Sitio web arqueomas.comarqueomas.comIr a InicioIr a DirectorioIr a BibliografíaIr a ContactaIr a RSS - Novedades
Península Ibérica
Paleolítico y Neolítico
Calcolítico y Los Millares
Arte Rupestre
El Megalitismo
Bronce y El Argar
Tartessos-Colonización
Cultura Ibérica
Cultura Talayótica
Cultura Celta - Vettones
Cultura Celta - Galaicos
Cultura Celtibérica
Romanización
Ingeniería Romana
Ruralización
Reino Visigodo
Islam y al-Andalus
Prerrománico
Románico
Egipto
Italia
Los Etruscos
Roma
África
Túnez - África Romana

Alojamientos amigos
Enlaces
PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ISLAM  y  AL-ANDALUS

LA CONQUISTA Y EL EMIRATO (710 – 912)

Mahoma comenzó a darse a conocer en La Meca en el siglo VII como un profeta entre otros. Sin embargo, su mensaje monoteísta e igualitario de la salvación eterna a través del Islam encontró rápidamente un eco que elevó a su pregonero a una posición excepcional. El Corán, el texto sagrado de esta nueva religión, es la palabra de Dios, y como Dios mismo eterna y le ha sido revelada a Mahoma para que la pregone entre los hombres. El nuevo mensaje promete a todos los hombres la salvación eterna, siempre y cuando crean en Alá, Dios único y misericordioso, y cumplan con sus preceptos. Estos se basan esencialmente en los cinco pilares de la religión: la profesión de fe (“solo Dios es Dios y Mahoma su profeta”), la oración que se hace cinco veces al día (salat), el impuesto religioso (zacat), la observación del mes de ayuno (ramadán) y el peregrinaje a La Meca una vez en la vida (hadj). Por contraposición al politeísmo que en ese entonces dominaba Arabia, los preceptos de Alá no parecieron muy exigentes. Además, Mahoma prometió a los caídos en la Guerra Santa contra los infieles el ingreso directo al Paraíso, promesa descripta de modo minucioso y festivo en el Corán, mientras los otros mortales tendrían que esperar hasta el Juicio Final.

El creciente éxito de sus prédicas obligó a Mahoma en septiembre del 622 a huir de sus enemigos en La Meca y refugiarse en el Oasis Yatrib (con posterioridad el oasis recibió el nombre de Madina). Con ese asentamiento quedó fundado el primer estado islámico, a cuya cabeza se encontraba el profeta, quién de esa manera ostentó simultáneamente el poder espiritual y temporal. El mensaje de Mahoma se dirigió en un primer momento más a los habitantes de La Meca que a todos los árabes; pero probablemente el mismo profeta, al final de su vida, incluyó a toda la humanidad en su programa de salvación. Entretanto el Corán se difundió a la humanidad en árabe, asegurando de ésta manera la posición preponderante de los árabes en la nueva religión a pesar de su carácter universal.

El eco de la nueva religión se vio ampliado varias veces por la rápida fortuna de las armas. La expansión islámica no se llevó a cabo de acuerdo con las reglas de una planificación centralizada de la conducción de la guerra en sentido moderno. Más bien avanzó a saltos, impulsada a menudo por las tribus vencidas e islamizadas. En un principio dirigió sus energías hacia el norte y hacia el este, es decir, hacia Siria, Iraq e Irán. Entre el 640 y el 642 fue tomado Egipto. Distintas expediciones enviadas desde allí hacia occidente no tuvieron en un comienzo un éxito perdurable, hasta que en el 666 se fundó Kairuan como punto de apoyo para la lucha contra las tribus beréberes. En el 698 fue tomada la Cartago bizantina y a principios del siglo VIII los ejércitos árabes y beréberes aliados avanzaron sobre Argelia hacia Marruecos. A partir del 708 las regiones conquistadas en el Magreb quedaron bajo la autoridad del gobernador de Ifriqiya (nombre árabe dado a Túnez), Musa ibn Nusayr, un Sirio, responsable directo ante el califa en Damasco.

