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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  CULTURA  IBÉRICA

RELIGIÓN Y MUNDO FUNERARIO

Pese a la existencia de unas características comunes, es posible observar fuertes diferenciaciones entre áreas geográficas, tanto en la organización de los cultos como de los principios religiosos con advocación y, muy especialmente, en el terreno del ritual y la tipología de las tumbas e ítem asociados al mundo funerario. La ausencia de representaciones iconográficas de los principios religiosos, así como la diversidad de elementos que componen el sustrato, y la multiplicidad de influencias de origen mediterráneo, transpirenaico y atlántico que conforman el proceso ideológico de los grupos incluidos en la cultura ibérica, imposibilitan organizar una configuración de los principios religiosos ordenados jerárquicamente como sucede en el mundo griego y fenicio. La identificación de las divinidades tiene un carácter eminentemente local, siendo muy difícil generalizar su ámbito de culto a áreas diferentes de aquellas en las que se documentan. Pueden distinguirse dos divinidades principales de origen local: la diosa madre y la señora de los animales. La divinidad femenina (representativa y propiciatoria de la fertilidad) resume tres conceptos paralelos: la fertilidad agraria, base de la estructura económica y de la organización social; la fertilidad animal, relacionada con la organización económica y la acumulación de riqueza por una parte de los miembros de la comunidad y la fertilidad humana, que permite reafirmar la potencia económica y fuerza demográfica de una comunidad frente a otras.

La identificación de los lugares de culto cuenta con la dificultad del desconocimiento de la organización de la estructura ideológica de las comunidades respecto a los principios básicos de las creencias. Con la limitación apuntada, pueden distinguirse tres tipos de recintos en los que se llevarían a cabo diferentes tipos de rituales: los templos, los espacios domésticos familiares o clánicos, y los santuarios. Los santuarios y las cueva-santuario ibéricas se concentran principalmente en el área del sudeste y la alta Andalucía, distinguiéndose dos grupos en función de la dispersión geográfica: los integrados en el llamado grupo de Jaén (Collado de Los Jardines y Castellar de Santisteban) y el grupo de Murcia (Cerro de los Santos). Tipológicamente no presentan unas características comunes mas allá de ubicarse en lugares elevados con un amplio control visual del territorio circundante (que podrían incluso calificarse como lugares de residencia de las divinidades); la cercanía a un despeñadero en el que se amortizaban ritualmente los exvotos; y la presencia de un curso de agua (relacionado con la purificación ritual antes de presentar una ofrenda a la divinidad). La interpretación de los exvotos puede relacionarse con dos conceptos unidos por la idea de la petición o súplica, ya que simbólicamente, la presentación de una ofrenda en la que se representa la figura humana (una interpretación de aquel que lleva a cabo el ritual) debe asociarse con una divinidad benefactora o salutífera a la que se le solicita la protección de los miembros de una determinada comunidad, grupo familiar o clase social. La dualidad entre santuarios y templos respecto al culto, podrían indicar que en el seno de la sociedad ibérica se producía una ruptura entre las clases dirigentes de las comunidades, que adoptarían un sistema religioso de carácter mediterráneo (simbolizado en los templos), frente a una gran parte de la población que mantendría un sistema de creencias vinculado a las divinidades de la naturaleza, que recibirán culto en los santuarios.

