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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  CULTURA  IBÉRICA

LOS POBLADOS

La definición de las estructuras de poblamiento en el mundo ibérico tiene el fuerte condicionante de la inexistencia de una homogeneidad cultural en las diversas áreas geográficas que calificamos como integrantes de esta cultura. Por ello, las soluciones arquitectónicas deben entenderse como el resultado de la dinámica específica de las diferentes comunidades y no como la respuesta a una directriz política o conceptual unitaria, o incluso cultural, de las diversas zonas. Si bien pueden enunciarse algunos rasgos integradores, como los sistemas defensivos o la elección de los lugares para ubicar los asentamientos, no deben interpretarse como un elemento del sustrato, sino mas bien como la adopción de las soluciones más adecuadas al problema del control del territorio (o como consecuencia de la fuerte influencia cultural de las comunidades de origen mediterráneo). Pese a que se documentan asentamientos ibéricos en llanura, la característica principal de los poblados respecto a su topografía es la elección de lugares elevados para establecer los núcleos de habitación. El poblado fortificado u oppidum (según aplicación de un término de Europa central contenido en los textos de Julio César con relación a los asentamientos de las tribus galas durante el período de la Guerra de las Galias, concepto que no se corresponde, de hecho, con todas las características espaciales y especialmente de organización jerárquica de las comunidades ibéricas) se interpreta como el centro principal de residencia de un grupo social con control político y territorial sobre una zona extensa que constituiría su área de captación o zona de obtención de recursos económicos. El oppidum es también el espacio vertebrador del resto de los asentamientos que componen una estructura de poblamiento con independencia política y vínculos tribales (torres de vigilancia, oppida de menor rango, centros industriales y granjas no fortificadas destinadas a la explotación agraria), de forma que constituye una unidad política y administrativa que puede analizarse a partir del conocimiento extensivo del poblamiento de una zona y de la aplicación de métodos de distribución del territorio basados en modelos geográficos.

Las estructuras de poblamiento no son uniformes en todas las áreas del mundo ibérico con independencia de que todas hayan sido calificadas como oppida. Los estudios de A. Ruiz y M. Molinos sobre el poblamiento ibérico en el área de las campiñas de la alta Andalucía, permiten identificar unos sistemas territoriales complejos que responden a los rasgos concretos de jerarquización indicados, con una superficie de territorio dependiente muy amplia que posibilita la existencia de sociedades complejas de estructura supratribal que llegarían a crear los reinos citados por las fuentes clásicas en el período de la segunda Guerra Púnica y la conquista romana. Las principales características de un asentamiento en altura son las siguientes: facilidad para la defensa del lugar, potenciada por la construcción de fortificaciones; disponibilidad de un área de captación amplia sobre la que ejerce un estrecho control visual; control de las vías de comunicación; y cercanía a zonas de recursos hídricos y naturales como bosques y canteras. En función de estas características, las dimensiones del lugar escogido, y la función principal del asentamiento, se articulará el trazado urbanístico interior del poblado que, puede clasificarse basándose en el esquema siguiente:
  • Poblados de Cumbre: definidos como estructuras urbanísticas de dimensiones medias o reducidas; muros perimetrales de escasa anchura y ausencia de fortificaciones complejas.
  • Poblados de Barrera: definidos como poblados ubicados sobre espolones o contrafuertes limitados por despeñaderos o desniveles naturales que dificultan el acceso. Estos poblados presentan un trazado lineal al que se adaptan las unidades de habitación y, pese a la simplicidad de su concepción estructural, añaden a su trazado defensivo las innovaciones de la poliorcética de origen mediterráneo a partir del siglo IV a.C. Un ejemplo de asentamiento que emplea la posición geográfica insertada en la concepción del sistema defensivo es el oppida de Plaza de Armas (Puente Tablas, Jaén).
  • Poblados de vertiente o ladera: definidos por el hecho de que las construcciones, además de ocupar la parte superior de la elevación en la que se asientan, se extienden a lo largo de la vertiente, configurando una estructura topográfica en terrazas, como en el poblado de Ullastret (Puig de Sant Andreu, Girona). Su rasgo mas característico es el sistema de comunicación interior que obliga a realizar una configuración o trazado de las calles a diferentes niveles partiendo de dos soluciones: las calles con trazado zigzagueante, y la red viaria reticulada con empleo de escaleras para salvar los desniveles.
La configuración arquitectónica de las calles es un elemento que debe definirse a partir de sus dimensiones. De hecho, las soluciones y el empleo de una red viaria simple o compleja depende básicamente de la propia superficie del poblado. En el caso de los poblados de cumbre, las dimensiones de las calles son muy reducidas ya que se reserva el máximo espacio a la construcción de las casas, hecho que condiciona por ejemplo, la existencia de calles de 80 cm de anchura en varios poblados que permiten estrictamente el tránsito de personas y animales de carga con sistemas de transporte muy simples. Por el contrario, en los asentamientos en los que la anchura de las calles alcanza los 3 m, se constata la existencia de roderas ocasionadas por el tránsito de carros, así como el acondicionamiento mediante la pavimentación de la calzada, que incluye en muchos casos la construcción de bordillos.

