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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  INGENIERÍA  ROMANA

INFRAESTRUCTURA VIARIA

Ciudades y vías formaban un conjunto estratégico fundamental para la socioeconomía de la época romana, de modo que una se apoyaba en la otra para sobrevivir: mientras que el tráfico de mercancías y personas era indispensable para la prosperidad de la ciudad, la presencia de ésta aseguraba la supervivencia física del camino. La inteligente elección del corredor más adecuado, el muy cuidado perfil longitudinal, las magníficas y costosas soluciones constructivas para el drenaje de la plataforma (a base de elevados y prolongados terraplenes) y los espectaculares atrincheramientos en la roca dura, hacen de las vías romanas unas excelentes y duraderas carreteras solo superadas en algunos aspectos por las que actualmente se están construyendo. Incluso en las zonas de montaña el trazado es inmejorable ya que todos los pasos romanos están provistos de revueltas en la ladera que prolongan el trazado, lo que da como resultado pendientes aceptables que permiten el tráfico de vehículos de ruedas cargados sin inconvenientes. Los caminos antiguos, posteriores a los construidos por la ingeniería romana, denotan una decadencia tecnológica en consonancia con lo que se produjo en otras ciencias, artes y aspectos de la vida.

A las capas de cimentación se les encomendaba la capacidad portante de la carretera, de forma que, además de absorber las cargas a las que se sometía a la infraestructura permitían la elevación del suelo. Esta elevación de la cota, sumada a la naturaleza de los materiales que componían la base, proporcionaban el necesario y vital drenaje. La capa de rodadura, en cambio, debía ser apta para la rodada de los medios de transporte utilizados independientemente de la magnitud de la carga que trasladasen y la velocidad a la que se desplazasen. Por lo tanto, la clave para la comprensión de la composición de dicha capa (preferentemente canto rodado) está en las particularidades de los distintos usuarios de las mismas que en orden de importancia eran: el carro, los animales de tiro y los caminantes.

La función de las vías urbanas es lo suficientemente diferente a las de las vías interurbanas como para pensar en diseños muy distintos, ya que ni los usuarios, ni la velocidad, ni las cargas, ni los requerimientos de limpieza eran los mismos. Los enlosados y adoquinados, más o menos elegantes en función de los recursos de los que disponía la ciudad, eran el pavimento más frecuente. Tenían evidentes ventajas de salubridad por su facilidad de limpieza (como las bestias de tiro pasaban mucho tiempo en las calles, los problemas de suciedad eran importantes) y también porque cumplían la función de limitar la velocidad de caballos y carros. La desventaja evidente de las losas era la carestía, no sólo de los materiales y de la construcción, sino fundamentalmente del mantenimiento ya que las losas sufrían un enorme desgaste y rápidamente se formaban “carriles” por el paso de los carros, además de moverse, llegando incluso a partirse, lo que hacía insufrible el tránsito y obligaba a una reparación urgente. Por el contrario, el firme flexible de las carreteras presentaba un comportamiento excelente ante las cargas y era difícil de deteriorar, sobre todo por la presencia del canto rodado que ayudaba, y mucho, a eliminar los socavones y baches.

Dado que las calzadas fueron muy transitadas, la administración romana las mantuvo siempre en buen estado, para asegurar unas inmejorables condiciones de intercambio comercial, movimientos de tropas, cobro de impuestos, etc. Identificar sobre el terreno hoy en día calzadas romanas es tarea bastante difícil porque la mayoría han desaparecido: sepultadas por sedimentos y cubiertas por la vegetación; destruidas por la erosión; por reformas en época medieval; por las modernas obras públicas, o por labores mecánicas agrícolas.

Los Puentes

Los puentes de Hispania se incluyen en las construcciones que los ingenieros romanos realizaron durante cinco o seis siglos, desde el primer puente de piedra construido en Roma, el Pons Aemilius (181-179 a.C.) hasta las últimas obras tardo imperiales. Todos presentan una gran uniformidad constructiva, como puede apreciarse en los puentes conservados a lo largo de los territorios conquistados, desde Siria a los Finis Terrae atlánticos y desde las frías tierras de Germania a los áridos desiertos del norte de África. Si bien en este tipo de construcción no influyeron decisivamente las técnicas locales (sobre todo en las grandes obras), pueden haber sufrido ciertas influencias de aquellas zonas que poseían un amplio desarrollo técnico constructivo antes de la llegada de los romanos (como Grecia o el Oriente Próximo). Son obras reconocidas por su solidez y firmeza que dieron pie a que posteriormente se identificase cualquier obra bien realizada como “obra de romanos”. Fueron llevadas a cabo por profesionales generalmente encuadrados en el ejército romano, con el oficio bien asentado, una precisa normativa y una gran experiencia acumulada. En ocasiones se puede apreciar la idoneidad del diseño frente a algo tan desconocido como era el saber de antemano la cota que podría alcanzar el curso del río, hecho perceptible en muchos puentes construidos con unos tamaños aparentemente sobredimensionados, que permitían el canalizar bajo sus arcos grandes caudales.

El primer problema que se presenta en el estudio de estos puentes es su identificación, pues desgraciadamente se ha aplicado la categoría de “romano” a muchos puentes cuyo único e indudable mérito es el poseer bóvedas de piedra de una antigüedad imprecisa y ser así llamado por las gentes del lugar. Como elemento importante para la identificación de los puentes romanos debe citarse en primer lugar el tipo de material empleado en la construcción, así como su labra y aparejo. Si la fábrica es de piedra sillar, con labras típicas como el almohadillado, sus juntas están realizadas con gran cuidado y la sillería se apareja de determinadas formas, la identificación es menos problemática; mientras que el empleo de lajas sin labrar las dificulta. Y si la identificación es problemática, la datación precisa lo es mucho más, ya que a la falta de estudios histórico estilísticos que permitan la datación, debe sumarse la uniformidad constructiva de este tipo de obras a lo largo de muchos siglos.

