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PENÍNSULA
IBÉRICA - BRONCE y EL
ARGAR |
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LOS POBLADOS
En el Sudeste, el poblamiento concentrado y una fácil
defensa natural sigue siendo el objetivo de la mayoría
de los poblados argáricos. Se buscan lugares más
elevados, cuya cima o acrópolis suele amurallarse sin
que toda la población quede intramuros. La topografía
del lugar obliga a un tipo de organización espacial
del poblado en el que las casas se distribuyen por las laderas,
previo acondicionamiento mediante un sistema de terrazas intercomunicadas
por calles y peldaños. Las casas suelen ser de muros
rectos y de planta rectangular, siendo normal que una unidad
doméstica esté integrada por varias estancias,
lo que se interpreta como consecuencia de una mejor organización
del espacio doméstico según las diferentes funciones
que se desarrollan en su interior: así se localizan
las viviendas, los lugares de almacenamiento y el resto de
las actividades productivas como el tejido, la agricultura
y la metalurgia. Como novedad, y supone un cambio importante
con respecto al Calcolitico, los enterramientos se realizan
también en el interior de las casas, en el subsuelo,
o bien en el interior del poblado y en estrecha relación
con las mismas. También se conocen asentamientos en
el llano y entonces suelen ser abiertos y con las casas más
dispersas. A pesar de que parece que lo habitual en este poblamiento
del bronce sea la ruptura con respecto a la etapa anterior,
no faltan ejemplos de continuidad de ocupación de anteriores
poblados calcolíticos, sobre todo fuera del área
considerada como originariamente argárica. A pesar
de que la mayoría de los poblados fueron excavados
en la época de los hermanos Siret, nuevas excavaciones
o la revisión de la información de las antiguas
apuntan a la posibilidad de que en algunos poblados existieran
diferencias entre las estructuras domésticas, más
allá de la presencia o ausencia de determinadas actividades.
En la acrópolis de Fuente Álamo (Almería)
hay edificaciones grandes, cercanas a la cisterna y a estructuras
del almacenamiento de alimentos, que podrían estar
relacionadas con el control de esos bienes, aunque también
se las considera como casas relevantes; diferencias de tamaño
también se han documentado en la Bastida de Totana
(Murcia). En otros casos, como en Peñalosa (Jaén),
la diferencia de categoría se deduce de su posición
en el espacio general del poblado pero también a partir
de una mayor complejidad en algunos enterramientos y de la
distribución diferenciada de restos óseos de
buey y caballo, cuya mayor abundancia se interpreta en términos
de riqueza o de rango.
En líneas generales parece que durante El Argar se
produce un aumento del número de asentamientos y de
su tamaño, aunque el número de habitantes calculable
sigue siendo bajo: Chapman calcula una media de unos 300 habitantes
para la mayoría, llegando algunos a los 500 y los mayores
a unos 1.500. Quizá se podría aceptar un continuado
crecimiento demográfico, pero no tanto por la simple
consideración de que una mayor estabilidad económica
posibilita el incremento de población como por el hecho
de que la mayor inversión de trabajo por los sistemas
agropecuarios iniciados en el Calcolítico y la explotación
y transformación de materias primas se pueden asumir
mejor con un mayor número de trabajadores. No obstante,
este aumento de población no se constata de una manera
homogénea. A partir del estudio de la distribución
de los asentamientos se puede afirmar que hay una organización
del territorio más estructurada según funciones
económicas, políticas y estratégicas
y parece más patente la interdependencia entre ellos
configurando diferentes unidades políticas o formaciones
sociales. La mayoría de los poblados tienen una orientación
claramente agropecuaria y algunos, por su ubicación
junto a mineralizaciones, tienen como objetivo la explotación
minera, aunque aunando también las posibilidades agrícolas
o ganaderas. En otros casos la elección parece estar
en función del control de zonas de paso o de puntos
estratégicos, mientras que los grandes centros, generalmente
en conexión con tierras de labor, podrían desempeñar
un papel central de control de todo el territorio.
Fuera del Sudeste y a excepción de la campiña
de Jaén, el conocimiento de los asentamientos es muy
precario e insuficiente para hacer un planteamiento de la
organización del territorio. En líneas generales
se podría hablar de una continuidad en la ocupación
de algunos poblados, junto con la aparición de nuevos,
pero sobre todo en lo referente a los enterramientos, con
la reutilización o construcción de estructuras
megalíticas, de cuevas artificiales o, como novedad
de enterramientos, en cista. En los casos de continuidad,
como en el Cerro de Los Castellones de Laborcillas o en la
Peña de los Gitanos, se puede documentar una incorporación
de rasgos culturales argáricos. como cerámicas
y bronces en las tumbas megalíticas o en las estructuras
del propio asentamiento. La identificación de enterramientos
de la Edad del bronce en estructuras funerarias de tipología
calcolítica o en cistas, así como el descubrimiento
de poblados (por ejemplo, los del Cerro de la Peluca o el
Lagar de las Ánimas en Málaga, entre otros)
permite ir teniendo una visión más completa
de la ocupación del resto de Andalucía. Como
ya se ha indicado, especialmente para el Bajo Guadalquivir
y el Sudoeste en general, la aparente ausencia de poblados
propició la aceptación de un vacío poblacional,
explicado como consecuencia de alteraciones climáticas,
entendiéndose el auge de poblados durante el Bronce
final como resultado de una colonización exógena.
Ya las excavaciones hace algunas décadas de poblados
la Colina de Los Quemados y el Llanete de Los Moros en Córdoba,
La Mesa de Setefilla y Lebrija en Sevilla y Cerro Berrueco
en Cádiz empezaron a proporcionar secuencias cronológico
culturales propias, aunque valorándose la presencia
de elementos de tipología argárica como puntos
seguros de referencia, y a poner en evidencia la presencia
de poblamiento continuo, a veces ya iniciado en el Calcolítico,
y en algunos casos llegando hasta el Bronce final. Los proyectos
desarrollados sobre todo en el Sudoeste, en Huelva y en Cádiz,
confirman la presencia de este poblamiento, a menudo con asentamientos
estables, y que parecen responder a una política de
explotación sobre todo de las posibilidades agrícolas
y ganaderas del valle del Guadalquivir y del sudoeste, primando
también la ubicación de asentamientos en función
del control de zonas de pastos y de paso, y quizás
no tanto, todavía, la explotación metalúrgica.
En el centro y sur de Portugal, el abandono de los poblados
fortificados calcolíticos, así como el desconocimiento
de los asentamientos posteriores, paliado también por
algunos recientes hallazgos, avalaría la idea de crisis,
o mejor de cambio. Algunos poblados y la distribución
de las necrópolis documentan la ocupación del
territorio con preocupaciones ganaderas pero también
agrícolas, y en algunos casos parece primar también
la explotación metalúrgica como ocurriría
con la ocupación de la zona de Ourique, por ejemplo,
rica en hallazgos de carácter funerario. Algunos autores,
como Santos, justifican el desconocimiento de poblados como
resultado de una fragmentación de los grupos calcolíticos
en función de unas estrategias económicas y
sociales diferentes. |
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