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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  PRERROMÁNICO

MONASTERIOS Y EREMITORIOS RUPESTRES

Se entiende por eremitismo al fenómeno protagonizado por un tipo de solitario tan concreto como el eremita, un personaje vestido de manera paupérrima, escasamente alimentado, poco aseado y acostumbrado a los castigos físicos; un singular modo de vida nacido en Oriente allá por el siglo III d.C. en Egipto y Siria, pero con precedentes precristianos, como el de la comunidad judía de los Terapeutas los "curadores de almas", asentada en Alejandría, que propugnaba la soledad y el aislamiento como vía para alcanzar la perfección espiritual. Un concepto, el de la soledad como vía para alcanzar la perfección espiritual, cuya génesis se retrotrae al Evangelio según San Mateo: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme" que fue puesto en práctica por Antonio el ermitaño, San Antonio el Grande (250-236 d.C.), el Padre de los Monjes, el más ilustre de los primeros solitarios orientales, cuya vida se conoce gracias al texto redactado por su biógrafo, San Atanasio entre el 356 y el 357 d.C. Amante de la soledad, el último medio siglo de su longeva vida -alcanzó la edad de los 105 años- San Antonio residió en el monte Colzum, cerca del Mar Rojo, entre largos ayunos y oraciones, y fabricando esteras para no caer en la ociosidad (esta era su manera de defenderse contra los violentos ataques del demonio). Será un contemporáneo suyo, el también egipcio San Pancomio (250-346 d.C.), el primero en convertir a estos monjes solitarios en monjes cenobitas, el primero en agruparlos en un hábitat para la vida en común, ya que la vida solitaria, en opinión de Pancomio, había alejado el servicio de Dios del de los hombres. El eremita constituye una categoría de monje que parece obviada por uno de los grandes autores cristianos de entonces, Juan Casiano, que en una de sus obras más significativas, "Las Colaciones", escritas entre los años 418-427 d.C., muestra las clases de solitarios existentes entonces en la Galia: "los monjes que se abstenían del matrimonio y de la compañía de los padres y tenían un estilo de vida solitario alejado del de la gente del mundo, que al constituirse en comunidad recibieron el nombre de cenobitas de entre los que surgieron los santos anacoretas". El texto casianense denomina monjes a los primeros cristianos que, renegando del mundo y de la compañía de sus semejantes, renegando de la sociedad, en definitiva, decidieron emprender una vida solitaria, mientras que los cenobitas serían aquellos monjes que se constituían en una comunidad y decidían llevar una vida en común. Será de entre los más perfectos de estos últimos de donde surjan los anacoretas (de anachoretes "el que vive aparte"), quienes tras pasar por una experiencia cenobítica deciden vivir su espiritualidad en la más estricta soledad. Un término anachoresis, que originalmente tuvo un fuerte trasfondo económico, ya que en el antiguo Egipto romano sirvió para denominar a aquellos que huían para no pagar impuestos.

Gracias a distintos estudios se sabe que el fenómeno eremítico en la Hispania tardo antigua y medieval no era muy distinto al de la Galia. Desde sus inicios, allá por el siglo IV d.C., el fenómeno monástico hispano, en principio surgido en un ambiente aristocrático y urbano, se manifestó como disperso por el "desierto", alejado de las villae y las civitas, aunque no aislado ni incomunicado; en definitiva como un fenómeno que buscaba apartarse del mundanal ruido. Un fenómeno del que se tiene constancia en la Península, al menos, desde el año 380 d.C., fecha en la que se celebró el primer concilio de Zaragoza, que en su canon segundo condenaba a todos aquellos cristianos que se escondían en las montañas "latibula ... ac montium". Desde sus orígenes el "orden monástico" buscó la perfección en unos principios espirituales que conducían al monje a la santidad por la vía heroica del martirio continuo y cotidiano en soledad. No en vano la vida del cenobita fue considerada por la jerarquía eclesiástica hispana (tanto hispano romana como goda) como un tránsito, una preparación a la vida en soledad y la ascesis. Un principio, el de la soledad, que sin embargo traía consigo unos sentimientos de independencia y libertad que no fueron aceptados sin más por la Iglesia hispana (a partir del 589 d.C. jerárquicamente más goda que hispano romana), que todavía no había olvidado una mala experiencia muy vinculada a los ambientes rupestres: las derivada de las enseñanzas de Prisciliano, el primero de los heterodoxos españoles, el primer hereje.
