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PENÍNSULA
IBÉRICA - REINO VISIGODO |
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NUEVOS
PAISAJES URBANOS y RURALES
El éxito de la organización estatal, desde mediados
del siglo VI, obliga, a la hora de hablar de sedes regias en
el Reino Visigodo, a distinguir dos etapas. La primera, datada
a partir del colapso del Reino de Toulouse, con capitales ocasionales
del reino, en función de una serie de condicionantes,
fundamentalmente políticos, y de las necesidades de una
débil estructura política e ideológica
no cohesionada y en proceso de formación. La segunda,
estaría definida por la consolidación y afianzamiento
de una estructura estatal con voluntad centralizadora, que permitirá
crear unas sedes regiae de
acuerdo con las necesidades derivadas de esta organización.
La contextualización de esta política urbanística
impulsada desde el Estado, está perfectamente reflejada
en las menciones que tanto Juan de Biclaro como Isidoro de Sevilla,
escritores contemporáneos de la época que aquí
nos ocupa, hacen a propósito de la relevante fundación
urbana de ese período, Recópolis. La habitual
parquedad de las fuentes escritas de época visigoda contrasta
con la relevancia que estas mismas dan a la fundación
de esta ciudad, relacionándola en ambos textos con todo
un proceso que, claramente, refleja la consolidación
de la estructura estatal.
A través de estas noticias se comprueba la relación
entre el proceso de afirmación de la monarquía
y la fundación de la ciudad, como elemento que simboliza
la importancia que el desarrollo urbanístico tendrá
como expresión material de la ideología del naciente
estado. Isidoro de Sevilla en su Historia Gothorum señala
la voluntad de Leovigildo de equipararse a las prácticas
de los emperadores bizantinos, fundamentalmente Justiniano,
en materia de fundación de ciudades, a la vez que refleja
su intención de consolidar un Estado dirigido por su
propia dinastía (la ciudad toma el nombre de Recaredo,
el hijo del monarca). Pero además, ofrecen un dato fundamental
para el éxito de estos desarrollos urbanísticos,
como es el de la capacidad de coerción fiscal que el
Reino de Toledo poseía en su momento fundacional. Será,
precisamente, esta capacidad de imponer un sistema tributario,
la que explica la consolidación del Estado bajo Leovigildo
y Recaredo, así como la posibilidad de poder controlarlo
territorialmente a través de toda una red de ciudades.
La fundación de Recópolis en el 578 d.C. constituye
un hito importante en el proceso de consolidación del
poder de Leovigildo y de su proyecto de Estado, tras una serie
de campañas victoriosas, a partir del 569 d.C., contra
una parte de la aristocracia en estado de rebelión desde
la muerte de Atanagildo, contra los bizantinos y contra diferentes
pueblos peninsulares. Todo ello en un período de tiempo
que entre el 576 y el 578 d.C. va a ofrecer los símbolos
más evidentes de dicha consolidación: la acuñación
de moneda a su nombre y la adopción de vestiduras reales.
Pero además, Recópolis proporciona el ejemplo
más evidente de la intervención del Estado en
el planeamiento urbano y muestra como las concepciones urbanísticas
de la época contenían ya elementos diferenciadores
respecto al de las ciudades bajo imperiales. Este proyecto estatal
de fundación o ampliación de ciudades, tuvo su
expresión más clara para el Reino Visigodo en
las ciudades de Toledo y Recópolis, pero no quedó
circunscrito sólo a éstas, ya que se produjo en
otra serie de centros urbanos que fundados o rehabilitados y
ampliados a lo largo de esta fase, que ofrecen la prueba de
la necesidad por parte del Estado de contar con una red de ciudades
que estructuraran el territorio. A partir del reinado de Recaredo
se producirá un cambio en el panorama, provocado por
el III concilio de Toledo, que proporcionará testimonios
sobre un proceso de interacción entre el Estado y la
Iglesia que tendrá su reflejo en el paisaje urbano. En
este sentido, la investigación arqueológica ofrece
datos sobre la fundación de otros nuevos centros, entre
finales del siglo VI y principios del VII, situados en zonas
estratégicas para la implantación del Estado Visigodo
y que van a mostrar como el proceso de revitalización
urbana continúa y se desarrolla a lo largo de esta primera
fase.
