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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ISLAM  y  AL-ANDALUS

EL DOMINIO DE LOS NAZARÍES (1237 – 1492)

Muhammad Ibn Yusuf ibn Nasr, fundador de la dinastía nazarí, pertenecía a la familia de los Banu l-Ahmar. Durante el proceso de descomposición del imperio almohade, tomó el poder en el 1232 en Arjona, en las cercanías de Jaén, y luego se apoderó del propio Jaén en 1233. Al año siguiente ocupó por un mes Sevilla y se instaló en 1237 en Granada. Finalmente, en 1238 anexó al nuevo sultanato Almería y poco después, Málaga. Al caer Jaén en 1246 en poder de Fernando III de Castilla, Muhammad I se replegó a Granada y reconoció la supremacía de Fernando, comenzando a pagar regularmente un tributo y participando en las campañas cristianas. En compensación retuvo el dominio sobre una región que se extendió al sur desde Tarifa hasta el este de Almería, y cuya frontera norte corría por los alrededores de Jaén. A pesar de que los numerosos puertos de la costa ofrecían excelentes lugares de desembarco a eventuales tropas auxiliares africanas, a los castellanos probablemente les pareció muy dispendiosa la conquista de aquel territorio montañoso, sobre todo porque Muhammad I había demostrado ser un vasallo digno de confianza.

Durante este último sultanato de la Península Ibérica los baladiyyun, shamiyyun, muwalladun y beréberes se habían fusionado desde hacía tiempo formando una población mestiza arábigo-islámica bastante homogénea, caracterizada según Ibn al-Khatib, historiador y visir de Granada, por ser de “tamaño mediano, piel blanca, cabello negro, facciones regulares, espíritu alegre, con talento para la enseñanza…”.

Gran parte de las comunidades mozárabes se habían disuelto, ya que la mayoría de sus miembros habían huido a la Hispania cristiana durante las persecuciones de cristianos emprendidas por los almorávides y los almohades. A pesar de ello había algunos cristianos en Granada: la escolta personal del sultán, los propietarios de algunos establecimientos comerciales (catalanes, florentinos, venecianos y sobre todo genoveses) y una considerable cantidad de prisioneros, secuestrados por medio de razias o la piratería, sometidos a trabajos forzados. Los sultanes nazaríes acogieron también de buen grado a los judíos que buscaban refugio, víctimas de la persecución que se dio en todo al-Andalus durante la dominación almohade y, posteriormente, con la llegada de los gobernantes cristianos. Estos participaron en la vida cultural y económica de Granada como médicos, traductores, artesanos y comerciantes (en esta última actividad como intermediarios entre las grandes casas comerciales extranjeras y la población local). La población de Granada también se vio incrementada con la llegada de musulmanes que huían de las regiones ocupadas por los cristianos (muchos se establecieron en la colina del Albayzin).

La política exterior de Granada se agotó en la difícil tarea de mantener el equilibrio entre sus dos poderosos vecinos: los diferentes príncipes cristianos y los gobernantes beréberes de África del Norte y su política interior tuvo que enfrentar con frecuencia la sublevación de caudillos que buscaban el respaldo de los vecinos (cristianos o marroquíes).

A partir de la caída de los almohades, una nueva dinastía beréber se hizo con el poder en Marruecos: los meriníes, que deambularon como nómadas en Marruecos Oriental durante los siglos XII y XIII antes de conquistar a mediados de este último siglo Fez, Meknes, Salé y Marrakesh. Sus pretensiones de poder carecían de todo fundamento religioso, por lo que buscaron con todo ahínco el legitimarse mediante la Jihad. Sin embargo, sus expediciones militares contra la Península entre 1275 y 1291 no les proporcionaron resultados permanentes. Si bien la aplastante derrota de Río Salado del 1340 puso fin a la política de Jihad de los meriníes, pudieron sostenerse por bastante tiempo en Algeciras, Tarifa y Ronda (esta última ciudad perteneció bien a los nazaríes, bien a los meriníes y, en gran parte, independiente).

Granada vivió su época de esplendor en el siglo XIV bajo los sultanatos de Yusuf I y Muhammad V. Las buenas relaciones mantenidas con Castilla y Marruecos le ayudaron a superar los disturbios internos. En general fue una época de bienestar económico gracias a la agricultura intensiva, la artesanía altamente desarrollada y unas amplias relaciones comerciales. De dicha época provienen los palacios más bellos de Granada y la Alhambra.

Las querellas intestinas por el trono de la familia nazarí fueron debilitando a Granada en la misma medida en que creció la amenaza cristiana. La unificación de los reinos de Castilla y Aragón por medio del matrimonio de Isabel y Fernando en 1469 selló la suerte del sultanato. Antequera había caído en 1410, Gibraltar y Archidona cayeron antes de 1464, Málaga se rindió en 1487 y Almería en 1489. El último sultán Nazarí, Abu Abd Allah Muhammad XII, llamado Boabdil por los cristianos, abandonó la Alhambra en enero de 1492.

De esta forma llegó a su fin la historia política de la Hispania Musulmana. Sin embargo, su influencia cultural permanecerá viva durante varios siglos, no sólo en África del Norte donde la Granada nazarí se convirtió en el modelo artístico determinante hasta la modernidad, sino también en la Hispania cristiana, dónde el arte mudéjar atrajo la atención de amplios círculos. Allí comenzó un período de intolerancia religiosa, que condujo al punto culminante de la atrocidad con la Inquisición que puso fin a la presencia del Islam en Hispania con los edictos de expulsión (1609 a 1614).
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