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PENÍNSULA
IBÉRICA - INGENIERÍA ROMANA |
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INGENIERÍA MINERA
En época romana la minería europea conoció
un prolongado período de inusitada actividad que puso
en producción intensiva numerosos yacimientos. El alcance
de los trabajos mineros fue tal que, por ejemplo, para el caso
del oro, la práctica totalidad de las mineralizaciones
hoy conocidas ya fueron localizadas y explotadas en época
romana hasta el límite permitido por la tecnología
metalúrgica y minera del momento. La intensa actividad
minera romana es especialmente patente en Hispania tras la expulsión
de los cartagineses, con las explotaciones repartidas por todo
el territorio, algunas de gran envergadura como las de Río
Tinto, Cerro Muriano, Cartagena, Almadén o los yacimientos
de oro del noroeste, Las Médulas, Teleno, Jales, etc.
El volumen y la extensión de los trabajos de minería
romana ha hecho que se conserven muchos restos, desde complejos
subterráneos hasta grandes áreas con explotaciones
mineras a cielo abierto (si bien en la mayoría de los
casos se han visto afectadas por nuevas etapas de actividad
en los siglos posteriores).
La minería romana estuvo generalmente sometida al poder
público y la participación directa del estado
en las grandes explotaciones, pasando estas a formar parte del
ager publicus, pudiendo arbitrar
los sistemas de explotación y gestión más
adecuados. El proceso fue progresivo encargándose de
las minas, en un primer momento, los gobernadores provinciales.
Hacia el 180 a.C. la gestión de las explotaciones se
comenzó a arrendar a publicanos o sociedades de publicanos.
A partir de Augusto (27 a.C.) la responsabilidad decayó
directamente sobre el Senado o el fisco romano, en función
de la categoría de las provincias (senatoriales o imperiales),
encargándose el control de las explotaciones a la figura
de los procurator metallorum.
Al final de la dinastía Julio-Claudia la mayor parte
de las minas de cierta entidad estaban controladas por la administración
financiera imperial, que decidía los modos de explotación,
bien en régimen de arrendamiento a particulares o mediante
la explotación directa gestionada por el ejército.
Esta intervención estatal fue la que hizo posible destinar
los recursos técnicos y económicos necesarios
para acometer con garantías unas obras mineras de gran
envergadura que tenían por objeto satisfacer las crecientes
demandas de la sociedad romana en metales (oro, plata, cobre,
hierro, plomo, estaño) y otros productos minerales (sal,
cinabrio, malaquita, hematites, etc.).
A pesar de que no existía un derecho minero romano propiamente
dicho, el hallazgo de las Leyes de Vipasca en las minas de Aljustrel
es una extraordinaria evidencia de regulación de la minería,
tanto desde el punto de vista técnico y administrativo,
como del económico en su relación con el fisco.
La similitud organizativa entre los trabajos de Aljustrel y
otras zonas muestran que la ordenación minera era un
hecho habitual, por otra parte estrictamente necesaria para
la planificación de los trabajos. La gran uniformidad
y extensión geográfica que se aprecia en la tecnología
empleada y en los criterios de explotación de los distintos
yacimientos, denota la existencia de una verdadera y característica
“Ingeniería Minera Romana”, en el más
amplio concepto actual del término. |
Las técnicas mineras
Desde una perspectiva global, si algo distingue en particular
a las técnicas mineras romanas de las de sus antecesores
es la planificación y estructuración de los trabajos
de explotación de los grandes yacimientos. En esta novedosa
aplicación minera de la tecnología de la época
tienen mucho que ver los recursos de mano de obra especializada
destinados a esta labor, debido al elevado grado de participación
e intereses económicos de la administración romana.
En el ámbito de la minería subterránea
resolvieron con éxito el principal problema, que era
la existencia de agua en el terreno, bien por los posibles aportes
del exterior en época de lluvias o por la propia circulación
natural de las aguas subterráneas. La progresión
de cualquier explotación se enfrentaba con la necesidad
de profundizar continuamente las labores para poder mantener
los niveles de producción, por lo que a medida que aumentaba
la profundidad el problema del agua se acentuaba. Para solucionar
esta circunstancia los romanos generalizaron la realización
de grandes galerías de desagüe donde era topográficamente
posible, o utilizaban sistemas escalonados de elevación
de agua como la noria o el tornillo de Arquímedes, constatándose
arqueológicamente también la utilización
puntual de sistemas mecánicos más complejos como
la bomba de Ctesibius (artefactos
de procedencia helenística en su concepción inicial).