Este será el caso de la nueva fundación en el
sudeste de el Tolmo de Minateda, inscrita dentro de ese fenómeno
de revitalización, del que también serían
ejemplos la construcción y refuerzo de las murallas de
Begastri y Cerro de la Almagra, y que se explican en función
de la voluntad del Reino de Toledo de controlar de forma efectiva
territorios cercanos a los bizantinos. La fundación de
esta ciudad, que sus investigadores han identificado como la
ciudad de Elo que aparece en la documentación escrita,
hay que datarla entre el 589 y el 610 d.C., en un período
comprendido entre los reinados de Racaredo (586-601d.C.), Liuva
II(601-603d.C.) y Witerico (603-610 d.C.), fue acometida por
el Estado visigodo para ser cabeza de un obispado que administrara
los territorios bajo control visigodo que hasta ese momento
estaban adscritos a la bizantina diócesis de Illici.
Toda esta política urbana del Estado visigodo se realiza
durante su fase de consolidación, en un período
de aproximadamente medio siglo, y debe interpretarse como un
ejemplo del éxito inicial del Estado. Durante esta fase
de formación y consolidación estatal, se asiste
a una revitalización de la política constructiva,
urbanística y legislativa relativa a la ciudad, que señala
su función como centro fundamental de la estructura territorial,
social y política del naciente Estado en ese momento.
Los grandes centros urbanos como Toledo, Mérida, Córdoba,
Valencia, Barcelona, Tarragona, Recópolis... son centros
económicos y bases del sistema fiscal, tal y como demuestra
el hecho de que posean una ceca, una jerarquización urbanística
y una importante actividad comercial y productiva. Las fuentes
visigodas hacen hincapié en la actividad edilicia y en
las fundaciones de iglesias y monasterios.
Es cierto que puede haber mucho de tópico literario cuando
en las fuentes, como en el caso de las Vidas
de los padres de Mérida se dice que los obispos
Fidel, Paulo o Masona en el siglo VI engrandecieron la ciudad,
rehaciendo la Iglesia de Santa Eulalia, construyendo un xenodochium,
fundando monasterios, o cuando en los epitafios de hombres ilustres
-sobre todo obispos y abades- se habla de sus buenas obras y
se exalta su actividad edilicia en términos similares
y como uno de sus grandes méritos, al igual que su elocuencia,
bondad y caridad y es cierto también que si nos dejásemos
llevar por esos mismos testimonios y otros, parecería
que la Hispania de época visigoda se pobló de
monasterios por doquier. Pero no cabe duda que tales testimonios
algo deben tener de verdad y que la actividad constructiva se
siguió dando, ahora quizás con nuevas características
y objetivos. La actividad edilicia promovida por los reyes no
se limitaba a los edificios civiles; buena prueba de ello es
la célebre inscripción de San Juan de Baños.
El texto de la inscripción responde a un acontecimiento
memorable del año 652 d.C. del que Recesvinto quiso dejar
constancia con la fundación de una iglesia dedicada a
San Juan. Las fuentes indican que muchos reyes fundaron monasterios
o hicieron sustanciosas donaciones a los mismos, que construyeron
o remodelaron iglesias, que realizaron deposiciones de reliquias
de santos y que consagraron basílicas. |
El poblamiento rural
De momento, los historiadores no han llegado a un acuerdo sobre
la fecha en que se gestó el sistema aldeano, ni siquiera
sobre lo que es propiamente la definición del concepto
de aldea. Una parte sigue pensando que no se podría hablar
propiamente de aldeas hasta que en ellas se reconocen los elementos
más visibles del orden feudal: la iglesia, el cementerio,
el castillo, y remontan su origen aproximadamente al año
mil. No creen que los cementerios de época visigoda de
la Península Ibérica pertenezcan a comunidades
rurales estables. Otro grupo se ha atrevido a subir el momento
del nacimiento de las aldeas hasta el siglo X e incluso el IX,
reconociendo que es en estos momentos cuando hacen su aparición
en los documentos escritos. Hace pocos años se ha llegado
a hablar del divorcio existente entre la arqueología
y la historia, y respecto a la idea que cada una de las disciplinas
tiene de un mismo fenómeno, para asegurar que ya se documentan
asentamientos propiamente aldeanos en el siglo VIII. La arqueología
está ahora mismo en grado de demostrar que el nacimiento
de las primeras redes aldeanas tiene lugar, con ritmos diferentes
según las regiones, poco tiempo después del colapso
del Imperio Romano.