El ritual funerario

El concepto del ritual funerario en el mundo ibérico está relacionado con el desarrollo de un tipo de estructura social urbana marcada por la división de la población en clases. Este hecho ha permitido el planteamiento de concepciones diferentes sobre el significado de la muerte y su ritual en el seno de una comunidad, situación que mantenía e incluso potenciaba las diferencias entre los integrantes del grupo. Por lo expuesto, el conjunto de ceremonias que conforman el ritual funerario sólo se organizaba para aquellos individuos del grupo social que tenían derecho a recibir la práctica del tratamiento de sus restos tras la muerte. Los estudios demográficos y el análisis espacial de las necrópolis muestra perfectamente que no todos los individuos que formaban parte de una estructura social, tenían derecho a la práctica funeraria. Pudrideros o cremación sin disposición posterior de los restos en el interior de una tumba debían ser las prácticas funerarias propias a la mayor parte de los miembros de la comunidad. En la concepción del enterramiento debe distinguirse entre:
  • Enterramiento primario: aquel en el que el cuerpo no registra ningún tipo de tratamiento post mortem que altere su estructura (comúnmente inhumaciones sin descarnación previa del cadáver, ya que los restos se documentan en conexión anatómica).
  • Enterramiento secundario: aquel en el que el cuerpo del difunto se ha sometido a un tipo de tratamiento ritual específico, correspondiente, en líneas generales, a las cremaciones. Dentro de las cremaciones o incineraciones (el término cremación se ajusta más a la realidad física, ya que no se produce la combustión total de los restos del difunto), se distingue entre:
    Cremaciones primarias, correspondientes a los enterramientos en los que la pira en que se quemaba el cadáver se encontraba en el mismo lugar en el que posteriormente se enterraban los restos.
    Cremaciones secundarias, en las que la combustión del cuerpo tenía lugar en un punto específico de la necrópolis (ustrinum) y, posteriormente, se depositaban los restos en la tumba. Formalmente, el ustrinum responde a una variedad tipológica considerable; se documentan desde fosas excavadas en el terreno con perímetro e inclinación destinada a facilitar la recogida de los restos, a superficies niveladas y enlucidas con arcilla o estructuras constructivas formadas por empedrados.
Los restos del difunto, una vez finalizado el ritual de la cremación, se introducían en el interior de la urna cineraria junto con objetos de uso personal del difunto. El resto de los materiales que componían el ajuar funerario se depositaban alrededor o sobre la urna en el interior de la tumba.

Los elementos conclusivos del ritual de enterramiento tenían como función reafirmar los vínculos de relación existentes entre el difunto y los integrantes de su grupo social con las divinidades mediante las prácticas del banquete funerario y la libación. El banquete funerario debe interpretarse como una ofrenda alimenticia a las divinidades realizada mediante la cremación ritual de una parte de una víctima animal sacrificada. La divinidad, mediante el humo que se elevaba a la bóveda celeste, los deudos del difunto a través de la ingesta, y el difunto mediante la introducción de una parte de la víctima ofrendada en la tumba, participaban de la comunión que significaba el banquete. La libación se realizaba en un lugar específico en el que, una vez finalizada, se rompían los vasos cerámicos empleados.

Las necrópolis

La estructura de las necrópolis no presentan rasgos uniformes en todo el territorio de la cultura ibérica, sino que responden a elementos distintivos concretos en función de las diferentes áreas geográficas. La necrópolis representaba un elemento clave para la reafirmación social del grupo y los individuos que lo integraban. La elección de su ubicación se realizaba tomando en cuenta factores de índole social, como por ejemplo la facilidad de observación, que servía de medio para que el concepto ideológico de la importancia del grupo pudiera transmitirse mas allá de los límites de su zona de poder, control territorial o influencia. M. Almagro identifica los siguientes tipos de enterramientos a partir de las características de las tumbas:
  • Sepulturas tumulares principescas: Distribuidas en el sudeste peninsular con cronología de los siglos V y IV a.C. Tipológicamente se trata de estructuras tumulares de planta cuadrada y forma escalonada de grandes dimensiones situadas sobre el ustrinum.
  • Sepulcros turriformes tumulares: propios del área del sudeste y la baja Andalucía, que abarcan un arco cronológico comprendido entre el siglo VI a.C. y la romanización. Tipológicamente presentan forma de torre con el cuerpo construido sobre un podio escalonado.
  • Sepulcros rematados con pilares estela: se han documentado cerca de dos centenares, repartidos desde Sagunto hasta la Baja Andalucía en una cronología comprendida entre los siglos VI y IV a.C. Tipológicamente presentan un podio escalonado sobre el que se levantaba un cuerpo rectangular liso o decorado con moldura o representaciones antropomorfas de personajes heroizados, rematado por un capitel y una figura zoomorfa (toros o leones) o fantástica (esfinges y sirenas).
  • Sepulturas tumulares: pequeños túmulos escalonados con dimensiones reducidas situados sobre el ustrinum que era también empleado como tumba. Cronológicamente abarcan desde el siglo V a.C. hasta finales del período de la romanización.
  • Sepulturas o sepulcros tumbas de cámara: concentradas en el área de la Alta Andalucía, están excavadas en el terreno y cubiertas con un túmulo. Tienen planta cuadrada con subdivisiones internas que recuerdan en algunos casos, como el de la cámara de Toya, las plantas tripartidas de los templos mediterráneos. Destaca la representación del concepto de la puerta del mundo de ultratumba en su interior. El estudio de los ajuares y las cremaciones permite calificarlos como tumbas colectivas empleadas para dar cabida a los individuos preeminentes de una estructura gentilicia a lo largo de un período prolongado.

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