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PENÍNSULA
IBÉRICA - ISLAM y AL-ANDALUS |
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LOS REYES DE TAIFA (1031 –
1091)
En el fondo, la historia de al-Andalus
es la historia de las tensas relaciones entre un poder central
y las innumerables fuerzas periféricas que se liberaron
tan pronto aquél mostró signos de debilidad. El
período entre el 1031 y el 1091 se conoce como la época
de los pequeños reyes o la época de la discordia
fitna. A principios del siglo
XI se enfrentaron tres facciones étnicas (taifa):
la beréber, la saqaliba
y la andalusí.
Los beréberes habían llegado a al-Andalus
a mediados del siglo X, provenientes del norte de África.
No se mezclaban con los antiguos beréberes, que habían
ingresado desde principios del siglo VIII y, en consecuencia,
no sentían fidelidad ni por al-Andalus
ni por sus gobernantes, sino sólo por sus propios jefes
militares. Para la población de las ciudades, las nuevas
tropas beréberes continuaron siendo ante todos extranjeros
temidos e indeseables. Al partido andalusí pertenecían
los árabes y los muwalladun,
divididos en incontables grupos con intereses contrapuestos,
con el único denominador común de querer tomar
el poder cada uno de ellos. Por eso en realidad, más
que una confrontación entre tres partidos étnicos,
lo que se dio fue una situación de anarquía en
la cual cada grupo podía aliarse o enfrentarse con otros
grupos. El emir Abd Allah al-Ziri,
uno de esos pequeños príncipes, describió
a finales del siglo XI la manera como había comenzado
esa era: “después de
la caída de la dinastía amirí, al quedarse
la gente sin imam, en cada ciudad se levantó un caudillo
y, después de tomar el poder, reclutar soldados y acumular
fortuna, fortificó su ciudadela. Pelearon entre sí
por la riqueza y cada uno envidiaba los bienes de los otros”.
Siempre se trató de ciudades estado y su cohesión
no descansaba en la unidad de las formas comunitarias de cultura
y vida, sino simplemente en las condiciones geográficas.
No obstante, la fragmentación política de al-Andalus
condujo de manera necesaria a que las personalidades locales
prominentes tuvieran una actividad política mayor y más
agresiva que la ejercida con anterioridad. Las comunidades judías
participaron de la vida económica y cultural, y desempeñaron
particularmente en Granada un papel extraordinariamente importante.
En dicha ciudad el visir judío Samuel
ben Naghrila tuvo la oportunidad de demostrar, durante
casi veinte años, sus habilidades como estratega militar.
En cambio la minoría cristiana no parece haber desempeñado
ya ningún papel.
A pesar de todas las enemistades, intrigas y guerras, los príncipes
concertaban matrimonios entre sí y se invitaban unos
a otros a fiestas y certámenes literarios. El estilo
cancilleresco del siglo XI es famoso por su refinamiento. En
general se apreció mucho la formación y la cultura
y las obras de arte de este período, hasta dónde
se conocen, fueron de gran finura. El mecenazgo jugó
un papel muy importante, pues todos los reyezuelos trataron
de no quedarse atrás del esplendor del califato. Al parecer,
poetas, artistas y sabios solían ir y venir de una corte
a otra, sin vacilaciones, motivados por promesas de prestigio
y remuneración, con el fin de ofrecer sus sublimes servicios.
La corte de de Sevilla era por mucho la más suntuosa.
Sin embargo, el estilo de gobierno trajo como consecuencia un
incremento asfixiante de los impuestos pagados por el pueblo,
lo que según el Corán era injusto. Esto provocó
la desestabilización del sistema. En todo caso se puede
suponer que después de la destitución de Hisham,
ante la nefasta lucha que se desató entre los pretendientes
al trono, muchas de las ciudades de al-Andalus
tuvieron, en un primer momento, la mejor disposición
de reconocer la autoridad de caudillos locales y que solo paulatinamente
se puso al descubierto el callejón sin salida al que
conducía el nuevo desequilibrio de fuerzas. Los reyes
cristianos del norte reconocieron rápidamente la situación
y no sólo suspendieron el pago de sus tributos, sino
que, además, comenzaron a exigir el pago de contribuciones
a los pequeños príncipes islámicos.
La Reconquista progresó con rapidez, pues la Hispania
cristiana logró salir de su aislamiento en el transcurso
del siglo XI. El Papa había logrado someter a la iglesia
de Hispania al rito romano y en compensación mostró
un vivo interés en la Reconquista. Por otra parte, la
dinámica del movimiento cluniacense había prendido
en toda la Península Ibérica. No obstante, se
puede preguntar si Alfonso VI realmente quería conquistar
al-Andalus para el cristianismo,
o si únicamente deseaba ampliar y asegurar su propio
reino (en ese tiempo la idea de cruzada no era tan motivadora
en Hispania). Los títulos que Alfonso utilizó
muchas veces, como el de “Imperator
constitutus super omnes Hispaniae nationes” o el
de “Imbaratur dhu al-millatayn”,
Señor de ambas naciones, muestran que para él
los Hispanos muy bien podían ser musulmanes.
En al-Andalus la anarquía
alcanzó dimensiones inconcebibles. Si bien es cierto
que los abadíes eran los más fuertes entre los
reyezuelos, no podían de ninguna manera imponer su autoridad
de modo general, y la inconformidad del pueblo expoliado por
los recaudadores de impuestos fue siempre en aumento. La toma
de Toledo en el 1085, que debido a sus catastróficas
disensiones internas prácticamente cayó por si
misma en manos de Alfonso VI, fue el acontecimiento que decidió
la llegada de un huésped que sería determinante
para el futuro: al–Mutamid
de Sevilla, contando con la aprobación de los príncipes
beréberes ziríes, pidió ayuda a la nueva
y poderosa dinastía beréber de Marruecos.
En un principio los almorávides africanos y su rey Yusuf
Tashufin no tenían la intención de establecerse
en al-Andalus y después
de obtener una victoria espectacular sobre Alfonso VI en Zallaqa
en el 1086, regresaron a Marruecos. No habían terminado
de darle la espalda a al-Andalus
cuando se presentó nuevamente la situación anterior.
Yusuf fue llamado en auxilio una vez más y desembarcó
en la primavera del 1090. No solo tuvo que librar batallas agotadoras
y prolongadas, sino que tuvo disgustos inesperados con algunos
principillos islámicos que pactaban en secreto con los
cristianos para hacerle frente. Después de establecer
por segunda vez el orden, Yusuf
decidió anexar al-Andalus
al imperio Almorávide. |
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