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PENÍNSULA IBÉRICA  -  CULTURA CELTA  -  GALAICOS

LOS ASENTAMIENTOS

La Cultura Castrexa destaca por ser la primera en el área del Noroeste, de la que se conoce su hábitat con bastante exactitud. Es más, se trata de la primera cultura urbana ya que la magnitud de los asentamientos castrexos, en su etapa final, alcanza proporciones verdaderamente notables, planteándose la razonable hipótesis de haber llegado a la constitución de organizaciones protoestatales, girando sobre grandes castros o citanias que capitalizarían comarcas más o menos amplias. Su área de extensión y de influencia llegaba, como mínimo, a los ríos Navia y Tua por el este, al río Duero por el sur y al Océano Atlántico por el oeste y el norte. A partir de los primeros tiempos del I milenio a.C., y en un lento proceso sur-norte y costa-interior que revela la activa influencia del Mundo Mediterráneo, se van dejando sentir en el área galaica los efectos de una imparable dinámica de sedentarización de las comunidades humanas.

Para la ubicación de sus primeros poblados estables, las comunidades adoptaron un emplazamiento característico, generalmente sobre colinas, penínsulas marítimas o espolones a media ladera con buenas facilidades defensivas, inmediatez a los terrenos de explotación preferente e inmejorable control visual sobre los mismos. El hecho de que para la construcción del poblado se escoja un lugar preeminente, de relativamente fácil defensa, y se rodee de elementos defensivos, junto con su propia configuración, confieren al fenómeno Castrexo unos rasgos muy peculiares.

Una acertada definición de castro es la propuesta por M. Almagro Gorbea: “Castro es un poblado situado en un lugar de fácil defensa reforzada con murallas, muros externos cerrados y/o accidentes naturales, que defienden en su interior una pluralidad de viviendas de tipo familiar y que controla una unidad elemental de territorio, con una organización social escasamente compleja y jerarquizada”. La consecuencia más simple que se puede extraer es que estos poblados se levantarían en medio de un clima de inseguridad con tensiones de carácter bélico; si bien, las estructuras de carácter defensivo cumplían además otras funciones tanto o más importantes que las de estricta defensa: contrarrestar las posibles tendencias disgregadoras del grupo que ocupa el poblado (cohesionándolo); convertir los poblados en elementos visibles en el paisaje y en marcas territoriales ante otras comunidades vecinas; actuar como elementos definidores del estatus del grupo; ofrecer una disuasión pasiva de cara a momentos de peligro, etc. Si la existencia de obras defensivas es sin dudas el elemento arquitectónico más aparatoso y evidente, no parece que deba deducirse necesariamente la presencia de excesivas tensiones bélicas ni de un componente militar en el seno de la sociedad castrexa en la fase formativa, ya que otros argumentos refuerzan la impresión de que, en realidad, se trata de una sociedad poco conflictiva (una organización social con un componente guerrero en su seno debería tener unas características más o menos expansionistas que no se vislumbran en el mundo castrexo galaico).

La visión más prosaica y menos atractiva, aunque seguramente más acorde con la realidad, nos presenta una sociedad relativamente estructurada, organizada en minúsculas y oscuras comunidades campesinas autárquicas y prácticamente cerradas sobre sí mismas. En lo que respecta a la arquitectura doméstica, se evidencia ya en los primeros castros un detalle que va a ser peculiar del fenómeno castrexo galaico: la adopción de los muros curvos (tanto las cabañas de materiales perecederos como las edificadas con piedra). A partir del siglo VIII a.C., las actividades metalúrgicas del bronce parecen entrar en una fase de clara recesión, aumentando considerablemente el empleo de chatarra reciclada para la fundición de objetos tipológicamente todavía propios de la decadente metalurgia atlántica. Esto podría ser señal de una clara crisis de abastecimiento de materias primas que podría tener su origen en la actividad comercial fenicia. De igual modo, al comercio fenicio se debe la cada vez más numerosa presencia de objetos de hierro en el registro arqueológico.

Entre los siglos V y II a.C. se generalizó la técnica y formalmente la más típica arquitectura habitacional. Se experimentaron indudables avances en los aspectos tecnológicos de la fabricación de cerámica con el posible uso del torno lento, mejoras en la cocción y modificación del repertorio formal y de la temática decorativa de los recipientes. Del mismo modo, algunos rasgos en la distribución espacial de los poblados parecen dar a entender el inicio de una tendencia hacia una explotación de marcado carácter agrícola. En este sentido, los datos paleontológicos y paleo botánicos documentan la continuidad de la cabaña ganadera y un incremento de la agricultura (con un aumento de la deforestación y de la erosión de los suelos). En la costa, donde se multiplican los datos sobre la pesca y el marisqueo, se continua manteniendo un cierto dinamismo y recibiendo el efecto de contactos marítimos con el exterior. La presencia de materiales de filiación mediterránea (cerámicas, vidrios, objetos de hierro, etc.) indica un cierto mantenimiento de las relaciones de intercambio con las factorías fenicias del sur.

