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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  CULTURA  IBÉRICA

ACTIVIDADES DE PRODUCCIÓN

La organización de los procesos de producción en los grupos sociales se establece a partir de un sistema jerarquizado fuerte, único medio válido de asegurar la existencia de un excedente de producción lo suficientemente amplio para desarrollar un comercio sostenido. Puede afirmarse la existencia de una producción agraria intensiva basada en el cultivo de la cebada, el trigo y la avena en alternancia con otras especies, entre las que se cuentan las leguminosas como las habas y lentejas (documentadas por ejemplo en el poblado de La Moleta del Remei) y las hortalizas como las coles (conocidas en el poblado de Molí d´Espígol). El cultivo y la explotación de los campos se realizaba a partir del empleo de recursos técnicos como la reja de arado metálica y la yunta de bueyes (documentados en los motivos pintados en el vaso de Alcoriza de Teruel). En el mismo nivel de explotación intensiva que el cereal deben situarse a las viñas. El vino (producto de lujo) se consumía junto a otros tipos de bebidas alcohólicas como la cerveza.

La ganadería intensiva se basaba en la explotación de ovinos y caprinos (tanto para el consumo de carne como para la obtención de derivados como lana y leche); bóvidos (para el consumo de carne, obtención de derivados y como fuerza de trabajo agrario); equinos (asnos como fuerza de tiro, y caballos con el mismo fin pero dedicados especialmente a la guerra) y aves de corral. La obtención de recursos de origen animal se completaba con la caza (ciervo y jabalí) y la explotación del medio marino. La producción metalúrgica en el mundo ibérico presenta una estructura de carácter industrial en función de la variedad tipológica y el número de piezas. Se constata un conocimiento avanzado de los procesos siderúrgicos entre los que puede citarse por ejemplo el empleo de la técnica del acerado y la combinación de distintos tipos de hierro en la misma pieza (la producción se concentra en las piezas de mayor demanda como armas e instrumental agrario).

La producción de ítem de bronce es superior en lo que respecta a la variedad tipológica, concentrándose en aquellos tipos de materiales que por sus características formales no podían realizarse con hierro, especialmente objetos de uso personal, piezas de la panoplia defensiva y de la vajilla de mesa. El empleo de moldes de dos piezas y las aleaciones terciarias permiten desarrollar ampliamente la producción de los ítem más pequeños. Entre otros productos manufacturados, destacan la fabricación de cerámica industrial y la transformación de la lana y el lino para la confección de piezas de tela.

La escultura

El problema básico de la escultura ibérica es la falta, en la mayor parte de los casos, de un contexto estratigráfico fiable que permita establecer un proceso evolutivo en las tipologías escultóricas; ya que, ante la ausencia de registro, se ha empleado en múltiples ocasiones la tipología iconográfica de los elementos representados (armas, joyas, etc.) como referencia para datar algunas piezas. El caso de la Dama de Elche (cuyo contexto estratigráfico se destruyó en el momento de su hallazgo) es significativo en este sentido, puesto que, en función de las tesis de los diversos investigadores que han tratado el tema, la pieza podría fecharse en un arco comprendido entre los siglos V a.C. y I a.C. La seriación cronológica y estilística de la escultura antropomorfa en piedra es muy extensa, abarcando desde el siglo VI a.C. hasta el siglo I a.C. Dedicadas a fines funerarios, honoríficos o votivos, las esculturas pueden agruparse principalmente dentro de tres grandes grupos:
  • Los conjuntos escultóricos exentos: que reproducen esquemas ideológicos derivados del concepto de la heroización mítica, como los de El Pajarillo en Huelma o Cerrillo Blanco en Porcuna.
  • Los relieves: entre los que se cuentan elementos dispares en temática y simbolismo.
  • Las figuras: simples o dobles que formaban parte de los ritos desarrollados en los santuarios y necrópolis.
Al igual que sucede con la escultura antropomorfa, la mayor dificultad para el estudio de las piezas zoomorfas es la falta de contexto estratigráfico y el carácter fragmentado de la mayor parte de las piezas; ya sea por causas naturales o por la destrucción intencionada de los monumentos funerarios durante los períodos de inestabilidad social. Los tipos de especies representados son muy numerosos, pudiendo establecerse dos grandes grupos: animales reales y animales fantásticos. Si bien la función de los diversos grupos de piezas no puede establecerse con total precisión, pueden indicarse algunas hipótesis. Las especies amenazadoras de carácter aprotopaico (protectoras de la vida de ultratumba) protegían la morada del difunto, la inviolabilidad del cadáver y el ajuar funerario.
Desempeñaban este papel especialmente los leones, los lobos y las esfinges (que tendrían por sus alas un carácter transportador de las almas de los difuntos al mas allá, si aplicásemos principios ideológicos bien determinados en el área de Etruria). El animal dañino parece ser el grifo (con el que el héroe pelea en el monumento de Cerrillo Blanco). El grifo puede interpretarse como un animal fantástico que mora en el mundo subterráneo al que se enfrentan los héroes que descienden al mismo para, tras vencer la muerte, culminar el ciclo de regeneración agraria. Los bovinos, siguiendo tradiciones griegas, pueden interpretarse como símbolos de la regeneración constante del ciclo vital; mientras que el caballo ha sido considerado como el animal representativo de la estructura aristocrática de la sociedad ibérica.

