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ISLAS  BALEARES  -  CULTURA  TALAYÓTICA

LOS POBLADOS

Partiendo de la premisa que existe una íntima relación entre el espacio, el grupo que lo habita, sus estructuras económico-sociales-simbólicas y su esquema de racionalidad, se puede afirmar que el “espacio” no es una entidad estática y pasiva, sino que debe concebirse como una construcción social y simbólica en continua evolución (origen y consecuencia de la manera en que se estructura la comunidad humana que lo habita). A lo largo de la Edad del Bronce el hábitat y la necrópolis constituían los elementos de identificación reconocibles de la presencia de una comunidad en su territorio, símbolos de su poder y de su prestigio. La inversión de la energía social se concentraba casi de forma exclusiva en esta dualidad arquitectónica, de forma que la propia casa, el naviforme en el caso de los vivos y el hipogeo en el caso de los muertos, constituían los únicos elementos de arquitectura monumental (en el caso de Menorca, con las navetas funerarias, se transfería a los muertos la idea arquitectónica de la vivienda). Durante este período, el paisaje se concibió como un espacio abierto, ya que no se establecieron claros referentes territoriales de frontera, ni estaciones que ejercieran un control visual sobre el territorio. Esta concepción de espacio abierto también se refleja en la configuración de los poblados. Si bien la arquitectura doméstica es del tipo ciclópea monumental, símbolo de la fuerza del grupo, en los poblados de naviformes no se establecieron elementos defensivos que lo convirtieran en un terreno visualmente bien delimitado y definido.

Con el nacimiento de la Cultura Talayótica esta situación cambió radicalmente: el territorio dejó de concebirse como un ente abierto y pasó a convertirse en un espacio cerrado. En el territorio proliferaron las construcciones de unidades arquitectónicas de carácter monumental y aspecto turriforme que, con independencia del uso concreto que pudo hacerse de ellas en cada momento (siempre ritual, nunca doméstico), sirvieron como marcadores territoriales. Cambió también la concepción de los poblados que, a partir de la construcción de murallas que delimitaban el solar en el que habitaba la comunidad, pasaron a ser espacios cerrados en los que se concentraban de forma abigarrada las casas, pegadas las unas a las otras y, en muchos casos, adosadas a otras construcciones turriformes (talayots o monumentos escalonados). También desapareció del espacio doméstico el lenguaje simbólico de la arquitectura monumental, que pasó a ser utilizada únicamente en edificios comunales. El hecho de que los poblados y el resto de las estructuras arquitectónicas dejaran de ubicarse en los terrenos fértiles, pasando a localizaciones en las que el principal factor era el dominio visual del territorio, lleva a pensar que la gestión del territorio talayótico tenía otra componente que no es apreciable durante la Edad del Bronce: el control y la comunicación visual. Además, la construcción de estaciones intermedias (a veces turriformes aislados) demuestra un interés por establecer una conexión visual dentro del ámbito de la comunidad y entre los diferentes asentamientos. A lo largo del territorio también se construyeron santuarios y estaciones de clara función ideológica y ceremonial. La importancia que estos lugares simbólicos llegaron a tener, coronados la mayoría por turriformes, se refleja en su consideración como sitios sacros a lo largo de los siglos, incluso aún después de haber sido abandonados. Una primera observación permite reconocer la existencia de asentamientos muy diversos. Por un lado, conjuntos amurallados que se deben considerar sin ninguna duda como poblados y, por otro, asociaciones arquitectónicas con predominio de elementos turriformes y santuarios, sin amurallar. Aún dentro de la categoría de poblados se puede observar la existencia de algunos de escasa dimensión y con ausencia de turriformes, junto a otros mucho más extensos con arquitectura monumental.