Las funciones indicadas para los oppida tienen su constatación más importante en la tipología de las fortificaciones. Las defensas en los poblados ibéricos no deben entenderse exclusivamente como una necesidad de carácter militar, ya que en principio, no ha podido probarse hasta el momento la existencia en el territorio peninsular de sistemas de asedio lo suficientemente desarrollados como para permitir la expugnación de unas defensas de este tipo hasta el período de la segunda Guerra Púnica (aunque es muy posible que a partir del siglo V a.C. las comunidades ibéricas, como consecuencia de la participación de sus guerreros como mercenarios en las contiendas mediterráneas conocieran las tácticas de la guerra de sitio). La fortificación significa, ante todo, una reafirmación de la potencia económica, de la dinámica política y de la estructura jerárquica de los grupos asentados en cada centro territorial. Dado que es necesaria una importante inversión de recursos técnicos, económicos y humanos para su construcción, es imposible entender las fortificaciones en el mundo ibérico sin definir la existencia de un tipo específico de prestación voluntaria (o forzada pero en ningún caso retribuida) en beneficio de la comunidad. La fortificación como símbolo de una estructura social y de cohesión de grupo posibilita que aunque se modifique el trazado urbanístico interno de los oppida, no se varíe el trazado de las murallas por su carácter simbólico; o que uno de los recursos adoptados por el cónsul Marco Porcio Catón para conseguir la sumisión política de las tribus ibéricas del nordeste fuese decretar la obligación de destruir las fortificaciones con el menoscabo que ello implicaba.

La arquitectura doméstica

Las características básicas de las unidades de habitación ibéricas se definen a partir de la planta cuadrangular o rectangular, pese a que, en relación con las remodelaciones sucesivas derivadas del aumento de población o del sistema de ocupación, puedan presentarse plantas de tipo trapezoidal. La superficie de las construcciones varía, dependiendo de las disponibilidades de espacio del asentamiento que, en todos los casos, está condicionada por las dimensiones del lugar en que se ubica. Se define en primer lugar la ocupación de la totalidad del espacio disponible para la construcción del poblado, terreno que quedará delimitado por la construcción del muro perimetral con funciones de muralla defensiva, al que se adosa el primer conjunto de viviendas seriadas. Este sistema tiene como ventaja el ahorro de materiales por el hecho de concebir las casas como unidades adosadas, es decir, con paredes medianeras (por ello, para cada nuevo recinto tan solo se ha de construir el muro delantero y uno de los laterales, ya que la parte posterior es la muralla y el otro lateral corresponde a la casa previa). Las superficies medias de las unidades de habitación en el área del nordeste peninsular se encuentran comprendidas en una horquilla de entre 22 y 30 m2, variando en función de la longitud de las viviendas (ya que la anchura se ajusta a la luz de las vigas disponibles y no supera en ningún caso los 4 m). Los materiales utilizados son esencialmente la piedra para las fundaciones, y el adobe para el resto. La cubierta, se construía empleando un sistema de vigas de madera colocadas a intervalos regulares, sobre las que se situaba un entarimado de madera y una sobrecubierta vegetal (paja) mezclada con arcilla para impermeabilizar. El acondicionamiento de las unidades de habitación se realiza mediante un revoque de cal sobre la tapia o el adobe, destinado tanto a unificar la superficie como a impedir la acción erosiva del agua sobre los materiales y potenciar el efecto lumínico de las estructuras de combustión. El enlucido de las paredes podía decorarse con motivos lineales, empleando pigmentos de origen mineral. El acondicionamiento interior de las unidades de habitación se define a partir del análisis micro espacial de los elementos constructivos y los ítem identificados en los diferentes recintos.