En aquellos yacimientos a cielo abierto en los que el mineral
se encontraba diseminado en la roca y requería un tratamiento
extensivo de grandes masas de materiales (como en el caso de
la mayoría de los yacimientos auríferos, especialmente
los de origen aluvial) se realizaron por primera vez extensas
obras hidráulicas de abastecimiento para proceder a su
explotación. El audaz uso de la fuerza hidráulica,
realizado anteriormente a pequeña escala, aportó
la posibilidad de remover y lavar cantidades de materiales nunca
imaginadas hasta esa fecha. |
La minería subterránea
En el ámbito de la minería subterránea,
cualquier operación a gran escala revestía mucha
complejidad, ya que los distintos aspectos de ésta (profundización
de pozos, sostenimiento de zonas inestables, extracción
del mineral, desagües, ventilación, etc.) estaban
sometidos a continuos cambios producidos por la naturaleza geológica
del terreno que convertía las labores mineras subterráneas
en trabajos con un alto grado de dificultad y, en algunos casos,
con graves riesgos físicos para los trabajadores en caso
de no tomarse las debidas precauciones. Sin llegar al apocalíptico
panorama que configuraba Diodoro en sus descripciones de las
minas de Egipto o Hispania, la penosidad del trabajo y los riesgos
en el interior de las minas eran muy reales. Estos iban desde
los más graves (aplastamiento por caída de rocas,
asfixia en atmósferas irrespirables o enfermedades pulmonares
provocadas por la exposición prolongada al polvo, etc.)
hasta los más leves (como heridas cortantes producidas
por las herramientas o el manejo continuado de materiales rocosos
en medios estrechos y escasamente iluminados).
La iluminación en los frentes de trabajo y avance de
galerías o pozos se realizaba por regla general mediante
lámparas de aceite (lucernas) de distintos tamaños,
elaboradas en arcilla cocida, semejantes a aquellas que eran
utilizadas en el ámbito doméstico romano, cuyo
diseño y decoración permite a veces su encuadre
en un período de tiempo determinado. El emplazamiento
de las lámparas se hacía sistemáticamente
en pequeñas oquedades excavadas en los hastiales para
su colocación a la altura deseada.
Como útiles de arranque en los trabajos mineros subterráneos
romanos se introdujo el uso generalizado de herramientas de
hierro, frente a los útiles de piedra y hueso de épocas
anteriores de menor capacidad de penetración, consiguiendo
con ello aumentar sustancialmente los rendimientos. Se utilizaban
cuñas metálicas o de madera, martillos diversos,
picos y punterolas, apoyados por rastrillas y palas. En el interior
de las minas se utilizaba el fuego y el agua en forma alternativa,
para romper la roca muy dura. Como sistema básico de
apuntalamiento se utilizaba la madera, por lo general abundante
y fácil de trabajar. Este uso de la madera en la minería
romana se recoge en el texto de la segunda tabla de Aljustrel,
en la que se advierte a los titulares de las concesiones mineras
de la necesidad de reemplazar y mantener en buen estado el sostenimiento
de madera para evitar la ruina de las explotaciones.
El transporte del mineral hasta la superficie era una operación
muy penosa que se realizaba manualmente en capazos a través
de las propias labores de explotación y galerías
o mediante el empleo de tornos de diversos modelos instalados
en la boca de los pozos. Para las operaciones de izado también
se utilizaban cables confeccionados con fibras vegetales o cuero,
bien directamente o combinándolos con poleas. Un caso
aparte y excepcional lo constituye la extracción del
mineral a través de grandes galerías transversales
mediante carros, como se ha constatado en las explotaciones
auríferas de Tres Minas (Portugal). Los pozos verticales
que se construyeron para el servicio de la explotación
(acceso, ventilación, evacuación de mineral y
agua, etc.) son unas de las obras más audaces que se
han realizado. En algunos casos llegan a alcanzar más
de cien metros de profundidad y dos o tres metros de diámetro,
siendo preferentemente de sección cuadrada y también
circular, prefiriendo esta última en los terrenos menos
estables. Las perforaciones estaban por lo general muy cuidadas,
con paredes recortadas a pico. |
La minería a cielo abierto
La minería a cielo abierto fue utilizada en la explotación
de muchos yacimientos. Para el caso de los afloramientos de
filones metalíferos masivos resultaba un tipo de minería
en esencia muy simple, ya que se reduce al arranque directo
del mineral o rocas mineralizadas y no precisa de medios de
iluminación ni grandes obras de desagüe (además
de tener la ventaja de poder realizar un control continuo sobre
el proceso de extracción). La minería a cielo
abierto de este tipo de afloramientos era una operación
de elevada rentabilidad.