La especial configuración geológica de Menorca tal vez sea el motivo por el que la mayoría de los 75 poblados conocidos se concentren en la mitad sur de la isla (a una distancia media de 1,8 km entre sí). En Mallorca, sin embargo, los poblados se distribuyen regularmente por toda la isla, salvo en algunas zonas costeras. Otra característica de los asentamientos menorquines es que su superficie, en la mayoría de los casos, dobla la extensión media de los asentamientos talayóticos mallorquines. Dentro del poblado de S´Illot (Mallorca) las distintas dependencias se agrupan las unas con las otras alrededor de un turriforme central (construido sobre los restos de construcciones más antiguas y con la planta de la cámara en forma de “U”) adosándose en anillos concéntricos, siguiendo un sistema tipo “apiñamiento”. Una datación obtenida del hogar perteneciente a una de las construcciones del primer anillo de adosamientos proporcionó una fecha contenida en el intervalo que va del 1.000 al 780 a.C. Por tanto, se puede concluir que la fisonomía primigenia de muchos asentamientos talayóticos mallorquines se correspondería con este modelo de construcciones adosadas concéntricamente a un turriforme central. En Menorca la información disponible sobre la configuración primigenia de los poblados talayóticos es escasa, aunque se puede pensar que algunos núcleos originales también surgieron alrededor de un turriforme central.

En cualquier caso debe resaltarse que los poblados talayóticos carecían de una disposición “urbana” con calles y plazas bien delimitadas como en los poblados de la Cultura Ibérica, ya que el interior estaba conformado por un abigarrado conjunto de construcciones apiñadas de las que sobresalían los elementos arquitectónicos de prestigio (monumentos turriformes). Además de las viviendas y edificios de prestigio, los poblados debían incluir una serie de estructuras familiares y comunitarias destinadas al mantenimiento económico de la comunidad, hoy por hoy muy mal conocidas (este podría ser el caso de las “salas hipóstilas”). Con el tiempo la mayor parte de los poblados terminaron amurallándose, de manera que estos grandes muros que cerraban los asentamientos constituían sus señales de identidad. Sin embargo, no parece que estas fortificaciones cumplieran solamente una función defensiva frente a eventuales ataques, ya que la falta de elementos de apoyo (bastiones, puertas con torreones, fosos, etc.) permiten pensar que cumplieran además una función de prestigio. Existen desde luego algunas excepciones como las casamatas embutidas en el grosor de la muralla de Son Catlar que fueron planificadas al mismo tiempo que se construía la fortificación. Además, una de las puertas de este poblado tiene el único corredor en zigzag que se conoce. Sin embargo los torreones de planta cuadrada son añadidos de época postalayótica.

La información con la que hoy se cuenta respecto de la distribución de los asentamientos talayóticos se corresponde con una “foto fija” del momento final del postalayótico (hay muy poca información de los cambios que se produjeron en el tiempo). El hecho que durante el postalayótico se produjera el abandono de lugares altos (en los que se disponían turriformes de vigilancia y comunicación), indica que seguramente en este período se produjeron cambios importantes en la gestión y, casi seguramente, en el reparto territorial de las distintas comunidades. Este aspecto sumado a distintos cambios que se produjeron en los poblados (unidades domésticas fuera de los recintos amurallados y nuevos núcleos de habitación) conduce a pensar en una posible desaparición o flexibilización de límites territoriales a partir de la fusión de anteriores dominios comunitarios. Durante el postalayótico se produjo el auge de los grandes poblados menorquines como Son Catlar y Trepucó, que concentran un número elevado de viviendas (del orden de 40 o 50), circundados por recintos amurallados. En algunos casos, los recintos fueron protegidos mediante torres rectangulares y talayots preexistentes que se incluyeron dentro de la estructura de la muralla. En el interior de estos recintos pueden distinguirse varias zonas específicas, como áreas sacras, espacios de almacenamiento de agua y alimento y zonas de hábitat, con escasos espacios libres de construcciones. Por lo general los antiguos talayots y los recintos de taula ocupan el centro geográfico y/o el punto más elevado del conjunto “urbano”. Los poblados parecen mantener una distribución interna de tipo orgánico, con diferentes conjuntos de casas y almacenes que se adosan unas a otras, sin que se observen calles estructuradas. Algunos ejemplos de este tipo de distribución se presentan en los poblados de Torre d´en Galmés, Talatí del Dalt y Ses Talaies de n´Alzina.