De Marruecos los ejércitos islámicos no se dirigieron al sur, dónde hubiesen encontrado regiones de geografía y ambiente conocidos, sino hacia el norte, dónde evidentemente les esperaban riquezas mucho mayores, que, sin embargo, sólo podían alcanzarse atravesando un estrecho, cosa que en principio parecía difícil de lograr. En el verano del 710, una pequeña tropa al mando del beréber Tarif ibn Malik, desembarcó al oeste de Gibraltar en un lugar que más tarde recibió el actual nombre de Tarifa. Esta primera expedición resultó muy prometedora y en la primavera del 711 el estrecho fue cruzado por un ejército de 7.000 guerreros, dirigido por Tariq ibn Ziyad, un liberto de Musa ibn Nusayr, probablemente beréber aunque según otras fuentes de origen persa (su nombre se conservó en la palabra Gibraltar: jabal Tariq, la montaña de Tariq). Anteriormente Tariq había sido nombrado por Musa gobernador en Tánger, por lo que seguramente estaba muy enterado de los problemas internos del reino visigodo en descomposición.

Por la época en que desembarcó Tariq, Rodrigo combatía a los vascos en el norte. Regresó sin demora al sur pero fue derrotado sin mucha dificultad por el ejército islámico (a cuyo lado se encontraban los opositores visigodos a Rodrigo), el 19 de julio del 711 en las proximidades de Algeciras. A partir de esa victoria Tariq no encontró más resistencia organizada: ese mismo verano conquistó Córdoba y Toledo. En el verano del 712 el propio Musa ibn Nusayr cruzó el estrecho con un ejército de 18.000 hombres, la mayoría árabes. Conquistó primero Sevilla y sus alrededores y luego Mérida. En el verano del 713 se encontró con Tariq, mientras su hijo conquistaba Niebla y Beja (las fuentes árabes destacan la envidia de Musa por los éxitos de Tariq). El verano siguiente la conquista de Hispania prosiguió con el avance de Musa sobre Soria y el valle del Alto Duero hasta Oviedo, mientras la campaña de Tariq llegaba al valle del Alto Ebro y penetraba en Galicia.

Entre tanto, debido a intrigas en la corte de Damasco, Musa y Tariq fueron llamados por el Califa a Siria para que se justificaran e Hispania quedó bajo la autoridad de Abd al-Aziz, hijo de Musa. Tanto Musa como Tariq desaparecieron de la escena en el oriente. Durante el gobierno de Abd al Aziz fueron conquistados lo que en actualidad son Portugal, Cataluña y Narbona. Málaga, Elvira (más tarde llamada Granada) y Murcia se sometieron (el contrato con el príncipe visigodo de Murcia fue respetado: se garantizó la soberanía visigoda, la libertad de cultos y la autonomía económica a cambio de un tributo anual). Abd al Aziz contrajo nupcias con la viuda de Rodrigo y residió en Sevilla, dónde fue asesinado en el 716 por órdenes del califa. Para esa época la conquista islámica de Hispania, en términos generales, había finalizado. Los acontecimientos de los cuarenta años posteriores son bastante confusos (las fuentes árabes informan de innumerables disputas entre los distintos grupos de conquistadores).

Dado que habían llegado a la Península en asociaciones cerradas y como tales se habían asentado, la población de al-Andalus era extremadamente heterogénea, su sociedad se encontraba desunida y el gobierno central era incapaz de imponer sus pretensiones de mando. Los árabes del sur se enfrentaban a los árabes del norte (el famoso conflicto tribal entre los kalbíes y los qaysíes), los medineses contra los damascenos y los beréberes contra los árabes. Los gobernadores eran cambiados a cada momento, permaneciendo la mayoría unos seis meses en el cargo. La lejanía y el aislamiento de al-Andalus, que carecía de fronteras con otro estado islámico, imposibilitaban una efectiva intervención de Damasco. A pesar de ello, en esa época se emprendieron campañas desde Narbona hacia Aviñón y en el valle del Ródano hasta Lión y de Pamplona sobre Burdeos hasta Poitiers. En la batalla de Poitiers, en el 732, Carlos Martel derrotó decisivamente a los musulmanes. Finalmente en el 759 Pipino reconquistó Narbona, con lo que llegaron a su fin las incursiones árabes más allá de los Pirineos.