La necesidad de construcción de puentes siempre ha sido un acontecimiento singular y de un coste económico y técnico elevado incluso en época romana. El puente romano más habitual es el construido con materiales pétreos, sin embargo en numerosas ocasiones se construyeron con otros materiales menos duraderos de los que apenas quedan restos o noticias. Una peculiar fuente de información de estos puentes construidos sobre todo durante las campañas militares, es la columna de Trajano en Roma. Labrados en su fuste se aprecian diversos modelos como los ejecutados con barcas y plataformas de madera, los de vigas de madera sobre caballetes del mismo material, similares al que construyó Julio César sobre el Rhin (y que describió con gran detalle en su obra “La guerra de Las Galias”) y el más conocido de ellos construido por el arquitecto Apolodoro de Damasco sobre el Río Danubio, formado por veintiún arcos de madera de 32,50 m de luz libre (una de las mayores alcanzadas por los ingenieros romanos) apoyados en pilas macizas de piedra de 44 m de altura. La característica más sobresaliente de los puentes de piedra es la maestra utilización de las estructuras arqueadas o abovedadas de forma semicircular (y en menor número con directriz rebajada) que desarrollaron espléndidamente a pesar de carecer de antecedentes constructivos. La historia del puente está unida a la del arco, uno de los artificios logrados por la inventiva humana, ya que gracias a la colocación de sus dovelas y a la gravedad, permite superar el vacío y asegurar su estabilidad.

En el planteamiento inicial del proceso constructivo los ingenieros romanos estudiaban y resolvían una serie de problemas previos ineludibles como la ubicación, la cimentación, los materiales y el modelo del puente. La existencia de un buen firme en las orillas y la abundancia de materiales adecuados que les permitiera construirlo rápida y económicamente eran las cuestiones que más influían en la decisión definitiva. La elección del emplazamiento la realizaban teniendo en cuenta los condicionamientos previos: el trazado de la vía, el posible aprovechamiento de un camino anterior, la existencia de una población ribereña, la morfología del cauce y las características geotécnicas de la zona elegida. Con carácter general Vitrubio aconsejaba que las edificaciones cumpliesen tres exigencias: firmitas, utilitas y venustas, es decir, solidez, utilidad y belleza. El concepto teórico de la disposición constructiva era lo que denominaba y describía, con cierta confusión, la symmetria, que no es lo que actualmente entendemos por simetría, sino que se refería a que todas las partes debían estar relacionadas entre sí por su participación en un módulo de medida común, que es la base de sus dimensiones. Mediante estas conveniens consensus entre las partes y el todo se conseguía, según Vitrubio, la eurithmia. Las relaciones de medidas se determinaban mediante la aritmética “... que resuelve intrincados problemas de proporciones”, o la geometría. Vitrubio también aconsejaba cavar zanjas buscando suelo firme, y en caso de encontrarlo construir los cimientos con mayor anchura que los elementos a apoyar y con la más sólida estructura. Los Mappae Claviculae del siglo VIII d.C., que entre otras cosas reproducen sistemas de cimentación romanos, establecen que la profundidad de la cimentación será de un cuarto de la altura de la obra y aconsejan la búsqueda de terreno firme y que se desconfíe de los suelos mezclados con piedras, engañosos en lo que a firmeza respecta. Para la construcción de los cimientos en medio del río recurrirían a desviar lateralmente todo el curso del río o al procedimiento más sencillo de construir recintos secos que permitiesen asentar la sillería en capas firmes del terreno, con ataguías provisionales de tierra o pantallas de pilotes de madera. Cuando los terrenos eran flojos y desconfiaban de su capacidad recurrieron a mejorarlos con escolleras o capas de hormigón de cal y canto.

Los ingenieros romanos emplearon preferentemente en las arquerías de sus puentes la directriz de medio punto aunque en ocasiones y desde épocas muy tempranas (antes del cambio de era), también emplearon rebajadas. Las luces de los arcos generalmente no son grandes; El 90% de los puentes romanos estudiados tienen arcos con luces inferiores a los 21 m y el 70% no alcanzan los 12,50 m (en Hispania el 80% tienen luces comprendidas entre los 6 y 10 m). La relación que hay entre el espesor de la bóveda y su luz es uno de los parámetros más importantes del diseño. El valor de máxima delgadez la tiene el arco central del Puente Bibei que alcanza el valor 1/20 y el máximo espesor se observa en el tramo izquierdo del puente de Mérida. La plataforma es generalmente horizontal, aunque en ocasiones recurrieron a la doble pendiente (muy pequeña o apreciable). El ancho de los principales puentes romanos peninsulares oscila entre los 4,60 m del puente de Freixó y los 7,80 m del puente de Alcántara. Los sistemas de nivelación y replanteo empleados en la construcción debieron ser los mismos que utilizaron en los trabajos agronómicos de parcelación de los terrenos de uso agrícola, y los topográficos de nivelación utilizados para el abastecimiento de agua o la minería (la groma, el chorobates y la dioptra). Las bóvedas se construían con ayuda de cimbras de madera apoyadas en el cauce del río o en la propia fábrica.
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