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PENÍNSULA
IBÉRICA - PALEOLÍTICO SUPERIOR |
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Los hombres de Cro-Magnon (Homo sapiens sapiens) del
Paleolítico Superior contribuyeron al progreso general
de la Cultura con destacadas novedades en aspecto concretos
de los sistemas de vida, técnicas, expresión gráfica,
rituales, etc. Destacan:
- La progresiva especialización en el aprovechamiento
de los recursos de los distintos parajes y en las diversas
temporadas del año, a partir de la optimización
de la explotación del medio, recurriendo a un utillaje
cada vez más diversificado. La llamada economía
oportunista de las poblaciones del Paleolítico inferior
y medio es sustituida por la economía especializada
de los activos cazadores recolectores del Paleolítico
Superior.
- La producción estandarizada de soportes líticos
finos y alargados (las llamadas láminas u hojas)
a partir de los cuales se fabricará la mayor parte
del utillaje del Paleolítico Superior que ha sido
denominado también de industrias líticas ligeras.
- El uso de huesos, astas de cérvidos y marfil para
elaborar un sofisticado instrumental, tanto de
uso corriente como de adorno.
- La realización de un espectacular repertorio de
representaciones gráficas sobre rocas (arte rupestre)
y sobre instrumentos y placas de menor tamaño (arte
mueble).
El Paleolítico superior de Europa occidental dura unos
25.000 años. De acuerdo con datos obtenidos de análisis
sedimentológicos, paleontológicos y paleobotánicos,
la transición al Paleolítico Superior sucede entre
el interestadio Würm II y III y el final de la última
glaciación Würm IV (Musteriense terminal, Chatelperroniense
y Auriñaciense). El final del Würm III y el transcurso
del Würm III-IV coinciden con la génesis y mayor
expansión del Solutrense, cuyo final entra ya en el inicio
del Würm IV. En este tardiglaciar se han sucedido tres
fases muy frías y bastante secas (Dryas I, II y III)
Y oscilaciones de clima más benigno intercaladas entre
ellas (la oscilación de Lascaux antes del Dryas I, la
de Bölling entre Dryas I y II y la de Alleröd entre
Dryas II y III): a lo largo de todo ese tiempo se produce el
paso del Solutrense al Magdaleniense y el desarrollo completo
de esta cultura. A partir de la oscilación de Alleröd,
10.000 a 9.500 a.C., se perciben síntomas del cambio
cultural Aziliense que mil años más tarde, al
acabar el tardiglaciar, supone el asentamiento pleno del Epipaleolítico.
La diferenciación en el Paleolítico Superior de
la Península Ibérica de dos grandes áreas,
la cantábrica y la mediterránea que advirtieron
H. Breuil y H. Obermaier en el primer tercio del siglo XX es,
con matices, todavía aceptable. Los yacimientos del territorio
astur-cantábrico-vasco ofrecen una evolución cultural
bastante conforme con la definida en el sudoeste francés
y los del ámbito catalano-levantino-andaluz se parecen
más a lo apreciado en el sur de Francia e Italia; mientras
que en los ámbitos de interior (la Meseta y la cuenca
del Ebro) y del frente portugués se aprecian caracteres
semejantes a uno o a otro. |
El Auriñacoperigordiense
Tras un período de transición del Paleolítico
medio al superior, con niveles definidos como del Musteriense
terminal (de la facies de tradición achelense) y del
Chatelperroniense (denominado también Perigordiense Inferior),
se presentan dos entidades culturales: el Auriñaciense
y el Gravetiense (o Perigordiense superior). Tanto las formas
del Auriñaciense como las del Perigordiense muestran
un notable arraigo por todo el tercio meridional de Europa.
Según una hipótesis tradicional habrían
sido las variedades del Homo sapiens sapiens los responsables
de diferencias apreciables en la tipología de los utensilios
de piedra y de hueso, a modo de tribus distintas que se situaban
en otros tantos territorios disputándose las cuevas y
participando de una o de otra cultura. Así se solía
asegurar que en la Península Ibérica lo auriñaciense
sería lo propio (casi exclusivo) del frente cantábrico
y lo gravetiense del área mediterránea. Realmente
se aprecia ahora que una y otra formas culturales aparecen en
todo el frente septentrional y también en el levantino
entreverándose sus depósitos en la estratigrafía
de los yacimientos.
