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PENÍNSULA
IBÉRICA - CALCOLÍTICO
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ACTIVIDADES DE PRODUCCIÓN
En el momento de plantearse estas cuestiones hay que tener
en cuenta la diversidad geográfica y por lo tanto la
diferente repartición de los recursos, de modo que
una explicación de las mismas no dependerá exclusivamente
de los restos paleo económicos recuperados en los poblados,
cuya presencia o ausencia y proporción no tienen por
qué ser reflejo exacto de la realidad, sino sobre todo
del estudio de su territorio y de sus posibilidades.
En líneas generales, se puede afirmar que los poblados
están todos situados en lugares con potencial agrícola
y ganadero, primando a veces unas posibilidades sobre otras;
en el sudeste, las diferencias entre los poblados asentados
en las tierras bajas, vegas y hoyas y las poblaciones de las
sierras dio pie para aceptar una dualidad económica:
agricultura y ganadería, coincidente con una dualidad
cultural: Los Millares y Megalitos. En la actualidad no se
acepta una diferenciación tan neta entre ambas economías,
aunque sí un mayor peso de unas u otras actividades
en función del territorio. Así, en lo referente
a la distribución de las construcciones megalíticas,
si bien es cierto que prima su ubicación en alto, no
lo es menos la existencia de posibilidades agrícolas
en los valles. Parece evidente que hay que aceptar una mejora
de las técnicas agrícolas y ganaderas que pudiera
absorber el aumento demográfico o los procesos de agregación
demostrados por el número creciente de asentamientos
y que posibilitara la existencia de agrupaciones humanas mayores
que en el Neolítico y viviendo permanentemente en un
mismo lugar. No obstante, interpretaciones más recientes
dan prioridad a otros aspectos sociales o políticos
más que a la necesidad acuciante de tierras de explotación
agrícola para explicar la aparición de estos
asentamientos.
Uno de los problemas que se plantean es el conocimiento de
las condiciones climáticas, o en su caso culturales,
que hicieron posible el desarrollo del horizonte de Los Millares
(y después de El Argar) en las tierras bajas de Almería,
las más áridas de la Península en la
actualidad. Algunos investigadores defienden para el pasado
la existencia de un clima ya árido en las zonas bajas
aunque con unas condiciones menos degradadas, basándose
en estudios polínicos y edafológicos de diversos
lugares peninsulares, del Mediterráneo occidental y
África. Por el contrario, otros proponen unas condiciones
de mayor grado de humedad a partir de los restos óseos
y paleo botánicos de algunos poblados: la presencia
de nutria, castor, aves acuáticas, así como
de ciervo, cerdo, corzo y gamo y de carbones de encina serían
reflejo de una mayor abundancia de humedales y de bosque,
de modo que la degradación climática sería
resultado de variaciones climáticas posteriores y también
de una acción antrópica continuada. Las explicaciones
basadas en la presencia de algunos restos animales y vegetales
han sido bastante criticadas puesto que pueden responder a
actuaciones humanas y no necesariamente ser reflejo del entorno
inmediato. También se ha criticado la utilización
de los biotopos actuales de las especies animales como punto
de referencia, puesto que éstos se han reducido considerablemente
como consecuencia de la expansión humana y porque en
algunos casos una misma especie puede existir en biotopos
diferentes.
Los restos vegetales recuperados en los poblados nos informan
del cultivo de cereales, trigos y cebadas, así como
de una presencia de leguminosas más abundante durante
el bronce. Aunque es difícil deducir de estos pocos
restos la importancia que pudieron tener las leguminosas,
hay que recordar su importante función alimenticia,
así como de regenerador del suelo; no obstante, hay
que tener en cuenta que en numerosos lugares de la Península
se ha empezado a constatar el conocimiento de las leguminosas
ya desde el Neolítico, con lo que su constatación
a lo largo del Calcolítico dejaría de ser un
elemento de mejora tecnológica y nutricional tal como
hasta ahora se había propuesto. También está
presente el lino, lo que implicaría mejores condiciones
de humedad, o irrigación, y que junto con la lana son
la base para las actividades textiles que se documentan en
numerosos poblados por la presencia de pesas de telar. La
importancia de la producción agrícola se refleja
en los utensilios para el procesado del grano, así
como en la presencia de silos o lugares de almacenamiento.