La arquitectura doméstica

De acuerdo con los datos hoy disponibles las primitivas viviendas talayóticas de Mallorca eran de planta arriñonada como las adosadas al turriforme central del poblado de S´Illot . A partir del estudio realizado en una de estas casas, se concluye que su edificación se consiguió a partir de la construcción de un muro de trayectoria oval que se adosó al primer anillo de construcciones del núcleo central. Cerraba un espacio global de unos 75 m2, con una entrada que se abría al sur; a partir de la cual se accedía a una primera estancia que ocupaba unos dos tercios de la superficie total, separada del resto de la vivienda por un muro transversal. Un murete en ángulo recto, a la derecha de la entrada, cerraba un espacio pequeño que pudo servir como almacén. En el centro de la estancia se localizaba el hogar principal, de planta semicircular, delimitado por un circuito de piedras, en cuyo extremo recto aparecieron hincadas varias losas en posición vertical (seguramente para guardar las brasas). Un segundo hogar, similar al descrito, apareció adosado al fondo del recinto menor.

Avanzada la Cultura Talayótica, hacia el 700-600 a.C., cuando ya se habían dejado de construir talayots y muchos comenzaban a abandonarse, apareció un nuevo tipo de vivienda de estructura de muros rectos y plantas más o menos rectangulares. De este tipo de viviendas hay muy buena información gracias a las casas excavadas en el poblado de Son Fornés (Mallorca). La casa Nº5 de este asentamiento es la mejor conservada y, por tanto, la que proporciona una mejor información. Sus muros, de un metro de grosor, fueron construidos con piedras de tamaño medio unidas en seco. El acceso al interior se realizaba a través de una entrada abierta en una esquina con varios peldaños. Los techos eran de troncos, ramas y barro y estaban sostenidos por columnas o pilares. La distribución interna de los espacios, una estancia mayor y dos menores, se realizó mediante tabiques. Además del hogar, de forma circular irregular y delimitado por piedras, disponían de sencillas estructuras como una cisterna en algunas de ellas, hornacinas y banquetas de mampostería. En Mallorca debe también consignarse la existencia de poblados localizados en zonas agrestes en los que las viviendas se reducían a simples cabañas de formas irregulares adaptadas a la orografía. En Menorca el tipo de vivienda propio de la primera fase de la Cultura Talayótica está muy mal conocido.

Ya en el período postalayótico, en Menorca, las viviendas se construyeron siguiendo un diseño arquitectónico común a varios poblados: recintos de planta aproximadamente circular, con muros perimetrales compartidos levantados a partir de grandes losas ortostáticas, que albergan un espacio central o patio interior de planta también circular irregular (en el que suele situarse el hogar) y dependencias que se abren entorno a éste. Por lo general se trata de casas espaciosas (entre 80 a 100 metros cuadrados de espacio interior), dotadas de enormes estructuras de almacenamiento en forma de depósitos subterráneos excavados en la roca, y divididas en estancias de planta rectangular dedicadas al descanso y estancias destinadas a la molienda de cereales y manufactura de utensilios. este tipo de viviendas tuvo su origen entre el 760 y el 710 a.C. y continuaron en uso hasta la conquista romana. Muy distinta es la situación de los poblados mallorquines, en los que las modestas viviendas de planta cuadrada o rectangular divididas internamente en dos o tres dependencias, típicas del talayótico, no cambiaron de aspecto a lo largo de la Segunda Edad del Hierro (algunas incluso empeoraron en lo que a calidad respecta).