Cuando el arranque se efectuaba manualmente, el esfuerzo necesario
era directamente proporcional a la dureza y al grado de disgregación
de la roca, por lo que la disponibilidad de suficiente mano
de obra no especializada era fundamental. El uso del fuego y
el agua para romper la roca también era factible en todo
momento. En el caso de yacimientos de bajas leyes, el gran aporte
de Roma a la minería a cielo abierto fue la utilización
extensiva de la fuerza hidráulica en la minería
aurífera. El agua se utilizó como elemento de
trabajo principal, tanto en el proceso de extracción
y lavado como en la evacuación de estériles, reduciendo
con ello las necesidades de mano de obra y elevando también
la capacidad técnica de movimiento de tierras a un nivel
que no llegó a ser superado hasta el siglo XIX, teniendo
como ejemplo más representativo de estos trabajos de
explotación aurífera a Las Médulas (dónde
fueron removidos muchos millones de toneladas).
El análisis moderno de los restos de la minería
aurífera romana en aluviones proporciona una buena perspectiva
de las distintas variantes utilizadas del sistema de explotación
hidráulica, aplicadas en función de las características
y morfología del yacimiento aurífero. A efectos
prácticos puede hacerse la siguiente clasificación:
- Explotaciones en peines o
arados: se trata de grupos de zanjas poco profundas
por las que se hacía circular el agua siguiendo una
distribución más o menos regular para converger
en un canal de lavado y evacuación de estériles
(por lo que se conocen también con el nombre de surcos
convergentes).
- Zanjas canales: se
aplicaban a la explotación de los depósitos
aluviales en todo su espesor. Se basaba en el socavado,
mediante una gran zanja que se profundizaba progresivamente
hasta llegar al sustrato rocoso o niveles estériles
para el caso de los yacimientos secundarios, o hasta el
límite de disgregación natural para el caso
de los yacimientos primarios. En la parte superior se arrojaba
el agua, bien directamente del canal de abastecimiento o
mediante depósitos de regulación. En la parte
más llana de la zanja se realizaban las operaciones
de lavado del material, sirviendo la continuidad de la misma
como medio de evacuación de estériles, tanto
grueso (cantos) como finos (arcillas y arenas).
- Cortas de arroyada:
excavaciones que se producían por el progresivo ensanchamiento
y avance lateral de las zanjas canales en las zonas de explotación
(manteniendo el mismo canal de evacuación y lavado).
Es uno de los tipos más comunes.
- Cortas de minado: es
el tipo de explotación que se aplicaba a los grandes
depósitos auríferos; aplicando en toda su
extensión la técnica del “ruina
montium”, que se caracteriza por el abatimiento
progresivo de grandes masas de terrenos aluviales mediante
el uso combinado del agua y un sistema subterráneo
de pozos y galerías. El resultado era la formación
de grandes barrancos con alturas cercanas a los cien metros
como es el caso de Las Médulas (el ejemplo más
espectacular).
En un mismo yacimiento se pueden encontrar distintas técnicas
utilizadas simultáneamente, que son aplicadas siempre
teniendo en cuenta las características del punto de explotación.
Se suele utilizar el término “arrugia”
para denominar genéricamente las labores de minería
hidráulica superficial, designando como “ruina
montium” solamente a aquellos casos en los que
se combinan las galerías subterráneas con el uso
del agua para el abatimiento de grandes masas de terreno aurífero.
Sobre el lavado final del aluvión, que se realizaba en
zonas de escasa pendiente, apenas se puede decir que existan
restos que atestigüen fehacientemente el proceso. Roma
acometió por primera vez de forma generalizada unos trabajos
de explotación minera basados en la planificación
y estructuración de las labores mineras. Para ello, además
de aplicar en la minería algunos sistemas técnicos
derivados de otros campos como agricultura, topografía,
hidráulica o arquitectura, llevaron hasta las últimas
consecuencias la aplicación de los medios disponibles
utilizando de forma intensiva y extensiva la energía
hidráulica en las actividades mineras. Los trabajos de
planificación y estructuración de las labores
mineras romanas se realizaron a partir de unos conocimientos
geológicos adquiridos sobre el terreno que se fueron
incrementando con la progresión o puesta en marcha de
nuevas explotaciones. La homogeneidad que se puede apreciar
en las técnicas de trabajo utilizadas en toda la minería
romana indica una transmisión ordenada de conocimientos,
por lo que existen argumentos suficientes para afirmar que asistimos
durante el Imperio Romano al nacimiento de la Ingeniería
de Minas como disciplina. |
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