A su muerte en el 632, Mahoma no dejó ningún hijo ni determinaciones claras sobre su sucesión. Los primeros califas (Khalifa, representante del Profeta) fueron elegidos más o menos sin querellas entre sus seguidores. Muawiya, miembro de una de las más ricas familias de La Meca, que se había convertido al Islam relativamente tarde, logró hacerse con el poder e impuso la sucesión dinástica. La primera dinastía islámica de los Omeyas gobernó al imperio mundial islámico a partir del 661 desde Damasco. Los cismas religiosos, las querellas ínter árabes, el descontento social, los problemas económicos, las sangrientas discordias familiares y la incompetencia se agregaron al hecho de que el imperio se había vuelto tan grande que imposibilitaba una administración centralizada efectiva. En el 750 los Omeyas fueron derrocados por los Abasíes y casi todos fueron asesinados. Solo uno de sus descendientes, Abu l-Mutarrif Abd al-Rahman Muawiya, quién entonces contaba con veinte años de edad, pudo escapar. Su madre era una beréber del norte de Marruecos, lo que explica porque Abd al-Rahman huyó de inmediato hacia África del norte. Después de deambular cuatro años, decidió probar suerte en Hispania.

Como en Jaén y Elvira se habían asentado muchos seguidores de los Omeyas llegados con la caballería Siria, el fugitivo acudió a ellos consiguiendo su apoyo, agregándose otros grupos árabes y también beréberes de al-Andalus (los habitantes de la lejana provincia de al-Andalus no habían participado de las sublevaciones del Cercano Oriente y todavía se sentían profundamente comprometidos con la dinastía destronada). Abd al-Rahman pudo imponer sus pretensiones de sucesión sobre el gobernador y sus seguidores, y en mayo del 756 fue proclamado emir de al-Andalus en la mezquita mayor de Córdoba. Bajo el gobierno de Abd al-Rahman, Córdoba se convirtió en la capital de al-Andalus. La muralla de la ciudad fue restaurada y se construyeron varias pequeñas mezquitas. Entre el 784-785, Abd al-Rahman ordenó construir a orillas del río Guadalquivir un nuevo palacio del emir (dar al-Imara) y poco tiempo después, entre el 785-786, una nueva mezquita mayor a su lado. Al noroeste de Córdoba hizo construir un palacio de verano en medio de jardines, al que denominó al-Rusafa, como recuerdo de la famosa residencia Omeya en Palmira. Gracias a que gobernó durante un tiempo bastante largo, pudo instaurar un estado poderoso, bien organizado y próspero, con el que se inició una época de esplendor de más de doscientos años. El lugar que ocupó Abd al-Rahman en el mundo islámico fue novedoso y especial, ya que no pretendió en ningún momento el título de califa ni tampoco desarrolló ninguna ideología de dominación, pero gobernó como soberano independiente que no estaba obligado a rendir cuentas ante nadie. Los problemas que el nuevo emirato de al-Andalus le planteó durante todo el período de su gobierno fueron en primera línea los provocados por una tierra que por sus propias características físicas, es decir, sus comarcas variadas y pequeñas, dificultaba al extremo una administración centralizada.