La circulación monetaria

Las cartas comerciales sobre láminas de plomo muestran claramente que la circulación monetaria entre las comunidades ibéricas durante los siglos VI y V a.C. era un hecho frecuente y perfectamente integrado en la práctica comercial. No obstante, la moneda circulante durante el Ibérico Antiguo y gran parte del Ibérico Pleno correspondía a las acuñaciones y patrones monetales griegos, especialmente de la Jonia y Grecia continental, a las que se sumarán posteriormente (desde mediados del siglo V a.C.) las series de las colonias griegas del Mediterráneo central y occidental, especialmente las correspondientes a las cecas de Siracusa, Emporión y Rhode, que constituirán una de las bases de la formación de la estructura monetal de las comunidades ibéricas.

A la difusión de las monedas griegas deben sumarse en el siglo III a.C. las piezas acuñadas en los talleres de las ciudades púnicas del Mediterráneo occidental, especialmente las de las cecas de Gadir y Ebusus. Las características específicas de estas series monetales (en las que predominaban las monedas fraccionarias) y la amplitud de las redes comerciales establecidas por los mercaderes foceo-ampuritanos y púnicos durante los siglos IV y III a.C. posibilitaron la distribución y empleo de estas piezas en la mayor parte del levante y nordeste peninsular. Un factor determinante como la Segunda Guerra Púnica (218-202 a.C.) provocó la necesidad de disponer de elevadas cantidades de moneda para pagar los suministros de las tropas, las soldadas de los guerreros y los tributos exigidos por los romanos en caso de derrota. Tito Livio indica que entre las contribuciones exigidas como consecuencia de las campañas de los años 195-180 a.C. se transportaron a Roma 1.110.639 monedas de plata correspondientes a los tipos signati argenti, argentum oscense y signatum oscense, además de grandes cantidades de oro y plata (volumen que indica tanto la potencialidad del territorio ibérico en el momento del inicio de su desmembramiento político, como la circulación monetaria existente).

Las acuñaciones ibéricas se iniciaron en la segunda mitad del siglo III a.C., siendo probablemente las ciudades de Arse (Sagunto), Saitabi (Játiva), Kese (Tarragona) y Kástilo (Cástulo) las primeras en hacerlo, estableciendo en las emisiones tipos propios (tanto iconográficos como metrológicos). Las primeras acuñaciones de Arse y Saitabi se realizaron sobre plata, mientras que las de Kese y Kástilo lo fueron en bronce, probablemente como resultado de diversas influencias monetales griegas y púnicas, partidarias del empleo respectivo de dichos metales. Otro importante grupo de acuñaciones en el área del nordeste peninsular lo constituyen las dracmas ibéricas realizadas como imitación de la moneda de Emporion que, en algunos casos, llegan a incluir en sus tipos la leyenda Emporiton, aunque por regla general introducirán tanto leyendas griegas falsas como ibéricas, habiéndose documentado hasta 118 tipos de leyendas sobre dracmas de plata. Tras la pacificación del 195 a.C. y la posterior estructuración política del territorio se inició el período de mayor importancia en las acuñaciones ibéricas, que se mantendrá hasta el reinado del emperador Claudio en el que finalizarán las acuñaciones autónomas de las ciudades de Hispania.

Respecto a los tipos y características, pueden definirse tres períodos: el comprendido desde el inicio de las emisiones y el final de la guerra sertoriana, caracterizado por el empleo de tipos y leyendas ibéricas; el comprendido entre el 72 a.C. y el 27 d.C., en el que como consecuencia del rápido proceso de romanización se realizan acuñaciones con inscripciones bilingües (en lengua ibérica y latín, hasta que la primera es obviada y las cecas se acuñan exclusivamente con inscripciones latinas); y la tercera en la que tanto la metrología como los tipos corresponden plenamente a las características propias de las acuñaciones romanas.
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