Todos los yacimientos rurales conocidos hasta la fecha en
el antiguo territorio toledano surgen entre la segunda mitad
del siglo V y la primera mitad del siglo VI d.C. como asentamientos
abiertos (sin estructuras o recintos defensivos), estables
(con una muy estrecha relación con las parcelas agrarias
y las zonas de pastos) y próximos a un arroyo o curso
de agua. El caserío se disponía siempre en las
inmediaciones de las parcelas de uso agrario, entre las tierras
bajas, inundables, aprovechadas como pastos o para instalar
huertos, y las de secano, donde se cultivaba el cereal. Por
encima de las casas se situarían los olivares (en su
caso) y el monte, aprovechado para la provisión de
combustible, materias primas, instalación de colmenas
y forrajeo del ganado. Los asentamientos se componen de una
serie de estructuras bien reconocibles, agrupadas en unidades
domésticas que incluirían a la familia nuclear
y, habitualmente, a los trabajadores dependientes de la casa.
Cada familia tendría asociada una serie de parcelas
de aprovechamiento privado y estaría separada de las
tierras de sus vecinos mediante vallas o zanjas. La imagen
resultante de una aldea sería la yuxtaposición
de unidades domésticas y sus respectivas parcelas a
lo largo de una extensión, sin las casas reunidas.
Este hecho determina la gran extensión en superficie
(normalmente entre cinco y veinte hectáreas) que llegan
a presentar los enclaves de este período.
Los cementerios asociados a los poblados Alto Medievales conforman
el mejor testimonio de espacio de uso público en el
que se expresa la identidad social de los miembros de la comunidad.
De acuerdo con la presencia de cementerios estables en uso
por una comunidad durante un plazo extenso de tiempo o, por
el contrario, de sepulturas aisladas o en pequeños
grupos, puede llegar a inferirse el carácter del asentamiento
y distinguir lo que es el resultado de la ocupación
de una granja o de una aldea. La mayor parte de las sepulturas
aisladas no ofrece ajuares (los difuntos eran enterrados sin
objetos personales). En los cementerios aldeanos la ceremonia
de inhumación era la ocasión en que la familia
del fallecido exhibía públicamente el rango
y las relaciones estamentales de las que gozaba y aspiraba
a mantener. Se trata del único testimonio conocido
de amortización de bienes preciados o de cierto valor
por parte de unas comunidades que vivían la mayor parte
de su vida en condiciones relativamente modestas. Aunque la
mayor parte de los broches de bronce con vidrios o esmaltes
son copias baratas de unos originales aristocráticos
en oro y con piedras preciosas, su valor se refleja en que
fue necesario el establecimiento de sanciones recogidas en
la legislación para quién expoliara tumbas.
Hasta el momento no se han obtenido pruebas que indiquen la
presencia de patentes desigualdades sociales dentro de estos
asentamientos. Tanto los rasgos básicos de la arquitectura
doméstica como el material procedente de las necrópolis
son coherentes con unas comunidades con muy escaso nivel de
jerarquización interna y sin explícitas desigualdades
de riqueza. Tal vez esas categorías sociales se expresaran
visualmente y estuvieran socialmente definidas mediante la
restricción en el uso de determinados objetos o vestimenta. |
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