Las continuas revueltas de diferentes grupos de población convirtieron a la organización del ejército y a la creación de un aparato administrativo confiable en condiciones ineludibles para la paz interna. La heterogeneidad de la población de al-Andalus condujo inevitablemente a conflictos. Entre la misma capa superior árabe se enfrentaban como enemigos los árabes de la primera hora (los baldiyyun) y los sirios llegados posteriormente (los shamiyyun), habiendo sido económicamente más favorecidos estos últimos. A ello se agregaban los miembros de la familia omeya supervivientes, que a instancias de Abd al-Rahman habían abandonado el Oriente. Además, las antiguas querellas entre los árabes del norte y los árabes del sur tampoco habían desaparecido. La enemistad entre los diferentes grupos árabes tenía sus raíces tanto en discordias tribales como en diferentes intereses económicos y sociales. Los beréberes islámicos habían conquistado Hispania conjuntamente con los árabes, pero eran tratados con desprecio por estos últimos y habían sido empujados por las capas árabes superiores hasta las regiones más pobres y periféricas de al-Andalus. Los beréberes tampoco constituían un grupo de población homogénea, ya que se diferenciaban por su pertenencia a distintas tribus y por las formas de vida tradicional que habían tenido en su suelo natal de África del Norte.

Al parecer, la población cristiana se había convertido, en gran parte voluntariamente, a la religión de los conquistadores, había aprendido el idioma árabe, había adoptado costumbres árabes y en alguna medida había arabizado sus nombres. El grupo de los nuevos musulmanes o muslimes aparece en las fuentes como musalimun o como muwalladun, siendo la primera palabra utilizada en la mayoría de los casos para los nuevos muslimes y la segunda para sus descendientes. La minoría que permaneció cristiana, los mustaribun, que han quedado registrados como mozárabes en la historiografía europea, al igual que la minoría judía, gozaban de la protección de la autoridad estatal y llegaron a constituir en grandes ciudades como Toledo, Córdoba, Sevilla y Mérida, comunidades relativamente numerosas. En comparación con estas comunidades se tiene bastante menos información sobre las comunidades mozárabes del campo. Los grupos judíos habían apoyado activamente la invasión árabe y vivieron durante largo tiempo sin ninguna molestia bajo la protección oficial en las ciudades, desempeñando un papel económico importante como comerciantes (parece ser que el árabe fue su lenguaje coloquial). Debido a la anterior disparidad, los distintos grupos de población con frecuencia lucharon entre sí, pero a menudo también estuvieron dispuestos a realizar alianzas para enfrentarse conjuntamente a las supremas autoridades omeyas. El sistema del ejército anterior, que descansaba sobre el servicio militar general de los musulmanes, había revelado ser insuficiente desde hacía bastante tiempo, por lo que Abd al-Rahman, copiando a sus predecesores sirios, comenzó a crear un ejército de esclavos, compuesto por norteafricanos e infieles europeos.

El fundamento del sistema administrativo fue instaurado desde los comienzos de la conquista islámica, y probablemente Abd al-Rahman no realizó cambios sustanciales. Alrededor del territorio central se extendía un amplio cinturón, que solo se podía controlar desde el gobierno central en Córdoba, pero que no estaba dividido en provincias sino en marcas (territorio fronterizo): la marca superior con su capital en Zaragoza (gobernada por los Banu Qasi de origen godo) la marca media con su capital en Toledo y la marca inferior con su capital en Mérida. Las marcas no eran administradas por un gobernador civil, un wali, sino por un juez supremo, un qaid. El territorio central estaba dividido en circunscripciones administrativas (kuwar, en singular kura), a cuya cabeza se encontraba un gobernador nombrado por el gobierno central, que residía en la capital de la circunscripción conocida como qaida. Abd al-Rahman gobernaba en Córdoba con la ayuda de una capa de funcionarios que casi no aparece mencionada en las fuentes árabes relativas a esa época. El juez supremo qadi y el hajib, que simultáneamente era primer ministro y ministro del tesoro, desempeñaban papeles muy importantes. La palabra wazir, comúnmente utilizada en el oriente para designar al primer ministro, se convirtió en al-Andalus en un título honorífico al que no correspondía ningún cargo gubernamental. En términos generales, los cargos de la corte en Córdoba parecen haber sido intercambiables y haber estado relativamente poco definidos. Las funciones militares, jurídicas, policíacas y fiscales, entre otras funcionas administrativas, no exigían ninguna preparación específica y podían pasar de una mano a otra. Los funcionarios de la corte provenían de las familias de la aristocracia árabe y eran responsables directamente ante el emir. Este gobernaba como un soberano absoluto y en ningún momento delegaba su poder.