Muestra de esta desconfianza será la homilía que San Leandro dirigió a los asistentes al III Concilio de Toledo (589 d.C.) en el que relaciona herejías y cavernas: "herejes que se esconden en sus cavernas para predicar falsas doctrinas". Prácticas éstas que habían sido previamente condenadas por San Gregorio Magno en la misma centuria. Pero la Iglesia no podía renegar de su existencia ya que se trataba del modus vivendi de los gentiles (tal y como explicó el propio San Leandro pocos años antes en un escrito dirigido a su hermana Florentina), aquellos a los que, ante la imposibilidad de reducirlos a su género de vida, se les permitió vivir como particulares y usar sus propios bienes. A pesar de ser considerados un apéndice no deseado del cenobitismo, al ser un modo de vida santificado por la Iglesia, esta solo pudo dirigir sus esfuerzos a controlarlo, nunca a eliminarlo. Será años más tarde, con una iglesia hispano romana unificada desde el punto de vista doctrinal, cuando el hermano de Leandro y Florentina, San Isidoro de Sevilla (560-636 d.C.) amplíe los testimonios de Casiano y Leandro. Dice San Isidoro: "Anacoretas son quienes, después de la vida cenobítica (en la que imitan a los Apóstoles), se dirigen a los desiertos y habitan solos en los parajes despoblados, apartados de los hombres imitando a Elías y Juan". Lo que resulta más trascendente es que introduce un nuevo tipo de monjes, los eremitae (de eremos "el que vive en el desierto"), también llamados anacoretas, que no son sino los que han huido lejos de la presencia de los hombres, buscando el yermo y las soledades del desierto. Seducido por la obra de Casiano y la regla monástica de San Benito de Nursia el padre del monacato occidental, San Isidoro, recuerda que al grado supremo de anacoreta se accedía tras haber pasado por la experiencia cenobítica; condición previa que no cumplían todos los eremitas pues es sabido que en la Hispania de la primera mitad del siglo VII d.C. también había "eremitas deshonestos", aquellos solitarios monjes vagabundos de los que se ocuparon los asistentes al VII concilio de Toledo (646 d.C.): "que practicaban ese modo de vida sin antes haber vivido en algún monasterio conforme a las reglas". Los eremitas honestos antes de acceder a la vida en soledad habían pasado por el filtro de la vida cenobítica (lo que suponía la obediencia debida al abad y el sometimiento a una legislación, a una regula), mientras que los deshonestos se lanzaban a la soledad del yermo de forma espontánea, quien sabe si continuando un modo de vida implantado por aquellos a los que el obispo hispalense denominó montanos: cristianos que en tiempos de las persecuciones (principios del siglo IV d.C.) decidieron refugiarse en los montes y separarse de la ortodoxia católica imperante.

En la Península Ibérica una de las primeras provincias en manifestar la presencia de solitarios fue la Tarraconense. A su llegada al monasterio de Asan (fundado a principios del siglo VI d.C. por Gesaleico en Aragón) el italiano Victoriano se recluyó en una oscura gruta de una montaña cercana. Fallecido en el 558 d.C., su predilección por la vida en común transformó el profundo sentimiento solitario arraigado entre los monachoi asasianos. La siguiente noticia sobre este modo de vida en la Tarraconense procede de La Rioja, en cuyo territorio se asentó un ferviente admirador del modo de vida solitaria, Aemilianus, conocido como San Millán. Conocida su vida gracias a San Braulio, obispo de Zaragoza (que concluyó su obra hacia el 636 d.C.), su testimonio -en gran medida basado en las informaciones transmitidas por cinco contemporáneos del santo: Citonio, Sofronio, Geroncio, Fronimiano y la religiosa Potamia- muestra a un joven pastor de ovejas de apenas veinte años de edad que en la segunda mitad del siglo VI d.C. había sido