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PENÍNSULA
IBÉRICA - BRONCE y EL
ARGAR |
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ACTIVIDADES DE PRODUCCIÓN
En el territorio argárico no se aprecian cambios importantes
en cuanto a las especies vegetales y animales, pero sí
comportamientos muy diferentes entre los poblados que, probablemente,
no hay que explicar sólo por una adaptación
o aclimatación a las condiciones del entorno, sino
como resultado de actuaciones premeditadas en función
de una actividad dirigida al autoabastecimiento, a la producción
de excedentes para intercambio o a complementar su dieta.
Más que a partir de las muestras faunísticas
o vegetales, esta actuación se deduce del estudio de
las posibilidades del territorio y del tamaño de la
población calculado para los asentamientos, así
como de la presencia o ausencia de determinados utensilios.
En Fuente Álamo, por ejemplo, el territorio circundante
no es apto para las actividades agrícolas, y sin embargo
la presencia de útiles relacionados con el procesado
del grano, así como de estructuras de almacenamiento,
indica la importancia de la alimentación vegetal para
la población. En Peñalosa, la presencia de instrumental
agrícola demuestra que se cultivaron los campos a pesar
de que el principal objetivo debió de ser la explotación
de los minerales de cobre cercanos (si bien, el potencial
agrícola del territorio circundante no podía
proporcionar una producción agrícola suficiente,
por lo que debían depender de la importación
de alimentos). En líneas generales, en cuanto a la
alimentación vegetal se documentan los mismos cereales
y una mayor presencia, en comparación con el Calcolítico,
de leguminosas (habas, lentejas y guisantes) y lino. Una mayor
proporción de cebada podría interpretarse como
evidencia de las condiciones de aridez, mientras que el lino
implicaría unas posibilidades de irrigación.
Sigue siendo un interrogante si la escasa representación
de vid y olivo implica un poli cultivo como algunos defienden.
En cuanto a las especies animales, también se documentan
las mismas pero con una incidencia diferente. Ovicápridos
y cerdo siguen siendo importantes, pero aumenta la presencia
de bóvidos y caballos cuyo sacrificio en edad adulta
demuestra su uso como fuerza de trabajo y para el transporte.
Un caso excepcional es el poblado del Cerro de la Encina (Monachil,
Granada), donde a lo largo de su ocupación la incidencia
del caballo llega hasta un 50 % de los restos óseos.
Molina considera que esta cantidad sobrepasa las necesidades
de la población y que su cría podía responder
a una producción para la venta o como símbolo
de riqueza. Una interpretación en estos últimos
términos se propone también en Peñalosa,
donde la asociación de restos de bóvido y caballo
destaca la ya de por sí rica tumba número 7
sobre el resto de los enterramientos del poblado. A propósito
del estudio de este último poblado, los arqueólogos
proponen que esta abundancia de caballos se podría
explicar como acumulación por tributo más que
como cría voluntariamente excedentaria.
En el campo de las producciones artesanales hay que destacar
la cerámica, que se caracteriza por la ausencia de
decoración y por un tratamiento bruñido de las
superficies que le dan un aspecto metálico. Las tipologías
cerámicas están suficientemente establecidas
en varios trabajos como los de Schubart y Lull y algunas formas
son muy representativas como las copas o los vasos de carena
baja por su presencia, junto con otros tipos, en ajuares funerarios.
Llama la atención la homogeneidad de formas y tamaños,
así como su calidad, de manera que es posible que,
independientemente de las producciones domésticas,
algunas constituyeran una actividad especializada (incluso
se puede hablar de producciones específicamente dirigidas
al ámbito funerario). En los enterramientos de La Cuesta
del Negro de Purullena (Granada) se ha podido detectar que
las cerámicas de los ajuares más ricos no fueron
realizadas con la misma tecnología que las domésticas,
sino que han sido cocidas a fuego lento, lo que imposibilitaría
su uso diario. |
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