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PENÍNSULA
IBÉRICA - PRERROMÁNICO |
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MONASTERIOS Y EREMITORIOS RUPESTRES
Se entiende por eremitismo al fenómeno protagonizado
por un tipo de solitario tan concreto como el eremita, un personaje
vestido de manera paupérrima, escasamente alimentado,
poco aseado y acostumbrado a los castigos físicos; un
singular modo de vida nacido en Oriente allá por el siglo
III d.C. en Egipto y Siria, pero con precedentes precristianos,
como el de la comunidad judía de los Terapeutas los "curadores
de almas", asentada en Alejandría, que propugnaba
la soledad y el aislamiento como vía para alcanzar la
perfección espiritual. Un concepto, el de la soledad
como vía para alcanzar la perfección espiritual,
cuya génesis se retrotrae al Evangelio según San
Mateo: "Si quieres ser perfecto,
ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás
un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme"
que fue puesto en práctica por Antonio el ermitaño,
San Antonio el Grande (250-236 d.C.), el Padre de los Monjes,
el más ilustre de los primeros solitarios orientales,
cuya vida se conoce gracias al texto redactado por su biógrafo,
San Atanasio entre el 356 y el 357 d.C. Amante de la soledad,
el último medio siglo de su longeva vida -alcanzó
la edad de los 105 años- San Antonio residió en
el monte Colzum, cerca del Mar Rojo, entre largos ayunos y oraciones,
y fabricando esteras para no caer en la ociosidad (esta era
su manera de defenderse contra los violentos ataques del demonio).
Será un contemporáneo suyo, el también
egipcio San Pancomio (250-346 d.C.), el primero en convertir
a estos monjes solitarios en monjes cenobitas, el primero en
agruparlos en un hábitat para la vida en común,
ya que la vida solitaria, en opinión de Pancomio, había
alejado el servicio de Dios del de los hombres. El eremita constituye
una categoría de monje que parece obviada por uno de
los grandes autores cristianos de entonces, Juan Casiano, que
en una de sus obras más significativas, "Las Colaciones",
escritas entre los años 418-427 d.C., muestra las clases
de solitarios existentes entonces en la Galia: "los
monjes que se abstenían del matrimonio y de la compañía
de los padres y tenían un estilo de vida solitario alejado
del de la gente del mundo, que al constituirse en comunidad
recibieron el nombre de cenobitas de entre los que surgieron
los santos anacoretas". El texto casianense denomina
monjes a los primeros cristianos que, renegando del mundo y
de la compañía de sus semejantes, renegando de
la sociedad, en definitiva, decidieron emprender una vida solitaria,
mientras que los cenobitas serían aquellos monjes que
se constituían en una comunidad y decidían llevar
una vida en común. Será de entre los más
perfectos de estos últimos de donde surjan los anacoretas
(de anachoretes "el que
vive aparte"), quienes tras pasar por una experiencia cenobítica
deciden vivir su espiritualidad en la más estricta soledad.
Un término anachoresis,
que originalmente tuvo un fuerte trasfondo económico,
ya que en el antiguo Egipto romano sirvió para denominar
a aquellos que huían para no pagar impuestos.
Gracias a distintos estudios se sabe que el fenómeno
eremítico en la Hispania tardo antigua y medieval no
era muy distinto al de la Galia. Desde sus inicios, allá
por el siglo IV d.C., el fenómeno monástico hispano,
en principio surgido en un ambiente aristocrático y urbano,
se manifestó como disperso por el "desierto",
alejado de las villae y las
civitas, aunque no aislado
ni incomunicado; en definitiva como un fenómeno que buscaba
apartarse del mundanal ruido. Un fenómeno del que se
tiene constancia en la Península, al menos, desde el
año 380 d.C., fecha en la que se celebró el primer
concilio de Zaragoza, que en su canon segundo condenaba a todos
aquellos cristianos que se escondían en las montañas
"latibula ... ac montium".