discípulo de un eremita de nombre Felices y que, tras recibir oportuna educación, emprendió su aventura en solitario. Dice San Braulio que "vino a parar no lejos de la villa de Tercero ... en dónde no se quedó mucho tiempo al ver que era un impedimento la multitud de personas que a él concurrían ... así llegó a los más remotos lugares secretos del monte Dircetio, cercano a las cumbres y los bosques, donde cumplió su misión durante casi 40 años privado de la compañía de los hombres y con el solo consuelo de los ángeles". Pero el solitario más insigne, sin duda uno de los más relevantes de la Hispania de la época goda, desplegó su espiritualidad en la Gallaecia: el noble Fructuoso; una de las figuras más destacadas del monacato del siglo VII d.C. en Occidente cuya trayectoria es conocida gracias a las inquietudes literarias de Valerio del Bierzo, que recogió entre sus escritos una Vita Sancti Fructuosi Bracarensis Episcopi de autor anónimo. Godo de nacimiento y de origen aristocrático, Fructuoso fue el fundador del cenobio Complutense y del oratorio de San Pedro, una modesta edificación que con el paso del tiempo se convirtió en el cenobio de San Pedro y San Pablo de Montes, en Montes de Valdueza. San Fructuoso fue un auténtico eremita honesto pues se sabe que siendo un adolescente recibió su educación en una escuela episcopal palentina dirigida por Conancio, en funcionamiento entre los años 607 y 639 d.C.; un tipo de escuela dedicada a la formación clerical, en la que tomó el hábito y recibió la tonsura. Sus comienzos fueron los de un joven que hacia los 20 años de edad eligió las soledades del Bierzo leonés para desarrollar su espiritualidad conforme a unos principios marcados por el rigor oriental de los "Padres del desierto"; y para ello no eligió una soledad cualquiera, sino una con fuertes reminiscencias paganas, como suele ocurrir en muchos casos. Allí ejerció de auténtico anacoreta, vagando solitario por tierras frondosas, boscosas y ásperas, por cuevas y altas montañas, a la vez que orando, triplicando los ayunos y aumentando las vigilias. Rigor que también mostró otro insigne solitario berciano, Valerio, autor de un sinfín de pequeñas obras y tratados, en los que trató la cuestión de la vida en soledad y de innumerables solitarios (Antonio, Atanasio, Simeón, Pablo de Tebas, etc.). Su caso, que cierra el breve periplo por las fuentes escritas Hispanas anteriores al 711 d.C., ilustra a la perfección el sentimiento que el eremitismo despertó entre los cenobitas, una clase de monje que hará acto de presencia en Hispania a partir del año 570 d.C. como consecuencia del asentamiento en la Península de la comunidad del africano Donato que, además de haber sido discípulo de un eremita, dicen que vino acompañado de setenta monjes, trajo consigo una extensa biblioteca y fue el primero que trajo a Hispania la costumbre de aplicar una regla, probablemente la agustiniana si se tiene en cuenta su procedencia. San Valerio, que fue monje durante 20 años de su vida en el cenobio complutense, sufrió desde entonces y hasta su muerte, por el hecho de practicar la vida en solitario, la pública animadversión de los cenobitas del monasterio Rufhianense, junto al que se había instalado, llegando éstos, según su propio testimonio, a destruir la celda en la que vivía y a asesinar a su siervo (un diácono de nombre Juan). La "envidia", a la que recurre constantemente Valerio para explicar el origen de sus muchas y continuas desgracias, pudo deberse al hecho de que los anacoretas y eremitas siempre ejercieron una gran atracción espiritual sobre las comunidades cristianas rurales y ésta devoción muchas veces iba acompañada de unos recursos económicos (en forma de donaciones principalmente) que tanto los cenobios como las altas jerarquías eclesiásticas consideraban legítimamente suyos.

