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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  NEOLÍTICO

En comparación con el proceso de la zona nuclear del Oriente medio, la aparición del Neolítico en Europa fue un fenómeno de desarrollo mucho más rápido. Apenas un milenio más tarde, hacia el 5.800 a.C., su expansión había alcanzado la Europa central a través del norte de Grecia y los Balcanes, así como al conjunto del Mediterráneo, hasta llegar a las costas atlánticas de Portugal y del norte de África poco después. La existencia de influencias y contactos, manifestados por la navegación, explican igualmente el que desde estos primeros siglos del sexto milenio a.C., coincidiendo con las huellas más antiguas del cultivo de los cereales y de la domesticación de los animales, aparezcan en el Mediterráneo occidental las primeras cerámicas impresas. Unos nuevos recipientes ampliamente diseminados y con un notable grado de perfección, para los que no ha sido posible hasta el momento documentar los pasos previos que nos indiquen la progresiva adquisición de su tecnología. De manera que ha sido esta asociación de los inicios de la economía de producción con las primeras cerámicas la que ha hecho que las más antiguas culturas neolíticas desde el Adriático hasta las costas atlánticas de Portugal y norte de África reciban el nombre de Cultura de las cerámicas impresas, atendiendo a la decoración característica de estos recipientes, realizada antes de su cocción mediante la técnica de la impresión de diversos instrumentos sobre la pasta blanda, singularmente del borde de una concha de Cardium edule, por lo que también se denominan cerámicas cardiales.

El caso de la cerámica podría generalizarse a otros elementos de la cultura material, como los instrumentos de piedra pulida o la rica industria ósea, y tal vez a las propias manifestaciones artístico religiosas. En todos estos casos resulta manifiesta su ruptura con respecto al substrato Epipaleolítico. Pero las pruebas más importantes de la existencia de influjos externos en la aparición de la agricultura y de la ganadería en estas tierras las aportan las propias plantas cultivadas y los animales domésticos, verdaderos sujetos pacientes del proceso neolitizador. Al igual que sucede en el Oriente Medio, también aquí los primeros cultivos se centran fundamentalmente en el trigo y en la cebada, y los primeros animales domésticos son la oveja, la cabra, el cerdo, el buey y el perro. Pues bien, resulta obligado suponer que, para no necesitar del recurso a las influencias externas en la explicación de su introducción en un área determinada, tales especies animales y vegetales han de darse naturalmente allí. Sin embargo, hasta el presente los estudios paleontológicos y paleobotánicos muestran la carencia en el ámbito del Mediterráneo Occidental de los antecedentes silvestres del trigo y la cebada cultivados, así como de la oveja y de la cabra domésticas, plantas y animales que se revelarán como los de mayor importancia económica en los inicios del Neolítico.

De este modo resulta imposible plantear en el estado actual de la investigación la neolitización de Mediterráneo como resultado de la propia evolución de las poblaciones locales anteriores. Pero hablar de difusión cultural o de movimientos de gentes no equivale a suponer grandes oleadas de población en constante movimiento. La realidad de la difusión cultural se desprende de la evidencia de que los cereales, los ovicápridos domésticos o la cerámica no son cosas o logros que los grupos epipaleolíticos aprendieron simplemente como consecuencia de su evolución. El problema es, pues, si esta difusión se realizó a través del contacto de unos grupos con otros, sin necesitar recurrir a desplazamientos geográficos. O si, por el contrario, la expansión de la nueva cultura estuvo asociada al movimiento, a la expansión paulatina de los grupos que la sustentaron, aunque pudiendo reducir esta expansión a parámetros comparables al crecimiento demográfico de los grupos neolíticos o a otros coeficientes que puedan resultar aceptables. Porque, si bien hemos hablado de fenómeno rápido desde el punto de vista del registro arqueológico, a buen seguro que éste fue lento y laborioso desde la perspectiva de las generaciones humanas.