La arquitectura pública

Una de las señas de identidad de la Cultura Talayótica es la proliferación, en un corto espacio de tiempo, de arquitectura ciclópea monumental, aislada en determinados parajes o integrada en los núcleos de habitación. A pesar de que los talayots de Menorca forman parte indisociable del paisaje, y de haber sido referencia en todos los estudios e investigaciones arqueológicas realizadas en la isla, muy poco es lo que se sabe sobre su origen, su funcionalidad y su rol social. Los talayots de Menorca solo tienen semejanza con los talayots de Mallorca por su aspecto exterior, aunque hay algunas coincidencias formales que seguramente futuras investigaciones podrán reafirmar o rechazar. Sin duda, una de las primeras diferencias entre Menorca y Mallorca se centra en la alta variabilidad de tipos de turriformes menorquines frente a la acusada estandarización que presentan los de Mallorca. Los principales tipos que se pueden identificar son los siguientes:
  • Talayot de planta circular, con corredor de acceso y amplia cámara también circular, con columna polilítica central (talayot Nº2 de Son Catlar), o incluso con dos columnas y dos pilastras adosadas al paramento interior (talayot de Sant Agustí).
  • Talayot de planta circular, con corredor de acceso que conduce a una cámara de planta irregular desde la que puede accederse, mediante una escalera o corredor interno, a una planta superior (talayots de Rafal Roig, de Ses Fonts Redones de Baix y uno de los talayots de la Torre Vella d´en Lozano).
  • Talayot de planta circular y cuerpo troncocónico macizo que, algunas veces, presenta corredores (Biniparratx Petit) o incluso rampas o escaleras (Curnia) que conducen desde el exterior a un habitáculo superior, de planta absidal y cámara rectangular o en forma de U. La cima está coronada por un paramento en el que, en la mayoría de los casos, se abre un portal adintelado orientado al sur (tipo más frecuente documentado en Torelló, Trepucó, Biniparratx, Torre d´en Galmés, etc.).
  • Turriformes de planta absidal, fachada ligeramente cóncava, testero absidal, y cámara interna en forma de trébol (So na Caçana, Montefí y Torre Llafuda).
La investigación arqueológica realizada en los talayots menorquines no ha permitido determinar cual era la función que cumplían. Sin embargo su variedad tipológica y arquitectónica, lleva a pensar que la diversidad de usos debió ser notable. Cabe resaltar una diferencia substancial respecto de los talayots mallorquines: la mayor importancia que se le otorga a la plataforma superior y al habitáculo correspondiente (muy pocos talayots fueron construidos con cámaras internas). Por tanto, las actividades funcionales o rituales que pudieran desarrollarse en la cima de estas estructuras, habría que ponerlas en un plano de acceso restringido a unos pocos individuos, puesto que hay espacio útil para muy pocas personas. A tenor de esta característica casi general, pueden atribuírseles dos funciones principales no excluyentes: control y vigilancia del territorio inmediato al asentamiento, o bien, actividades rituales relacionadas con el culto a alguna divinidad. Una tercera hipótesis situaría a algunas de estas estructuras como edificios en los que pudieron llevarse a cabo rituales relacionados con el sacrificio de animales domésticos que tendrían su colofón, siglos más tarde, en los santuarios de taula. Junto a la diversidad tipológica de los talayots está la multiplicidad de lugares geográficos en los que se han construido (se sitúan sobre barrancos, en lugares llanos, sobre cambios de cota y rasantes, sobre colinas y montes, etc.). Eso si, todos ellos tienen como característica común la buena visibilidad de la que gozan desde su cima, ya que fueron construidos en lugares desde los que se disfruta de un amplio dominio visual de su entorno geográfico. Otra característica es la perfecta red intervisual que puede formarse desde cualquiera de estos turriformes, puesto que desde la cima de uno siempre puede observarse otro turriforme vecino, por lo que sería posible, a nivel hipotético, que pudiera establecerse una red de comunicación visual con los adecuados códigos de comunicación.

