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PENÍNSULA
IBÉRICA - EL MEGALITISMO |
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EL MEGALITISMO EN LA PENÍNSULA
IBÉRICA
Las construcciones megalíticas de la Península
son mayoritariamente de carácter funerario; sólo
en Portugal aparecen algunos círculos, mientras que
los menhires son algo más numerosos tanto en Portugal
como en Cataluña. Su distribución geográfica
cubre buena parte de la superficie peninsular quedando excluidas
la Meseta oriental (con escasas construcciones), La Mancha
y los territorios mediterráneos desde el Llobregat
hasta Murcia, siendo muy escasas en Aragón. Las investigaciones
de estos últimos años han incrementado notablemente
el conocimiento de estas construcciones en Asturias y sobre
todo en Cantabria que, hasta hace bien poco, quedaba fuera
de los mapas de distribución, y también el conocimiento
de estructuras que no se ciñen exactamente al concepto
clásico de arquitectura megalítica pero sí
al de visualidad, como son los túmulos sin cámara
ortostática, numerosos en el noroeste (incluido norte
de Portugal) y norte peninsular. Por otra parte, hay que tener
en cuenta que la utilización de espacios para enterramientos
colectivos se documenta también en aquellas áreas
sin megalitos, pero practicado en cuevas generalmente naturales.
En general, el número de megalitos es elevado, sabiendo
que probablemente fueron más numerosos en su momento,
ya que muchos han sido destruidos para facilitar el cultivo
de los campos o simplemente todavía no se han descubierto.
En conjunto, el número de construcciones y su distribución
geográfica (que no es uniforme) contrasta fuertemente
con la información arqueológica de los períodos
anteriores, favoreciendo la interpretación de una verdadera
colonización de las tierras con posibilidades agrícolas,
de pastos y, a partir de un momento determinado, de minerales;
este nuevo panorama poblacional ha sido explicado bien mediante
la llegada de gentes foráneas o bien como consecuencia
de aumentos demográficos tras la incorporación
de nuevos sistemas económicos del Neolítico.
Si bien esta nueva situación es cierta, lo es hasta
cierto punto; no hay que perder de vista la amplitud cronológica
de las construcciones megalíticas, cuyo comienzo no
es sincrónico y que responden a diferentes historias
de ocupación, por lo que en realidad la densidad en
un tiempo concreto debió de ser menor; el problema
es que en prehistoria por ahora se nos escapan estos tiempos
concretos.
Durante un tiempo, y en función de las interpretaciones
orientalistas al uso, el megalitismo peninsular fue considerado
como un fenómeno calcolítico, iniciado por los
colonizadores egeos asentados en el sudeste y en la Estremadura
portuguesa. Pero ya en los años sesenta, G. y V. Leisner,
tras un estudio tipológico de los ajuares, propusieron
una distinción entre un megalitismo propiamente dicho,
autóctono, con materiales líticos (microlitos
geométricos) y cerámicos (algunas decoraciones
incisas y a la almagra) de clara raigambre neolítica,
siendo los más antiguos los portugueses, y las colonias
egeas representadas por los poblados fortificados, las necrópolis
de tholoi, la presencia de cobre, de cerámicas
lisas y de industria lítica sin microlitos. Como ya se
ha dicho, actualmente ha quedado definitivamente en entredicho
el origen oriental, aunque sigue siendo válida la atribución
cronológica posterior de este segundo conjunto de características.
La atribución neolítica para el megalitismo
más antiguo parecía durante un tiempo exclusiva
de Portugal, en clara conexión, aunque con algo de
posterioridad, con las cronologías bretonas, y quedó
confirmada por las primeras dataciones obtenidas que correspondían
a la segunda mitad del IV milenio a.C. Cronologías
antiguas, de finales del IV milenio, se obtuvieron después
en sepulcros de corredor catalanes en un contexto cronológico
en que el registro arqueológico del noreste peninsular
prima el conocimiento de las manifestaciones funerarias como
los sepulcros de fosa en el litoral y los sepulcros en cista
en el interior, dentro de la fase denominada allí como
Neolítico medio. Posteriormente, la aceptación
de un inicio del megalitismo en el Neolítico Medio
o Final, según las denominaciones concretas de cada
área, se ha generalizado para las distintas zonas,
basándose a veces en escasas fechaciones radiocarbónicas
o en razonamientos de orden cultural como las tipologías
cerámicas o líticas y sus paralelismos con otras
procedentes de zonas mejor datadas.
Las primeras construcciones megalíticas se inician
pues en el Neolítico, pero tanto el ritual colectivo
como las tumbas monumentales son también un rasgo característico
del Calcolítico y en algunas áreas también
de la Edad del Bronce, con reutilizaciones o con nuevas construcciones
que repiten tipologías anteriores o son diferentes.
Efectivamente, mientras para gran parte de Europa occidental
y algunas zonas de la Península el uso de las construcciones
megalíticas llega hasta finales del III milenio a.C.,
en otros casos se siguen utilizando durante la Edad del Bronce
y se conocen reutilizaciones hasta el Bronce final. La distribución
geográfica de las construcciones megalíticas
peninsulares, ya a simple vista, permite diferenciar un amplio
espacio casi ininterrumpido septentrional, central y occidental
con una continuidad por casi toda Andalucía, de orientación
atlántica, y un núcleo nororiental más
vinculado geográficamente a las construcciones francesas
al otro lado de los Pirineos y hasta cierto punto individualizado
de los Pirineos occidentales por los escasos hallazgos aragoneses. |
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