Etapa de transición: el Chatelperroniense. Avanzado
el interestadio Würm II-III coinciden en algunas zonas
de Europa el último desarrollo del Musteriense con el
inicio del Paleolítico superior, en las formas del Perigordiense
más antiguo. Ese amplio período de coincidencia
y de transición puede remontar a unos 40.000 años
y se desarrolla durante varios milenios, con especial caracterización
entre aproximadamente el 35.000 y 31.000 a.C. Hay indicios suficientes
de continuidad en los tipos y técnicas de los utensilios,
en la ocupación de los sitios y hasta en los tipos de
Homo sapiens para calificar a esta etapa como de transición
entre el Paleolítico medio y el superior. En el equipamiento
de los chatelperronienses abundan los utensilios líticos
de tradición anterior: como raederas y puntas mustenenses,
denticulados y muescas, o el empleo frecuente de lascas de tipo
levallois, a la vez que aumenta la proporción de lascas
laminares y de algunas clases de buriles y raspadores que dominarán
en el Paleolítico superior más avanzado. En especial
se desarrollan en esta cultura algunos instrumentos trabajados
mediante retoques abruptos que eliminan uno de los filos de
la lasca abatiéndolo. Se ha demostrado que algunas poblaciones
de neandertales sobrevivieron en el Chatelperroniense, antes
de ceder definitivamente ante la expansión del Homo
sapiens sapiens.
El Auriñaciense y el Gravetiense. El Auriñaciense
típico dura unos 3.500 años (del 31.000 al 27.000
a.C.) y el Auriñaciense tardío más el Gravetiense
y el Protomagdaleniense cerca de 8.000 años (del 27.000
al 19.000 a.C.). Abundan en el Auriñaciense las piezas
líticas elaboradas sobre láminas largas y algo
gruesas, resultando frecuentes los raspadores altos o carenados,
los buriles busqués, las láminas con
los lados retocados en continuo o estranguladas, etc. El utillaje
óseo muestra la aparición de diversos tipos de
azagayas (primero en hueso, luego en asta de cérvido)
cuya evolución ha servido a los prehistoriadores para
organizar en fases la evolución interna del Auriñaciense.
Las azagayas del Auriñaciense típico antiguo suelen
tener su sección aplanada y su base preparada con una
hendidura; luego van siendo sustituidas por otras azagayas de
formas más gruesas o macizas (primero, son de sección
ovalada; más adelante, de sección circular), con
una especialización del dispositivo de sus bases (que
están aguzadas en el Auriñaciense medio y se dotan
de un bisel en el Auriñaciense avanzado).
En el utillaje lítico de los gravetienses destacan:
la abundancia de piezas laminares de dorso (entre ellas
muchas apuntadas en un formato muy alargado, las llamadas
puntas de La Gravette), algunos buriles laterales sobre
truncadura (a veces son dobles o múltiples, como
el buril de Noailles) y la relativa escasez de aquellos
raspadores espesos que abundaban en el Auriñaciense.
Y son característicos de las industrias óseas
del Gravetiense (que parecen menos variadas y numerosas
que las del Auriñaciense) la frecuencia de decoraciones
en series de trazos cortos regulares (marcas de caza) sobre
azagayas y otros soportes de asta. |
El Solutrense
El estudio de estratigrafías importantes (como Las Caldas
y La Riera en Asturias, Parpalló y Mallaetes en Valencia
y varios sitios de Portugal) y dataciones por C14 garantizan
que el desarrollo del Solutrense en la Península cubre
prácticamente el mismo ámbito cronológico
absoluto que en los yacimientos franceses empleados como base
de referencia tradicional, desde el 19.000 (y acaso antes) hasta
el 15.000 a.C. F. Jordá interpretaba las diferencias
entre las áreas cantábrica e ibérica durante
el Solutrense peninsular como producidas por un fraccionamiento
del espíritu unitario Gravetiense y una tendencia a la
formación de pequeñas agrupaciones locales o regionales
que representan la reacción de las poblaciones autóctonas
frente a lo Auriñacoperigordiense. Autóctono o