Desde fechas imprecisas de mediados del siglo II a.C., las comunidades castrexas parecen experimentar una extraordinaria serie de cambios, cuyos rasgos tenidos por más peculiares y característicos proceden, en su práctica totalidad, de los primeros tiempos del contacto entre los mundos indígena y romano. La progresiva aparición de grandes poblados con unas nuevas concepciones urbanísticas y considerables estructuras defensivas, parece poner de relieve, entre otras cosas, la presencia de una estructura socioeconómica más desarrollada capaz de promover y soportar grandes obras públicas. Roma sin duda favorece, o al menos no cuestiona, la organización social castrexa, ya que no atentaba necesariamente contra las leyes y normas romanas.

El crecimiento demográfico y/o la redistribución poblacional que revela la aparición de los grandes poblados se ven ratificados por la sistemática puesta en explotación de los recursos agrarios; lo que pone a su vez de manifiesto una planificada distribución de multitud de pequeños castros junto a las mejores tierras de cultivo. Este hecho, al tiempo que arroja cierta luz sobre el proceso de desarrollo castrexo, abre a su vez no pocos interrogantes, el mayor de los cuales sería el poder conocer la procedencia inmediata de toda esa masa de población que ocupará tanto los grandes “lugares centrales” como la multitud de pequeños castros. Los análisis espaciales, en los primeros tiempos del dominio romano, revelan una ordenación territorial castrexa absolutamente racional, planificada y enfocada a una eficiente explotación de los recursos (preferentemente agrarios). Lo más probable es que esta planificación no haya sido el resultado de una dinámica interna de las comunidades castrexas; sino más bien, debió ser un efecto del papel decisivo que desempeñó Roma en este sentido (a través de la introducción de nuevas técnicas de cultivo). Con toda probabilidad, las comunidades actuarían como “clientes” del estado romano, creando unos vínculos de dependencia de los que son fiel reflejo los pactos de hospitalidad.

Pacificación general, desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones comerciales a corta, media y larga distancia (primero marítimas y luego terrestres), crecimiento económico, alza demográfica y desarrollo social contribuyen a hacer de esta etapa la más dinámica en el desarrollo general del mundo castrexo (no es de extrañar la paradoja de que se identifique lo castrexo típico con las evidencias materiales de esta fase). La existencia de un instrumental de cantería más adecuado se tradujo en el empleo de soluciones arquitectónicas más variadas y de cierta calidad. La organización interna de muchos poblados en “unidades familiares” cerradas (formadas por dos o tres viviendas con sus correspondientes almacenes y un espacio común entre ellas) revela rasgos de organización social y de referentes meridionales. Este desarrollo, favorecido por Roma y posiblemente enriquecido por la llegada de determinados componentes humanos procedentes de las áreas celtas de la Península (previamente conquistadas por los romanos), sumado al tradicional sustrato indoeuropeo de las comunidades castrexas, podría explicar sin demasiados problemas la presencia de rasgos “célticos” en la toponimia, teonimia y antroponimia de este período. Vistos desde el exterior, los poblados se distinguen por una mayor aparatosidad de los sistemas defensivos; levantados y/o reforzados en unos tiempos en los que Roma garantizaba la ausencia de conflictos armados. La deducción es lógica, parece obvio que si Roma permitía a los galaicos vivir según su sistema tradicional y reforzar sus poblados, es que no veía a los galaicos como enemigos.

Las reformas administrativas de época flavia van a suponer una lenta pero sistemática desestructuración del mundo castrexo y su sustitución por la organización sociopolítica galaico romana. Un rasgo evidente del cambio se detecta en el abandono de la inmensa mayoría de los poblados castrexos en beneficio de un sistema de explotación del territorio de nuevo modelo: las “villae”. Aunque exista una clara continuidad en la explotación del espacio económico, aunque las cimas de determinados poblados de claras condiciones geoestratégicas continúen mínimamente ocupadas, aunque en los momentos de peligro del siglo III se reocupen ciertos viejos castros o se edifiquen otros como Viladonga, ya nada será igual, porque la romanización, transformó o acabó con el mundo tradicional castrexo.
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