Desde sus orígenes el "orden monástico"
buscó la perfección en unos principios espirituales
que conducían al monje a la santidad por la vía
heroica del martirio continuo y cotidiano en soledad. No en
vano la vida del cenobita fue considerada por la jerarquía
eclesiástica hispana (tanto hispano romana como goda)
como un tránsito, una preparación a la vida en
soledad y la ascesis. Un principio, el de la soledad, que sin
embargo traía consigo unos sentimientos de independencia
y libertad que no fueron aceptados sin más por la Iglesia
hispana (a partir del 589 d.C. jerárquicamente más
goda que hispano romana), que todavía no había
olvidado una mala experiencia muy vinculada a los ambientes
rupestres: las derivada de las enseñanzas de Prisciliano,
el primero de los heterodoxos españoles, el primer hereje.
Muestra de esta desconfianza será la homilía que
San Leandro dirigió a los asistentes al III Concilio
de Toledo (589 d.C.) en el que relaciona herejías y cavernas:
"herejes que se esconden en
sus cavernas para predicar falsas doctrinas". Prácticas
éstas que habían sido previamente condenadas por
San Gregorio Magno en la misma centuria. Pero la Iglesia no
podía renegar de su existencia ya que se trataba del
modus vivendi de los gentiles
(tal y como explicó el propio San Leandro pocos años
antes en un escrito dirigido a su hermana Florentina), aquellos
a los que, ante la imposibilidad de reducirlos a su género
de vida, se les permitió vivir como particulares y usar
sus propios bienes. A pesar de ser considerados un apéndice
no deseado del cenobitismo, al ser un modo de vida santificado
por la Iglesia, esta solo pudo dirigir sus esfuerzos a controlarlo,
nunca a eliminarlo. Será años más tarde,
con una iglesia hispano romana unificada desde el punto de vista
doctrinal, cuando el hermano de Leandro y Florentina, San Isidoro
de Sevilla (560-636 d.C.) amplíe los testimonios de Casiano
y Leandro. Dice San Isidoro: "Anacoretas
son quienes, después de la vida cenobítica (en
la que imitan a los Apóstoles), se dirigen a los desiertos
y habitan solos en los parajes despoblados, apartados de los
hombres imitando a Elías y Juan". Lo que
resulta más trascendente es que introduce un nuevo tipo
de monjes, los eremitae (de
eremos "el que vive en
el desierto"), también llamados anacoretas, que
no son sino los que han huido lejos de la presencia de los hombres,
buscando el yermo y las soledades del desierto. Seducido por
la obra de Casiano y la regla monástica de San Benito
de Nursia el padre del monacato occidental, San Isidoro, recuerda
que al grado supremo de anacoreta se accedía tras haber
pasado por la experiencia cenobítica; condición
previa que no cumplían todos los eremitas pues es sabido
que en la Hispania de la primera
mitad del siglo VII d.C. también había "eremitas
deshonestos", aquellos solitarios monjes vagabundos de
los que se ocuparon los asistentes al VII concilio de Toledo
(646 d.C.): "que practicaban
ese modo de vida sin antes haber vivido en algún monasterio
conforme a las reglas". Los eremitas honestos antes
de acceder a la vida en soledad habían pasado por el
filtro de la vida cenobítica (lo que suponía la
obediencia debida al abad y el sometimiento a una legislación,
a una regula), mientras que
los deshonestos se lanzaban a la soledad del yermo de forma
espontánea, quien sabe si continuando un modo de vida
implantado por aquellos a los que el obispo hispalense denominó
montanos: cristianos que en tiempos de las persecuciones (principios
del siglo IV d.C.) decidieron refugiarse en los montes y separarse
de la ortodoxia católica imperante.
En la Península Ibérica una de las primeras provincias
en manifestar la presencia de solitarios fue la Tarraconense.