La invasión musulmana del 711 d.C. supuso la división política de Hispania en territorios dominados por el Islam y en territorios libres. Esto provocó la ruptura de la unidad de la Iglesia, que desde entonces y hasta el 1085, con la conquista de Toledo, contará con dos centros espirituales (Toledo y Oviedo), que mantendrán intensas disputas teológicas desde el siglo VIII d.C. También significó el fraccionamiento geográfico, con la creación y resurgimiento de una serie de "tierras de frontera", y espiritual de la comunidad de la comunidad cristiana hispana. Inmersa en profundos debates teológicos (basta recordar las disputas entre Beato de Liébana y el obispo Elipando de Toledo sobre la cuestión adopcionista), la bicéfala iglesia hispana debió considerar la cuestión del eremitismo como secundaria, pues a ella solo se referiría, a finales del siglo IX, el anónimo redactor de la pro-visigoda "Crónica Albeldense", que consideró al monje Antonio como el primer fundador de monasterios, utilizando el término monasterium en el sentido de cenobio, tal y como se corresponde con las fundaciones regias de entonces, y no en el del hábitat de un solitario (la realidad documental muestra como a partir del siglo VIII d.C. se generalizará el uso del término monasterium en detrimento de coenobium ya que para entonces se habían limado las diferencias etimológicas entre ambos). Se puede afirmar que el monaquismo hispano de los siglos VIII al X d.C., uno de los protagonistas principales de la organización político administrativa del territorio, conservó muchos de los rasgos primitivos del movimiento. La novedad más significativa con respecto a los siglos precedentes fue la imparable popularidad de la Regula Monachorum de San Benito de Nursia, hasta el punto de que ya era de sobras conocida en la Península en la primera mitad del siglo X d.C. Si bien desde el punto de vista eclesiástico apenas se conservan valoraciones sobre el tipo de vida en solitario, los pocos que se conocen parecen constatar que sufrió una cierta alteración determinada por la nueva situación política, que en los territorios libres estuvo condicionada por la repoblación o reorganización de los territorios. El avance de la frontera cristiana, especialmente con Alfonso III (866-910 d.C.), requería una nueva respuesta política y ésta se basó, fundamentalmente en la reestructuración y reorganización de los territorios; un proceso en el que la intervención de la Iglesia, en general, y el movimiento monástico en particular, resultó fundamental. Los monarcas astur-leoneses que potenciaron dicho proceso se dieron cuenta desde un principio de que el aporte humano resultaría fundamental para llevarlo a buen término, por lo que no rechazaron a sus protagonistas ni por su procedencia de los territorios situados en la órbita política islámica (los dhimmíes) ni por sus preferencias espirituales, ya que las fuentes escritas muestran claramente como favorecieron las fundaciones cenobíticas. Genadio, junto con San Fructuoso, fueron personalidades eclesiásticas con una gran cultura monástica que trasladaron al mundo rural el papel benéfico que la iglesia desempeñaba en el mundo urbano; hombres que fomentaron y respetaron la vida en soledad a la vez que supieron utilizar el cenobitismo como motor de feudalización. Dado que la verdadera vocación Genadio era, como en el caso de San Fructuoso, la vida en soledad reestableció el tipo de vida que más le agradaba, el anacorético, pero lo hizo dependiente del control cenobítico.

Respecto de la arquitectura para solitarios se deduce del testimonio isidoriano que, a mediados del siglo VII d.C., existían dos tipos de monachoi: los coenobiae y los eremitae o anacoretae. Hay que pensar que coexistieron dos tipos de organizaciones monásticas distintas en cuanto a la concepción de su espacio vital y a la materialización y organización de sus hábitat, por lo que se puede hablar de dos tipos de manifestaciones arquitectónicas monásticas, uno dirigido a la vida en soledad y otro enfocado a la vida en comunidad, una realidad que se constata en las "Etimologías" isidorianas, dónde se define el monasterium como el lugar habitado por un monachus, por un solitario anacoreta (anachoretes "el que vive aparte") o ermitaño (eremos "el que vive en el desierto") y el coenobium como el espacio destinado al cenobita. Distingue, en definitiva, entre monasterios y cenobios. El cenobítico es un hábitat que por su concepción espiritual rechaza cualquier atisbo de individualidad, ya sea espiritual o física; alejado de hombres, que no aislado, que acota el espacio en el que el monje desarrollaba su espiritualidad de manera individual, pero dentro de un entorno comunitario. Espacios al servicio de una comunidad de monjes dirigida por un abad y regida, especialmente en el caso hispano, por una o varias de las reglas contenidas en el Liber Regularum, un código espiritual compilatorio en el que los textos normativos de San Isidoro y San Fructuoso compartían protagonismo con los de Pacomio, Basilio, Agustín, Juan Casiano o Benito de Nursia. Cuando se pretende analizar la variante arquitectónica rupestre resulta muy difícil precisar su uso religioso, su funcionalidad y su cronología. De hecho, algunos de los complejos cenobíticos rupestres anteriores al 711 d.C., como el de Valdecanales, presentan una serie de estancias cuya funcionalidad religiosa puede ser la un oratorio público para atender las necesidades espirituales de la zona o bien una hospedería al servicio de los peregrinos o viajeros que seguían la ruta del camino viejo de Toledo. No obstante, los cientos de espacios identificados como eremíticos a lo largo y ancho de la geografía peninsular parecen participar