no del oeste de Europa, con un solo foco originario o con varios,
el Solutrense parece derivar del Gravetiense, pese a la aparente
novedad de sus fósiles directores, cuya inspiración
se ha buscado en otros países y ámbitos culturales
remotos. Los fósiles directores de esta cultura son diversas
formas de puntas líticas realizadas mediante un retoque
plano a presión (rasante u oblicuo) de largos levantamientos
en peladura, que invade parcialmente o cubre por completo una
o las dos caras de la lámina. Las piezas así obtenidas
adoptan formas finas y esbeltas de notable simetría a
un lado y otro de su eje longitudinal, constituyendo diversos
tipos de puntas: puntas de cara plana, en «hoja de sauce,
en hoja de laurel, rómbicas, de base en muesca, de base
cóncava (frecuentes en el área cantábrica),
y de pedúnculo y aletas (según tipo del levante
español, identificadas inicialmente en Parpalló
y que aparecen también en otros lugares como Ambrosio,
Mallaetes o Cau de les Goges). En la presencia de esos tipos
de puntas de retoque plano se asienta la organización
en fases de la evolución de la cultura solutrense. El
resto del equipamiento en piedra de los solutrenses mantiene
los tipos comunes al desarrollo de todo el Paleolítico
superior. Lo mismo puede afirmarse de su utillaje en asta y
en hueso, con algún fósil característico
(azagayas peculiares de la región cantábrica con
bisel central) y la invención de las agujas de hueso. |
El Magdaleniense y el Epigravetiense
Los últimos seis milenios del Paleolítico superior,
del 15.000 al 9.000 u 8.500 a.C., ofrecen el máximo desarrollo
cultural, de creación artística y de densidad
de ocupación. El Magdaleniense fue la primera de las
culturas del Paleolítico que individualizaron los prehistoriadores
a mediados del siglo XIX, como la situación más
típica de lo que entonces se denominaba la Edad del Reno.
Atendiendo a la presencia de algunos instrumentos fabricados
en asta, en 1913 propuso H. Breuil su subdivisión en
seis estadios: las variantes de las azagayas le sirvieron para
distinguir las fases de la primera mitad del Magdaleniense (estadios
I, II YIII) y las de los arpones las fases de la segunda (IV,
V y VI). Según Breuil, en el Magdaleniense habrían
renacido con fuerza los comportamientos y técnicas del
Auriñaciense y Gravetiense, tras el paréntesis
del Solutrense (que era considerado un episodio de origen foráneo).
La adaptación de ese esquema del Magdaleniense a otras
áreas de Europa, y obviamente a la Península Ibérica
(por ejemplo, en el intento de H. Obermaier), no es fácil.
Se está generalizando el escepticismo hacia el excesivo
valor atribuido a los fósiles característicos
para definir variantes regionales y muchos detalles en la evolución
interna de la cultura magdaleniense; y se siente la necesidad
de tener en cuenta los notables aspectos comunes al conjunto:
- La riqueza de su utillaje en hueso y en asta de cérvido
y la abundancia de sus obras de arte.
- La posesión de un equipamiento lítico bastante
equilibrado y común en todo el desarrollo de la etapa.
Así, el cuadro prolijo de subdivisiones del Magdaleniense
se puede reducir en la Península a dos grandes conjuntos:
sin arpones o Magdaleniense Inferior (aproximadamente el III
de la propuesta de Breuil) y con arpones o Magdaleniense Medio,
Superior y Final (los IV, V y VI). Pertenecen al Magdaleniense
los sitios con arte rupestre más atractivos del Paleolítico
Superior y la mayoría de las manifestaciones del arte
mueble. En el frente levantino español el proceso de
microlitización del utillaje lítico de dorso de
inspiración Gravetiense se acentúa en el Solutrense
avanzado y, a partir de ahí, en la extensa provincia
mediterránea se produce una situación cultural
(denominada Epigravetiense por muchos prehistoriadores) que
dura unos tres mil años paralelamente al transcurso del
Solutrense final y del Magdaleniense inferior del frente cantábrico.
