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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ISLAM  y  AL-ANDALUS

EL DOMINIO BERÉBER (1091 – 1248)

El nombre de almorávide se deriva de al-Murabitun, la gente de Ribat, concepto que se asocia con el de Guerra Santa. A mediados del siglo XI, en el marco de la renovación religiosa y las conquistas en el norte, se trajo desde la cuenca del Senegal en el Sahara Occidental a los lamtuna, tribu beréber nómada del grupo sanhara. Las ideas místicas y religiosas movilizaron las capacidades guerreras de ese ejército tribal, que pronto se convirtió en dirigente de una gran coalición de tribus que en poco tiempo pudo conquistar todo Marruecos y Argelia Occidental. El poder de convicción de un reformador religioso, Abd Allah Yasin al-Jazuli, y la energía y resistencia de un príncipe beréber convertido por él, Yahya ibn Umar, condujeron a una nueva distribución del poder sobre la que se erigió el imperio almorávide encabezado por Yusuf Tashufin.

A la gente de al-Andalus, sobre todo a las capas superiores de la población, los beréberes de piel oscura y analfabetos les parecieron bárbaros fanatizados. De todos modos el fulgor y la exquisitez de la cultura de al-Andalus los impresionó de manera rápida y persistente, de modo que su energía bruta no sobrevivió por mucho tiempo. Según las fuentes de al-Andalus, el período almorávide constituyó una fase de regresión cultural en la que los gobernantes ya no se interesaron por las ciencias profanas y las bellas artes, y los juristas y teólogos mojigatos marcaron el paso. Esta visión es probablemente demasiado unilateral, ya que muchas obras de arte de la época demuestran que la ola beréber con su fanatismo religioso arrolló la cultura de al-Andalus, pero de ninguna manera la asfixió. Con los almorávides comenzó una época de renovado e intenso sentimiento religioso, que por lo demás tuvo su paralelo en la parte cristiana de Hispania. Ese desarrollo condujo a estallidos de intolerancia contra las minorías cristianas y judías, lo que motivó que gran cantidad de cristianos fueran deportados hacia África del Norte. En 1118 Alfonso I de Aragón tomó Zaragoza.

En 1133 Alfonso VII de Castilla penetró profundamente en el sur de al-Andalus y en los años 1144/45 una serie de levantamientos de la población islámica sacudieron la supremacía almorávide. Desde hacía ya algunos años, la dinastía había tropezado con oposición en Marruecos y de pronto entró en un rápido proceso de descomposición hasta que una nueva dinastía beréber norteafricana asumió el poder en 1170.

Los almohades, beréberes del Alto Atlas

También el imperio almohade tuvo sus raíces en el movimiento de renovación religiosa de las tribus beréberes del noroeste africano. Sin embargo, mientras los almorávides eran nómadas originarios del Sahara, sus enemigos tradicionales, los masmuda, beréberes sedentarios del Alto Atlas, fueron quienes difundieron la doctrina almohade.

En un viaje al Oriente realizado a principios del siglo XII, el nuevo reformador religioso, Ibn Tumart, entró en contacto con nuevos movimientos filosóficos y religiosos. Su doctrina se caracterizó por ser mucho más original que la almorávide, la cual se había limitado a ser un malikismo riguroso. El nombre almohade deriva de al–muwahhidun, los que reconocen la unidad de Dios, y la lucha de Ibn Tumart se dirigía tanto contra los antropomorfistas como contra los politeístas, y con ello contra la tendencia bastante difundida de endosarle a Dios atributos humanos. Para los almohades, Dios es un espíritu puro, eterno e infinito y en consecuencia absolutamente sublime. Incluso simples atributos como clemente y misericordioso son en sentido literal blasfemias, y si bien aparecen en las Sagradas Escrituras, deben comprenderse metafóricamente.

Con la ayuda de Abd al Mumin, uno de sus discípulos más fieles, Ibn Tumart logró que la población de una gran parte de Marruecos se sublevara contra el tambaleante régimen de los almorávides en Marrakech. Tras la muerte de Ibn Tumart en el 1130 se designó como “Emir de los creyentes” a Abd al-Mumin, un extraordinario administrador y jefe militar. Abu Yaqub Yusuf, hijo y sucesor de Abd al–Mumin convirtió a al-Andalus en una provincia del imperio almohade (Sevilla únicamente pudo ser ocupada en el 1172, después de la muerte del príncipe local Ibn Mardanish). Abu Yaqub Yusuf reanudó la tradición de las campañas militares en las regiones cristianas (Marrakesh y Sevilla fueron sus lugares de residencia).

El gobierno de su hijo Abu Yusuf Yaqub al Mansur, fue el más esplendoroso de la dinastía. Al igual que sus predecesores, éste fue un constructor importante. Obtuvo una serie de éxitos militares espectaculares tanto en África del Norte como en la Península Ibérica. La victoria de Alarcos en el año 1195 sobre Alfonso VIII de Castilla fue una de las últimas victorias islámicas en la Península Ibérica. Contribuyó a aumentar el prestigio de los almohades, pero por lo demás no condujo a que se consolidase su poderío militar. Por el contrario, provocó un devastador contraataque cristiano que tuvo su punto álgido en la batalla de las Navas de Tolosa en momentos en que los reyes de León, Castilla, Navarra y Aragón habían unificado, aunque por corto tiempo, sus fuerzas.

A Abu Yusuf Yaqub le sucedió en 1199 su hijo Muhammad al-Nasir (el victorioso, a pesar de la derrota de las Navas de Tolosa), a quién en 1213 sucedió su hijo de quince años, Abu Yaqub Yusuf II, que fue incapaz de fusionar nuevamente el imperio almohade en proceso de desintegración. Después de su muerte en el 1224, las querellas familiares aceleraron el fin de la dinastía y llevaron a al-Andalus a una nueva guerra civil. Potentados locales y príncipes mercenarios combatieron entre sí. La reconquista, ya por entonces considerada de manera expresa como cruzada, avanzó con rapidez. Jacobo I de Aragón y sobre todo Fernando I de Castilla (a partir del 1217) y León (a partir del 1230), penetraron sin grandes dificultades en el corazón de Andalucía. Fechas memorables de esas expediciones militares son las caídas de Córdoba en el 1236, de Valencia en el 1238 y de Sevilla en el 1248. Murcia pudo resistir hasta 1266 y solo el reino de Granada sobrevivió hasta 1492.
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