Los primeros agricultores y ganaderos de la Península Ibérica

Los testimonios más antiguos que hoy podemos relacionar con el modo de vida neolítico corresponden a la vertiente mediterránea peninsular donde, con dataciones absolutas que en ocasiones se remontan a los primeros siglos del sexto milenio a.C., numerosos yacimientos proporcionan evidencias de una cultura material diferente a la de los grupos epipaleolíticos, así como de una economía basada fundamentalmente en la agricultura y en la cría de animales domésticos. Éste es el caso, por ejemplo, de las cuevas de Montserrat, la Cova Gran y la Cova Freda (Collbató, Barcelona), de la Cova de l'Esquerda de les Roques del Pany (Torrelles de Foix, Barcelona) y de los poblados de Les Guixeres (Viloví, Barcelona) y La Draga (Banyoles, Gerona) en Cataluña; de la Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia), de la Cova de l'Or (Beniarrés, Alicante) y de la Cova de les Cendres (Teulada-Moraira, Alicante), en el País Valenciano; o de la cueva de la Carigüela (Piñar, Granada) y de la cueva de Nerja (Málaga), en Andalucía. Tradicionalmente, la investigación ha destacado, como elementos más representativos entre la cultura material de los yacimientos que inician la secuencia neolítica peninsular, a sus recipientes cerámicos. En parte, porque la cerámica es una de las innovaciones o descubrimientos que con mayor perseverancia acompañarán a las comunidades humanas, a la vez que sus excelentes cualidades de conservación le conferirán un lugar destacado por lo que se refiere a la documentación arqueológica. Y, en otra parte muy importante, como antes hemos señalado, porque un porcentaje elevado de tales recipientes fueron decorados mediante impresiones del borde de una concha de Cardium edule. Sin embargo, esta precisa técnica decorativa, cargada de significado cultural y cronológico en el contexto mediterráneo, y aun la propia aparición de los recipientes cerámicos, sólo representan una pequeña parte de las novedades que nos ofrece la cultura material de los primeros grupos agricultores y ganaderos. Entre ellas podemos mencionar las hachas y azuelas de piedra pulida, que en adelante se emplearán en las labores de deforestación y, en general, en el trabajo de la madera; la especialización de la talla del sílex, que ahora buscará la obtención de unos productos laminares destinados a ser empleados como elementos cortantes de las hoces; la proliferación de cucharas, espátulas, agujas, punzones y otros instrumentos de hueso, que evocan nuevas costumbres alimentarias, así como la posesión de un variado instrumental para las diferentes actividades cotidianas; o los brazaletes, colgantes, anillos y demás elementos de adorno, etc., hasta configurar una imagen muy distinta de la que correspondía a los grupos epipaleolíticos. Imagen de cambio profundo que coincide, pues, con la nueva y fundamental importancia de la agricultura y la ganadería, mientras quedan relegadas a un segundo plano de la actividad económica la caza de los animales salvajes y la recolección de los vegetales silvestres. A esto se pueden añadir los recientes descubrimientos que muestran la existencia de una auténtica iconografía religiosa entre las barrocas decoraciones de los vasos cardiales. Unas decoraciones cerámicas que nos permiten atribuir a estos primeros grupos productores de alimentos determinadas representaciones de arte rupestre y que, además, a través de su temática absolutamente original nos sitúan, también y finalmente, ante una nueva mentalidad, ante unas preocupaciones mágico religiosas de signo distinto a las que antes conformaron el sistema de creencias de las sociedades cazadoras recolectoras.

A pesar de tan importantes transformaciones, la aparición de estos primeros agricultores en las zonas mediterráneas no significó el final inmediato de los grupos epipaleolíticos. Por el contrario, en algunos yacimientos correspondientes al Epipaleolítico geométrico, como la cueva de la Cocina (Dos Aguas, Valencia) o el abrigo de Botiqueria dels Moros (Mazaleón, Teruel), cuya ocupación inicial se remonta al séptimo milenio a.C., su evolución estratigráfica muestra ahora la incorporación de los nuevos elementos, sea la cerámica o los animales domésticos, en proporciones cuantitativamente pequeñas y dentro de una línea de continuidad, tanto en lo que se refiere a la industria lítica, como a su actividad económica, que sigue siendo fundamentalmente cazadora y recolectora. De este modo, dos grupos de gentes muy diferenciadas según su economía y su cultura material se reparten los yacimientos en algunas zonas peninsulares durante los primeros siglos del sexto milenio a.C. De una parte, aquellos que constituyen la continuación del substrato humano anterior: las comunidades cazadoras y recolectoras del Epipaleolítico, que gradualmente adoptan elementos como la cerámica y la domesticación de los animales. De otra parte, y sin que se observe en los yacimientos el testimonio de una previa evolución, las comunidades de pastores y agricultores, que además muestran la posesión de una nueva cultura material y que, en términos generales, son el resultado del crecimiento y la difusión de los grupos neolíticos de origen mediterráneo que paulatinamente habían ido ocupando algunas de sus islas y zonas costeras.
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