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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  EL  MEGALITISMO

LAS INTERPRETACIONES

A pesar de que algunos prehistoriadores, como Bosch Gimpera, defendían el megalitismo como una manifestación surgida entre los grupos mesolíticos portugueses, la hipótesis difusionista propuesta por Gordon Childe se mantuvo vigente hasta bien entrados los setenta. Considerando el megalitismo como un todo uniforme que reflejaba un nuevo cuerpo de creencias, se admitía que éste era resultado de la llegada de colonos procedentes del Egeo que, en busca de metales, se establecieron en el sudeste de la Península Ibérica y en la región de la desembocadura del Tajo, construyendo los primeros poblados fuertemente fortificados, como Los Millares o Vilanova de San Pedro, e introduciendo la metalurgia y nuevos cultos funerarios junto con su expresión arquitectónica, el tholos, que posteriormente se traduciría en formas autóctonas ortostáticas.

Los replanteamientos teóricos desde la década de los sesenta y sobre todo las dataciones radiocarbónicas y su calibración contribuyeron al declive de los planteamientos difusionistas y a la aceptación del megalitismo como un fenómeno occidental, lo que no deja por otra parte de plantear sus problemas en cuanto a su origen único o múltiple, sus causas y su significado. Sí está claro que bajo esta denominación nos estamos refiriendo a arquitecturas diferentes, que se empiezan a construir en momentos y en territorios diversos con contextos culturales diferentes; y que una vez construidos fueron reutilizados, a veces modificando el espacio, durante generaciones que probablemente no los utilizaron con las mismas ideologías. Desaparece por lo tanto la concepción del megalitismo como un fenómeno unitario: ya no se habla de cultura megalítica sino de culturas con megalitos.

Quizá sea demasiado simple afirmar que en los territorios atlánticos se primó la construcción funeraria sobre la doméstica, puesto que ésta depende del tamaño del grupo, del sistema económico adoptado y de los materiales constructivos disponibles. Frecuentemente se insiste en atribuir a los constructores de megalitos unas actividades principalmente ganaderas que implican movilidad, pero también es posible, según las posibilidades del territorio, el desarrollo de una agricultura con una población dispersa que ocupa un territorio concreto pero con una movilidad del asentamiento en función del agotamiento de las tierras de cultivo inmediatas; ello permitiría explicar la fragilidad de las estructuras de hábitat cuando se encuentran. La necesidad de crear un marco que visualizara la pertenencia a una comunidad delimitadota de los derechos y deberes quedaría entonces expresada externamente por la monumentalidad de las tumbas. Desde los presupuestos de la arqueología procesual, Renfrew fue el primero que propuso una explicación para las primeras construcciones megalíticas más allá de su función primaria funeraria y las consideró como marcas territoriales propias de las sociedades segmentarias e igualitarias del Neolítico. En la misma línea, Chapman justificó la necesidad de esta expresión externa en un contexto de presión por la ocupación de las mejores tierras. Efectivamente, en los territorios atlánticos, la presión sobre los recursos pudo ser una consecuencia de la incorporación de nuevos intereses económicos, con nuevas exigencias territoriales; algunos defienden también el aumento demográfico o una paulatina reducción del territorio costero como consecuencia de la trasgresión marítima, y sin otra posibilidad de expansión territorial que las tierras del interior, que probablemente tampoco estaban desocupadas. En otras áreas donde el megalitismo aparece, a veces, entre comunidades ya neolíticas, como Andalucía o Cataluña, la situación de presión se plantearía a partir de mayores densidades de población y de opciones sociales y económicas, como la vida en poblados sedentarios y la adopción de sistemas económicos más rentables.

Las interpretaciones procesuales vienen cuestionándose desde la década de los ochenta. Hodder defiende que la cultura material hay que explicarla como resultado de actuaciones intencionadas de los individuos o grupos y hay que tratar de entender sus significados simbólicos, de modo que la evidencia arqueológica no necesariamente ha de significar lo que aparenta. Según él, la neolitización de la Europa nórdica y de los territorios atlánticos no es resultado de un proceso autóctono, sino de una colonización por parte de agricultores, explicación que, desde luego, no es válida para la Península Ibérica; en su adaptación a otros medios, a otros sistemas de explotación del suelo y de asentamiento transforman la arquitectura doméstica que les era propia en arquitectura funeraria, de ahí las primeras construcciones monumentales atlánticas con grandes túmulos de planta alargada, trapezoidal o rectangular. Thomas, en su estudio de las tumbas megalíticas irlandesas, propone una integración del paisaje, monumento y organización del espacio interno para su lectura simbólica: la arquitectura, como muchos elementos de cultura material, transmite información en sociedades que no hacen uso de la escritura; la diferencia de tamaño y de planta que hay entre un dolmen de cámara simple (de planta muy sencilla) y un domen de cámara y corredor (de planta más compleja, a veces con largos corredores divididos por transeptos y con representaciones grabadas en el interior), no necesariamente ha de tener un significado cronológico, puesto que a veces son contemporáneos, sino sobre todo simbólico: mientras en los más simples se establece una mera división entre fuera y dentro y el acceso a la cámara funeraria es directo, en los más complejos el alejamiento de la cámara con respecto al exterior y la organización del recorrido hacia la cámara puede interpretarse como una complejidad del ritual y como un acceso desigual a los espacios internos y por lo tanto al ceremonial, al ritual y a la información.
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