provincias Bética
y Carthaginense, pero ante la llegada del rey suevo con su ejército,
tuvo que retirarse. Mientras tanto tampoco la Tarraconense permanecería
en paz ya que el gobierno imperial tuvo que enviar al valle
del Ebro a los generales Asturio y Merobaudes para combatir
a los bagaudas, un movimiento
de rebelión de campesinos agobiados por el fisco. El
poder de los suevos en Hispania llegó a su apogeo en
el 449 d.C., cuando el rey Rechiario estableció un tratado
con los godos que fue sellado mediante su matrimonio con una
hija del rey godo Teodorico. El viaje de ida a Tolosa para celebrar
la boda fue aprovechado para saquear el país de los vascones;
mientras que en el viaje de vuelta devastaría el entorno
de Zaragoza, descendiendo luego por el valle del Ebro hasta
tomar Lérida. Para ello pudo aprovecharse del descontrol
que habían provocado las andanzas de un tal Basilio,
que había reagrupado a los bagaudas
y había atacado Tarazona, matando a su obispo León
y a los federados (godos ?) que lo defendían.
Durante dos décadas los hunos habían atacado y
extorsionado con éxito al Imperio de Oriente mientras
que sus tropas sostenían al generalísimo Aecio
en Occidente. Atila logró unificar el mando de los hunos
y decidió cambiar de estrategia y atacar Occidente, comenzando
por la Galia, con lo que las alianzas tuvieron que cambiar.
Aecio lograría convencer a los godos para que luchasen
a su lado en la "batalla de las Naciones", que tuvo
lugar el 20 de junio del 451 d.C. en los Campos Catalaúnicos,
y que sería así llamada porque en el bando romano
combatieron, además de los godos, la totalidad de los
pueblos bárbaros asentados en la Galia, mientras que
junto a los hunos lucharon los gépidos y el resto de
las gentes de la Europa Oriental sometidos a su dominio. La
diosa Victoria sonreiría al bando romano, pero dado que
el rey godo murió en el combate, Turismundo, su hijo
y sucesor, tuvo que regresar rápidamente a Tolosa, con
lo que los hunos no sufrieron un grave quebranto. Al año
siguiente Atila invadiría Italia, pero dado que el emperador
de Oriente envió refuerzos a Aecio y amenazó con
atacar las bases hunas de los Cárpatos, los hunos tuvieron
que retirarse, muriendo Atila poco después. En la Península
Ibérica, Aecio volvió a enviar una legación
a los suevos, para restablecer la paz en la Tarraconense y delimitar
las respectivas zonas de influencia: a los suevos se les reconocería
el dominio sobre toda la antigua Gallaecia y la Meseta Norte,
así como la totalidad de la Lusitania y la parte occidental
de la Bética. Poco después, los hermanos del rey
godo, Teodorico y Frederico, mataron a Turismundo y se hicieron
con el poder. Frederico vino a Hispania para masacrar a los
bagaudas tarraconenses ex
auctoritate romana, esto es siguiendo las órdenes
de la corte imperial de Rávena. Ese mismo año
el propio emperador Valentiniano mató a Aecio durante
una audiencia en palacio, lo que poco después le costaría
la vida, ya que Aecio fue vengado por dos miembros de su séquito
guerrero. En la confusión que siguió al asesinato
de Valentiniano, los vándalos volvieron a saquear Roma
y el rey godo Teodorico II aprovecharía para proclamar
emperador a Avito, el personaje más influyente de la
aristocracia romana del sur de la Galia, que vio la ocasión
de tomar las riendas del Imperio apoyándose en los federados
godos y burgundios.
Los suevos de Hispania también aprovecharían la
ocasión para atacar las provincias Carthaginense y Tarraconense,
en un intento de apoderarse de toda Hispania. La reacción
goda no se hizo esperar, y con la ayuda de los burgundios y
"siguiendo las órdenes del emperador", derrotaron
a los suevos junto al río Órbigo. Luego saquearon
Braga, su capital, y capturaron y mataron al rey, con lo que
el reino de los suevos quedó "destruido y acabado".
Aprovechando que los protectores de Avito estaban ocupados en
Hispania, Ricimero, el comandante de las tropas de Italia, acabó
con la vida del emperador y nombró en su lugar al general
Mayoriano (la política de Ricimeno tenía como
objetivo principal la eliminación de la amenaza vándala).
Al recibir la noticia de la muerte de Avito, Teodorico II, que
estaba atacando Mérida, regresó a la Galia a toda
prisa (las tropas que le seguían aprovecharon para saquear
Astorga y Palencia).