A su llegada al monasterio de Asan (fundado a principios del
siglo VI d.C. por Gesaleico en Aragón) el italiano Victoriano
se recluyó en una oscura gruta de una montaña
cercana. Fallecido en el 558 d.C., su predilección por
la vida en común transformó el profundo sentimiento
solitario arraigado entre los monachoi
asasianos. La siguiente noticia sobre este modo de vida
en la Tarraconense procede de La Rioja, en cuyo territorio se
asentó un ferviente admirador del modo de vida solitaria,
Aemilianus, conocido como San Millán. Conocida su vida
gracias a San Braulio, obispo de Zaragoza (que concluyó
su obra hacia el 636 d.C.), su testimonio -en gran medida basado
en las informaciones transmitidas por cinco contemporáneos
del santo: Citonio, Sofronio, Geroncio, Fronimiano y la religiosa
Potamia- muestra a un joven pastor de ovejas de apenas veinte
años de edad que en la segunda mitad del siglo VI d.C.
había sido discípulo de un eremita de nombre Felices
y que, tras recibir oportuna educación, emprendió
su aventura en solitario. Dice San Braulio que "vino
a parar no lejos de la villa de Tercero ... en dónde
no se quedó mucho tiempo al ver que era un impedimento
la multitud de personas que a él concurrían ...
así llegó a los más remotos lugares secretos
del monte Dircetio, cercano a las cumbres y los bosques, donde
cumplió su misión durante casi 40 años
privado de la compañía de los hombres y con el
solo consuelo de los ángeles". Pero el solitario
más insigne, sin duda uno de los más relevantes
de la Hispania de la época goda, desplegó su espiritualidad
en la Gallaecia: el noble Fructuoso; una de las figuras más
destacadas del monacato del siglo VII d.C. en Occidente cuya
trayectoria es conocida gracias a las inquietudes literarias
de Valerio del Bierzo, que recogió entre sus escritos
una Vita Sancti Fructuosi Bracarensis
Episcopi de autor anónimo. Godo de nacimiento
y de origen aristocrático, Fructuoso fue el fundador
del cenobio Complutense y del oratorio de San Pedro, una modesta
edificación que con el paso del tiempo se convirtió
en el cenobio de San Pedro y San Pablo de Montes, en Montes
de Valdueza. San Fructuoso fue un auténtico eremita honesto
pues se sabe que siendo un adolescente recibió su educación
en una escuela episcopal palentina dirigida por Conancio, en
funcionamiento entre los años 607 y 639 d.C.; un tipo
de escuela dedicada a la formación clerical, en la que
tomó el hábito y recibió la tonsura. Sus
comienzos fueron los de un joven que hacia los 20 años
de edad eligió las soledades del Bierzo leonés
para desarrollar su espiritualidad conforme a unos principios
marcados por el rigor oriental de los "Padres del desierto";
y para ello no eligió una soledad cualquiera, sino una
con fuertes reminiscencias paganas, como suele ocurrir en muchos
casos. Allí ejerció de auténtico anacoreta,
vagando solitario por tierras frondosas, boscosas y ásperas,
por cuevas y altas montañas, a la vez que orando, triplicando
los ayunos y aumentando las vigilias. Rigor que también
mostró otro insigne solitario berciano, Valerio, autor
de un sinfín de pequeñas obras y tratados, en
los que trató la cuestión de la vida en soledad
y de innumerables solitarios (Antonio, Atanasio, Simeón,
Pablo de Tebas, etc.). Su caso, que cierra el breve periplo
por las fuentes escritas Hispanas anteriores al 711 d.C., ilustra
a la perfección el sentimiento que el eremitismo despertó
entre los cenobitas, una clase de monje que hará acto
de presencia en Hispania a partir del año 570 d.C. como
consecuencia del asentamiento en la Península de la comunidad
del africano Donato que, además de haber sido discípulo
de un eremita, dicen que vino acompañado de setenta monjes,
trajo consigo una extensa biblioteca y fue el primero que trajo
a Hispania la costumbre de aplicar una regla, probablemente
la agustiniana si se tiene en cuenta su procedencia. San Valerio,
que fue monje durante 20 años de su vida en el cenobio
complutense, sufrió desde entonces y hasta su muerte,
por el hecho de practicar la vida en solitario, la pública
animadversión de los cenobitas del monasterio Rufhianense,
junto al que se había instalado, llegando éstos,
según su propio testimonio, a destruir la celda en la
que vivía y a asesinar a su siervo (un diácono
de nombre Juan). La "envidia", a la que recurre constantemente
Valerio para explicar el origen de sus muchas y continuas desgracias,
pudo deberse al hecho de que los anacoretas y eremitas siempre
ejercieron una gran atracción espiritual sobre las comunidades
cristianas rurales y ésta devoción muchas veces
iba acompañada de unos recursos económicos (en
forma de donaciones principalmente) que tanto los cenobios como
las altas jerarquías eclesiásticas consideraban
legítimamente suyos.