Otro de los temas de debate para las economías del
cobre y también del bronce, y no sólo para Andalucía,
es la presencia de algunos restos de olivo y vid que, según
algunos, podría interpretarse como prueba ya de su
cultivo tal como se propone para otras regiones del Mediterráneo,
tanto para el Egeo como para Italia. Ya hace tiempo se defiende
la domesticación autóctona de ambas especies
bastante antes de su supuesta introducción por los
colonizadores y comerciantes fenicios y griegos. Los restos
son desde luego muy escasos, alguna madera de olivo y huesos
de aceituna y vid, o bien ya en la Edad del Bronce el hallazgo
de restos de mosto en un recipiente de un ajuar funerario
de La Cuesta del Negro en Purullena (Granada); pero los análisis
polínicos de la Laguna de las Madres (Huelva) muestran
un significativo aumento de polen de vid desde el Calcolítico,
circunstancia que se explica como resultado de su cultivo
o por lo menos de una explotación mucho más
intensa que anteriormente. De confirmarse su cultivo, su incorporación
supondría una intensificación económica
al aumentar la productividad de un territorio sin detrimento
de la agricultura cerealística, puesto que ambos cultivos
no interfieren con los cereales ni en cuanto a tipos de suelos
ni en cuanto a época de mayor trabajo, ya que su recolección
es más tardía. Lo cierto es que la vid y el
olivo no son imprescindibles para la alimentación y
parece que su cultivo sólo tiene sentido cuando hay
una demanda importante de sus derivados, vino y aceite. También
es cierto que, desde finales del Neolítico, y esto
para muchas áreas de Europa, las tipologías
cerámicas presentan nuevas formas, como los vasos y
las copas que parecen relacionadas con nuevos hábitos
de bebida; de todas formas, la información es todavía
demasiado exigua para confirmar la posible importancia de
estas nuevas actividades.
En lo que a las actividades ganaderas respecta, la proporción
de los restos óseos de las diferentes especies ponen
de manifiesto algunas novedades. En líneas generales
se observa un descenso de la presencia de especies salvajes,
pero que nunca desaparecen del todo. La cabaña ganadera
está integrada por ovejas, cabras, bueyes, cerdo y,
como novedad, el caballo. Ya hace tiempo se creó el
concepto de "revolución de los productos secundarios"
haciendo referencia a las mejoras en las tecnologías
agrícolas y ganaderas que posibilitaban un incremento
de la producción; en el caso de la ganadería,
la mejora consistía en criar algunos animales, no para
el consumo de su carne, sino para el aprovechamiento de sus
productos secundarios (leche, lana, fuerza de trabajo), lo
que, a su vez, implicaba de nuevo un incremento del trabajo;
efectivamente, estos nuevos objetivos suponen el mantenimiento
de los rebaños o de parte de ellos hasta edad adulta,
lo que trae consigo una prolongación de su manutención,
bien mediante la movilidad en busca de pastos (que en la prehistoria
no significa trashumancia sino desplazamientos estacionales
cortos), bien previendo el almacenamiento de forraje para
su estabulación durante el invierno, lo que a su vez
requiere un control de las zonas de pastos y rutas ganaderas.
El aprovechamiento de los productos secundarios está
atestiguado por la presencia en los poblados de recipientes
relacionados con el procesado de la leche, de pesas de telar
y por el sacrificio en edad adulta de muchos de los animales.
Cabe destacar la presencia de cerdo, cuya explotación
es evidentemente para consumo de carne, a veces en pequeñas
proporciones pero en otros casos, como en Papa Uvas (Huelva),
en mayor cantidad, lo que indicaría su cría
como principal recurso cárnico. |
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