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PENÍNSULA
IBÉRICA - REINO VISIGODO |
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La limitación en la generosidad con los bienes eclesiásticos
y los estímulos para quienes los acrecienten era una
preocupación constante para los obispos hispanos. Éstos,
reunidos en Mérida en el año 666 d.C. parecen
tomar conciencia de haber dedicado demasiada atención
a los asuntos patrimoniales, y enuncian una prevención
de enorme interés: “No ha de creerse que contraviene
a las normas eclesiásticas, cuando disponemos lo que
ha de observarse acerca de los bienes eclesiásticos”.
Así se autorizaba al obispo a donar algo del patrimonio
de su iglesia siempre y cuando él hubiese aportado grandes
cantidades de su patrimonio a la misma, al menos el triple de
lo que concedía. No menos interesante resulta el que
los obispos estableciesen la manera de compensar a aquellos
que, habiéndoseles encargado algún negocio eclesiástico,
obtenían de su gestión el incremento de los bienes
de la iglesia. Esta preocupación por el incremento patrimonial
no era un fin en si mismo. Si bien el patrimonio es en sí
riqueza, no se pretendía una mera acumulación,
se pretendía proyección social y poder político. |
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Iglesia
de San Juan (Barbadillo del Mercado - Burgos) – Siglo
VII: muy rehecha en época románica. |
Tanto
a la Iglesia como a la Monarquía les interesaba el mantenimiento
de la estabilidad y el orden social, el control de la mano de
obra dependiente, la limitación en las concesiones de
libertad y la represión de la fuga de esclavos. Sólo
con la concordia entre ambos poderes podría mantenerse
su posición compartida de privilegio; no es casual que
en el mismo concilio de Mérida, los obispos afirmen:
“es necesario que busquemos y ordenemos todo aquello
que debe contribuir a la prosperidad del clementísimo
señor nuestro, el rey Recesvinto, de la muchedumbre de
sus súbditos y de la patria”.
Con lo visto queda claro el lugar de la Iglesia como poder económico:
por el monto de sus posesiones y la consiguiente capacidad para
satisfacer todo autoconsumo, por la cuantía de la renta
fija obtenida que la colocaba en una situación de inmunidad
ante imprevisibles problemas de escasez y fundamentalmente porque
participaba de los mecanismos del mercado, esencialmente como
productora y proveedora, rigiéndose por las leyes del
mismo, es decir, el beneficio. Si a este poder se añade
el hecho que los obispos eran los únicos encargados de
compensar por medio de la caridad las miserias de los pobres,
que teóricamente eran sus valedores ante la injusticia
y los únicos intermediarios válidos para su salvación,
se entiende el peso de su presencia social, por encima de cualquier
otra fuerza, en directa competencia con la nobleza y la monarquía. |
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Iglesia
de San Pedro de Balsemao (Lamego - Portugal) |
Las
reuniones conciliares generales, al margen de las de carácter
provincial reunidas para resolver problemas particulares y puntuales,
tuvieron en la Iglesia y en la monarquía visigoda un
papel fundamental. En primer lugar, fueron el supremo órgano
legislativo de una Iglesia que, por el distanciamiento respecto
de la sede romana, se vio obligada a generar sus propias normas
y usos. Al mismo tiempo, por la peculiar relación que
se estableció entre la jerarquía católica
y el rey, los concilios fueron la primera asamblea legislativa,
encargada de ordenar la marcha del Estado, a la vez que el primer
tribunal del reino.
Solo con analizar las actas de los doce concilios generales
celebrados en Toledo tras la conversión, se puede entender
la evolución de la monarquía y el gobierno visigodo
con la misma precisión que se puede analizar la evolución
eclesiástica. Una mirada a atenta sobre la cambiante
evolución de los concilios muestra que, en algunas ocasiones,
el rey parece someterse a los intereses y voluntades de los
obispos y que, en otras, son éstos quienes se someten
absolutamente a la voluntad del monarca. Si bien las sedes episcopales
eran poco más de ochenta, su participación en
los concilios distaba mucho de ser modélica (algunas
apenas están representadas a lo largo de más de
un siglo de historia). El número de obispos germanos
fue creciendo de manera evidente a lo largo del siglo VII d.C.
(representaban un 20% en el 633 d.C. y alcanzaron el 45% a finales
de siglo), distribuidos en todo el ámbito peninsular,
si bien el total de la población goda no alcanzaba el
10% con una distribución geográfica desigual.
Queda claro que cien años después de la conversión,
la estirpe germánica pugnaba conscientemente por hacer
suya la iglesia del reino, como era suyo el monopolio del poder
real, independientemente de su profunda integración cultural. |
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Ermita
de San Fructuoso (Braga - Portugal) – Siglo VII |
A
un nivel concreto e inmediato, la Iglesia manejaba los resortes
de las creencias de todo el pueblo, por medio de una amplísima
red, jerárquicamente estructurada, que alcanzaba desde
las sedes metropolitanas con sus obispos a la cabeza, hasta
las parroquias más ínfimas, los monasterios más
apartados y los oficios eclesiásticos celebrados en las
capillas privadas.
El papel del obispo, en lo que obligaciones pastorales respecta,
era el de velar por la ortodoxia y corrección de las
prácticas religiosas y de vigilar que el servicio estuviera
atendido en todas y cada una de las iglesias de su sede. Para
ello, una vez al año, el obispo debía realizar
una visita por las distintas iglesias de su diócesis,
en la que comprobaba estos aspectos y que los templos estuviesen
en condiciones (en caso de imposibilidad podía delegar
estas visitas en presbíteros o diáconos por el
designados). Si bien las normas eclesiásticas disponían
que un tercio de los ingresos de las iglesias fuesen a destinados
al mantenimiento y reparación del edificio, los concilios
denunciarán, en más de una ocasión, a los
obispos que se atrevían a reclamar para si ese tercio.
En principio, estaba previsto que cada iglesia fuese autosuficiente,
para lo cual debía contar con unas propiedades y un mínimo
de diez siervos, de manera que pudiese atenderse el mantenimiento
del ministro y la basílica. |
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Ermita
de la Virgen del Val (Pedro - Soria) – Siglo VII:
muy rehecha en época románica. |
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