Los sucesores de Abd al-Rahman I

Dejando de lado las acostumbradas campañas de verano contra los cristianos, el gobierno del piadoso Hisham I transcurrió pacíficamente. En su tiempo se realizó la introducción de la escuela de derecho malikí en al-Andalus. Con eso se favoreció el crecimiento de una etapa religioso-jurídica superior, muy conservadora, que fue ganando cada vez más influencia política y se opuso con toda energía a la penetración de corrientes religiosas extranjeras. Bajo al-Hakam I, quién se tomó la molestia de hacer sentir sus pretensiones de dominio, estallaron revueltas en las más diversas regiones: Zaragoza, Huesca, Mérida, Lisboa y sobre todo Toledo, donde la sublevación de los muwalladun fue sofocada de manera particularmente sangrienta e insidiosa, pasando su mal recuerdo a la historia con el nombre de la Jornada del Foso (se dice que al-Hakam convidó en el año 797 supuestamente a unos 5000 nobles toledanos a una cena de reconciliación en el alcázar, habiéndolos asesinado en ese sitio y lanzado sus cuerpos al foso del castillo). En la misma Córdoba se originó el famoso Motín del Arrabal; el populoso barrio situado en la ribera sur del puente romano, frente a la mezquita mayor. Entre el 805 y el 818 los disturbios se repitieron una y otra vez y fueron finalmente ahogados en un baño de sangre. Muchos de los que en esa ocasión fueron desterrados se trasladaron a Marruecos, donde participaron de manera activa y meritoria en la construcción de la ciudad de Fez, de lo que sigue dando testimonio en la actualidad el llamado “barrio de los andaluces” (Madinat Al Andalusiyyin). Las dificultades que al-Hakam tenía en su propia tierra, no le dejaron tiempo para emprender campañas contra los cristianos. Durante su gobierno, Barcelona fue conquistada por los Francos (sus incursiones se extendieron a Huesca, Lérida y Tortosa).

En la historiografía, al-Hakam pasa por ser un gobernante piadoso, consciente de sus deberes, que se sometió a los juicios de los qadi, aun cuando éstos fueran contra sus propios intereses. Sin embargo, parece haber sido un gobernante muy impopular. De todas formas gracias a la brutal energía de su padre, su hijo y sucesor Abd al-Rahman II se encuentra con un al-Andalus relativamente tranquilo al ascender al poder. En efecto, la época de Abd al-Rahman II se caracterizó por una relativa calma y prosperidad. Las ocasionales revueltas periféricas en Toledo y Mérida y las incursiones normandas por el río Tajo y el río Guadalquivir no significaron ningún peligro serio para su gobierno. La victoria sobre los normandos, considerados como un peligro colectivo, acrecentó el prestigio del emir. A partir de ahí, no sólo se dedicó a la fortificación de Sevilla, sino también a la creación de arsenales y desarrolló cierto interés por la guerra marítima, tradicionalmente vista con desconfianza por los árabes. De todas maneras los piratas de al-Andalus (totalmente independientes del gobierno central) desempeñaban desde hacía ya bastante tiempo un papel destacado en el Mediterráneo, por ejemplo en la conquista aghlabí de Sicilia (conquista de Palermo en el 831) o en la islamización de Creta. Frente a los pequeños principados de África del Norte, Abd al-Rahman II se arrogó en cierto sentido el papel de protector contra los poderosos vecinos. De esta manera mantuvo relaciones amistosas con los rustamíes de Tahar y los silihies de la Costa del Rif.

