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PENÍNSULA
IBÉRICA - BRONCE y EL
ARGAR |
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MANIFESTACIONES FUNERARIAS
Una de las novedades de la Edad del Bronce es la progresiva
generalización de los enterramientos individuales,
lo que no excluye la reutilización de algunos sepulcros
megalíticos. Este abandono del ritual colectivo por
el individual se generaliza en toda Europa Occidental desde
finales del Calcolítico y se interpreta como consecuencia
de cambios ideológicos y sociales en los que se prima
la individualización de la persona y la familia nuclear
como unidad social básica, frente al reconocimiento
de lo colectivo y de los lazos de parentesco más amplios
de las etapas anteriores. Además, la asociación
de ajuares a un individuo concreto parece que se utiliza no
sólo para expresar las características y funciones
según edad y sexo sino también el estatus social
dentro del grupo, bien adquirido en vida o bien adscrito por
nacimiento.
En la cultura de El Argar, los enterramientos individuales
son la fórmula exclusiva y se realizan en el interior
del poblado, generalmente en el subsuelo de las casas, renunciando
por lo tanto a cualquier intención de monumentalidad
y visibilidad después del entierro. No obstante, excavaciones
realizadas en Peñalosa (Jaén), han proporcionado
una diversidad de lugares de enterramiento pues, además
de los practicados en el subsuelo, algunos se cubrieron por
una especie de banqueta que se utilizaba como vasar, otros
se realizaron en espacios de la casa que quedaban inutilizados,
mientras que en un caso, el enterramiento más rico,
se practicó en una estructura de mampostería
relativamente grande en una estancia específica.
La inhumación, en posición encogida, se realizaba
en fosa, cista, covacha o urna (pithoi), habiéndose
considerado durante un tiempo este último tipo de origen
egeo. Según el estudio de Lull y Estévez, el
uso preferente de cualquiera de las modalidades se explica
más por las tradiciones o preferencias locales en cada
área, aunque en algunos casos se pueden documentar
varias modalidades en un mismo poblado y la elección
de una u otra puede relacionarse con cuestiones sociales,
de riqueza o de edad (las urnas suelen utilizarse más
a menudo para enterramientos infantiles).
Ya desde las excavaciones de los hermanos Siret, y a través
de su completa documentación, era evidente la diferencia
de riqueza entre los ajuares, así como la relación
de algunos objetos concretos con ajuares masculinos o femeninos
(la espada y la alabarda aparecen en los masculinos, el punzón
en los femeninos y el puñal y determinados objetos
de adorno pueden aparecer en ambos). La presencia de ajuares
ricos también asociados a enterramientos infantiles
se interpreta como expresión de un estatus adscrito.
Las diferencias no sólo se aprecian dentro de los poblados,
sino también entre los diferentes poblados, lo que
podría interpretarse en función de la jerarquización
de los asentamientos según funciones económicas
y políticas.
Lull y Estévez proponen, a partir del estudio de los
ajuares y aun teniendo en cuenta los problemas que comporta
el uso de una documentación antigua en la que no se recogieron
todos los datos que ahora interesan, una clasificación
en cinco categorías que corresponderían a cuatro
clases sociales: la clase dominante (los ajuares más
ricos, casi todos masculinos, presentan alabarda, espada, diadema,
algo de oro y vaso bicónico, mientras que otros ajuares
ricos, muchos de ellos femeninos y alguno infantil, tienen plata,
pendientes, anillo, brazaletes y el tipo cerámica de
copa, y puede aparecer el puñal y el punzón),
miembros de pleno derecho (puñal y punzón para
las mujeres y puñal y hacha para los hombres, pudiendo
aparecer cerámica y algún otro objeto), servidores
(algún objeto metálico y alguna cerámica)
y esclavos (sin ajuar). Por otra parte, también en esta
fase del Bronce el cálculo del número de habitantes
por poblado y el número de enterramientos recuperado
permite sospechar que no todos tuvieron acceso a este tipo de
enterramiento. En Peñalosa se ha podido documentar, a
partir de los análisis óseos, diferencias nutricionales
entre los individuos y también que las diferencias de
ajuares se documentan entre los enterramientos de una misma
casa, lo que indicaría la asociación en el mismo
espacio doméstico de los amos y los criados. Los arqueólogos
proponen una clasificación social en nobles, guerreros/campesinos
y siervos, estos últimos en el sentido de no propietarios
y por lo tanto dependientes de un señor en cuya casa
se los puede enterrar.
Fuera del área argárica, la individualización
de los enterramientos, registrada en algunas zonas con ajuares
campaniformes, se documenta tanto en estructuras megalíticas
(sobre todo en Granada y Sevilla), como en necrópolis
de cuevas artificiales (como las de Los Algarbes en Tarifa),
o bien en necrópolis de cistas individuales que, relativamente
numerosas en el Bajo Guadalquivir se conocen también
en el resto de Andalucía y Extremadura. El problema
de la mayoría de estas cistas es que no se han recuperado
los restos óseos de los enterrados y los ajuares son
a veces escasos. Son muy excepcionales los hallazgos funerarios
en el interior de los poblados, tal como ocurre en Setefilla
o en el Cerro Berrueco.
Las primeras cistas portuguesas, del horizonte de Ferradeira,
son de planta alargada para inhumación extendida, mientras
que las posteriores son de menor tamaño y a veces pueden
aparecer varias cubiertas con un túmulo. Sólo
el hallazgo de puñal, alabarda, espada y las representaciones
de las estelas alemtejanas, interpretadas tradicionalmente
como símbolo de jefes guerreros, permiten hablar de
presencia o representación de elementos de prestigio,
pero que no se pueden estudiar en un contexto más amplio
que permita de verdad definir el grado de diferenciación
entre individuos. |
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