Se inició así en Hispania
una época aún más confusa en la que diversos
caudillos suevos lucharon entre sí por el poder, y contra
los provinciales: la Lusitania, el Valle del Duero y la zona
de Lugo fueron saqueados en diversas ocasiones. También
los godos enviarían a su ejército a las provincias
Bética y Gallaecia para combatir a los suevos; aunque
ahora estas tropas estaban comandadas por militares romanos
como Nepociano y Arborio, expertos en el arte de tomar ciudades
amuralladas. Así, mientras que en la primera mitad del
siglo V d.C. la devastación de los bárbaros invasores
solía quedar restringida a las campiñas, ahora
las ciudades serían tomadas al asalto, produciéndose
un agravamiento de las condiciones de vida de los hispano-romanos.
Con la noticia de la muerte de Avito, toda la Galia se rebeló,
negándose a acatar la autoridad de Mayoriano, el nuevo
emperador impuesto por Ricimeno. Sin embargo Egidio, comandante
de las tropas romanas del norte de la provincia, intervino ante
sus federados francos en favor de su antiguo camarada, derrotando
a los godos y burgundios y obligándolos a entrar en razón.
Mayoriano tras imponerse en las Galias pasó con su ejército
a Hispania para organizar una expedición contra los vándalos,
pero éstos, que debían contar con una buena red
de espionaje, se apoderaron en los puertos carthaginenses de
la flota preparada para combatirlos. Tras el fracaso de Mayoriano,
Ricimeno decidió su eliminación, lo que ocasionaría
que Egidio se rebelase en la Galia, donde el caos fue total.
Ricimeno consintió en nombrar a un oriental, Procopio
Anthemio, como emperador para que la corte de Constantinopla
le ayudara en su empeño de conquistar África,
llegándose a organizar una expedición conjunta
que se saldaría con un nuevo revés. También
en Hispania reinaría la anarquía al continuar
la lucha cruzada entre las diversas facciones suevas, los godos
y los hispano-romanos , hasta que finalmente Remismundo logró
imponerse como único caudillo suevo. En el año
466 d.C. el ambicioso Eurico mató a su hermano, el rey
godo, se hizo con el poder y rompió el tratado que unía
a los godos de Tolosa con el Imperio. Si bien Eurico tuvo que
enfrentarse tanto en la Galia como en Hispania con sendas coaliciones
instigadas por Anthemio en su contra, decidido a imponer la
supremacía goda tanto en Hispania como en la Galia, atacó
a los suevos con un fuerte ejército, tomando Mérida
en el 469 d.C. (los provinciales hispano-romanos nuevamente
sufrirían la violencia de las tropas).
Aprovechando el enfrentamiento surgido entre Anthemio y Ricimeno
tras el fracaso de la expedición contra los vándalos,
Eurico emprendió la conquista simultánea de la
Tarraconense y de la Auvernia, para lo cual no dudaría
en poner al frente de sus ejércitos a miembros de la
aristocracia provincial romana, aprovechando las diferencias
existentes en el seno de la nobleza local. El dominio romano
sobre la provincia Tarraconense era un estorbo para Eurico ya
que formaba una cuña entre sus posesiones gálicas
y las provincias hispanas que estaban en su poder. En el año
472 d.C. penetraron en Hispania dos ejércitos godos que
efectuaron una maniobra envolvente sobre el Valle del Ebro:
una columna avanzó desde Pamplona hasta Zaragoza, la
otra, comandada por el dux
hispano Vincencio, tras tomar Tarragona sometió el resto
de las ciudades costeras. Tras la muerte de Anthemio, Ricimero,
y del nuevo emperador, Glicerio, Eurico estableció un
nuevo tratado con el Imperio de Occidente que reconocía
sus conquistas en Hispania y en la Galia. El emperador era entonces
Julio Nepote, un oriental que se había hecho recientemente
con el poder a partir del apoyo de la corte de Constantinopla
y de quien se decía (refiriéndose a Eurico) que
"se contentaba con ser llamado amigo por quien debiera
tratarlo como señor". Ese mismo año, Orestes,
un general panonio que había llegado a ser secretario
personal de Atila, se rebeló contra Nepote y nombró
emperador a su hijo Rómulo, que tan solo era un muchacho,
por lo que todos le apodaron Augustulo
“emperadorcito”. En aquel tiempo había en
Italia numerosas tropas bárbaras, en su día sometidas
a los hunos, que habían venido para luchar en la guerra
entre Anthemio y Ricimeno. Estos soldados se sentían
discriminados por el ventajoso estatuto económico del
que gozaba el ejército regular, que era el mismo que
en su día se había otorgado en la Galia a los
federados godos y burgundios, por lo que solicitaron a Orestes
el mismo trato, aunque fue en vano. Entonces, el 23 de agosto
del año 476 d.C., estos soldados proclamaron rex
a su general, un príncipe llamado Odoacro, decapitaron
a Orestes y retiraron a Rómulo de la vida pública,
asignándole una pensión anual. Odoacro envió
las insignias imperiales de Occidente al emperador Oriental
y, a partir de ese momento, el emperador Bizantino quedó
como única autoridad imperial. Entretanto, los godos
aprovecharon la ocasión para cruzar el Ródano
y ocupar el resto del sur de la Galia, hasta los Alpes.
