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PENÍNSULA
IBÉRICA - CULTURA CELTIBÉRICA |
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LA ARQUITECTURA DE LAS CIUDADES
Los nombres de las ciudades celtibéricas nos han llegado
a través de los textos clásicos; a través
de inscripciones o documentos (en piedra, cerámica o
bronce) y por las leyendas acuñadas en las monedas. Un
grupo de ciudades sólo son mencionadas en los textos
clásicos: Numancia,
Termes, Ocilis,
Contrebia Leukade. Otras como
Cortoma y Uxama,
además de estar citadas en los textos clásicos,
aparecen en téseras de hospitalidad. Algunas como Arecordatas
sólo se recogen en textos indígenas (inscrita
en el bronce de Luzaga y en una tésera de hospitalidad).
Belikiom, aparece inscrita
en una estela funeraria y Orosis,
aparece grabada en un santuario. Existe otro grupo conocido
solo por las monedas: louitiskos,
oilaunikos, olkarium,
kaisesa, Okalakom,
que aunque no son citadas en los textos clásicos, debieron
tener su importancia por el hecho de acuñar numerario,
pudiendo originarse después de las guerras celtibéricas
sin alcanzar la época de Augusto. Estas ciudades podrían
explicarse por el creciente desarrollo de las aldeas, a través
de la capacidad de alguno de éstos núcleos para
controlar un territorio cada vez más amplio y jerarquizado;
lo que llevaría a concentrar grupos poblacionales más
pequeños “de grado o por la fuerza”, como
ocurre con Segeda. La ciudad
se muestra como verdadero centro organizador, administrativo
y político del territorio. La importancia de las ciudades
queda reflejada en el hecho de que son ellas las que tratan
directamente con Roma, siendo recibidas independientemente,
y las que firman los acuerdos, aproximándose a la imagen
que tenemos de ciudad-estado. No todas las ciudades tenían
la misma categoría, sino que existía una jerarquización
entre sí alcanzando más relevancia, a partir del
control romano, aquellas que acuñaban plata. Existen
referencias a la forma de gobierno de estas ciudades, aludiendo
a magistraturas, consejos y asambleas. Inicialmente se citan
jefes y dos tipos de asambleas, una de ancianos (Seniores),
que poseían mayor capacidad de decisión y otra
de tipo popular en la que participaba el pueblo en armas (Iuniores),
que decidían sobre aquellos asuntos que afectaban a la
colectividad.
Los asentamientos de nueva planta, desde el siglo III a.C. y
a lo largo del siglo II a.C., muestran su tendencia a ocupar
zonas de aprovechamiento agrícola. Una serie de poblados
y granjas, interrelacionados con las ciudades, revelan una clara
diferenciación entre campo y ciudad, acusando una ordenación
entre los núcleos urbanos que tienden a aproximarse a
unas 10ha. (denominadas polis,
urbs, civitates
y oppida), las aldeas de mediano
tamaño de 3 a 6 ha (Castellae),
y las entidades menores, por debajo de las 2 ha. No obstante,
este marco tan estructurado, necesita de la matización
que realiza Estrabón diciendo que: “Los
pobladores de las aldeas son salvajes y así también
la mayoría de los iberos. Las ciudades mismas no pueden
ejercer su influjo civilizador cuando la mayor parte de la población
habita los bosques y amenaza la tranquilidad de sus vecinos”.
La estructuración interna de los asentamientos estará
condicionada por el momento en el que surjan, la función
que realicen y la población que aglutinen. Algunas ciudades
como Numancia escogen un amplio
cerro bien destacado para controlar el territorio (así
como las vías de comunicación y los vados de los
ríos). En otras como Contrebia
Leukade la urbanística está condicionada
por la topografía del terreno (se asienta sobre un espacio
en pendiente en el que las casas, se alinean en terrazas). Finalmente,
algunas escogen para su asentamiento un cerro como acrópolis,
extendiéndose también por la zona baja, configurando
una planta prácticamente rectangular delimitada por muralla
y foso, como Contrebia Belaiska.
Las casas de planta rectangular, con compartimentación
en tres estancias, estaban bastante generalizadas. Estas construcciones
tienen su base o zócalo de piedra, de altura variable,
recrecido con muro de adobe y cubierta a base de ramaje y barro.
Frecuentes son en estas casas las estancias subterráneas
que jugaban un papel importante sobre todo para conservar alimentos.
Progresivamente se observa como las casas dejarán de
ser alargadas y de una sola crujía para adquirir una
forma rectangular más proporcional.
A partir de la conquista de Numancia
por Escipión, la presencia del dominio romano se hará
más evidente, poniendo en marcha su política agraria
que conllevaba el control y la fijación de la población
a la tierra, como referente ahora de riqueza, frente a la tradición
celtibérica anterior de conseguir ésta por medio
de la guerra, más en consonancia con la riqueza ganadera
móvil. El control romano del territorio condicionó
profundos cambios sociales y económicos, vinculados al
desarrollo urbano. Se acusa, ahora, una clara diferenciación
entre el Valle del río Ebro y el Alto Duero. La zona
citerior mostrará un potente desarrollo con la aparición
de nuevas ciudades y la ampliación de otras antiguas,
adoptando modelos itálicos. También se amplió
el número de las ciudades que acuñan moneda y
se intensificó la producción con nuevos regadíos
y las explotaciones mineras. Estos cambios fueron proporcionando
homogeneidad al territorio por encima de las diferencias lingüísticas
y étnicas existentes. Por el contrario en el Valle del
río Duero no se detecta una transformación socio-económica
similar, ya que el proceso de integración en la esfera
romana será efectivo tardíamente. |
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