de una serie de rasgos comunes que vienen a confirmar lo expuesto en las fuentes escritas: su localización en espacios naturales, generalmente cuevas (en algunas ocasiones naturales aunque acondicionadas por la mano del hombre o bien talladas ex professo); su ubicación en zonas rurales, en ocasiones con una cierta carga religiosa (incluso precristiana en algunos casos); y su localización en territorios de frontera. En principio se puede definir al monasterio (el espacio del anacoreta o del eremita honesto) como un ámbito unipersonal extremadamente sencillo y humilde (cuevas y chozas de pequeñas dimensiones), aislado (pues los auténticos solitarios vivían en la más absoluta soledad) y que generalmente solía reunir las funciones de vivienda y oratorio (llamadas celdas oratorio). No resulta posible diferenciar desde esta perspectiva a los hábitat de anacoretas y ermitas honestos ya que unos y otros no son sino auténticos monasteria, del griego monos "solo" y sterion "residencia", es decir, la habitación de un solitario (el término monasterio identifica, al menos desde un punto de vista etimológico, una construcción que nada tiene que ver con el significado actual que se le da a la palabra, que se acerca a lo que originalmente se conocía como cenobio). Estos espacios de uso individual recibieron distintas denominaciones a partir del siglo VI d.C. Para San Braulio se trata de un habitaculum o de una cella, mientras que en algunos textos del siglo VII d.C. se recoge el término ergastulum, de marcado acento penitencial, que identifica un espacio de pequeño tamaño o cellula, existente en o junto a una ecclesia. Sobre la posibilidad de que tales construcciones incorporasen materiales como la madera o la paja no hay más que recordar aquel texto de San Valerio en el que se narra la destrucción por un incendio del monasterio de Castro Petroso; o aquel otro de la vida de San Martín de Braga: "ipse ex lignim contextam cellulam habetat...". Otros espacios monásticos rupestres los constituyen las celdas-oratorio como la de Cueva Andrés.

En muchas ocasiones el primitivo hábitat solitario e individual de anacoretas y eremitas dio lugar a otro tipo de organizaciones: las lauras y eremitorios, en ocasiones auténticos monasterios-aldea o poblados monacales. La vida de San Martín de Tours, descrita por Sulpicio Severo, una de las figuras literarias más relevantes del siglo IV d.C., ofrece una visión ciertamente esclarecedora de un proceso muy concreto: "la pérdida de la soledad de la que disfrutaba en una celda construida junto a una iglesia urbana le obligó a abandonarla y fundar un monasterio en un paraje solitario situado a dos millas de la ciudad. Allí se construyó una celda de madera, estableció un monasterio, pero también allí le siguieron sus hermanos, que en su mayor parte habitaron las cuevas de los alrededores". Este texto refleja el carácter solitario de un monasterium que desaparecerá con la llegada y establecimiento en celdas de madera y cuevas de ochenta hermanos. Ese sería el verdadero aspecto de una laura o eremitorio galo del siglo IV d.C. que, posteriormente, derivaría en un cenobio ortodoxamente organizado de acuerdo a una regla. Solo hubo una modalidad, y de clara raigambre oriental, que permitió conciliar la ascesis individual con el cenobitismo: se trata de las laurae o lavrae, una fórmula material y espiritual surgida en Palestina y conocida por algún que otro religioso hispano de finales del siglo IV d.C. Muchas lauras o colonias eremíticas aparecen configuradas por multitud de espacios individuales que habrían ido surgiendo alrededor de una celda oratorio o habitáculo ocupado por un anacoreta o "eremita honesto" con gran fama de santidad que gobernaría la comunidad de acuerdo a sus propias preferencias espirituales. Un agrupamiento de solitarios que llevará parejo la necesidad de contar con ciertos espacios de uso comunitario, entre otros los de almacenamiento y el cultural. Y es que en un ambiente de soledad como el del eremitorio el monje únicamente haría vida en común en momentos tan concretos como el de la celebración eucarística, ya que su transcurrir diario acontecía en la soledad de su celda-cueva o su celda-cabaña. Estas lavras y eremitorios responden a una tipología o modalidad organizativa que, al menos desde el siglo VI d.C., disponía de un oratorium (en muchos casos probablemente la única construcción pétrea y exenta del conjunto) como centro de reunión esporádico de los solitarios dispersos por sus alrededores (que harían su vida diaria en la soledad de sus cuevas y cabañas) y de espacios para almacenamiento, refugio, etc. A una lavra pudo pertenecer a la "Cueva de los siete altares", datada en el siglo VII d.C. y vinculada a la mítica figura de San Frutos "más que una morada habitual de uno o pocos solitarios un centro de reunión esporádica eucarística". Como organización tipo lavra hay que considerar la primera realidad material del cenobio Servitano de Cuenca: la comunidad del norteafricano Donato que se instaló junto a la ciudad romana de Ercávica, entonces prácticamente abandonada, y erigió un oratorium rupestre que serviría de iglesia y sala de reuniones (los monjes se instalaron en torno al espacio cultural, configurando una auténtica lavra). En este oratorio fue enterrado Donato tras su muerte, acaecida hacia el 580 ó 584 d.C., y al poco tiempo atrajo una gran cantidad de enterramientos a su alrededor, surgiendo una auténtica necrópolis “ad sanctos”. San Pedro de las Rocas representa otro ejemplo de recinto cueva surgido a modo de lavra, destinado en un principio a un grupo de fieles cristianos (probablemente un monasterio familiar) seguidores de las doctrinas de San Martín de Braga.