Apenas se conoce nada respecto de lo que pasó en Hispania
durante el último cuarto del siglo V d.C. Cabe pensar
que Eurico emprendería tareas de reorganización
de los territorios conquistados pues, a modo de ejemplo, la
inscripción fechada en el año 483 d.C. celebra
la reconstrucción del puente y las murallas de Mérida
por el dux Salla. Al año
siguiente el Caudillo de los godos moriría de causas
naturales y su hijo Alarico II sería nombrado rex.
Poco después los francos de Clodoveo ocuparon el regnum
romano que Siagrio, el hijo de Egidio, había logrado
mantener en el Norte de la Galia y, a partir de ese momento,
los godos de Tolosa tuvieron que hacer frente al nuevo expansionismo
franco. Entretanto el emperador oriental encomendó a
los ostrogodos de Teodorico la reconquista de Italia. En el
año 490 d.C. el ejército de los godos tolosanos
acudió en ayuda de Teodorico en su lucha contra Odoacro,
que finalmente fue vencido tres años mas tarde. Una vez
en el poder, el monarca ostrogodo intentó mantener el
statu quo en la Galia mediante
una política de alianzas matrimoniales que ligaría
entre sí a francos, burgundios, ostrogodos italianos
y godos tolosanos. Por esas fechas el dominio efectivo de los
francos de Clodoveo alcanzó la línea del Loira,
lo que pudo motivar que una parte de los godos pasara a Hispania
y se asentara en las ciudades de la Tarraconense. Una vez aquí
los godos tuvieron que combatir los disturbios causados por
la tiranía de Burdunello, sin que se sepa muy bien quién
fuera este personaje (un magnate local que ofreció resistencia
al asentamiento gótico, un dux
godo rebelde o un nuevo caudillo bagauda).
Sea cual fuere el caso, tras ser traicionado por los suyos y
ser llevado a Tolosa por los godos, Burdunello recibió
un castigo ejemplar (fue quemado vivo en el interior de un toro
de bronce). En el año 506 d.C. los godos aún tendrían
que sofocar en la zona costera de la Tarraconense la sublevación
de otro tirano llamado Pedro, que al final también fue
ejecutado, enviándose su cabeza a Zaragoza. |
Conclusión
A finales del siglo V d.C., el Imperio Romano de Occidente había
sido sustituido por una serie de regna
germánicos. Tres de ellos: el de los ostrogodos de Teodorico
en Italia, el de los francos de Clodoveo en la Galia y el de
los godos tolosanos de Alarico II en la Galia e Hispania constituirían
el modelo y precedente de los futuros reinos medievales europeos.
En el año 506 d.C. Alarico II tomó dos iniciativas
en los campos legislativo y eclesiástico que marcarían
el transcurso de los siglos venideros y que supondrían
además la emancipación definitiva de los godos
tolosanos de la autoridad del emperador bizantino. Por un lado
intentó integrar a los provinciales en la estructura
del estado godo promulgando un código legal destinado
a la población romana del reino tolosano: el Breviarium
Alariciani o “Ley romana de los godos”. Por
otro, convocó un concilio romano-provincial de los obispos
católicos de la Galia, en el que se estableció
la celebración de un nuevo concilio al año siguiente
en Tolosa, en el que los obispos de Hispania también
estarían presentes. Sin embargo, los francos frustrarían
estos planes: Clodoveo provocó a los godos tolosanos,
aprovechándose de un momento de debilidad de su estructura
militar, y éstos cayeron en la trampa. Ambos ejércitos
se enfrentaron en la batalla de Vogladum
(Vouillé, cerca de Poitiers): Alarico II moriría
en el combate y el reino de Tolosa sería destruido. Pese
a este serio revés, los godos tolosanos, que a partir
de ese momento serían conocidos como visigodos, trasladaron
su regnum a Hispania y, tras
un corto período en el que se mantuvieron bajo el protectorado
ostrogodo, establecieron su capital en Toledo a mediados del
siglo VI. |
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