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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  PRERROMÁNICO

Los eremitas honestos antes de acceder a la vida en soledad habían pasado por el filtro de la vida cenobítica (lo que suponía la obediencia debida al abad y el sometimiento a una legislación, a una regula), mientras que los deshonestos se lanzaban a la soledad del yermo de forma espontánea, quien sabe si continuando un modo de vida implantado por aquellos a los que el obispo hispalense denominó montanos: cristianos que en tiempos de las persecuciones (principios del siglo IV d.C.) decidieron refugiarse en los montes y separarse de la ortodoxia católica imperante. En la Península Ibérica una de las primeras provincias en manifestar la presencia de solitarios fue la Tarraconense. A su llegada al monasterio de Asan (fundado a principios del siglo VI d.C. por Gesaleico en Aragón) el italiano Victoriano se recluyó en una oscura gruta de una montaña cercana. Fallecido en el 558 d.C., su predilección por la vida en común transformó el profundo sentimiento solitario arraigado entre los monachoi asasianos. La siguiente noticia sobre este modo de vida en la Tarraconense procede de La Rioja, en cuyo territorio se asentó un ferviente admirador del modo de vida solitaria, Aemilianus, conocido como San Millán. Conocida su vida gracias a San Braulio, obispo de Zaragoza (que concluyó su obra hacia el 636 d.C.), su testimonio -en gran medida basado en las informaciones transmitidas por cinco contemporáneos del santo: Citonio, Sofronio, Geroncio, Fronimiano y la religiosa Potamia- muestra a un joven pastor de ovejas de apenas veinte años de edad que en la segunda mitad del siglo VI d.C. había sido discípulo de un eremita de nombre Felices y que, tras recibir oportuna educación, emprendió su aventura en solitario. Dice San Braulio que "vino a parar no lejos de la villa de Tercero ... en dónde no se quedó mucho tiempo al ver que era un impedimento la multitud de personas que a él concurrían ... así llegó a los más remotos lugares secretos del monte Dircetio, cercano a las cumbres y los bosques, donde cumplió su misión durante casi 40 años privado de la compañía de los hombres y con el solo consuelo de los ángeles".
Cambarco ermita rupestre Cambarco ermita rupestre
Ermita rupestre (Cambarco - Cantabria)
Pero el solitario más insigne, sin duda uno de los más relevantes de la Hispania de la época goda, desplegó su espiritualidad en la Gallaecia: el noble Fructuoso; una de las figuras más destacadas del monacato del siglo VII d.C. en Occidente cuya trayectoria es conocida gracias a las inquietudes literarias de Valerio del Bierzo, que recogió entre sus escritos una Vita Sancti Fructuosi Bracarensis Episcopi de autor anónimo. Godo de nacimiento y de origen aristocrático, Fructuoso fue el fundador del cenobio Complutense y del oratorio de San Pedro, una modesta edificación que con el paso del tiempo se convirtió en el cenobio de San Pedro y San Pablo de Montes, en Montes de Valdueza. San Fructuoso fue un auténtico eremita honesto pues se sabe que siendo un adolescente recibió su educación en una escuela episcopal palentina dirigida por Conancio, en funcionamiento entre los años 607 y 639 d.C.; un tipo de escuela dedicada a la formación clerical, en la que tomó el hábito y recibió la tonsura.
necrópolis de Revenga necrópolis de Revenga
  Despoblado de Revenga (Regumiel de la Sierra-Burgos) - Siglos IX y X: albergó una pequeña iglesia semi-rupestre con un apodytherium (baptisterio) en la parte central y en su derredor una necrópolis de más de 150 tumbas.
Sus comienzos fueron los de un joven que hacia los 20 años de edad eligió las soledades del Bierzo leonés para desarrollar su espiritualidad conforme a unos principios marcados por el rigor oriental de los "Padres del desierto"; y para ello no eligió una soledad cualquiera, sino una con fuertes reminiscencias paganas, como suele ocurrir en muchos casos. Allí ejerció de auténtico anacoreta, vagando solitario por tierras frondosas, boscosas y ásperas, por cuevas y altas montañas, a la vez que orando, triplicando los ayunos y aumentando las vigilias.