A principios del siglo X parecen pertenecer las iglesias rupestres organizadas en torno a Valderredible en Cantabria. En particular la singular iglesia de Santa María de Valverde presenta dos templos: del primero destacar la zona de cabecera, a la que se accede por un arco ligeramente semicircular en cuyas jambas se ven las huellas del lugar en el que iba encajado el travesaño que soportaba el velo que ocultaba esta parte del templo, el sanctuarium altaris, a los fieles. Respecto al segundo, de triple nave coronada por su correspondiente espacio absidal, hablar de la presencia de una cruz griega que guarda ciertas reminiscencias con las cruces que tanto proliferaron en la miniatura y en las construcciones asturianas de los siglos IX y X d.C. En la provincia de Palencia se encuentran tres conjuntos de extraordinaria calidad, datados entre los siglos VIII y X d.C. El más impresionante es el de Olleros de Pisuerga, formado por la iglesia de los santos Justo y Pastor (del siglo X d.C. con reformas de finales del XII d.C.), unos espacios de viviendas de eremitas y una necrópolis. En Villacibió se localiza la ermita de San Pelayo -que probablemente contó con una "puerta del coro" o iconostacio de madera y tras ella, a no mucha distancia, el eremitorio. Algo muy similar ocurre en Villarén donde se encuentra la ermita de San Martín, un edificio de dos naves datado (según las diversas lecturas que se han efectuado en un epígrafe in situ) entre los años 567 y 1067. Otro caso aún por resolver se encuentra en la provincia de Burgos, el conjunto de Presillas de Bricia, compuesto por una iglesia rupestre, dedicada a San Miguel, de tres naves y doble planta (como la de Arroyuelos) que ha sido datada a mediados del siglo IX d.C. por sus arcos de medio punto peraltado, tan habituales en lo asturiano, y por dos estancias que se han querido identificar con un baptisterio y una sala capitular.

Respecto de la arquitectura rupestre en los territorios sometidos por el Islam, la capacidad constructiva de los dhimmíes, de la "gente del pacto", vino condicionada por las prohibiciones que al respecto dictaron las autoridades musulmanas y, de manera muy especial, por la escasa participación de las altas jerarquías eclesiásticas (ocupados en la restauración de edificios). Para entender mejor el porqué de la escasa manifestación constructiva cristiana, la denominada "arquitectura de resistencia" o "arquitectura prohibida" relacionada con los eremitorios rupestres, conviene recordar una de las condiciones de capitulación o rendición pacífica de Jerusalén (638 d.C.) que se repetirá -prácticamente al pie de la letra- en las capitulaciones que firmaron algunos nobles visigodos con el nuevo invasor: "e hicimos esta estipulación con vosotros por la cual nos comprometemos a no construir en la ciudad ni en su suburbio nuevos monasterios, iglesias, conventos o eremitorios". Independientemente de lo anterior, en las comunidades rurales cristianas andaluzas se han identificado una gran cantidad de iglesias rupestres y semi rupestres, aunque aún no está muy claro cuantas de ellas pueden considerarse "cenobios". Ni siquiera el extraordinario yacimiento de Bobastro puede identificarse como perteneciente a un hábitat monástico.
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