Uno de los problemas fundamentales es la iluminación del interior de las viviendas. Al basarse buena parte de las casas en el modelo de viviendas seriadas tres de los cuatro muros de la casa no pueden disponer de ventanas para permitir la entrada de luz exterior, restando tan solo el frontal, en el que se encuentra el acceso, como punto de incidencia de la luz solar. Partiendo del estudio de diferentes factores, se ha llegado a la conclusión que la iluminación en el interior de las viviendas era suficiente (contando con el flujo de luz producido por los puntos lumínicos artificiales como las estructuras de combustión o las lucernas) para distinguir las formas y llevar a cabo funciones cotidianas pero no para un trabajo de precisión. Esto se constata a partir del hecho de que la mayor parte de los utensilios utilizados en la realización de trabajos domésticos, como los telares, se concentren en la zona del vestíbulo o acceso de las viviendas, signo claro de su empleo en las zonas de mayor luminosidad. Las casas aisladas, o bien aquellas que cuentan con uno o varios patios de distribución interiores, y las abiertas a varias calles, podrían solucionar el problema mediante la instalación de ventanas, pero ni aún en los poblados que cuentan con viviendas de múltiples estancias, esta cuestión puede calificarse como resuelta.

Otros factores importantes en el acondicionamiento interior de las unidades de habitación son: las estructuras de combustión, los elementos domésticos y el mobiliario. La organización del espacio interior de una unidad de habitación tipo se realizaba a partir de la posición de la estructura de combustión que servía para proporcionar a la vivienda tres elementos básicos: luz, calor y la posibilidad de transformar alimentos. Los hogares como estructuras de combustión básicas, se ubicaban especialmente en el centro de los hábitat, aunque también podían apoyarse en uno de los muros laterales para facilitar la circulación interna. La construcción de los hogares era independiente de su uso doméstico o cultural, manteniendo una tipología que tan solo se diferencia en las medidas y en la forma (según las características del recinto de habitación en que se ubican). Otras estructuras de combustión documentadas en el interior de las unidades de habitación ibérica son los hornos, de planta circular y cúpula de arcilla, destinados especialmente a la cocción de alimentos.

Otros elementos menores en la delimitación del espacio interior son los bancos corridos, realizados con arcilla prensada o piedra y dispuestos a lo largo de las paredes laterales o contra el fondo de la vivienda. Su función, junto a la de facilitar reposo, era la de vasar o lugar para situar los ítem de vajilla (que también podían colocarse en estanterías situadas en las paredes, muebles o altillos e incluso colgarse aprovechando las asas). Los pilares de piedra servían para situar molinos barquiformes o giratorios encima y facilitar la molienda. Con todo, el elemento de acondicionamiento básico de las construcciones es el sistema de pavimento de las viviendas. El más común es el pavimento de tierra batida, que podía quemarse para facilitar su endurecimiento y, con ello, lograr una mayor duración (tenía además un carácter profiláctico contra los insectos). Otro tipo de pavimento incluía arcilla y valvas de moluscos, formando motivos decorativos simples.

La arquitectura pública

El empleo de silos como estructuras de almacenamiento para la conservación de los excedentes agrarios era el más utilizado. Su situación responde a dos motivos principales: la preservación de la reserva alimenticia de las unidades familiares, pudiendo interpretarse en este sentido los silos existentes en el interior de las unidades de habitación; y la preservación del excedente agrario de una comunidad, idea en función de la que se interpretarían los campos de silos situados tanto en el interior como en el exterior de los oppida, en las proximidades de la zona de cultivo o de las rutas de paso hacia las áreas de acumulación de excedentes para el comercio mediterráneo (ya sean puertos comerciales bajo el control indígena o emporiae foceos).

Uno de los elementos mas sorprendentes respecto a la arquitectura comunitaria ibérica es el escaso número de estructuras destinadas a almacenar agua, con excepción, por ejemplo, de las cisternas del siglo III y II a.C. del poblado de Puig de Sant Andreu d´Ullastret. La obtención y el almacenamiento de agua se llevaría a cabo empleando diversos sistemas, como la excavación de pozos en el interior de los asentamientos o empleando recipientes de gran tamaño (básicamente toneles, ánforas y contenedores amortizados de su uso inicial) para recoger el agua de lluvia en la vertical de los desagües o canalizaciones de las techumbres.
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