El hecho de que una delegación Bizantina llegara a Córdoba, con el objeto de convencer a Abd-el Rahman II para que atacara a los abasies en Irak, muestra que al-Andalus había entrado en el escenario de la política mundial. La respuesta negativa del emir revela que, a pesar del inconmovible odio de los omeyas a la dinastía abasí, sabía valorar sus posibilidades reales. Se le adjudica a Abd al-Rahman II el establecimiento del monopolio real de la moneda y siguiendo el modelo bizantino y abasí, la manufactura real de telas de lujo, así como la reorganización y el aumento de la eficacia del aparato administrativo.

Tiempos de crisis (852-912)

Los sesenta años siguientes depararon al emirato Omeya varias crisis peligrosas: los mozárabes y los muwalladun, siempre dispuestos a sublevarse, se rebelaron cuando Muhammad I ascendió al trono. En las marcas superiores (Tudela y Zaragoza), los esfuerzos independentistas de Musa ibn Musa ibn al-Qasi adquirieron dimensiones amenazantes; en las marcas inferiores (Mérida y Badajoz) el también muwallad Ibn-Marwan ibn al-Jilliqi se liberó del dominio de Córdoba y en Sevilla, Elvira y Almería prominentes familias intentaron oponerse a la autoridad de Córdoba. Pero la sublevación más peligrosa y famosa fue la de Umar ibn Hafsun, en pleno corazón de al-Andalus. Las inaccesibles tierras montañosas al sur de Granada y Córdoba, entre Ronda y Antequera, estaban habitadas por beréberes y muwalladun, o sea, por grupos social y económicamente subyugados, que habían seguido con atención los sucesos en las marcas y habían obtenido de ese ejemplo el ánimo para luchar por su propia independencia.

Umar ibn Hafsun, capaz, valiente y ambicioso, provenía de una familia muwallad acomodada de las cercanías de Ronda. De joven fue culpable de una muerte y tuvo que abandonar su tierra. Se trasladó a Tahart, en la actual Argelia, dónde trabajó en una sastrería. En el 850 Umar regresó a su tierra y comenzó a reunir seguidores, en un principio fundamentalmente gañanes, con los que sembró la zozobra a su alrededor. Los sublevados convirtieron a Bobastro, una cima montañosa prácticamente inaccesible, en su base de operaciones. En el año 883 Muhammad I envió al jefe de su ejército contra Bobastro. Este logró vencer a Ibn al-Hafsun y llevarlo a Córdoba, donde entró en servicio como oficial en la guardia del emir y participó en una campaña de verano en el norte. Pronto, sin embargo, huyó nuevamente a las montañas y comenzó nuevamente sus asaltos.
Los muwalladun, los mozárabes y los beréberes, en síntesis, todos los inconformes, lo apoyaron. En un principio la fortuna le sonrió, su poder creció y Bobastro prosperó convirtiéndose en una verdadera ciudad con palacio, mezquita e iglesia. El éxito despertó la ambición de Ibn al-Hafsun, que se transformó en un soberano absoluto en la región entre Córdoba y el Mediterráneo, llegando incluso a establecer negociaciones directas con los norteafricanos enemigos de los omeyas. Se alió, aunque siempre solo por corto tiempo, con los diferentes caudillos rebeldes de al-Andalus e incluso a veces con el mismo emir de Córdoba. En resumen, su política parece haber estado dictada más por la situación inmediata que por una meta a largo plazo o una ideología coherente. Por razones desconocidas, en el 899 se convirtió, junto con su esposa y sus hijos, al cristianismo. Desde el punto de vista político, esto fue sin duda alguna un error pues, a partir de entonces, muchos musulmanes lo abandonaron y su posición se debilitó considerablemente, aunque pudo mantener Bobastro hasta su muerte en el 917. Solo en la época de Abd al-Rahman III la sublevación quedó definitivamente derrotada (Bobastro fue tomada por los gobernantes de Córdoba entre el 927 y el 929).
Ir arriba     Volver
2006-2012Ir a InicioIr a Acerca deIr a Aviso legalIr a RSS - Novedades