La invasión musulmana del 711 d.C. supuso la división
política de Hispania en territorios dominados por el
Islam y en territorios libres. Esto provocó la ruptura
de la unidad de la Iglesia, que desde entonces y hasta el 1085,
con la conquista de Toledo, contará con dos centros espirituales
(Toledo y Oviedo), que mantendrán intensas disputas teológicas
desde el siglo VIII d.C. También significó el
fraccionamiento geográfico, con la creación y
resurgimiento de una serie de "tierras de frontera",
y espiritual de la comunidad de la comunidad cristiana hispana.
Inmersa en profundos debates teológicos (basta recordar
las disputas entre Beato de Liébana y el obispo Elipando
de Toledo sobre la cuestión adopcionista), la bicéfala
iglesia hispana debió considerar la cuestión del
eremitismo como secundaria, pues a ella solo se referiría,
a finales del siglo IX, el anónimo redactor de la pro-visigoda
"Crónica Albeldense", que consideró
al monje Antonio como el primer fundador de monasterios, utilizando
el término monasterium
en el sentido de cenobio, tal y como se corresponde con las
fundaciones regias de entonces, y no en el del hábitat
de un solitario (la realidad documental muestra como a partir
del siglo VIII d.C. se generalizará el uso del término
monasterium en detrimento
de coenobium ya que para entonces
se habían limado las diferencias etimológicas
entre ambos). Se puede afirmar que el monaquismo hispano de
los siglos VIII al X d.C., uno de los protagonistas principales
de la organización político administrativa del
territorio, conservó muchos de los rasgos primitivos
del movimiento. La novedad más significativa con respecto
a los siglos precedentes fue la imparable popularidad de la
Regula Monachorum de San Benito
de Nursia, hasta el punto de que ya era de sobras conocida en
la Península en la primera mitad del siglo X d.C. Si
bien desde el punto de vista eclesiástico apenas se conservan
valoraciones sobre el tipo de vida en solitario, los pocos que
se conocen parecen constatar que sufrió una cierta alteración
determinada por la nueva situación política, que
en los territorios libres estuvo condicionada por la repoblación
o reorganización de los territorios. El avance de la
frontera cristiana, especialmente con Alfonso III (866-910 d.C.),
requería una nueva respuesta política y ésta
se basó, fundamentalmente en la reestructuración
y reorganización de los territorios; un proceso en el
que la intervención de la Iglesia, en general, y el movimiento
monástico en particular, resultó fundamental.
Los monarcas astur-leoneses que potenciaron dicho proceso se
dieron cuenta desde un principio de que el aporte humano resultaría
fundamental para llevarlo a buen término, por lo que
no rechazaron a sus protagonistas ni por su procedencia de los
territorios situados en la órbita política islámica
(los dhimmíes) ni por
sus preferencias espirituales, ya que las fuentes escritas muestran
claramente como favorecieron las fundaciones cenobíticas.