Rigor que también mostró otro insigne solitario berciano, Valerio, autor de un sinfín de pequeñas obras y tratados, en los que trató la cuestión de la vida en soledad y de innumerables solitarios (Antonio, Atanasio, Simeón, Pablo de Tebas, etc.). Su caso, que cierra el breve periplo por las fuentes escritas Hispanas anteriores al 711 d.C., ilustra a la perfección el sentimiento que el eremitismo despertó entre los cenobitas, una clase de monje que hará acto de presencia en Hispania a partir del año 570 d.C. como consecuencia del asentamiento en la Península de la comunidad del africano Donato que, además de haber sido discípulo de un eremita, dicen que vino acompañado de setenta monjes, trajo consigo una extensa biblioteca y fue el primero que trajo a Hispania la costumbre de aplicar una regla, probablemente la agustiniana si se tiene en cuenta su procedencia.
San Valerio, que fue monje durante 20 años de su vida en el cenobio complutense, sufrió desde entonces y hasta su muerte, por el hecho de practicar la vida en solitario, la pública animadversión de los cenobitas del monasterio Rufhianense, junto al que se había instalado, llegando éstos, según su propio testimonio, a destruir la celda en la que vivía y a asesinar a su siervo (un diácono de nombre Juan). La "envidia", a la que recurre constantemente Valerio para explicar el origen de sus muchas y continuas desgracias, pudo deberse al hecho de que los anacoretas y eremitas siempre ejercieron una gran atracción espiritual sobre las comunidades cristianas rurales y ésta devoción muchas veces iba acompañada de unos recursos económicos (en forma de donaciones principalmente) que tanto los cenobios como las altas jerarquías eclesiásticas consideraban legítimamente suyos.
Sala de los Infantes eremitorio de Peña Rota Sala de los Infantes eremitorio de Peña Rota
Sala de los Infantes eremitorio de Peña Rota Sala de los Infantes eremitorio de Peña Rota
Conjunto eremítico de Peña Rota (Sala de los Infantes - Burgos): Siglos IX y X
La invasión musulmana del 711 d.C. supuso la división política de Hispania en territorios dominados por el Islam y en territorios libres. Esto provocó la ruptura de la unidad de la Iglesia, que desde entonces y hasta el 1085, con la conquista de Toledo, contará con dos centros espirituales (Toledo y Oviedo), que mantendrán intensas disputas teológicas desde el siglo VIII d.C. También significó el fraccionamiento geográfico, con la creación y resurgimiento de una serie de "tierras de frontera", y espiritual de la comunidad de la comunidad cristiana hispana. Inmersa en profundos debates teológicos (basta recordar las disputas entre Beato de Liébana y el obispo Elipando de Toledo sobre la cuestión adopcionista), la bicéfala iglesia hispana debió considerar la cuestión del eremitismo como secundaria, pues a ella solo se referiría, a finales del siglo IX, el anónimo redactor de la pro-visigoda "Crónica Albeldense", que consideró al monje Antonio como el primer fundador de monasterios, utilizando el término monasterium en el sentido de cenobio, tal y como se corresponde con las fundaciones regias de entonces, y no en el del hábitat de un solitario (la realidad documental muestra como a partir del siglo VIII d.C. se generalizará el uso del término monasterium en detrimento de coenobium ya que para entonces se habían limado las diferencias etimológicas entre ambos). Se puede afirmar que el monaquismo hispano de los siglos VIII al X d.C., uno de los protagonistas principales de la organización político administrativa del territorio, conservó muchos de los rasgos primitivos del movimiento. La novedad más significativa con respecto a los siglos precedentes fue la imparable popularidad de la Regula Monachorum de San Benito de Nursia, hasta el punto de que ya era de sobras conocida en la Península en la primera mitad del siglo X d.C.
Si bien desde el punto de vista eclesiástico apenas se conservan valoraciones sobre el tipo de vida en solitario, los pocos que se conocen parecen constatar que sufrió una cierta alteración determinada por la nueva situación política, que en los territorios libres estuvo condicionada por la repoblación o reorganización de los territorios. El avance de la frontera cristiana, especialmente con Alfonso III, mal llamado "El Magno" (866-910 d.C.), requería una nueva respuesta política y ésta se basó, fundamentalmente en la reestructuración y reorganización de los territorios; un proceso en el que la intervención de la Iglesia, en general, y el movimiento monástico en particular, resultó fundamental.
Cervera de Pisuerga ermita rupestre de San Vicente Cervera de Pisuerga ermita rupestre de San Vicente
Cervera de Pisuerga necrópolis y ermita rupestre de San Vicente Cervera de Pisuerga necrópolis de ermita rupestre de San Vicente
Ermita rupestre de San Vicente (Cervera de Pisuerga - Palencia)
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