Si bien durante el postalayótico se dejaron de construir los variados turriformes que caracterizaban a la fase anterior, la arquitectura de uso social, ceremonial y religiosa no desapareció del paisaje arquitectónico de la Edad del Hierro balear, aunque si sufrió una profunda transformación formal y, sobre todo, conceptual: en Menorca los santuarios del tipo “taula” concentraron de manera casi absoluta las manifestaciones litúrgicas del universo mítico y simbólico de las distintas comunidades. Seguramente este cambio no responde exclusivamente a cambios formales de la arquitectura edilicia, sino que detrás seguramente alberga cambios sociales importantes. La denominación “taula” –mesa en catalán-, nace a partir de la imaginación popular que vio en estos monumentos gigantescas “mesas” de piedra diseminadas en los campos de Menorca. En pocas palabras, una taula está formada por dos grandes bloques monolíticos: una piedra base vertical, de forma generalmente rectangular, sobre la que se ubica otra en posición horizontal. La piedra superior generalmente aparece perfectamente trabajada por todas sus caras, mientras que la piedra base suele presentar una superficie acabada y pulimentada solo en su cara principal (la que está orientada hacia la entrada). En algunos casos, la cara posterior de la piedra soporte presenta un resalte excavado a expensas de la propia piedra o una pilastra adosada.

Las taulas ocupaban la parte central de edificios monumentales, normalmente de planta absidal y muros de técnica ciclópea, destinados a prácticas y ritos religiosos. El interior de estos santuarios normalmente se presenta dividido por pilastras adosadas a los muros, delimitando una especie de pequeñas capillas, en cuyos muros se alojaban nichos abiertos de función desconocida. A la izquierda de la taula de Torralba se documentó un altar, elaborado a partir de un bloque de piedra y protegido en su lado norte por una gran losa plana monolítica, que hace suponer que esta parte del santuario tenía conferida una función especial. Sobre el altar, encastrado en cuatro orificios practicados en la roca, se situaba la figura de un caballo de bronce, del cual solo pudieron recuperarse tres de sus cuatro pezuñas (a los pies de este altar se encontraron una pequeña estatuilla de bronce que representa a un toro y restos de dos pebeteros púnicos con forma de cabeza de mujer). En el mismo punto, en el santuario de Torre d´en Galmés, se encontró una estatuilla de bronce que representa a Imhotep, personaje egipcio divinizado, junto a dos pequeñas lancetas también de bronce.

Si bien uno de los aspectos controvertidos entorno a los santuarios de taula se centra en si estos estaban o no cubiertos, la mayor parte de los investigadores opinan que estos recintos fueron concebidos para funcionar a cielo abierto. Son muchos los datos que apoyan esta hipótesis: la presencia habitual de una gran hoguera en el interior, muros que no fueron diseñados para soportar cubiertas de lajas de piedra o vigas de madera y la ausencia de derrumbes de cubiertas en las distintas excavaciones.

Si bien se desconoce con exactitud cuándo hicieron su aparición por primera vez, se mantiene la opinión que el contexto cultural en el que se insertan estos recintos sagrados hace muy poco probable que excedan de una antigüedad mayor al 700 a.C. Más seguridad se tiene respecto de su horizonte de uso, ya que las dataciones que se corresponden con los momentos de abandono indican que se continuaron utilizando hasta el intervalo que va del siglo III al II a.C. (380 al 180 a.C.). Gracias a los datos aportados por la arqueo-zoología, se puede afirmar que en el interior de los recintos de taula se sacrificaban principalmente ovejas y cabras y, en menor cantidad, bóvidos y cerdos. Diversas investigaciones arqueológicas han constatado que la mayor parte de los recintos se hallaban repletos de restos de huesos de animales, muchos de ellos troceados y quemados, y numerosos restos de vasos y ánforas de vino, hecho que enfatiza la hipótesis de que el ritual incluía el consumo y la ofrenda de animales y el consumo o la libación de vino y la destrucción intencionada de los recipientes. No es éste un ritual distinto a los que practicaban otras culturas del Mediterráneo.
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