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PENÍNSULA  IBÉRICA  -  CULTURA  CELTIBÉRICA

LA SOCIEDAD

Ignoramos si el término keltiberes, evidentemente griego, con el que el mundo clásico conocía a estos hispanos de lengua céltica fue acuñado con anterioridad al año 218 a.C., pero si puede afirmarse que la mención más antigua que conservamos es posterior, concretamente del año 195 a.C., fecha en la que Cneo Cornelio Blasión y Marco Helvio, gobernadores de Hispania durante los años previos, celebraron en Roma sendas ovaciones de Celtibereis según quedó consignado en los acta triumphalia (siendo ésta la primera vez que en este registro aparecía individualizada una comunidad hispana). Estos festejos, de gran alcance popular, debieron jugar un papel fundamental en la difusión del término en Roma. Con el paso del tiempo, este término erudito y exógeno acuñado por los romanos terminó por ser interiorizado por la población local hasta el punto de que a fines del siglo I d.C. el poeta Marcial, nacido en el municipio romano de Bilbilis, podía proclamar en sus poemas su condición de celtíbero, por mucho que éste fuera un aspecto secundario y más bien sentimental de su identidad frente a su condición de bilbilitano. Además de este concepto genérico acuñado por Roma, las fuentes registran entre los celtíberos otros dos marcos de organización colectiva, el pueblo o etnia y la ciudad, que constituyen las dos realidades básicas sobre las que se articulaban la mayoría de las sociedades mediterráneas. Frente al carácter más nítido y fundamentalmente político de la ciudad, estrechamente identificada con un centro urbano y su entorno rural, y con una comunidad cívica de dimensiones reducidas y fuertemente cohesionada, la etnia ofrece un perfil más vago y una escala geográfica más amplia, en la que debían predominar los vínculos basados en la comunidad de origen, el territorio o la cultura compartida.

De los pueblos hispanos tenemos conocimiento fundamentalmente a través de las fuentes literarias que se limitan a mencionar sus nombres –Belos, Titos, Lusones, Arévacos–, presentándolos según sus propias categorías conceptuales como colectivos de corte étnico pero sin precisar que rasgos les individualizaban ante sus ojos, ni mucho menos cuáles eran los vínculos sobre los que se fundaba la solidaridad entre sus miembros. Por el contrario la ciudad, documentada desde antes de la conquista romana, además de desempeñar un papel protagonista en las fuentes literarias, aparece reflejada nítidamente también en la documentación local de los siglos II y I a.C. como responsable, por ejemplo, de la emisión de moneda o como firmante de pactos de hospitalidad. Aunque difundidos por gran parte de la Hispania céltica, los acuerdos registrados en las inscripciones sobre soportes geométricos o figurados de bronce que conocemos como téseras de hospitalidad constituyen una institución característica de las comunidades celtibéricas que no conocían los pueblos ibéricos. Aunque se haya tendido a asimilar estos pactos con el hospitium romano, del que tomaron el hábito de consignarlos por escrito sobre téseras de bronce, lo cierto es que hoy se considera que atestiguaban un género de acuerdo que, aunque coincidiera con el romano en establecerse entre miembros de comunidades cívicas diferentes, tenía contenidos diversos. En lo que respecta al papel del parentesco en las comunidades celtibéricas, éste debe deducirse sobre todo de la documentación onomástica que refleja una fórmula muy característica en la que el individuo se define mediante tres elementos básicos: el nombre personal, el familiar y la filiación, a los que excepcionalmente se añade la origo, es decir la comunidad cívica.

Clientela, hospitium y devotio están estrechamente ligadas a las relaciones personales establecidas en la organización socio-política indígena, estructuradas en torno al prestigio social y la auctoritas de las élites guerreras. Los celtíberos, mencionados de forma recurrente en las fuentes literarias como un pueblo belicoso, siempre predispuesto a la guerra, poseían una sociedad de tipo aristocrático, vertebrada en torno al ideal de vida “heroica” de una élite guerrera. Esta élite ocupaba un lugar prominente (auctoritas) por su habilidad guerrera (virtus), sus riquezas (pecunia) y su nobleza (nobilitas), pero, sobre todo, porque se apoyaba en una base de clientes, más o menos amplia según sus posibilidades, a la que estaban unidos por los lazos de prácticas como el hospitium y la devotio. Las fuentes literarias arrojan algo de luz sobre el papel que estas instituciones tuvieron en el desarrollo de las relaciones de carácter igualitario o desiguales establecidas entre los celtíberos.