De este modo, buena parte de los yacimientos del magdaleniense
levantino y del interior peninsular (o ibérico) sólo
se acomodan de cerca el modelo aquitanocantábrico en
su segunda gran parte, la del magdaleniense con arpones. |
El Epipaleolítico y
el Mesolítico
Pasada la última glaciación, la instauración
de condiciones climáticas atemperadas favorece el cambio
de las culturas del Paleolítico avanzado. Las poblaciones
deben hacer un notable esfuerzo de adaptación a las nuevas
situaciones y necesidades; se produce la desintegración
de la aparente unidad del Magdaleniense y surgen muy distintas
adaptaciones regionales. La oscilación de Alleröd,
casi al final del tardiglaciar, con fuerte un aumento de la
pluviosidad y la elevación de la temperatura, abre el
proceso de asentamiento definitivo de las condiciones de clima
y de paisaje actuales, apenas interrumpido por el último
episodio frío del würmiense (el Dryas III). En el
Período Preboreal, 8.000 al 6.800 a.C., según
los paleobotánicos, se produjo un ascenso generalizado
de olmos, robles, hayas, avellanos y abedules en los diversos
parajes del sudoeste europeo. La templanza generalizada del
Período Boreal, 6.800 a 5.500 a.C., con situaciones regionales
de fuerte sequía, favorece la expansión del bosque
con amplias masas de pinos en ambientes de influjo mediterráneo
o de interior y en las regiones húmedas de la fachada
atlántica. A continuación, durante el Período
Atlántico, 5.500 al 3.000 a.C., hay un cierto enfriamiento
de temperaturas y un aumento de pluviosidad: en ese clima óptimo
se extienden por Europa Occidental las formas culturales del
Neolítico.
En los tres a cuatro milenios de la primera parte del Holoceno
se produjo una acelerada trasgresión marina que situó
los niveles de las aguas del océano Atlántico
en sus cotas actuales (la subida del nivel del mar cambiará
sensiblemente el diseño de la línea de costa con
respecto a los milenios precedentes). En el caso que se conoce
bastante bien de la Cornisa Cantábrica desaparece buena
parte del corredor de la plataforma litoral que durante el Paleolítico
superior había favorecido las comunicaciones este oeste:
el paisaje se compartimenta, tal como lo conocemos ahora, en
territorios menores delimitados por los valles de los cursos
bajos de los ríos, dificultando la comunicación
y los accesos de unos a otros; y se justifican así (como
han sugerido los estudiosos del Mesolítico regional)
tanto la escasa movilidad de los grupos humanos aquí
acantonados como una explotación integral de los recursos
más próximos. También varía notablemente
la composición de la fauna. Las especies frías
emigran de las latitudes meridionales de Europa, para instalarse
más al norte, o desaparecen definitivamente. Al mismo
tiempo, las grandes manadas de ungulados gregarios propias de
espacios abiertos (como bóvidos y caballos) van siendo
reemplazadas por animales de bosque que viven en grupos menos
numerosos: ciervos, corzos y jabalíes; que serán
las especies básicas que el hombre explotará en
el Holoceno del sur de Europa, con la caza ocasional de especies
de roquedo como las cabras.
Por otra parte, la bonanza climática va facilitando a
los grupos humanos la ocupación de zonas hasta entonces
práctica o totalmente deshabitadas, con un despliegue
hacia nuevos espacios especializados: por ejemplo, en zonas
de frontera y de camino (hacia la costa, la montaña,
el bosque, etc.) donde se irán concentrando los yacimientos.
Las diversas situaciones culturales de esta primera mitad del
Holoceno se agrupan bajo las denominaciones genéricas
de Epipaleolítico y Mesolítico. Unas parecen supervivencias
del inmediato Paleolítico Superior que acaba y así
se prefiere para ellas el nombre de Epipaleolítico. Otras
aportan innovaciones notables que definen una nueva situación
intermedia entre el precedente Paleolítico y el posterior
Neolítico y se las engloba en la denominación
de Mesolítico. Es general la proliferación de
grupos especializados en la explotación de los recursos
de los parajes y estaciones del año y la tendencia al
asentamiento de las poblaciones en territorios cada vez mejor
definidos y en sitios particulares (cuevas y abrigos rocosos
y chozas o campamentos de hábitat agrupado). Junto a
la caza de las especies de mayor tamaño (de bosque y
roquedo) se practica la de otros mamíferos de talla menor
y de aves y la explotación por pesca y marisqueo de los
recursos acuáticos (en zonas de costa y en ríos
del interior). El bosque caducifolio posee abundantes recursos
complementarios, por lo que la recolección de frutos
y de bayas de muchas clases (como bellotas, castañas
y avellanas, conservables a lo largo del año) enriquece
sensiblemente la dieta de los humanos. |
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