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PENÍNSULA
IBÉRICA - CULTURA CELTIBÉRICA |
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RELIGIÓN y MUNDO FUNERARIO
En los últimos años los estudios sobre la romanización
en los ámbitos diversos del Imperio están reconociendo
la importancia primordial de los sistemas religiosos en contacto
en ese proceso; pero es difícil decir hasta que punto
la romanización desestructuró los “panteones”
indígenas. No es imprudente pensar que con la romanización
se llevaría a cabo una distinta jerarquización
de los dioses, en la línea de mayor concreción
y especificación que vemos en el panteón grecorromano.
Pero quizás el elemento más novedoso es la introducción
del ritual, desconocido hasta entonces entre los indígenas
de la Hispania indoeuropea, de dedicar altares a los dioses,
especificando normalmente el nombre de la divinidad (el teónimo)
el del dedicante y las circunstancias de la acción (en
la mayoría de los casos, el cumplimiento gustoso de una
promesa).
Es evidente que como resultado de estos procesos de contacto
cultural con el mundo helenístico romano emergen las
imágenes para manifestar elementos pertenecientes a la
cosmovisión y a los valores tradicionales, a las propias
personalidades divinas y a rituales diversos, como por ejemplo
el sacrificio, al menos en una proporción desconocida
en época prerromana. El proceso de contacto cultural
que conocemos con el nombre de “romanización”
sirvió, paradójicamente, para que pudieran expresarse
más plenamente las manifestaciones religiosas indígenas
a partir de un estadio que podríamos definir como “esencialmente
anicónico y atectónico”, posibilitando así
la emergencia de unos sistemas religiosos “romano-célticos”
que ya no son los mismos que los que existían antes de
la llegada de Roma. En ese estadio tardío las fuentes
escritas están documentando ya un doble mecanismo de
traducción “interpretatio”
de los nombres y categorías del otro sistema religioso
al propio. Gracias a la romanización conocemos con más
seguridad la existencia de santuarios, al consignarse en diversos
lugares por escrito, ofrendas y sacrificios de diversas especies
de animales consagrados a las potencias divinas. Lo que distingue
a los dioses es la función que ejercen en su ámbito
de competencias y que se les reconoce por parte de la comunidad
que les rinde culto.
Ahora bien, es muy poco lo que sabemos de esas funciones en
la mayor parte de los casos porque a las divinidades las conocemos
casi exclusivamente por su nombre consignado en la inscripción.
Estamos ante religiones politeístas en las que las personalidades
divinas aparecen íntimamente relacionadas con los elementos
del paisaje y de la naturaleza en los que tienen su “sede”
(manantiales o ríos, cumbres montañosas, bosques)
o con diversos animales que les sirven de expresión zoomórfica
(así el caballo, el jabalí, el toro o el ciervo
sobre todo). Tales animales aparecen en la iconografía
cerámica característica de la celtiberia occidental
arévaca, pero también conformando el soporte de
diversas téseras de hospitalidad o acompañando,
en el anverso de las monedas, a la cabeza masculina que representa
a la divinidad. La omnipresencia de la cabeza, referente con
múltiples significados por constituir la sede de la vida
o la manifestación de la divinidad, es otra característica
compartida por el imaginario céltico y celtibérico.
Estas concepciones explican un ritual igualmente común,
el de la decapitación (y amputación de las manos)
del enemigo vencido, que atestiguan las fuentes literarias para
la Galia (Diodoro Sículo, Livio y Estrabón) y
la iconografía de las fíbulas de Jinete y caballito,
recientemente estudiadas por Almagro Gorbea, en el mundo Hispano.
Igualmente parece elemento común y esencial dentro del
sistema de valores agonístico la monomaquia o combate
singular entre guerreros, como lo ponen de manifiesto textos
literarios o iconográficos.
El doble componente de la epigrafía y la iconografía
como manifestaciones de la religiosidad en el contexto ya de
la romanización contribuyen a establecer unas claras
diferencias entre los celtíberos y otros pueblos de la
Hispania indoeuropea. Como es sabido, los altares dedicados
a los dioses son más claramente numerosos en el oeste
y el noroeste de la península, es decir, en tierras de
Galaicos y de Lusitanos, con los Vettones como elementos de
transición hacia la Celtiberia, dónde la práctica
romano-itálica de erigir aras de piedra a los dioses
parece tener mucha menos intensidad. Por el contrario, la importancia
de la iconografía cerámica en la expresión
de la cosmovisión y de los valores tradicionales es mucho
más importante entre los celtíberos occidentales
(arévacos, y también entre los vacceos vecinos)
que entre las poblaciones galaico-lusitanas o astures del occidente.
En esa mayor importancia de la iconografía vascular la
Celtiberia occidental se aproxima mucho más al mundo
ibérico del Levante de la Península, es decir,
aquel más afectado por la colonización griega
Otra diferencia del sistema religioso de los celtíberos
respecto de los existentes en las zonas más occidentales
de la Península se documenta también en el nivel
de los santuarios, con predominio de las cuevas y abrigos en
la Celtiberia y de los santuarios rupestres en la Vettonia y
la zona occidental hacia la que sirve de transición.
De la misma forma, en la Celtiberia no tenemos una gran estatuaria
como la de los guerreros lusitanos o la zoomorfa de los verracos
vettones, ni tampoco se documentan las saunas de carácter
“pedras fermosas”
galaico-lusitanas, en tanto que la concepción de la “bella
muerte” y de su expresión a través del ritual
de exposición del cadáver se constituye en el
elemento sustancial del sistema de valores. Igualmente es específicamente
celtibérica la práctica de sellar los pactos a
través de las téseras de hospitalidad, que, escritas
en celtibérico y en latín, y con una morfología
que alterna sorprendentemente el naturalismo y la abstracción,
constituyen un conjunto único en las provincias del Imperio
Romano. |
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