Sobre la importancia de las relaciones de hospitalidad contamos con abundante información, tanto en las propias fuentes literarias, como en la epigrafía celtibérica y latina. Un conocido pasaje del historiador Diodoro Sículo nos dice que los celtíberos rivalizaban entre sí por la hospitalidad de los extranjeros, hecho comprobado a partir del recuento de tesserae y tabulae de bronce que han llegado hasta nuestros días, en las que se consignan por escrito dichos pactos de hospitalidad. Para el territorio celtibérico contamos con evidencias epigráficas de este tipo de acuerdos desde el siglo I a.C., aunque posiblemente su existencia deba retrotraerse hasta el siglo anterior. Tradicionalmente se ha considerado que el hospitium es una práctica que tiene su origen en la necesidad de los miembros de alto rango de la sociedad indígena por establecer lazos de protección mutua, al igual que sucede con otros pueblos de la antigüedad. Ante la inexistencia de un derecho internacional que garantizara la protección de éstos Jefes y Príncipes en sus desplazamientos, la existencia de un pacto de hospitalidad con iguales de otros territorios garantizaba al hospes su protección. Por esta razón, los pactos de hospitalidad se realizaban en soportes de pequeño tamaño (tesserae), fácilmente transportables, a diferencia de los tabulae hospitalis, cuyo tamaño evidencia que estaban destinadas a ser guardadas o expuestas en algún edificio. Frente a esta interpretación tradicional, algunos autores han puesto en relación estos pactos de hospitalidad con los movimientos de población vinculados a la práctica de la trashumancia, sobre todo a partir del estudio de la dispersión geográfica de las téseras de procedencia conocida. Junto a las téseras provistas de texto en lengua y escritura indígena coexistieron otras que carecieron de epígrafe debido a que sus autores consideraron oportuno prescindir de él. En efecto, en Celtiberia, como en otros lugares del mundo antiguo, la capacidad de leer y escribir estaba al alcance de muy pocas personas, por lo que no es de extrañar que en los pactos de hospitalidad firmados entre particulares, fuese más importante la forma y naturaleza del propio documento que el hecho de que éste fuese soporte de algún formulario escrito, más o menos complejo. Después de las guerras celtibéricas, la institución del hospitium no sólo no desaparece, sino que es utilizada por los romanos como vehículo para su progresiva implantación en el territorio.

Por su parte la devotio es una práctica que las fuentes literarias mencionan entre los íberos y los celtíberos, pero cuya existencia no se restringe únicamente a estos pueblos paleo hispánicos, sino que aparece referida también entre otros pueblos bárbaros de la Galia y Germania. A través de la devotio, el Jefe Militar, está protegido por el círculo de devoti que le acompaña permanentemente, hasta el extremo de que éstos guerreros estaban dispuestos a proteger la vida de su jefe con la suya propia. La vinculación de éstos guerreros hacia su jefe llegaba al extremo de que, según cuentan Salustio y Valerio Máximo, los celtíberos consideraban un crimen que los devoti sobrevivieran en el campo de batalla a aquella persona a la que se habían consagrado. Cuenta Valerio Máximo que Retógenes en los momentos finales del cerco de Numancia, aquel que aventajaba a todos los numantinos por su nobilitas, pecunia y honores, escogió poner fin a su vida antes que entregarse a Escipión. Aquella decisión, propia de un Jefe Militar que consideraba que su final más heroico pasaba por su propia muerte, fue seguida por todos los que estaban junto a él. Según Valerio Máximo, Retógenes hizo combatir con gladius a los suyos, de dos en dos, encargándose él mismo de incinerar sus cadáveres sobre los tejados incendiados de las casas, terminado lo cual él mismo se lanzó sobre ellas. En suma la devotio es una institución que encaja a la perfección en el componente militar de la sociedad celtibérica, en la que los ideales guerreros, viriles y agonísticos, ocupan una posición destacada, como evidencian las fuentes literarias, la iconografía de la cerámica y el ajuar y ritual funerario.

En conclusión, la clientela, el hospitium y la devotio constituyen tres instituciones esenciales en una sociedad del tipo aristocrático como es la celtibérica, en la que los miembros de su élite guerrera definen su poderío por sus virtus, nobilitas, pecunia y por el número de personas que estaban a su servicio. No se trata de un mero desprecio a la vida, sino de la constatación del ideal de una vida consagrada a la ética “heroica”, que se rige por un código de valores similar al que encontramos en otras sociedades aristocráticas de la antigüedad.
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