Genadio, junto con San Fructuoso, fueron personalidades eclesiásticas
con una gran cultura monástica que trasladaron al mundo
rural el papel benéfico que la iglesia desempeñaba
en el mundo urbano; hombres que fomentaron y respetaron la vida
en soledad a la vez que supieron utilizar el cenobitismo como
motor de feudalización. Dado que la verdadera vocación
Genadio era, como en el caso de San Fructuoso, la vida en soledad
reestableció el tipo de vida que más le agradaba,
el anacorético, pero lo hizo dependiente del control
cenobítico.
Respecto de la arquitectura para solitarios se deduce del testimonio
isidoriano que, a mediados del siglo VII d.C., existían
dos tipos de monachoi: los
coenobiae y los eremitae
o anacoretae. Hay que pensar
que coexistieron dos tipos de organizaciones monásticas
distintas en cuanto a la concepción de su espacio vital
y a la materialización y organización de sus hábitat,
por lo que se puede hablar de dos tipos de manifestaciones arquitectónicas
monásticas, uno dirigido a la vida en soledad y otro
enfocado a la vida en comunidad, una realidad que se constata
en las "Etimologías"
isidorianas, dónde se define el monasterium
como el lugar habitado por un monachus,
por un solitario anacoreta (anachoretes
"el que vive aparte") o ermitaño (eremos
"el que vive en el desierto") y el coenobium
como el espacio destinado al cenobita. Distingue, en definitiva,
entre monasterios y cenobios. El cenobítico es un hábitat
que por su concepción espiritual rechaza cualquier atisbo
de individualidad, ya sea espiritual o física; alejado
de hombres, que no aislado, que acota el espacio en el que el
monje desarrollaba su espiritualidad de manera individual, pero
dentro de un entorno comunitario. Espacios al servicio de una
comunidad de monjes dirigida por un abad y regida, especialmente
en el caso hispano, por una o varias de las reglas contenidas
en el Liber Regularum, un
código espiritual compilatorio en el que los textos normativos
de San Isidoro y San Fructuoso compartían protagonismo
con los de Pacomio, Basilio, Agustín, Juan Casiano o
Benito de Nursia. Cuando se pretende analizar la variante arquitectónica
rupestre resulta muy difícil precisar su uso religioso,
su funcionalidad y su cronología. De hecho, algunos de
los complejos cenobíticos rupestres anteriores al 711
d.C., como el de Valdecanales, presentan una serie de estancias
cuya funcionalidad religiosa puede ser la un oratorio público
para atender las necesidades espirituales de la zona o bien
una hospedería al servicio de los peregrinos o viajeros
que seguían la ruta del camino viejo de Toledo. No obstante,
los cientos de espacios identificados como eremíticos
a lo largo y ancho de la geografía peninsular parecen
participar de una serie de rasgos comunes que vienen a confirmar
lo expuesto en las fuentes escritas: su localización
en espacios naturales, generalmente cuevas (en algunas ocasiones
naturales aunque acondicionadas por la mano del hombre o bien
talladas ex professo); su
ubicación en zonas rurales, en ocasiones con una cierta
carga religiosa (incluso precristiana en algunos casos); y su
localización en territorios de frontera. En principio
se puede definir al monasterio (el espacio del anacoreta o del
eremita honesto) como un ámbito unipersonal extremadamente
sencillo y humilde (cuevas y chozas de pequeñas dimensiones),
aislado (pues los auténticos solitarios vivían
en la más absoluta soledad) y que generalmente solía
reunir las funciones de vivienda y oratorio (llamadas celdas
oratorio). No resulta posible diferenciar desde esta perspectiva
a los hábitat de anacoretas y ermitas honestos ya que
unos y otros no son sino auténticos monasteria,
del griego monos "solo"
y sterion "residencia",
es decir, la habitación de un solitario (el término
monasterio identifica, al menos desde un punto de vista etimológico,
una construcción que nada tiene que ver con el significado
actual que se le da a la palabra, que se acerca a lo que originalmente
se conocía como cenobio). Estos espacios de uso individual
recibieron distintas denominaciones a partir del siglo VI d.C.
