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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  PRERROMÁNICO

LOS MONASTERIOS y CENOBIOS RUPESTRES HISPANOS (Siglos V al X)

Se entiende por eremitismo al fenómeno protagonizado por un tipo de solitario tan concreto como el eremita, un personaje vestido de manera paupérrima, escasamente alimentado, poco aseado y acostumbrado a los castigos físicos; un singular modo de vida nacido en Oriente allá por el siglo III d.C. en Egipto y Siria, pero con precedentes precristianos, como el de la comunidad judía de los Terapeutas los "curadores de almas", asentada en Alejandría, que propugnaba la soledad y el aislamiento como vía para alcanzar la perfección espiritual.
Santo Toribio de Liébana cueva santa Santo Toribio de Liébana ermita de San Pedro
Cueva Santa y Ermita de San Pedro (Santo Toribio de Liébana - Cantabria)
Un concepto, el de la soledad como vía para alcanzar la perfección espiritual, cuya génesis se retrotrae al Evangelio según San Mateo: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme" que fue puesto en práctica por Antonio el ermitaño, San Antonio el Grande (250-236 d.C.), el Padre de los Monjes, el más ilustre de los primeros solitarios orientales, cuya vida se conoce gracias al texto redactado por su biógrafo, San Atanasio entre el 356 y el 357 d.C. Amante de la soledad, el último medio siglo de su longeva vida -alcanzó la edad de los 105 años- San Antonio residió en el monte Colzum, cerca del Mar Rojo, entre largos ayunos y oraciones, y fabricando esteras para no caer en la ociosidad (esta era su manera de defenderse contra los violentos ataques del demonio). Será un contemporáneo suyo, el también egipcio San Pancomio (250-346 d.C. ¿ ?), que se inició en la vida solitaria de la mano del anciano Palemón, el primero en convertir a estos monjes solitarios en monjes cenobitas, el primero en agruparlos en un hábitat para la vida en común, ya que la vida solitaria, en opinión de Pancomio, había alejado el servicio de Dios del de los hombres.
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Cenobio "Cuevas de Espeluca" (Giribaile - Jaén) – Siglos IX y X
Una categoría de monje, la del eremita, que parece obviada por uno de los grandes autores cristianos de entonces, Juan Casiano, que en una de sus obras más significativas, "Las Colaciones", escritas entre los años 418-427 d.C., muestra las clases de solitarios existentes entonces en la Galia: "los monjes que se abstenían del matrimonio y de la compañía de los padres y tenían un estilo de vida solitario alejado del de la gente del mundo, que al constituirse en comunidad recibieron el nombre de cenobitas de entre los que surgieron los santos anacoretas".
El texto casianense denomina monjes a los primeros cristianos que, renegando del mundo y de la compañía de sus semejantes, renegando de la sociedad, en definitiva, decidieron emprender una vida solitaria, mientras que los cenobitas serían aquellos monjes que se constituían en una comunidad y decidían llevar una vida en común. Será de entre los más perfectos de estos últimos de donde surjan los anacoretas (de anachoretes "el que vive aparte"), quienes tras pasar por una experiencia cenobítica deciden vivir su espiritualidad en la más estricta soledad. Un término anachoresis, que originalmente tuvo un fuerte trasfondo económico, ya que en el antiguo Egipto romano sirvió para denominar a aquellos que huían para no pagar impuestos.
Tartalés de Cilla eremitorio de San Pedro Tartalés de Cilla eremitorio de San Pedro
Eremitorio de San Pedro (Tartalés de Cilla - Burgos) - Siglos VIII al X
Gracias a distintos estudios se sabe que el fenómeno eremítico en la Hispania tardo antigua y medieval no era muy distinto al de la Galia. Desde sus inicios, allá por el siglo IV, el fenómeno monástico hispano, en principio surgido en un ambiente aristocrático y urbano, se manifestó como disperso por el "desierto", alejado de villae y civitas, aunque no aislado ni incomunicado; en definitiva como un fenómeno que buscaba apartarse del mundanal ruido. Un fenómeno del que se tiene constancia en la Península, al menos, desde el año 380 d.C., fecha en la que se celebró el primer concilio de Zaragoza, que en su canon segundo condenaba a todos aquellos cristianos que se escondían en las montañas "latibula ... ac montium".

Desde sus orígenes el "orden monástico" buscó la perfección espiritual en unos principios espirituales que conducían al monje a la santidad por la vía heroica del martirio continuo y cotidiano en soledad. No en vano la vida del cenobita fue considerada por la jerarquía eclesiástica hispana (tanto hispano romana como goda) como un tránsito, una preparación a la vida en soledad y la ascesis. Un principio, el de la soledad, que sin embargo traía consigo unos sentimientos de independencia y libertad que no fueron aceptados sin más por la Iglesia hispana (a partir del 589 d.C. jerárquicamente más goda que hispano romana), que todavía no había olvidado una mala experiencia muy vinculada a los ambientes rupestres: las derivada de las enseñanzas de Prisciliano, el primero de los heterodoxos españoles, el primer hereje.
Rus eremitorio de la Veguilla Rus eremitorio de la Veguilla Rus eremitorio de la Veguilla
Eremitorio de la Veguilla (Rus - Jaén) – Siglos IX y X
Muestra de esta desconfianza será la homilía que San Leandro dirigió a los asistentes al III Concilio de Toledo (589 d.C.) en el que relaciona herejías y cavernas: "herejes que se esconden en sus cavernas para predicar falsas doctrinas". Prácticas éstas que habían sido previamente condenadas por San Gregorio Magno en la misma centuria. Pero la Iglesia no podía renegar de su existencia ya que se trataba del modus vivendi de los gentiles (tal y como explicó el propio San Leandro pocos años antes en un escrito dirigido a su hermana Florentina), aquellos a los que, ante la imposibilidad de reducirlos a su género de vida, se les permitió vivir como particulares y usar sus propios bienes. A pesar de ser considerados un apéndice no deseado del cenobitismo, al ser un modo de vida santificado por la Iglesia, esta solo pudo dirigir sus esfuerzos a controlarlo, nunca a eliminarlo.

Será años más tarde, con una iglesia hispano romana unificada desde el punto de vista doctrinal, cuando el hermano de Leandro y Florentina, San Isidoro de Sevilla (560-636 d.C.) amplíe los testimonios de Casiano y Leandro. Dice San Isidoro: "Anacoretas son quienes, después de la vida cenobítica (en la que imitan a los Apóstoles), se dirigen a los desiertos y habitan solos en los parajes despoblados, apartados de los hombres imitando a Elías y Juan". Lo que resulta más trascendente es que introduce un nuevo tipo de monjes, los eremitae (de eremos "el que vive en el desierto"), también llamados anacoretas, que no son sino los que han huido lejos de la presencia de los hombres, buscando el yermo y las soledades del desierto.
Seducido por la obra de Casiano y la regla monástica de San Benito de Nursia, el padre del monacato occidental, San Isidoro recuerda que al grado supremo de anacoreta se accedía tras haber pasado por la experiencia cenobítica; condición previa que no cumplían todos los eremitas pues es sabido que en la Hispania de la primera mitad del siglo VII d.C. también había "eremitas deshonestos", aquellos solitarios monjes vagabundos de los que se ocuparon los asistentes al VII concilio de Toledo (646 d.C.): "que practicaban ese modo de vida sin antes haber vivido en algún monasterio conforme a las reglas".
Tartalés de Cilla Cuevas de los Portugueses Tartalés de Cilla Cuevas de los Portugueses
Cenobio "Cuevas de los Portugueses" (Tartalés de Cilla - Burgos) – Siglos VIII al X
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