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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  ISLAM  y  AL-ANDALUS

EL ESPLENDOR DEL CALIFATO (912 – 1031)

A los veintiún años de edad Abd al-Rahman III, rubio y de ojos celestes, se convirtió en emir de al-Andalus. Su padre, el príncipe heredero Muhammad, fue asesinado por órdenes de su propio padre, el emir Abd Allah, poco después del nacimiento de Abd Al-Rahman. Las crónicas árabes le confieren todas las cualidades físicas, intelectuales y morales imaginables: fuerza y habilidad, valor y determinación, inteligencia y cultura, bondad y generosidad, aún cuando las mismas fuentes informan acerca de decisiones despiadadas, como por ejemplo la condena a muerte de su hijo. Asumió el poder en una situación política externa e interna difícil, por lo que la primera meta que persiguió con tenacidad fue la restauración de la unidad interna de al-Andalus, para lo que necesitó casi veinte años. En todo caso, Abd al-Rahman jamás intentó conquistar a los estados cristianos del norte que, si bien le pagaban tributo, eran por lo demás independientes.

En África del Norte, el cisma fatimí ganaba cada vez más espacio (Ubayd Allah, jefe del movimiento en Túnez, llegó a adoptar el título de Califa), y mantenía sus pretensiones de una dominación universal islámica, por lo que se requirieron varias campañas militares para conservar la zona de influencia omeya en el Norte de África. Una de sus últimas intervenciones militares condujo a la toma de Ceuta en el 931 y Tánger en el 951, lo que permitió reforzar en forma considerable el poder de los omeyas en esa región. La anexión del califato fatimí le proporcionó a Abd al-Rahman el impulso decisivo para adoptar el título de califa, es decir, proclamarse sucesor (Khalifa) del profeta y príncipe de los creyentes Amir al-Muminin. Abd al Rahman no tomó esta decisión por razones religiosas, ya que ni él ni su familia aspiraban a la dominación del mundo islámico. La adopción del título tampoco tuvo el propósito de declararle la guerra a la dinastía abasí, sino solamente confirmar de manera oficial el poder y el significado de al-Andalus. Simultáneamente Abd al-Rahman adoptó también un hábito oriental, consagrado entre los abasíes desde hacía mucho tiempo, al tomar para sí el nombre de al-Nasir li-Din Allah, que significa algo así como “el victorioso luchador de la religión de Alá”. En los últimos años del gobierno de Abd al-Rahman III, la corte en su conjunto se orientalizó y se volvió más rígida. Al mismo tiempo, se convirtió en una suntuosa barrera entre los súbditos y el gobernante, que residía en sus inaccesibles palacios rodeado por cortesanos y sin ningún contacto directo con el pueblo.

Los sucesores de Abd al-Rahman III

Al-Hakam II, hijo mayor de Abd al-Rahman, fue designado sucesor al trono desde muy temprano, aunque llegó al poder a la edad de cuarenta y seis años y únicamente gobernó quince años. Se le describe como culto y pacífico, amante del arte, extraordinario constructor y, al mismo tiempo, como profundamente religioso y versado en las ciencias teológico-jurídicas. Continuó impulsando la política internacional y exterior de su padre, pero sin su energía y con la tendencia indiscutible de confiar en sus funcionarios. De todas maneras pudo rechazar un ataque normando cerca de Almería, incrementando, a continuación, su flota. Los historiadores árabes pusieron de relieve su actividad de constructor, y todavía en la actualidad se vincula su nombre sobre todo con la construcción de Madinat al-Zahra y con la decoración de la mezquita mayor de Córdoba. Si bien las edificaciones más suntuosas de la época de los califas surgieron en Córdoba y sus alrededores, en este período de riqueza y paz interna las construcciones crecieron a todo lo largo y ancho de al-Andalus.

Hisham, el único hijo de al-Hakam, prestó juramento de fidelidad a la temprana edad de once años, poco antes de la muerte de su padre. La investidura de un niño encontró resistencia y su reconocimiento solo pudo ser impuesto con mucha dificultad por su madre y sus confidentes, ya que otra facción omeya quería colocar en el trono a al-Mughira, un hermano de al-Hakam, sin embargo, sus opositores lo encarcelaron y poco tiempo después lo asesinaron. La época de esplendor de la dinastía había terminado y con ella también entró en decadencia la ciudad de Córdoba. Hisham fue incapaz, afeminado y un juguete en manos de su madre y de Ibn Abi Amir, su administrador de bienes, que muy pronto se convirtió en hajib ocupando el cargo estatal más importante. Ibn Abi Amir provenía de una vieja familia terrateniente árabe de los alrededores de Algeciras y había recibido una formación jurídica profunda. En las fuentes aparece como extraordinariamente inteligente, enérgico y totalmente inescrupuloso. Sus buenas relaciones con la madre de Hisham y con la capa de juristas conservadores de Córdoba, fueron la base del rápido crecimiento de su poder. Ibn Abi Amir llegó incluso a adjudicarse el nombre honorífico de Al Mansur billah, “el victorioso por la gracia de Dios”, que pasó a la leyenda cristiana con el nombre de Almanzor. Pero no obstante su desmedida ambición de poder Ibn Abi Amir jamás usurpó el título de califa.
En el 1002 heredó su propio título a su hijo Abd al-Malik que gobernó por seis años. En época de los dos primeros amiríes se emprendieron varias campañas militares victoriosas contra los cristianos y en África del Norte, de modo que, visto desde lejos, el prestigio de el al-Andalus Omeya parecía inquebrantable. A Abd al-Malik le siguió su incapaz hermano menor, Abd al-Rahman, que carecía de todo sentido de la realidad y comenzó su corta carrera reclamando la sucesión al califato. Este tercer amirí fue asesinado en el 1008 después de una fracasada campaña de invierno.

Luego comenzó un largo período de disturbios y guerras civiles. Hisham II, siempre incapaz de imponer su voluntad, fue obligado a abdicar en el 1009. A partir de entonces, numerosos pretendientes al trono lucharon entre sí y cubrieron al-Andalus con guerras sangrientas. Simultáneamente despertaron por todas partes una vez más las aspiraciones de independencia, que en realidad nunca habían sido abandonadas. En cada ciudad de importancia apareció por lo menos una familia prominente que deseaba derrocar la supremacía del califa o quería llevar al trono a su propio candidato para califa. En el año 1031 un grupo de ciudadanos en Córdoba decidió sin más ni más poner fin al califato e instauró una especie de gobierno de la ciudad, que naturalmente solo tenía algo que decir en Córdoba y sus alrededores. Así comenzó para la historiografía el dominio de los reyes de taifa o Muluk al-tawaif, que duró hasta la toma del poder por parte de la dinastía almorávide del Norte de África.
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