Para San Braulio se trata de un habitaculum
o de una cella, mientras que
en algunos textos del siglo VII d.C. se recoge el término
ergastulum, de marcado acento
penitencial, que identifica un espacio de pequeño tamaño
o cellula, existente en o
junto a una ecclesia. Sobre
la posibilidad de que tales construcciones incorporasen materiales
como la madera o la paja no hay más que recordar aquel
texto de San Valerio en el que se narra la destrucción
por un incendio del monasterio de Castro Petroso; o aquel otro
de la vida de San Martín de Braga: "ipse
ex lignim contextam cellulam habetat...". Otros
espacios monásticos rupestres los constituyen las celdas-oratorio
como la de Cueva Andrés.
En muchas ocasiones el primitivo hábitat solitario e
individual de anacoretas y eremitas dio lugar a otro tipo de
organizaciones: las lauras y eremitorios, en ocasiones auténticos
monasterios-aldea o poblados monacales. La vida de San Martín
de Tours, descrita por Sulpicio Severo, una de las figuras literarias
más relevantes del siglo IV d.C., ofrece una visión
ciertamente esclarecedora de un proceso muy concreto: "la
pérdida de la soledad de la que disfrutaba en una celda
construida junto a una iglesia urbana le obligó a abandonarla
y fundar un monasterio en un paraje solitario situado a dos
millas de la ciudad. Allí se construyó una celda
de madera, estableció un monasterio, pero también
allí le siguieron sus hermanos, que en su mayor parte
habitaron las cuevas de los alrededores". Este texto
refleja el carácter solitario de un monasterium
que desaparecerá con la llegada y establecimiento en
celdas de madera y cuevas de ochenta hermanos. Ese sería
el verdadero aspecto de una laura o eremitorio galo del siglo
IV d.C. que, posteriormente, derivaría en un cenobio
ortodoxamente organizado de acuerdo a una regla. Solo hubo una
modalidad, y de clara raigambre oriental, que permitió
conciliar la ascesis individual con el cenobitismo: se trata
de las laurae o lavrae,
una fórmula material y espiritual surgida en Palestina
y conocida por algún que otro religioso hispano de finales
del siglo IV d.C. Muchas lauras o colonias eremíticas
aparecen configuradas por multitud de espacios individuales
que habrían ido surgiendo alrededor de una celda oratorio
o habitáculo ocupado por un anacoreta o "eremita
honesto" con gran fama de santidad que gobernaría
la comunidad de acuerdo a sus propias preferencias espirituales.
Un agrupamiento de solitarios que llevará parejo la necesidad
de contar con ciertos espacios de uso comunitario, entre otros
los de almacenamiento y el cultural. Y es que en un ambiente
de soledad como el del eremitorio el monje únicamente
haría vida en común en momentos tan concretos
como el de la celebración eucarística, ya que
su transcurrir diario acontecía en la soledad de su celda-cueva
o su celda-cabaña. Estas lavras
y eremitorios responden a una tipología o modalidad organizativa
que, al menos desde el siglo VI d.C., disponía de un
oratorium (en muchos casos
probablemente la única construcción pétrea
y exenta del conjunto) como centro de reunión esporádico
de los solitarios dispersos por sus alrededores (que harían
su vida diaria en la soledad de sus cuevas y cabañas)
y de espacios para almacenamiento, refugio, etc. A una lavra
pudo pertenecer a la "Cueva de los siete altares",
datada en el siglo VII d.C. y vinculada a la mítica figura
de San Frutos "más que
una morada habitual de uno o pocos solitarios un centro de reunión
esporádica eucarística". Como organización
tipo lavra hay que considerar
la primera realidad material del cenobio Servitano de Cuenca:
la comunidad del norteafricano Donato que se instaló
junto a la ciudad romana de Ercávica, entonces prácticamente
abandonada, y erigió un oratorium
rupestre que serviría de iglesia y sala de reuniones
(los monjes se instalaron en torno al espacio cultural, configurando
una auténtica lavra).
En este oratorio fue enterrado Donato tras su muerte, acaecida
hacia el 580 ó 584 d.C., y al poco tiempo atrajo una
gran cantidad de enterramientos a su alrededor, surgiendo una
auténtica necrópolis “ad
sanctos”. San Pedro de las Rocas representa otro
ejemplo de recinto cueva surgido a modo de lavra,
destinado en un principio a un grupo de fieles cristianos (probablemente
un monasterio familiar) seguidores de las doctrinas de San Martín
de Braga.
A principios del siglo X parecen pertenecer las iglesias rupestres
organizadas en torno a Valderredible en Cantabria. En particular
la singular iglesia de Santa María de Valverde presenta
dos templos: del primero destacar la zona de cabecera, a la
que se accede por un arco ligeramente semicircular en cuyas
jambas se ven las huellas del lugar en el que iba encajado el
travesaño que soportaba el velo que ocultaba esta parte
del templo, el sanctuarium altaris,
a los fieles. Respecto al segundo, de triple nave coronada por
su correspondiente espacio absidal, hablar de la presencia de
una cruz griega que guarda ciertas reminiscencias con las cruces
que tanto proliferaron en la miniatura y en las construcciones
asturianas de los siglos IX y X d.C. En la provincia de Palencia
se encuentran tres conjuntos de extraordinaria calidad, datados
entre los siglos VIII y X d.C. El más impresionante es
el de Olleros de Pisuerga, formado por la iglesia de los santos
Justo y Pastor (del siglo X d.C. con reformas de finales del
XII d.C.), unos espacios de viviendas de eremitas y una necrópolis.
En Villacibió se localiza la ermita de San Pelayo -que
probablemente contó con una "puerta del coro"
o iconostacio de madera y tras ella, a no mucha distancia, el
eremitorio. Algo muy similar ocurre en Villarén donde
se encuentra la ermita de San Martín, un edificio de
dos naves datado (según las diversas lecturas que se
han efectuado en un epígrafe in situ) entre los años
567 y 1067. Otro caso aún por resolver se encuentra en
la provincia de Burgos, el conjunto de Presillas de Bricia,
compuesto por una iglesia rupestre, dedicada a San Miguel, de
tres naves y doble planta (como la de Arroyuelos) que ha sido
datada a mediados del siglo IX d.C. por sus arcos de medio punto
peraltado, tan habituales en lo asturiano, y por dos estancias
que se han querido identificar con un baptisterio y una sala
capitular.
Respecto de la arquitectura rupestre en los territorios sometidos
por el Islam, la capacidad constructiva de los dhimmíes,
de la "gente del pacto", vino condicionada por las
prohibiciones que al respecto dictaron las autoridades musulmanas
y, de manera muy especial, por la escasa participación
de las altas jerarquías eclesiásticas (ocupados
en la restauración de edificios). Para entender mejor
el porqué de la escasa manifestación constructiva
cristiana, la denominada "arquitectura de resistencia"
o "arquitectura prohibida" relacionada con los eremitorios
rupestres, conviene recordar una de las condiciones de capitulación
o rendición pacífica de Jerusalén (638
d.C.) que se repetirá -prácticamente al pie de
la letra- en las capitulaciones que firmaron algunos nobles
visigodos con el nuevo invasor: "e
hicimos esta estipulación con vosotros por la cual nos
comprometemos a no construir en la ciudad ni en su suburbio
nuevos monasterios, iglesias, conventos o eremitorios".
Independientemente de lo anterior, en las comunidades rurales
cristianas andaluzas se han identificado una gran cantidad de
iglesias rupestres y semi rupestres, aunque aún no está
muy claro cuantas de ellas pueden considerarse "cenobios".
Ni siquiera el extraordinario yacimiento de Bobastro puede identificarse
como perteneciente a un hábitat monástico. |
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